SANTO TOMAS MORO-AGONIA DE CRISTO

II. SOBRE LA OREJA SAJADA DE MALCO, LA FUGA DE LOS DISCÍPULOS Y LA CAPTURA
DE CRISTO


Furia y celo de Pedro

Desde mucho tiempo antes habían los Apóstoles es-cuchado a Cristo predecir las cosas que ahora veían acontecer. Aun afectados por la tristeza y la pena, recibieron entonces todo aquello con mucha menos preocupación que ahora, cuando veían ocurrir todas aquellas cosas delante de sus propios ojos. Al ver que una cohorte entera de soldados buscaba a Jesús Nazareno, no quedaba ya lugar para la duda o la ambigüedad: le buscaban para hacerle prisionero. Al sospechar lo que se avecinaba fueron sus ánimos abatidos e inundados por un tumulto de sentimientos. De un lado, solicitud y preocupación por su Señor, al que tanto amaban; pero, también, miedo y temor por lo que pudiera ocurrirles a ellos mismos. De otro lado, debieron sentir vergüenza al recordar aquella magnífica promesa suya de morir antes que abandonar al Maestro. A todos estos estados de ánimo seguían impulsos varios, porque, si su amor les llevaba a quedarse, el miedo les hacía no permanecer, el temor a la muerte les movía a huir, y la vergüenza por lo que habían prometido les inclinaba a resistir y no ceder.

Recordaban, además, lo que Cristo les había dicho aquella misma noche: que si antes tenían prohibido llevar cosa alguna para defenderse, ahora, el que no tuviera espada debería comprar una, aunque para hacerlo se viera obligado a vender la túnica. Crecía su miedo al ver a la cohorte romana y a la turba de los judíos avanzando en bloque, todos bien provistos de armas, mientras ellos eran sólo once y desarmados, excepto dos que tenían dos espadas (aparte de algún cuchillo o puñal que tuviera algún otro). Pues bien, a pesar de todo recordaron más tarde que al decir al Maestro: «Mira, aquí hay dos espadas», Él había contestado: «Es suficiente.» No entendiendo el misterio de esas palabras, le preguntan impetuosamente si quiere que ellos le defiendan con la espada: «Señor, ¿herimos con la espada?»59.Pedro, furioso por la emoción, no esperó la res-puesta, sino que desenvainando la espada, asestó un golpe a un siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Quizá estaba este criado junto a Pedro, o bien su aspecto fiero y altanero destacaba entre los demás. De cualquier modo, parece que era conocido por su maldad, porque los evangelistas mencionan que era un siervo del sumo sacerdote, jefe y príncipe de todos los sacerdotes, y como dice un autor satírico: «Cuanto más grande la casa, más soberbios los servidores.» Saben los hombres por experiencia que, en cualquier parte, los servidores de grandes señores superan a éstos en arrogancia. Y para que supiéramos que este individuo estaba muy cercano al sumo pontífice (y así era tanto más distinguido en su soberbia), añadió Juan, inmediatamente, su nombre: «El nombre del siervo era Malco».

Es un dato que este evangelista no ofrece en cualquier lugar y sin una buena razón. Imagino que este canalla llamado Malco debió de entrometerse altaneramente, irritando a Pedro, que, a su vez, escogió a tal sujeto para iniciar la pelea; y vigorosamente habría dirigido el ataque si Cristo no hubiera detenido su ímpetu. En efecto, prohibió Cristo a los demás que lucharan, declaró ser impotente el celo de Pedro y, finalmente, curó la oreja de este pobre individuo. Lo hizo así porque no vino a huir de la muerte, sino a padecerla, y además, caso de que no hubiera venido a morir, no habría necesitado de tal ayuda Para recalcar bien esto, respondió primero a la pregunta de los otros Apóstoles: «Dejadles. No sigáis adelante. Dejadles hacer otro poco. Con una sola palabra los tiré al suelo y, con todo, como veis, les permití que se levantaran para que pudieran llevar a cabo lo que de-sean hacer. Si a ellos les dejo llegar hasta ahí, haced vosotros otro tanto. Llegará el momento en que ya no permitiré que puedan nada sobre mí; e incluso ahora no necesito vuestra ayuda.»

