SERMONES SOBRE EL SANTO PATRIARCA

Conservando los restos

SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

Esposo de la Bienaventurada Virgen María

Y Patrono de la Iglesia universal

San Jose

Séptimo Día

Martes de la tercera semana

después de la Octava de Pascua

Sermón de San Bernardo

Está escrito: “Mas José, su esposo, siendo justo, y no queriendo delatarla, quiso dejarla ocultamente’’.

Con razón, pues, siendo justo no quiso delatarla, porque, así como de ningún modo hubiera sido justo si reconociéndola culpable la hubiera admitido, tampoco lo habría sido si la hubiera delatado, conociéndola inocente.

Siendo, pues, justo y no queriendo delatarla, quiso dejarla ocultamente.

¿Por qué quiso dejarla? Oíd sobre este punto, no mi opinión personal, sino la de los Padres.

Quería José dejar a María por el mismo motivo que movía a San Pedro a alejar de sí al Señor, cuando le decía: “Apartaos de mí, Señor, porque, yo soy un pecador”; y por la causa misma por la cual el Centurión no quería que entrase el Señor en su casa cuando exclamaba: “Señor, yo no soy digno de que entréis bajo mi techo”.

Así pues, José, considerándose indigno y pecador, se decía que no debía permanecer más tiempo viviendo familiarmente en compañía de una Virgen tan singularmente favorecida de Dios, y cuya dignidad, tan superior a la suya, le llenaba de temor.

Él se sentía poseído de pavor al ver que María aparecía con señales certísimas de la divina presencia, y como no podía penetrar el misterio, quería dejarla.

Miro Pedro con pavor la grandeza del poder de Cristo, miro con pavor el Centurión la majestad de su presencia. Sintióse también sobrecogido José, como criatura humana, de un asombro sagrado ante lo insólito de un milagro tan grande.

¿Te maravillas de que José se juzgase indigno de la compañía de aquella Virgen que iba a ser madre? ¿No sabes tú que la misma Santa Isabel no podía permanecer en su presencia sin sentirse llena de temor y respeto, por lo cual exclamaba: “¿De donde a mí esta dicha, que la Madre del Señor venga a mí?”

Por una razón semejante, José quería dejarla.

Pero, ¿por qué ocultamente y no a las claras? Porque no se inquiriese la causa del divorcio, y se pidiese la razón que lo justificaba.

¿Qué respondería este varón justo a un pueblo de dura cerviz, a un pueblo incrédulo, y siempre dispuesto a la contradicción? Si hubiese dicho lo que sentía y lo que por experiencia sabía sobre la pureza de María, ¿no se habrían burlado de él los judíos incrédulos y no la habrían ellos mismos apedreado? ¿Cómo podrían creer a la Verdad que se escondía silenciosa en el seno maternal aquellos mismos que, más tarde, la habían de despreciar cuando se dejaría oír con fuerza en el templo? ¿A qué no se atreverían con el que aun no se mostraba visiblemente, los que, más tarde, debían poner en Él sus impías manos, cuando resplandecía con milagros?

Con razón, pues, este varón justo, por no verse obligado, o a mentir o a infamar a una inocente, quiso dejarla ocultamente.

San Jose 1

Homilía de San Juan Damasceno

Dice San Mateo al principio de su Evangelio: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán”. Pero no se contenta con citar estos nombres, sino que su exposición continúa hasta mencionar al Esposo de la Virgen.

Por su parte, San Lucas, después de relatar el testimonio tributado al Salvador en su bautismo, hace una digresión, y continúa diciendo: “Y el mismo Jesús comenzaba a ser como de treinta años, hijo, según se creía, de José, que lo fue de Helí, que lo fue de Matán”, y así prosigue remontándose hasta “Set, que lo fue de Adán, que lo fue de Dios”.

Por consiguiente, como el origen de José queda así establecido, queda demostrado al mismo tiempo que María, Virgen y Madre de Dios, era de la misma tribu que él, por cuanto la ley de Moisés no permitía que una tribu se aliase con otra tribu, siempre que hubiese peligro de que los bienes de una familia pasasen con ello de una tribu a otra.

Por un designio providencial se guardó silencio ante el pueblo sobre la concepción de Jesucristo por obra del Espíritu Santo, y así todos pudieron ver que José ocupaba el puesto de Padre del Salvador, y, en consecuencia, el Esposo de María fue considerado por todos y en verdad que convenía que así fuese, como el Padre del Niño.

De lo contrario, el Niño hubiera pasado por carecer de padre legítimo, ya que en manera alguna hubiera podido establecerse su origen por el lado paterno.

Por eso aquellos excelentes Evangelistas hicieron algo necesario al darnos la genealogía de José. Si la hubieran omitido, y hubieran trazado la lista de los antepasados de Jesús por la parte materna, hubiera parecido un deshonor, y se hubieran apartado de la costumbre adoptada por las Sagradas Escrituras.

Con mucha oportunidad, pues, al dar el origen de la familia de José, por la razón ya indicada, y al hacerlo remontar a David, nos confirman en la certeza de que la Virgen María procede también de David; porque de la estirpe del esposo puede deducirse también la de la esposa.

Que José fue justo y que su vida fue del todo conforme con la ley, es evidente para todos. Viviendo, pues, según los preceptos de la ley, no se desposaría ciertamente, con una mujer de una tribu diferente de la suya.

Por consiguiente, si José era de la tribu de Judá, y de la familia y de los herederos de David, ¿no se sigue que María salió también de la misma estirpe? He ahí porque bastaba con trazar la genealogía de su Esposo.

Además, ¿no es, según la sentencia del Apóstol, el marido “cabeza de la mujer”’? ¿Qué puede, por lo tanto, alegarse para no admitir que, al trazar el origen del que es la cabeza se indica también en consecuencia el del cuerpo mismo?

Queda, pues, claramente demostrado, a mi parecer, que la genealogía de José no en vano es referida por los Evangelistas, sino que nos sirve como elemento necesario para reconocer, por vía de conclusión que procede asimismo de David la Virgen, y también Aquél que, por el más grande de los milagros, nació de Ella: Jesucristo, hijo de Dios ya desde antes de todos los siglos.