Padre Juan Carlos Ceriani: SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

 

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas. Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, —así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre— y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Como lo anuncié el Domingo pasado, y tal como lo hice en 2013, durante los cinco Domingos de Pascua de este año predicaré sobre el Libro del Apocalipsis.

Como podrá comprobarse, mi finalidad al hacerlo es mostrar que el Apocalipsis, lejos de ser un libro aterrador, ofrece una literatura consoladora, que confirma nuestra Esperanza en la Fe y la Caridad.

Hemos dicho que la Segunda Parte de este Libro trata sobre las visiones proféticas, que comenzarán en el capítulo sexto con la apertura de los Sellos.

La idea central de esta Segunda Parte es el misterio del Reino de Dios, que se manifestará al toque de la Séptima Trompeta.

Cuando comienza a realizarse este misterio, el diablo prepara una gran persecución, que terminará con el juicio de los perseguidores y la venida del Reino de mil años, acabado el cual, el diablo vuelve de nuevo a hacer la guerra a los santos; pero es vencido por Cristo, y entonces tiene lugar el juicio final y las bodas del Cordero.

El profeta nos presenta, primeramente, en los capítulos cuatro y cinco, el escenario, o sea la Corte del Cielo, desde donde Dios Padre y el Cordero redentor dominan todos los sucesos de la historia.

Hemos considerado el domingo pasado que San Juan, antes de comenzar a hablar de las cosas futuras, tiene una visión, en la cual ve el Cielo; y allí ve un trono sobre el cual estaba sentado el Señor omnipotente, rodeado de toda su Corte Celeste.

Después ve también en el mismo Cielo al Cordero Redentor, que toma en su mano la guía de la historia, que va a ser revelada a Juan. Es lo que contemplaremos hoy, que coincide bien con la figura del Buen Pastor.

Antes o después de las pruebas y de las sanciones, casi siempre tiene lugar una visión para reconfortar. Como dijimos, esto sólo bastaría para infundir confianza, robustecer nuestra esperanza y animarnos en el combate que debemos sostener en la Inhóspita Trinchera.

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Contemplemos como el Cordero Redentor recibe el Libro de los Siete Sellos y es adorado.

El presente capítulo tiene, pues, como tema central a Jesucristo Redentor, al Cordero inmolado por los pecados del mundo.

Ya no se trata de la adoración a Dios creador, argumento del capítulo cuarto, sino de Jesucristo glorioso, vencedor por su pasión y muerte redentora.

En sus manos pone el Padre Eterno los destinos futuros de la humanidad. El llevará a efecto los planes divinos, luchando contra las fuerzas adversas de su Iglesia, y logrando el triunfo definitivo sobre el mal.

Al recibir el Cordero la suprema investidura de manos del Padre, todas las criaturas —representadas por los Cuatro Vivientes, los Veinticuatro Ancianos y las miríadas de Ángeles— prorrumpen en himnos de alabanza y de adoración.

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Como preámbulo a la presentación del Cordero Redentor en el Cielo, San Juan nos describe con gran dramatismo la escena de un libro sellado:

Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos.

En la mano derecha de Dios ve el profeta un libro, es decir, un rollo de papiro, conteniendo los decretos divinos contra los perseguidores de los fieles. Estaba escrito por las dos caras de la hoja de papiro y sellado con Siete Sellos; con lo cual se quiere indicar que el contenido del libro era secretísimo.

Los Siete Sellos sujetaban la hoja enrollada, de tal modo que para abrir el rollo era preciso soltar todos los Sellos. La apertura de cada uno de los sellos no implica, pues, la publicación o la lectura de una parte del documento, sino que es más bien un preludio de su ejecución. El segundo preludio de la ejecución de los decretos divinos comenzará solamente con el toque de las Siete Trompetas.

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Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz, pregonaba: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun fijar los ojos en él.

Un Ángel poderoso grita a grandes voces, con el fin de que su voz se oiga en todo el universo, preguntando si hay alguno que sea digno o capaz de abrir el libro, soltando los Siete Sellos. Pero nadie responde en toda la creación.