Después, volviéndose a Pedro le dijo: «Pon la es-pada en su lugar»61, como si dijera: «No deseo ser defendido con la espada, y a vosotros os he escogido para una misión que no es lucha con esa espada, sino con la espada de la palabra de Dios. Devuelve, por tanto, la espada de hierro a su sitio, que es donde debe estar: en manos de los príncipes y de las autoridades temporales para usarla contra los que obran el mal. Vosotros, Apóstoles de mi rebaño, tenéis otra espada mucho más temible que cualquiera de hierro. Una espada por la que el hombre impío es, a veces, cortado y desgajado de la Iglesia como miembro podrido de mi Cuerpo místico, y entregado a Satanás para destrucción de la carne, y así salvar el espíritu (supuesto que sea curable) y capacitarlo una vez más para ser injertado y seguir creciendo de nuevo. Aunque, ocurre alguna vez, que quien padece un tumor incurable es entregado a la muerte invisible del alma, no sea que infeccione otros miembros sanos con su enfermedad. Tan lejos estoy de desear que hagas uso de la espada de hierro (que pertenece a la autoridad secular) que pienso asimismo que la espada espiritual (cuyo manejo os pertenece) no debe ser desenvainada con mucha frecuencia. Pero manejad con gran energía la espada de la palabra, cuyo tajo, como el del bisturí, hace posible que salga el pus, y cura, ciertamente, hi-riendo. Por lo que se refiere a la maciza y peligrosa es-pada de la excomunión, deseo permanezca escondida en el estuche de la misericordia a no ser que una necesidad urgente y grave requiera sea desenvainada.»

Cristo corrige al Apóstol

Con sólo tres palabras contestó a los otros Apóstoles, bien porque eran más moderados o quizá, sencillamente, porque eran más tibios que Pedro. Para calmar el ímpetu bullicioso y sin freno de este último necesitó extenderse un poco más. No sólo le mandó envainar la espada; añadió también la razón por la que no aprobaba su celo, por fervoroso que fuera. «¿No quieres que beba el cáliz que mi Padre me dio a beber?”. Tiempo antes, había predicho Cristo en una ocasión a los Apóstoles que «convenía que fuera él a Jerusalén y que padeciera mucho de los ancianos, escribas y príncipes de los sacerdotes, y que fuese muerto y que resucitara al tercer día. Y tomándole aparte Pedro trataba de disuadirle diciendo: “De ningún modo, Señor. Nada de todo eso te ocurrirá”. Cristo se volvió hacia Pedro y le dijo: “Apártate de mí, Satanás, que no saboreas las cosas que son de Dios”». ¡Con qué energía replicó Cristo a Pedro!

Poco antes de esto, al confesar Pedro que Cristo era el Hijo de Dios, le había dicho:

«Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado eso la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» 64. En esa otra ocasión, sin embargo, declara ser escándalo, le llama Satanás, que no en-tiende las cosas de Dios sino sólo las de los hombres. ¿Por qué todo esto? Porque intentaba Pedro disuadirle de su camino hacia la muerte.

Cristo le hizo ver que convenía perseverar hasta la muerte, hasta aquella muerte irrevocablemente decretada por su propia voluntad. No sólo no quería Cristo que ellos impidieran su muerte, sino que deseaba le siguieran también en aquel mismo camino suyo. «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, coja su cruz y sígame» . No contento con esta exigencia, fue más allá para mostrar que si alguien rehusara seguirle en el ca-mino hacia la muerte cuando el caso lo requiere, no sólo no evita la muerte, sino que viene a caer en una mucho peor. Quien da su vida, no la pierde, sino que la cambia por una vida más plena, pues «quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierde su vida por mí la encontrará. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? ¿Qué podrá dar entonces para rescatarla? El Hijo del hombre ha de venir revestido de la gloria de su Padre y rodeado con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras».

Es posible que haya yo dedicado a este pasaje más tiempo del necesario. Pero, ante estas palabras de Cristo tan graves y amenazadoras, por un lado, y tan eficaces, por otro, para originar esperanza en la vida eterna, me pregunto si habrá alguien que no quede de verdad conmocionado.

La importancia de estas palabras en este lugar está clara. Pedro es amonestado para que su celo no le desviara de tal modo que estorbara la muerte de Cristo. No obstante, vuelve Pedro con igual ardor a oponerse a ella, y no se limita ahora a unas pocas palabras, sino que intenta conseguirlo por la violencia de la lucha. Cristo, que sabía que Pedro lo hacía con buena intención, y que a medida que se acercaba la pasión aparecía más y más humilde con todos, no le reprochó con du-reza. Le corrigió dándole una razón; declaró después ser aquello un pecado; y, finalmente, afirmó que, caso de que quisiera evitar la muerte, no necesitaría de la ayuda de Pedro ni de ningún otro mortal. No tenía mas que pedírselo a su Padre, que hubiera enviado una poderosa e invencible legión de ángeles para liberarle de esta gente ruin que buscaba cogerle prisionero.

