Padre Juan Carlos Ceriani: DOMINGO DE RAMOS

 

DOMINGO DE RAMOS

Cuando se aproximaron a Jerusalén, y llegaron a Betfagé, junto al Monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles: “Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y encontraréis una asna atada y un pollino con ella: desatadlos y traédmelos. Y si alguno os dice algo, contestaréis que los necesita el Señor; y al punto los enviará”. Esto sucedió para que se cumpliese lo que había sido dicho por el profeta: “Decid a la hija de Sión: He ahí que tu rey viene a ti, benigno y montado sobre una asna y un pollino, hijo de animal de yugo”. Los discípulos fueron pues, e hicieron como Jesús les había ordenado: trajeron la asna y el pollino, pusieron sobre ellos sus mantos, y Él se sentó encima. Una inmensa multitud de gente extendía sus mantos sobre el camino, otros cortaban ramas de árboles, y las tendían por el camino. Y las muchedumbres que marchaban delante de Él, y las que le seguían, aclamaban, diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto!”

Jesús fue recibido en Betania con transportes de gozo, no sólo por sus amados huéspedes, sino por toda la población de la aldea, feliz con volver a ver al divino taumaturgo, que había resucitado a Lázaro. El día siguiente, sábado, fue para todos un verdadero día de fiesta.

Las ovaciones de los peregrinos habían abierto los corazones a la esperanza. Se preguntaban si no estarían en vísperas de un triunfo, a pesar de que, después de la sentencia de excomunión, había fundamento para prever que los enemigos del Salvador intentarían apoderarse de Él durante su permanencia en la capital.

Entre los principales habitantes de Betania se encontraba un ferviente admirador de Jesús, porque el buen Maestro lo había anteriormente sanado de la lepra, llamado Simón. Invitó éste a su bienhechor a tomar la cena en su casa, en compañía de sus Apóstoles, de su amigo Lázaro y de muchos otros discípulos.

Marta se encargó, según su costumbre, de dirigir el servicio de la mesa. Durante la cena, María Magdalena, la hermana de Lázaro y Marta, se acordó que un año antes, en una circunstancia semejante, había obtenido del Salvador el perdón de sus faltas. Entregada del todo a su Dios, creyó que antes de su partida a Jerusalén, convenía dar el adiós al Maestro honrándole con un acto memorable de veneración y amor.

Cuando el Salvador ocupó su lugar en la mesa del festín, María, con un vaso de alabastro en sus manos lleno de perfumes de gran precio, se acercó a Él, rompió el vaso y derramó su precioso nardo sobre la cabeza del divino huésped; luego, echándose a sus pies, los ungió igualmente y los enjugó con sus largos cabellos. Toda la casa quedó como embalsamada con un exquisito y suave aroma.

Los convidados observaban aquella escena con la mayor atención. Era costumbre entre los judíos romper un vaso en medio del festín para recordar, entre las alegrías del mundo, la fragilidad de la vida humana. María acababa de profetizar, como lo venía haciendo el Maestro desde algunos días atrás, que la separación se acercaba.

Todos se unían de corazón a María en aquel supremo homenaje rendido al Salvador, cuando desde un grupo de discípulos se dejaron oír palabras de descontento. Judas, uno de los doce, melancólico y taciturno hasta aquel momento, expresaba en voz alta su indignación por esa prodigalidad que calificaba de insensata: ¿Con qué fin, dijo, un gasto tan exagerado? ¡Fácil habría sido vender en trescientos denarios estos perfumes que derrocháis y dar esta suma a los pobres!

Muchos aplaudieron esta crítica sin sospechar, por cierto, las secretas intenciones del pérfido apóstol. Judas se inquietaba muy poco por los pobres, pero como manejaba la bolsa común del colegio apostólico, y con poco escrúpulo, aquellos trescientos denarios eran objeto de su codicia.

Por otra parte, había perdido ya el amor a su Maestro desde el momento en que sólo entrevía para Él humillaciones y, tal vez, una catástrofe en la cual necesariamente quedarían envueltos ellos, sus discípulos. ¿Por qué, pensaba, tributar semejantes honores a un hombre que habla tanto de su reino y se encuentra siempre reducido a la mendicidad?