Nadie posee la dignidad suficiente para atreverse a escudriñar los destinos futuros de la humanidad.

No hay ningún Ángel en el Cielo, ningún hombre en la tierra, ningún difunto en el hades que pueda arrogarse tal dignidad.

Sólo Jesucristo, Redentor y Mediador de los hombres, el Buen Pastor, posee los títulos suficientes para llevar a cabo semejante empresa.

El hecho de no encontrar a nadie en el universo capaz de desligar los sellos sirve para demostrar la alta dignidad del único digno de realizar esta hazaña.

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Y yo lloraba mucho porque nadie era hallado digno de abrir el libro, ni de fijar en él los ojos.

El Profeta, ante aquel silencio de toda la creación, prorrumpe en llanto, porque comprende cuál es el contenido del rollo. Y piensa que no será posible conocer la revelación de aquel libro misterioso, y, en consecuencia, tampoco tendrá la alegría de contemplar el triunfo final del Reino de Dios y de su Iglesia sobre los poderes del mal.

Pero he aquí que uno de los ancianos amablemente le tranquiliza, y le dice: No llores. Mira: el León de la tribu de Judá, la Raíz de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos.

El anciano afirma claramente que sólo Cristo es capaz de soltar los Sellos.

Pero lo hace con lenguaje figurado, inspirado en diversos pasajes del Antiguo Testamento.

El epíteto León de Judá está tomado de la bendición de Jacob a sus doce hijos, en la cual Judá es comparado a un cachorro de león. Sabido es que esta bendición de Judá es mesiánica.

El otro título, Raíz de David, es lo mismo que la expresión mesiánica Retoño de Jesé, que se encuentra en la profecía de Isaías.

Pues bien, es el León de Judá y el Vástago de la raza de David, es el que ha vencido las fuerzas siniestras del mal, simbolizadas por el Dragón infernal.

Él es el que ha triunfado, mediante su Pasión y Resurrección, del pecado y de la muerte.

Por eso Él será el único digno y capaz de abrir el Libro de los Siete Sellos.

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Y vi que en medio delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos estaba de pie un Cordero como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios en misión por toda la tierra. El cual vino y tomó el libro de la diestra de Aquel que estaba sentado en el trono.

Por un ingenioso y paradójico contraste, el León anunciado aparece de repente bajo la forma de Cordero. San Juan ve un Cordero, que estaba en pie como degollado.

Es Jesucristo, el Cordero Pascual inmolado por la salvación del pueblo elegido, el Buen Pastor, que pone su vida por las ovejas.

También San Juan, en el cuarto Evangelio, nos presenta a Cristo como el Cordero que quita los pecados del mundo. Con esto se quiere aludir a su mansedumbre, humildad, inocencia y santidad.

El Cordero se presenta de pie, pero conservando todavía en su cuello las señales de su inmolación.

Está de pie porque, aunque ha sido sacrificado, ha logrado vencer la muerte con su Resurrección.

Él es el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida, como dice el Prefacio de Pascua.

Jesucristo ha sido, en efecto, león para vencer, pero se ha convertido en cordero para sufrir.

Su inmolación y muerte sobre la cruz ha sido la causa de su victoria sobre el demonio. Por eso las llagas de Jesucristo son las señales más gloriosas de su triunfo.

Y no nos hemos de extrañar que Cristo conserve en el cielo las gloriosas llagas de su cruento sacrificio, como señales de su lucha victoriosa contra el mal. Aquí, esas llagas de los clavos y la herida del costado de Cristo están significadas por las señales en el cuello, indicio de haber sido degollado.

El Cordero tiene, además, siete cuernos, que simbolizan la plenitud del poder y de la fuerza del mismo: la omnipotencia divina de Cristo, que es el único capaz de conocer y dirigir los sucesos futuros del universo.

El Cordero aparecía también con siete ojos, que designan su omnisciencia y providencia universal.

Los siete ojos, como las siete lámparas, son los siete espíritus de Dios, enviados a toda la tierra. Estos representan al mismo Espíritu Santo prometido por Jesucristo, y enviado por el Padre y por Jesús sobre los discípulos para que diesen testimonio de Jesús y de su Evangelio hasta el fin de los tiempos.