La razón con la que contrarrestó el celo de Pedro se contiene en su pregunta: «¿No quieres que beba el cáliz que mi Padre me entregó?67. Mi vida entera hasta ahora ha estado moldeada por la obediencia y ha sido modelo de humildad. ¿Qué he enseñado con más frecuencia o con más energía sino que las autoridades deben ser obedecidas, que se ha de tener honor y respeto a los padres, que lo que es del César se ha de entregar al César y lo que es de Dios a Dios? Y ahora que debo acabar mi obra y hacerla perfecta en todo detalle, ¿pretendes que rechace el cáliz que mi Padre me ofrece, de-seas que el Hijo del hombre desobedezca y que, de este modo, destruya y deshilache en un momento el tapiz hermosísimo que durante tanto tiempo ha estado tejiendo?»

Enseña a Pedro, en segundo lugar, que, al asestar un golpe de espada, ha cometido un pecado. Y lo
hace con un ejemplo del Derecho civil: «Los que se sirven de la espada, a espada morirán»

Según el Derecho romano (al que estaban sometidos los judíos), cualquier persona que fuera descubierta llevando una espada, sin legítima autoridad, con el propósito de matar, era considerada en la misma categoría que el hombre que ya hubiera asesinado a otro. ¡Cuánto más en el caso de quien no sólo llevaba espada, sino que la había desenvainado y asestado un golpe! No me parece que Pedro, en tal momento de consternación y desconcierto, pudiera controlarse para apuntar sólo a la oreja de Malco, evitando deliberadamente golpearle en la cabeza, como si no hubiera querido matarle sino tan sólo asustarle.

Naturalmente, se podría añadir aquí que es lícito servirse de la fuerza para proteger a un inocente de un asalto criminal. Pero esta cuestión requeriría un trata-miento más extenso del que se pude intentar en estas páginas. Por mucho que pueda excusarse la acción de Pedro, ya que la hizo por un leal afecto hacia Cristo, una cosa está clara: lo hizo en ausencia de legítima autoridad para emplear la fuerza, como muestra muy bien el hecho de que Cristo le había severamente advertido de que no intentara impedir de ningún modo su pasión y muerte, no sólo por la fuerza, sino ni siquiera con palabras.

.Finalmente, desaprueba el ataque violento de Pedro, señalando que su protección era del todo superflua e innecesaria. «¿No sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre, e inmediatamente me enviaría más de doce legiones de ángeles?» Fijaos, mantiene silencio sobre su propio poder, pero se gloría de gozar del favor de su Padre. A medida que se acercaba más y más su muerte, deseaba evitar toda alocución sublime de sí mismo y no quería pregonar que su poder era igual al de su Padre. Queriendo dejar bien claro que no necesitaba la ayuda de Pedro ni de ningún otro mortal, afirma que la ayuda de los ángeles le habría sido enviada por su Padre todopoderoso inmediatamente, con sólo haberla pedido. «¿No sabes que puedo pedir ayuda a mi Padre…?», como si dijera: «Con vuestros propios ojos acabáis de ver cómo arrojé al suelo, con sólo mi voz y sin tocarla, a toda esta turbamulta, tan grande que si confías ser suficientemente fuerte para defenderme contra ella, debes estar completamente loco. Si esta razón no te convence, considera, al menos, de quién confesaste tú que yo era hijo cuando al preguntaros “¿Quién decís vosotros que soy yo?”, tú diste al punto aquella respuesta que el cielo te enseñó: “Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Pues, si por divina revelación conoces que yo soy Hijo de Dios, y ya que has de saber que los padres en esta tierra no abandonan a sus hijos, ¿piensas, acaso, que mi Padre celestial me abandonaría? ¿No sabes que, si se lo pidiera, me enviaría más de doce legiones de ángeles, y que lo haría en el acto, sin tardanza? Y contra tantas legiones de ángeles, ¿Qué podría esta cohorte de plebeyos y ruines mortales? Ciento veinte legiones de creaturas como éstas no podrían ni siquiera mirar el rostro de un ángel airado.»

Vuelve después Cristo a lo primero como si fuera lo más importante, y dice: «¿Cómo se cumplirán las Escrituras según las cuales conviene que ocurra así?»’°. Llenas, en efecto, están las Escrituras de vaticinios sobre la pasión y muerte de Cristo y sobre el misterio de la redención de la humanidad que no se realizaría sin la pasión. Y para que ni Pedro ni ningún otro musitara para sí mismo: «Si puedes conseguir todas esas legiones de tu Padre, ¿por qué no las pides?», le dijo Cristo: «¿Cómo se cumplirán las Escrituras según las cuales conviene que suceda así? Si ves en la Sagrada Escritura que éste es el camino escogido por la sabiduría justísima de Dios para instaurar de nuevo la raza humana en la gloria que perdió, y aun así pidiera yo a mi Padre que me salvara de la muerte, ¿Qué estaría haciendo sino esforzarme por deshacer lo que vine a cumplir? Hacer que bajen del cielo los ángeles para defenderme, ¿Qué otro resultado tendría sino, precisamente, excluir del cielo a la raza humana entera para cuya redención a la gloria celestial he bajado yo a la tierra? No luchas tú, por tanto, con tu espada contra los impíos judíos, sino que arremetes contra toda la humanidad en la medida en que no dejas que se cumplan las Escrituras ni quieres que beba el cáliz que me dio mi Padre; aquel cáliz por el que yo, libre de culpa y sin mancha, borraré la mácula de la naturaleza caída.»

Malco, figura de la razón humana

Contemplad el corazón dulcísimo de Cristo que no pensó era bastante reprochar al que golpeaba, sino que, para darnos ejemplo de que hemos de devolver bien por mal, tocó también la oreja sajada de su perseguidor y se la curó. Ningún cuerpo está tan plenamente configurado por el alma como la letra de la Sagrada Escritura está permeada de misterios espirituales. Así como nadie puede tocar una parte del cuerpo en que no se halle el alma dando vida y sensación (incluso la parte más pequeña), de manera parecida, no hay en toda la Sa-grada Escritura un hecho o una historia aunque sea bien material y palpable, por así decirlo, que no lleve la vida y el aliento de algún misterio espiritual. Al considerar cómo la oreja de Malco fue cortada por la espada de Pedro y restaurada por la mano de Cristo, no nos que-demos únicamente con los hechos del relato (de los que podemos aprender mucho para nuestra salvación): penetremos en el misterio espiritual de salvación escondido bajo la letra de la historia.

Este personaje, Malco, cuyo nombre significa en hebreo «rey», puede ser tomado como figura de la razón humana; porque la razón debe gobernar en el hombre como un rey, y verdaderamente reina cuando se su-jeta a sí misma en el obsequio de la fe y sirve a Dios. Y servir a Dios es reinar.

Por su parte, el sumo sacerdote, junto con sus ministros, los escribas y los ancianos del pueblo, era dado a depravadas supersticiones que mezclaba con la ley de Dios y, con el pretexto de la piedad, luchaba contra la piedad esforzándose por demoler al fundador de la verdadera religión. Todo esto hace que pueda ser tomado, junto con sus cómplices, como figura de los heresiarcas sacrílegos, ministros supremos de la nefanda superstición.

Cuando la razón se rebela contra la verdadera fe de Cristo y se hace adicta a la herejía, se convierte en es-clava del hereje al que sigue, descarriada por el diablo y perdida en los vericuetos del error.

Conserva la oreja izquierda, por la que escucha siniestras herejías, mientras pierde la derecha, por la que debería oír la fe verdadera.

No ocurre esto siempre por igual causa ni con el mismo resultado. Hay cabezas que tienden a la herejía por malicia y adrede. En ese caso no cae la oreja de un golpe, sino que va perdiéndose poco a poco y paso a paso, en la medida en que el diablo infiltra el veneno; llega luego un momento en que las partes purulentas se endurecen obturando los pasos de la trompa auditiva, de tal modo que nada bueno puede entrar. Difícilmente son tales individuos restaurados en la salud porque las partes carcomidas por el cáncer devorador se pierden del todo, y nada queda que pueda ser repuesto en su lugar.

Puede también ocurrir que la oreja haya sido sajada de un golpe seco y preciso, a causa de un celo imprudente, y que, entera, haya rodado hasta el suelo. Así pasa con aquellos que, movidos por una pasión o un sentimiento repentino, abandonan la verdad conquistados por una falsa apariencia de la verdad. También re-presenta a quienes han sido engañados por su celo; de éstos ya advirtió Cristo: «Vendrá un tiempo en que quien os matare se creerá hacer un obsequio a Dios». De esta clase fue el Apóstol Pablo.

Otros hay que, atolondradas sus inteligencias por apegos terrenos, dejan que la oreja por la que oían la buena doctrina del cielo sea amputada, cayendo sobre la tierra. A menudo se compadece Cristo de la desgracia de tales hombres, y recogiendo del suelo con su propia mano la oreja que fue cortada en un súbito arre-bato o por un celo mal entendido, con sólo tocarla la encola de nuevo a la cabeza, y vuelve a ser idónea para escuchar la verdadera doctrina.

En fin, sé bien que, de este pasaje, sacaron los antiguos Padres, con la gracia del Espíritu Santo, varios significados misteriosos, cada autor el suyo; pero no es mi propósito hacer un elenco de todos porque interrumpiría demasiado el relato de los acontecimientos históricos.