Padre Juan Carlos Ceriani: MISA DE GLORIA DE RESURRECCIÓN

 

MISA DE GLORIA DE RESURRECCIÓN

Pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y sus vestidos blancos como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, que fue crucificado; no está aquí, porque ha resucitado, como lo había predicho. Venid, ved el lugar donde estaba puesto el Señor. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo ha predicho.”

Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos estaban convencidos de haber triunfado; y, sin embargo, cosa admirable, parecían temer aún a ese personaje prodigioso que tantas veces los había aterrorizado con su poder.

Aquellas tinieblas esparcidas en la ciudad durante su agonía, el temblor de tierra que acompañó a su muerte, la misteriosa rasgadura del velo del templo, todo se presentaba a su memoria como la sombra de un presagio siniestro.

Pero lo que particularmente les inquietaba, era que el Crucificado había anunciado que resucitaría tres días después de su muerte.

Estos pensamientos les infundieron tal terror que, sin tomar en cuenta el reposo sabático, se presentaron a Pilatos y le dijeron: Señor, recordamos que aquel impostor dijo cuando vivía: “A los tres días resucitaré.” Manda, pues, que el sepulcro sea guardado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos vengan a robarlo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”; y la última impostura sea peor que la primera.

Pilatos odiaba a aquellos hombres, sobre todo después que le habían arrancado una sentencia que su conciencia le reprochaba como un crimen. Les respondió, pues, con desdén: Tenéis guardia. Id, guardadlo como sabéis.

Los príncipes de los sacerdotes y los jefes del pueblo se dirigieron al sepulcro donde reposaba el Cuerpo de Jesús, pusieron sello sobre la piedra que cerraba la entrada y colocaron soldados alrededor del monumento para impedir que nadie se aproximara a él.

Con esto, se retiraron enteramente tranquilos, pareciéndoles imposible que un muerto tan perfectamente encerrado y custodiado, pudiera escapárseles.

Olvidaban que Aquél que en el huerto de Getsemaní había hecho caer por tierra a los soldados con sólo pronunciar su nombre, también podría, con un acto de su voluntad, derribarlos de nuevo en el sepulcro.

Pero Dios les hacía tomar aquellas ridículas precauciones, a fin de que los mismos judíos se vieran obligados a confesar oficialmente el triunfo del Crucificado.

Al predecir su muerte, y su muerte de Cruz, Jesús había asimismo anunciado que resucitaría al tercer día: Destruid este templo, dijo a los judíos hablándoles del templo de su cuerpo, y yo lo reedificaré en tres días.

Más aún, cuando los fariseos le pidieron un signo en el cielo para probar su divinidad, el Salvador les respondió que el gran signo de su misión divina sería su resurrección: Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así el Hijo del hombre permanecerá tres días en el seno de la tierra.

He ahí el milagro por excelencia, el milagro que atraerá al mundo a los pies del Hijo de Dios. Jesús lo predijo y era necesario que su palabra se cumpliese.

El ¡cuerpo de guardia, compuesto de dieciséis soldados, custodiaba rigurosamente el sepulcro; y cada tres horas, cuatro centinelas hacían el relevo de guardia.

Mientras tanto, el Cuerpo del Hijo de Dios esperaba en la paz y silencio de la tumba el momento fijado por los decretos eternos.

Hacia la aurora del tercer día, su Alma, vuelta del Limbo de los Justos, se reunió a su Cuerpo y, sin ninguna muestra sensible en la colina, Cristo glorificado salió del sepulcro.

Los guardias no se dieron la menor cuenta de que estaban custodiando un sepulcro vacío; pero he aquí que un momento después, la tierra comienza a temblar reciamente, un Ángel desciende del cielo á vista de los soldados sobrecogidos de espanto, hace rodar la piedra que cerraba la entrada de la gruta y, con aire de triunfo, se sienta sobre ella como sobre un trofeo.

Su rostro centellea como el relámpago, su vestido resplandece como la nieve, sus ojos despiden llamas que deslumbran a los guardias ‘y los derriban por tierra, casi muertos de terror.

Era el Ángel de la Resurrección que bajaba del Cielo para anunciar a todos que Jesús, el gran Rey, el vencedor de la murarte y del infierno, acababa de salir de la tumba.

Después de este primer instante de estupor, los guardias, huyeron desatinados a la ciudad para referir a los príncipes de los sacerdotes los hechos prodigiosos de que habían sido testigos.

Desconcertados estos y fuera de sí, preguntábanse cómo podrían ocultar la verdad al pueblo y prevenirlo contra las manifestaciones que sin duda iban a producirse. Convocaron inmediatamente a los ancianos y, con su acuerdo, resolvieron que el mejor partido era corromper a los soldados por medio del dinero.

Prometieron a cada uno una cantidad considerable si decían al pueblo de que, mientras ellos dormían, los discípulos de Jesús habían robado el cuerpo de su Maestro. Y como los soldados objetasen que, si tal especie llegara al conocimiento de Pilatos, les pediría cuenta de su conducta, el Consejo les respondió que ellos se encargarían de disculparlos ante el gobernador.

Disipado el peligro, los soldados recibieron el dinero ofrecido y propalaron entre los judíos la ridícula fábula que se les había enseñado, pero sin conseguir más que la propia infamia y la de aquellos que los habían sobornado, pues era muy fácil responderles: Si estabais dormidos, como aseveráis, no habéis podido daros cuenta de lo sucedido durante vuestro sueño. ¿Cómo, pues, os atrevéis a asegurar que los discípulos han sustraído el cadáver que custodiabais?

Es bien conocido el dilema que San Agustín dirige a aquellos infelices guardias: Si dormíais, ¿cómo sabéis que han robado el cuerpo? Si no dormíais, ¿por qué le habéis dejado robar?

