Santo Tomás de Aquino

MEDITACIONES
ENTRESACADAS DE SUS OBRAS

CUARESMA

Viernes de la quinta semana de Cuaresma
COMPASIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

Una espada traspasará tu alma de ti misma (Lc 2, 35).

En estas palabras se advierte la gran compasión de la bienaventurada Virgen hacia Cristo. Conviene saber que cuatro cosas hicieron sobremanera amarga la Pasión de Cristo a la bienaventurada Virgen.

Primero, la bondad del Hijo, que no hizo pecado, ni fue hallado engaño en su boca (1 Ped 2, 22); segundo, la crueldad de los que le crucificaron, pues ni siquiera quisieron dar agua al moribundo, ni permitieron que la madre se la diera, aun cuando ella diligentemente se la hubiese dado; tercero, la ignominia del suplicio: Condenémosle a la muerte más infame (Sab 2, 20); cuarto, la crueldad del tormento: Oh vosotros, todos los que pasáis por el camino, atended, y mirad, si hay dolor como mi dolor (Lam 1, 57 12) (Serm).

Orígenes y algunos otros doctores entienden aquellas palabras de Simeón: Una espada traspasará tu alma de ti misma (Lc 2, 35), del dolor que padeció la Bienaventurada Virgen en la Pasión de Cristo. Pero San Ambrosio dice que la espada significa la prudencia de María que no ignoraba el misterio celestial; porque la palabra de Dios es viva y fuerte y más aguda que la espada más afilada.

Pero otros entienden por espada la duda, pues dice San Agustín que “la Bienaventurada Virgen dudó con cierto estupor de la muerte del señor”; pero esa duda no debe entenderse, sin embargo, como duda de infidelidad, sino de admiración y discusión; porque dice San Basilio24 que al asistir la Bienaventurada Virgen a la crucifixión y observarlo todo, después del testimonio de Gabriel, después del conocimiento inefable de la divina concepción, después de haber sido testigo de tantos milagros, vacilaba su espíritu, al verle, por un lado, sufrir tormentos ignominiosos, y por otro, al considerar sus maravillas.

(3ª., q. XXVII, a. 4, ad 2um)


…Aun cuando la Santísima Virgen conoció por la fe que Dios quería que Cristo padeciese, y conformó su voluntad al querer divino, como hacen los perfectos, la Bienaventurada estaba triste por la muerte de Cristo, por cuanto la voluntad inferior repugnaba esa cosa particularmente querida, y esto no es contrario a la perfección.

(I Dist. 48, q. única, a. III).