Jesús veía muy claro lo que pasaba en aquella alma atormentada por el demonio y Él mismo se encargó de responderle: No molestéis a esta mujer, dijo a Judas y a los otros censores; ¿por qué le reprocháis su conducta para conmigo? Acaba de practicar una buena acción, anticipándose a rendirme los honores de la sepultura. Siempre tendréis pobres a quienes socorrer, pero a mí, no siempre me tendréis. Censuráis a esta mujer y yo os digo, que en donde quiera que se predique mi Evangelio, su nombre será pronunciado con honor a causa de lo que acaba de hacer.

Por lo demás, aquella unción real de Betania, censurada por un traidor y alabada por Dios, no era más que el preludio del triunfo también real que, al siguiente día, todo un pueblo iba a tributar al Salvador.

Jesús había rehusado la corona terrestre que los judíos engañados no cesaban de ofrecerle; pero Él quería antes de morir, que este mismo pueblo reconociera su verdadera dignidad real y condujera triunfalmente a través de las calles de su capital al Hijo de David, al Mesías libertador, al verdadero Rey de Israel.

En presencia de los fariseos que le llenaban de injurias desde hacía tres años, del Sanedrín que le había excomulgado, del gran sacerdote que se preparaba a pronunciar contra Él sentencia de muerte, Jesús iba a aparecer como Rey pacífico, pero también como Rey omnipotente; como un Pastor dispuesto a morir por sus ovejas, pero también como el Juez de los que tramaban su muerte.

Y los millares de hombres, que de todas las naciones llegarían a Jerusalén para las fiestas de Pascua, asistirían también a la exaltación del Mesías realizada por todo el pueblo de Israel, antes de ver a este mismo Mesías suspendido en el patíbulo de los criminales.

Antes de la llegada de Jesús a Betania, los peregrinos, que ya invadían Jerusalén, se informaban con ansiedad acerca del profeta de Nazaret. La resurrección de Lázaro preocupaba a todos los espíritus y naturalmente cada uno deseaba volver a ver y oír a aquel hombre bastante poderoso para sacar vivo del sepulcro a un muerto de cuatro días.

Por todas partes se oía la misma pregunta: ¿Vendrá a la fiesta o le acobardará el decreto del Sanedrín? Cuando de repente, los peregrinos que hicieron con Jesús el camino de Jericó a Betania, esparcieron la noticia de que el Profeta pasaría el sábado en casa de Lázaro y al día siguiente subiría al templo.

En el acto, se manifestó en todos los contornos de Jerusalén una agitación extraordinaria. Multitud de vecinos y extranjeros treparon al Monte de los Olivos, impacientes de ver al Maestro y a su amigo Lázaro salido de la tumba.

Lázaro y las gentes de Betania referían todas las particularidades del gran milagro verificado por el Profeta, de suerte que el número de los partidarios de Jesús, aumentando de hora en hora, comenzó a infundir terror a los príncipes de los sacerdotes.

Inquietos y turbados, éstos últimos tuvieron el pensamiento de hacer morir a Lázaro, aquel testigo vuelto de la tumba para cubrirles de confusión.

Tal era el estado de los espíritus, cuando, el domingo, Jesús dejó a Betania para hacer su entrada en Jerusalén.

Sus apóstoles le rodeaban esperando ver comenzar ya el reinado de su Maestro. Una multitud inmensa le escoltaba lanzando exclamaciones de alegría. Nuestro Señor, no sólo no rechazaba aquellas demostraciones, sino que manifestó su voluntad de entrar a la ciudad santa como un rey en su capital.

Llegado al Monte de los Olivos, cerca de la aldea de Betfagé, hizo detenerse a la multitud y tomando aparte a dos de sus discípulos, les dijo: Id a aquella aldea que está delante de vosotros; a la entrada de ella encontraréis una asna atada y su pollino sobre el cual nadie ha montado todavía. Desatadlos y traédmelos; si alguien os preguntare con qué derecho lo hacéis, responded que por orden del Maestro, y os lo permitirá.

Los dos mensajeros encontraron, en efecto, el asna y su pollino atados a una puerta que daba al camino. Se les preguntó qué intentaban hacer con ellos; y como los enviados respondieran lo que les había ordenado el Maestro, les dejaron partir sin ninguna observación.

El asno había sido la cabalgadura de los reyes; y montado en él debía hacer la entrada en su capital el verdadero rey de Judá, según la profecía de Zacarías: ¡Alégrate, hija de Sión! He aquí que tu rey viene a ti lleno de mansedumbre, montado sobre una asna y su pollino.

Los discípulos se despojaron de sus mantos para engalanar con ellos al pollino, e hicieron subir sobre él a Jesús.

Luego la multitud, entre gritos de alegría, le acompañó a Jerusalén. Aquello fue verdaderamente una marcha triunfal.

Multitudes acudían desde la ciudad al encuentro del cortejo, llevando palmas en las manos y haciendo resonar el aire con sus aclamaciones; de manera que Jesús se encontró estrechado entre dos oleadas de pueblo, los que le seguían desde Betania y los que le salían al encuentro desde Jerusalén.

A medida que el Salvador avanzaba, unos extendían sus vestiduras a lo largo del camino, otros arrojaban ramas de árboles a su paso; todos a porfía celebraban las alabanzas del profeta y le proclamaban rey de Israel.

Cuando la comitiva, llegada a la cima del Monte, divisó los blancos muros de la ciudad santa, sus espléndidos palacios y su vasto templo rodeado de parapetos, lanzó a todos vientos sus gritos de fe y de amor: ¡Hosanna! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos! ¡Gloria al Hijo de David! ¡Bendito sea el que viene en el nombre del Señor, a restaurar el reino de David nuestro Padre!

No se podía reconocer más claramente al Mesías prometido a Abraham y loado por todos los Profetas.

Ante tal espectáculo, los envidiosos fariseos que se habían mezclado en el acompañamiento, echaban en cara a Jesús los gritos sediciosos de sus partidarios y calificaban de revuelta esta ovación, que se hacía a su enemigo, y le decían con un despecho que no podían disimular: ¡Maestro, os conjuramos que hagáis callar a vuestros discípulos!

El Salvador les respondió: Es inútil, porque en este momento, si ellos callaran, las piedras mismas clamarían.

En aquella hora escogida por Dios para glorificar a su Hijo en nombre de la nación judía, no habría habido poder humano capaz de impedir aquella pública manifestación de su soberanía.

¡Desgraciados de aquellos que, en aquel día solemne, rehusaron abrir sus ojos a la luz y blasfemaron contra Jesús, en lugar de cantar con el pueblo un himno a su gloria!

Desde la cima del Monte, el Salvador detuvo un instante su mirada sobre esa Jerusalén que, desde hacía tanto tiempo, venía despreciando obstinadamente la gracia de la salvación, y sus ojos se llenaron de lágrimas y exclamó: ¡Oh Jerusalén, si quisieras aun en este día que se te ha dado, si quisieras abrir los ojos para reconocer al único que puede darte la paz! Pero, estás herida de una ceguedad que causará tu ruina. Pronto llegará el día en que tus enemigos te circunvalarán de trincheras, te sitiarán y estrecharán por todos lados. Serás arrasada y tus hijos serán sepultados bajo tus ruinas y de ti no quedará piedra sobre piedra, porque no has querido conocer el día en que el Señor te ha visitado.

Momentos después, Jesús entraba en la ciudad seguido de la inmensa multitud de sus discípulos. La población en masa acudió a su encuentro en medio de una agitación profunda. Los extranjeros preguntaban: ¿Quién es este hombre y por qué estas aclamaciones? Es el profeta de Nazaret, se les respondía; es el que resucitó a Lázaro.

Y el Hosanna al Hijo de David resonaba cada vez más ardoroso a través de toda la ciudad.

En cuanto a los fariseos, más exasperados que nunca, se decían unos a otros: Ya veis que no hemos adelantado un paso; le condenamos a muerte y he aquí que todo el pueblo corre tras él.

Los discípulos condujeron a Jesús hasta el Templo, en donde sólo permaneció un momento, pero lo bastante para ver la casa de Dios convertida de nuevo en un mercado público. Entonces echó fuera a todos los que vendían y compraban allí; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!

Se acercaron a Él algunos ciegos y cojos, y los curó. Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban: ¡Hosanna al Hijo de David!, se indignaron y le dijeron: ¿Oyes lo que dicen éstos? Y les respondió: Sí. ¿No habéis leído nunca que de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?

Y dejándolos, después de despedir al pueblo, salió fuera de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche.

Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios.

 

Hasta aquí el relato de lo sucedido según los Evangelistas.

Sabemos que cada uno de los Tiempos Litúrgicos y de las Fiestas del Año Cristiano tiene su carácter especial y su propio espíritu, desde el doble punto de vista del dogma para creer y de la virtud para practicar.

Y es hacia este doble aspecto de cada misterio hacia donde nos lleva la Liturgia de la Iglesia, recordándonos siempre las escenas originales que quiere celebrar.

Destaquemos esta verdad analizando algunos aspectos del Oficio de este día.

El Domingo de Ramos pretende recordar la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén, al mismo tiempo que los primeros pasos que dio en la carrera de su Pasión.

La Iglesia podría haberse satisfecho con un simple recitativo, una lección, una exhortación a los fieles, para informarles del propósito de la solemnidad.

Pero no: en lugar de este método frío y lánguido, la Iglesia abre el Oficio de la manera más dramática. Es una procesión, que recuerda la marcha de Jesucristo hacia Jerusalén. Se llevan palmas, los niños cantan hosanna, se proclama el Evangelio de la entrada triunfal.

Luego, al regreso de la procesión, a las puertas de la iglesia, se realiza una ceremonia aún simbólica.

La puerta está cerrada; así como la entrada al Cielo estaba prohibida al hombre caído. Tras un diálogo de la más perfecta lírica, el celebrante, que representa a Jesucristo, golpea con el báculo de la cruz, y pronto se abren las puertas y entra la procesión, mientras el coro narra la entrada triunfal de Nuestro Señor en la ciudad santa que pronto regenerará, y con ella a toda la humanidad, mediante su Cruz.

Así, el Oficio del Domingo de Ramos se abre de manera a la vez solemne y triste, con una mezcla de alegría pasajera (se llevan las palmas), y un comienzo de dolor (se usa el báculo de la cruz, y por primera vez se canta o narra la Pasión del Salvador).

Sin duda, hay en los Oficios un fondo que se encuentra todos los días; y este trasfondo, que es la parte esencial del Sacrificio, ciertamente puede despertar y sostener la atención eternamente, ya que el Sacrificio del Altar es la Encarnación y la Redención que se renuevan: cada día el Dios-Hombre renace en el altar, y muere allí de nuevo.

Todos los días, por tanto, la sustancia del Sacrificio es la misma, pero también varía cada día el resto de la acción; cada día se presenta un nuevo aspecto de la religión, nuevas palabras, nuevos ritos vienen a cambiar el escenario y, a veces, a transformarlo por completo.

Escuchemos la palabra de la Iglesia, el lenguaje del culto… Esta predicación llegará mucho más a nuestro corazón, de una forma más segura, más delicada, más eficaz, pues la Iglesia nunca se equivoca.

¡Cuántas veces, las santas ceremonias de la Iglesia han hecho descansar nuestra alma entristecida, han vuelto a encaminar nuestro espíritu perdido, han dilatado de amor nuestro corazón oprimido por el miedo o la preocupación!

Aquí se encontrará la fe perdida, la virtud que parece haberse vuelto antinatural, la felicidad que aún no se ha podido encontrar en otra parte.

Es imposible asistir con un mínimo de buena disposición a los servicios de la Iglesia y no creer…

Nos gustaría aumentar nuestra fe… Asistamos, al menos espiritualmente, con atención y con meditación a las ceremonias sagradas de la Iglesia y tendremos fe. Ésta es la ruta más corta y segura. No intentéis encontrar la luz discutiendo… Entremos en el acto litúrgico… y ya veremos…

Sea personalmente, sea por foto o vídeo, hemos mirado alguna vez, desde fuera, los vitrales de las basílicas góticas. ¡Qué aspecto tan triste y repulsivo! Es un grupo insignificante de piezas sin forma, mal ajustadas, oscuras y negras. Mientras se esté fuera del templo, nadie querrá demostrar que hay algún valor en estos objetos.

Pero, si entramos…, de repente nos deleitamos con la belleza, el resplandor, la armonía de lo que nos parecía un desorden. Cada parcela es una esmeralda o una flor. El conjunto produce un efecto cuya combinación es una maravilla.

No discutamos a la puerta de los ritos litúrgicos, no se entenderían… Entremos…; y pronto la luz vendrá por sí sola… Lo que nos parecía incorrecto, despertará nuestra admiración; nos gustará lo que nos disgustaba…

Entremos y creeremos o aumentará nuestra fe…

Entremos con todo nuestro espíritu y todo nuestro corazón en la Gran Semana del Año Litúrgico, entremos en la Semana Santa, y nuestra fe se robustecerá…