En realidad, las necias y burdas falsedades de los judíos constituyen la prueba más elocuente de la verdad de la resurrección, es decir, del espléndido triunfo del Rey a quien habían desconocido y crucificado.

Por más que haga el Sanedrín, el triunfo alcanzado por Jesús sobre un poder que nadie ha vencido ni vencerá jamás, el de muerte, hace palidecer a todos los demás triunfos. Por este signo, el universo reconocerá a su Dios y Salvador.

Por esta razón, el día de la Resurrección tendrá un nombre particular: se le llamará Domingo, Día del Señor, día del eterno Aleluya, porque en este día la Muerte y la Vida han combatido en gigantesco duelo y el Autor de la Vida ha vencido a la Muerte.

El Señor ha resucitado realmente, ¡Aleluya! Así cantarán los hijos del Reino.

Reino que Jesús resucitado, establecerá en el mundo entero en su momento, perpetuándolo hasta el fin del mundo.

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Mientras tanto, desde la aprehensión de su Maestro, los Apóstoles creyeron prudente ocultarse; se mantuvieron cuidadosamente escondidos de miedo que se les reconociera como cómplices del Crucificado. Muy engañado estaba el Sanedrín al creerlos capaces de robar el Cuerpo de Jesús, cuando ni siquiera se atrevían a presentarse en las calles que conducían al sepulcro.

El sábado, cuando la tranquilidad quedó restablecida en la ciudad, entraron, uno después de otro, en el Cenáculo, confundidos y consternados. Todo había concluido para ellos. El pasado les parecía un sueño, el reino futuro como una quimera, Jesús como un misterio impenetrable que los agobiaba y confundía.

Su corazón no podía desasirse de un Maestro, cuya abnegación e inefable ternura conocían; pero no sabían qué pensar de este taumaturgo impotente contra los judíos, hasta dejarse atar, condenar, crucificar por ellos como un criminal. Desanimados y casi perdida la esperanza, gemían y lloraban.

Así transcurrió el sábado, sin que ninguna esperanza viniera a reanimar sus almas abatidas. Comenzaba el día tercero después de la muerte de Jesús y nadie pensaba en la resurrección.

El Salvador reposaba en su tumba, y en lugar de esperar verle salir de ella, las mujeres se preocupaban de embalsamarle mejor que la víspera. Terminado el sábado, fueron a comprar perfumes para sepultarle con mayor decencia e impedir así una corrupción demasiado rápida.

En cuanto a los Apóstoles, eran igualmente incrédulos a su resurrección como lo habían sido a su muerte, y todos se encontraban en un estado de desánimo y de olvido, sin esperanza y sin fe, cuando ya el Ángel de la Resurrección había puesto en fuga a los guardias espantados.

Los acontecimientos probaron hasta qué punto el escándalo de la cruz les había hecho incrédulos y desconfiados.

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Desde la aurora del domingo, tres mujeres, María Magdalena, María de Cleofás y Salomé, salieron de Jerusalén y se encaminaron hacia el Calvario cargadas de sus perfumes y muy preocupadas de saber cómo apartarían la enorme piedra que cerraba la entrada del sepulcro.

En su ardor impaciente, Magdalena tomó la delantera; pero, ¡cuál no fue su sorpresa al llegar al huerto y ver la piedra removida y la entrada a la tumba enteramente libre! No se imaginaba que Jesús pudiera haber resucitado, sino que habían sustraído el Cuerpo.

Dejando a sus compañeras, corrió al Cenáculo para dar parte a los Apóstoles de lo ocurrido: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.

Mientras tanto, sus dos compañeras llegadas al sepulcro y penetraron en la bóveda donde había reposado el cuerpo de Jesús. Habiendo entrado, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús.

Mientras ellas estaban perplejas por esto, he ahí que dos varones de vestidura resplandeciente se les presentaron. Como ellas estuviesen poseídas de miedo e inclinasen los rostros hacia el suelo, ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo, estando aún en Galilea: que era necesario que el Hijo del hombre fuese entregado en manos de hombres pecadores, que fuese crucificado y resucitara el tercer día.

Entonces se acordaron de sus palabras; y de vuelta del sepulcro, fueron a anunciar todo esto a los Once y a todos los demás. Pero estos relatos aparecieron ante los ojos de ellos como un delirio, y no les dieron crédito.

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El mismo Domingo de Resurrección, Jesucristo Resucitado apareció a su Santísima Madre, después a la Magdalena, luego a San Pedro, a Santiago el Mayor, a los dos desconsolados discípulos de Emaús, y finalmente a todos los Apóstoles reunidos en el Cenáculo; y después otras muchas veces en la Galilea, patria de todos ellos.

Apareció humilde, sereno y gracioso, llevando en manos, pies y costado las gloriosas heridas de su Pasión, vueltas hermosas como joyas. Habló, comió, alternó con ellos; fue visto y tocado, fue interrogado y adorado.

Si estamos engañados, oh Dios, entonces Tú mismo nos has engañado.

Con razón decía san Pablo: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, nuestra esperanza es vana: somos los más infelices de todos los hombres.

Pero Cristo resucitó; y entonces la contraria es verdadera: somos los más felices de todos los hombres; o si quieren, los menos infelices.

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Retengamos lo que nos enseña la Santa Liturgia en los Prefacios de la Santa Cruz y Pascua:

Dios, Nuestro Señor, puso la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que, de donde salió la muerte, de allí renaciese la vida, y para que, el que venció en un árbol, en un árbol fuese también vencido, por Cristo Nuestro Señor, nuestra Pascua, que fue inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que ha quitado los pecados del mundo. El cual, muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, reparó nuestra, vida.