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La significación transcendental del acto realizado por el Cordero, al tomar el Libro para abrir sus Sellos y revelar su contenido, se manifiesta en la escena que sigue. Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postran, en señal de adoración, delante del Cordero glorioso:

Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.

Estos tienen en sus manos cítaras para acompañar el cántico nuevo, que en seguida entonarán, y copas de oro llenas de perfume, que simbolizan las oraciones de todos los fieles de la Iglesia de Cristo que aún viven en la tierra.

La función de los Ancianos y Vivientes es manifiestamente litúrgica: el Cielo es un templo con su altar y sus cantores.

Ellos expresan esos mismos sentimientos de reverencia y adoración, entonando un cántico nuevo, que va dirigido no solamente a Dios creador, como sucedía en los cuatro primeros capítulos del Apocalipsis, sino principalmente a Cristo Redentor:

Y cantaban un cantico nuevo, diciendo: Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra.

Ese cántico nuevo corresponde al orden nuevo instaurado por Jesucristo, a la suprema intervención divina en los destinos de la humanidad, por medio de la muerte redentora del Cordero.

El tema, pues, de este cántico es la Redención llevada a cabo por Jesucristo, una clara confesión de la divinidad y omnipotencia del Cordero, que es el Verbo de Dios.

Él ha rescatado con su Sangre a toda la humanidad, confiriendo a todos los rescatados la dignidad de reyes y sacerdotes. Todos los cristianos han comenzado ya a reinar espiritualmente desde que Cristo ha sido glorificado, y son poderosos delante de Dios por su intercesión.

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San Juan, después de haber contemplado el grupo de los seres que están más cercanos al trono y tienen una parte más importante en el gobierno del mundo y de la Iglesia, ve un segundo grupo formado por miríadas de Ángeles que rodeaban el trono:

Y miré y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era el número de ellos miríadas de miríadas, y millares de millares; los cuales decían a gran voz: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Al cántico nuevo de los Vivientes y de los Ancianos hacen coro innumerables Ángeles, que aclaman y confiesan al Cordero, inmolado por la salud de la humanidad, proclamándolo digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.

Estos siete términos honoríficos indican la plenitud de la dignidad y de la obra redentora de Cristo.

A la perfección de la obra divina, alcanzada por la Redención, corresponde la perfecta glorificación de aquel que la ha realizado.

De aquí está tomado el texto que sirve de Introito para la Misa de Cristo Rey.

La escena que nos describe San Juan es de una grandeza admirable. Jesucristo, el Cordero que ha sido degollado, recibe juntamente con el libro, el homenaje y el dominio de toda la creación.

Es muy significativo que la alabanza de toda la creación vaya dirigida a Dios y al Cordero, indivisiblemente unidos:

Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos oí que decían: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Y los cuatro vivientes decían: Amén. Y los ancianos se postraron y adoraron.

Como a Emperador supremo de todo el universo regenerado, todas las criaturas alaban a Cristo, en paridad con Dios, porque es el Hijo de Dios, consubstancial con el Padre.

A la aclamación de toda la creación se unen los cuatro Vivientes, diciendo: Amén.

Éstos, que habían dado la señal para entonar los cánticos de alabanza, dan ahora su solemne Amén de aprobación a la aclamación cósmica universal.

Los Ancianos también se postran en profunda adoración; y de este modo forman como un todo único los seres de la creación, para tributar homenaje de obediencia y alabanza a Dios y a su Hijo Jesucristo.

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San Pablo, hablándonos del anonadamiento de Cristo y de su obediencia hasta la muerte de cruz, nos dice que Jesucristo recibió por este motivo del Padre la dignidad más grande: fue constituido Señor, de suerte que ante Él han de doblar la rodilla los cielos, la tierra y los infiernos. Y todo ello para gloria de Dios Padre:

El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.

Por todo esto, en verdad es digno y justo, equitativo y saludable que, en todo tiempo, Señor, te alabemos, pero principalmente con mayor magnificencia en este en este tiempo glorioso en que Jesucristo, nuestra Pascua, fue inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida.