Padre Juan Carlos Ceriani: SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

 

 

EL PROCESO RELIGIOSO DE JESÚS

Como lo he anunciado el domingo pasado, consagramos los sermones de los Tiempos litúrgicos de Cuaresma y Pasión a una serie de Conferencias Cuaresmales, cuyo temario es el siguiente:

Primer Domingo de Cuaresma = La agonía y la oración en Getsemaní.

Segundo Domingo de Cuaresma = El proceso religioso contra Nuestro Señor.

Tercer Domingo de Cuaresma = El proceso civil contra Nuestro Señor.

Cuarto Domingo de Cuaresma = La Vía Dolorosa hasta el Calvario.

Domingo de Pasión = La crucifixión y muerte de Nuestro Señor.

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Para padecer mayores ignominias, Nuestro Señor quiso ser presentado ante cuatro tribunales de las personas más calificadas que había en Jerusalén: dos religiosos y dos civiles.

Anás, príncipe y cabeza de los escribas y letrados de la Ley, que formaban un concilio de 70 personas para las causas que pertenecían a la doctrina que se predicaba y enseñaba, para juzgar si ella era conforme a las Escrituras.

Caifás, sumo sacerdote, con quien se juntaban los demás pontífices, sacerdotes y fariseos, para juzgar las cosas referentes a la religión en general.

Pilato, juez y procurador de Judea, a cuyo tribunal concurría muchedumbre de escribanos y alguaciles y otros ministros de justicia.

Herodes, tetrarca de Galilea, con quien había gran cantidad de cortesanos y un ejército de gente de guarda.

Dueños por fin de Jesús, los fariseos pudieron satisfacer el implacable odio que le habían profesado desde tan largo tiempo. Para humillar a aquel profeta, al falso Mesías, como ellos juzgaban, quisieron que se le tratara como a un criminal vulgar.

Desde Getsemaní, el cortejo se había puesto en marcha hacia el monte Sión, donde se encontraba el palacio de los pontífices. Allí era donde Jesús debía ser juzgado.

Decididos a concluir su obra en la noche misma, los jefes del Sanedrín habían prevenido a sus colegas para que se reunieran en el palacio de Caifás. Como era necesario dar al juicio cierta publicidad, los fariseos más opuestos al profeta y a sus doctrinas, se dirigieron al tribunal para asistir al interrogatorio y aclamar a los jueces.

El cortejo llegó al palacio de los pontífices a la una de la mañana; y los soldados condujeron a Jesús a una de las salas en donde funcionaba el magistrado encargado de formular la acusación.

Introducido a la presencia de Anás, ex-pontífice, Jesús, cargado de cadenas, conservó una actitud firme, un rostro tranquilo y sereno.

Confundido y consternado, Anás levantó súbitamente la sesión para no exponerse a humillaciones y ordenó a los soldados conducir al prisionero al tribunal de Caifás, a quien correspondía de derecho el juicio religioso como supremo pontífice que era aquel año, donde los miembros del Sanedrín se hallaban reunidos.

Esta asamblea, compuesta de fariseos y saduceos, enemigos declarados de Jesús, de pontífices envidiosos de su gloria, de escribas, a quienes había confundido tantas veces delante del pueblo, no pensaba ciertamente pronunciar un fallo de justicia, sino ejecutar un proyecto de venganza.

Basta recordar que tres veces ya, en conciliábulos secretos, estos mismos jueces habían condenado a Jesús, excomulgado a sus partidarios y finalmente decretado su muerte.

En una de esas reuniones Caifás había declarado que el triunfo de Jesús acarrearía la destrucción de la nación y que, por consiguiente, su muerte era reclamada como una necesidad de salvación pública; convenía que muriera un solo hombre por el pueblo…

Jesús estaba, pues, condenado de antemano por el presidente del tribunal y por sus consejeros que se habían adherido a su parecer. De manera que aquellos hombres inicuos convirtieron en juguete la violación de todas las leyes, y el Sanedrín atropelló resueltamente todas las formalidades legales.

Era preciso que, al despertar, el pueblo supiera que Jesús ya había sido condenado. El entusiasmo de las turbas, que duraba desde el domingo, se extinguiría sin duda cuando la alta corte de justicia hubiera declarado al falso profeta culpable de lesa divinidad y de lesa nación.

El Salvador compareció, pues, en la sala del tribunal delante de todo el Sanedrín.

Caifás había preparado cuidadosamente su interrogatorio. Hizo al prisionero muchas preguntas sobre sus discípulos y su doctrina, esperando descubrir algún indicio de maquinaciones tenebrosas contra la Ley mosaica; pero su esperanza quedó enteramente burlada.

Jesús fue despreciado por los doctores de la Ley: la ciencia que hincha comienza las humillaciones de la Sabiduría, en castigo del pecado de Adán y como preludio del presente siglo, en que la ciencia y el racionalismo, bajo capa de progreso, ultrajan a la religión.

Jesús esquiva con delicada caridad el asunto de los discípulos, de quienes nada bueno podía decir en ese momento.

Sobre su doctrina invocó el testimonio de sus oyentes en calles, sinagogas, montañas y Templo; el testimonio de sí mismo ante la Ley no tenía ahora valor alguno; y se limitó a responder: Yo he enseñado en las sinagogas y en el templo, nada he dicho en secreto. ¿Para qué interrogarme sobre mi doctrina? Interrogad a los que me han oído; ellos saben lo que yo he enseñado y darán testimonio de la verdad.

Consideremos la libertad y la prudencia de Cristo. No estaba acobardado, lo cual prueba la santidad de vida y la verdad de su doctrina.

Nada más sabio que esta respuesta que desconcertó por completo al pontífice. La lección de legalidad no debió gustar a Caifás, y su gesto de disgusto excitó a un servidor lisonjero, que vino en su auxilio, y acercándose a Jesús, le dio un recio bofetón en el rostro, diciendo enfurecido: ¿Así es como se habla al pontífice?

Esta bofetada fue:

– cruel: con ira y venganza,

– afrentosa: en presencia de nobles y dada a quien hasta entonces se guardaba respeto,

– injusta: calumniando una respuesta sin falta,

– indefensa: con aprobación de todos.

Sin dejar aparecer ninguna emoción, Jesús aclara la rectitud de su respuesta para demostrar que no se podía condenar sin falta alguna, y le respondió a aquel miserable: Si he hablado mal, muéstralo; pero si bien ¿por qué me hieres?

Jesús practicó aquí la humildad, la paciencia, la mansedumbre y la caridad.

El indigno criado guardó silencio lo mismo que su amo.

El Apóstol San Juan era conocido del Sumo Sacerdote y entró con Jesús en el atrio, mientras Pedro se quedó fuera, junto a la puerta. Entonces salió Juan, habló a la portera e hizo pasar a Pedro.

La portera dijo a Pedro: ¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?

Dijo él: No lo soy. Mujer, no lo conozco, ni sé lo que dices.

Y cantó el gallo por primera vez.

Mientras tanto, el Sanedrín andaba buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle muerte, y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos.

No buscaban la culpabilidad o inocencia, sino excusas para eliminar a aquel contrincante, fuese como fuese. La legalidad estaba al servicio del odio, lo que se repetirá tantas veces contra la Iglesia… No esperemos ser tratados por el mundo y los malignos de modo distinto a como fue tratado Jesús.

Para motivar una sentencia de condenación, los jueces habían imaginado un complot de Jesús contra la Ley mosaica. Había sobornado a falsos testigos que debían sostener la acusación; pero, contradiciéndose estos unos a otros, fueron sorprendidos en flagrante delito de mentira e impostura.

Muy contrariados se encontraban los jueces, cuando he aquí que dos miserables formularon una acusación capaz de impresionar vivamente a toda la asamblea: Nosotros le hemos oído decir, exclamó uno de ellos, “Yo puedo destruir el templo de Dios y reedificarlo en tres días”.

La deposición del segundo fue algo diferente. Según este, Jesús se había expresado de la manera siguiente: Yo destruiré este templo hecho por mano de hombre y en tres días reedificaré otro que no será hecho por mano de hombre.

Esta acusación era, a los ojos de los judíos, de una extrema gravedad, porque el Templo personificaba en cierta manera a la nación, a la Ley, a todo el mosaísmo.

Pero, ¿cómo transformar las palabras pronunciadas por Jesús en atentado contra el Templo de Dios? Él no había dicho: Yo puedo destruir o Yo destruiré este templo en tres días; sino al contrario: Destruid este templo, es decir, en la hipótesis de la destrucción del templo, yo lo reedificaré en tres días.

La amenaza contra el Templo, que constituía el delito, no era más que pura invención de los testigos; y se daba a las palabras de Jesús un sentido material, enteramente extraño a su pensamiento. Las expresiones de que se había servido probaban claramente que hablaba del templo de su cuerpo, de aquel cuerpo que los judíos iban a destruir y que Él, en prueba de su divino poder, resucitaría después de tres días.

Mientras tanto, los siervos y los guardias tenían unas brasas encendidas porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos calentándose. Le vio otra criada y dijo a los que estaban allí: Este estaba con Jesús el Nazareno. Y de nuevo lo negó con juramento: ¡Yo no conozco a ese hombre!

Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: ¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues además tu misma habla te descubre!

Entonces él se puso a echar imprecaciones y a jurar: ¡Yo no conozco a ese hombre!

Inmediatamente cantó el gallo por segunda vez…; y Pedro se acordó de aquello que le había dicho Jesús: Antes que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres.

Pedro tenía los ojos arrasados en lágrimas y su alma dolorida pedía gracia. Jesús tuvo piedad de él; en lugar de apartar el rostro, detuvo su mirada sobre el apóstol infiel; pero con tanta bondad, tanto amor y tan dulces reproches, que Pedro sintió su corazón despedazado dentro del pecho.

Estalló en sollozos y salió precipitadamente para dar libre curso a sus lágrimas.

A poca distancia del palacio de Caifás, en el sombrío valle de la Gehena, se encuentra una caverna solitaria. Allí fue donde Pedro se retiró para llorar su pecado y meditar en aquellas palabras de Jesús que su presunción le había impedido comprender, pero que la divina sabiduría le mostraba ahora a costa de dolorosa experiencia: Velad y orad para que no caigáis en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca.

Entre tanto, adentro, Caifás estaba nervioso al ver el escaso éxito de las acusaciones y buscaba el pretexto que le permitiese condenar a Jesús. En Israel se podía condenar a muerte por el adulterio y por la blasfemia; encontró en ese último punto un camino para lo que pretendía. Cuando los acusadores dejaron de hablar, Caifás dirigió al divino Maestro una mirada interrogadora y le intimó que respondiera.

Jesús guardó silencio.

Levantándose entonces encolerizado, como un hombre que se cree ofendido, tomó Caifás la palabra: ¿Nada tienes que responder a la acusación que estos te hacen?

Se mantuvo Jesús silencioso… No se responde a testigos falsos cuyas declaraciones se contradicen, ni a jueces que han sobornado a estos calumniadores. No tiene respuesta la acusación de haberse complotado contra el Templo, cuando este cargo va dirigido contra el mismo que arrojó de él a los vendedores para impedir la profanación de la casa de Dios.

Callándose, revelaba Jesús la indignidad de sus enemigos y daba cumplimiento a la profecía del Rey David: Los que buscaban un pretexto para quitarme la vida, decían contra mí cosas vanas y falsas; pero yo estaba en su presencia como un sordo que no oye y como un mudo que no abre su boca.

Este mutismo de Nuestro Señor no dejaba de inquietar a los consejeros. Decían para sí, si éste, que tantas veces nos ha confundido con su sabiduría y elocuencia, se desdeña ahora responder a nuestras acusaciones, es porque nos juzga indignos de un cuerpo respetable como el Sanedrín.

Caifás lo comprendía así y semejante humillación le ponía convulso de furor. Dejando a un lado cargos que a nada conducían, se dirigió directamente al fin, haciendo a Jesús preguntas que le obligarían a declararse Él mismo culpable, y le dijo: Te conjuro por el Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús no estaba obligado a obedecer a aquella intimación, porque la Ley mosaica prohibía exigir juramento al acusado para no ponerle en la alternativa de perjurar, o de acriminarse a sí mismo.

Pero Caifás contaba con que Jesús no vacilaría en afirmar su divinidad en esta circunstancia solemne. En todo caso, se decía, ya sea que afirme o que niegue, está igualmente perdido. Si niega, le condenamos como impostor y falso profeta, pues tantas veces ha asegurado delante del pueblo que él era el Cristo e igual al Padre que está en los cielos. Si afirma, le aplicaremos la pena dictada por la ley contra los blasfemos y usurpadores de títulos divinos.

No se engañaba Caifás. A esta interpelación del pontífice sobre su personalidad divina y su cualidad de Mesías, Jesús rompió el silencio que había guardado desde el principio de la sesión. Sabiendo que los jueces sólo esperaban una afirmación de su boca para decretar su muerte, respondió al gran sacerdote con dignidad soberana: Sí, tú lo has dicho, Yo soy. Y Yo os declaro que veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder de Dios, y venir sobre las nubes del cielo.

Jesús no sólo no lo niega, sino que invoca el testimonio de los hechos futuros, profetizados por Daniel: cuando lo vean, no como reo sino como Juez que les vendrá a juzgar a ellos mismos.

Apenas había pronunciado esta formidable declaración, cuando Caifás, sin darse un instante para examinarla, exclamó como un energúmeno: ¡Ha blasfemado! Acabáis de oírle; no tenemos necesidad de nuevos testimonios.

Y desgarró sus vestidos con indignación, para protestar, como lo prescribía la ley, contra la injuria hecha a Dios.

El criminal contra Dios era él, el injusto e indigno pontífice. ¿Con qué derecho declaraba que Jesús había blasfemado? Según la ley, debía tomar el parecer de sus colegas, no imponerles violentamente su opinión. Por otra parte, la más vulgar equidad exigía que se discutieran seriamente las afirmaciones del acusado, antes de reprobarlas como blasfemias.

¿Por qué Jesús no sería el Mesías y el Hijo de Dios según el texto de la declaración? Los caracteres del Mesías indicados en las Escrituras ¿no convenían rigurosamente a Jesús de Nazaret? ¿No había aparecido en la época predicha por Daniel; en el tiempo en que el cetro había salido de Judá, según el oráculo de Jacob; en la ciudad de Belén, como lo había anunciado Miqueas? Su doctrina divina, su Vida más divina aún, sus milagros operados desde hacía tres años ante todo el pueblo, los enfermos curados, los muertos resucitados, ¿no establecían su divinidad de la manera más evidente?

Y entonces ¿por qué condenarle si se proclamaba con tan justos títulos el Mesías y el Hijo de Dios?

Pero Caifás, dominado por las más innobles pasiones, se mostró menos cuidadoso de ilustrar su conciencia que de satisfacer su odio. Dirigiéndose a sus colegas verdaderamente dignos de él, exclamó de nuevo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?

Respondieron ellos diciendo: Es reo de muerte.

Según ellos, el Mesías se vería irremisiblemente condenado a no decir nunca que lo era, bajo pena de blasfemia. ¿Qué lógica es esa? La lógica de la pasión desordenada, que busca el resultado del raciocinio más que la fuerza del razonamiento.

Vergonzoso es el nivel de los máximos representantes del sacerdocio israelítico. También puede encubrirse de religiosidad aparente la más profunda corrupción. Invocar un texto de la Escritura, una ley del Código o una autoridad que se posee para satisfacer intereses bastardos, equivale a una hipocresía sacrílega.

Jesús escuchó tranquilo e impasible aquel monstruoso juicio. Fijaba con lástima sus miradas sobre aquellos malvados que, sin examen y a sangre fría, condenaban a muerte al Hijo de Dios, pues divisaba ya el día en que descendería del Cielo para revocar ese execrable decreto y tratar a sus autores según los dictados de inexorable justicia.

Terminado ya el juicio, se le condujo a la prisión en donde debía pasar el resto de la noche.

Después de haber condenado a Jesús a la pena de muerte, los miembros del gran Consejo se separaron; mas, como aquel juicio nocturno constituía una ilegalidad de carácter sumamente grave, se dieron cita para las cinco, a fin de revestir el decreto con todas las formalidades legales.

No era que la conciencia de los jueces se encontrase lastimada por su monstruoso proceder, sino que estimaron necesario disimular aquellas iniquidades repugnantes para engañar mejor al pueblo y, sobre todo, para no dar ocasión al gobernador romano de revocar la sentencia.

Desde las tres hasta las cinco, Jesús fue encerrado por los guardias en un sombrío reducto que servía de prisión a los reos ya condenados. Una banda de soldados y sirvientes se encerró con él.

Allí, durante dos horas, aquellos miserables creyeron que todo les era permitido contra un hombre a quien Caifás había tratado de blasfemo en plena sesión del Sanedrín y a quien un criado había impunemente abofeteado delante de los jueces.

Le prodigaron el insulto y el desprecio; le llamaron con los nombres más injuriosos y no se avergonzaron de cubrir su santo rostro de repugnantes esputos.

Exasperados por su invicta paciencia, aguijoneados por el demonio que los enardecía con su propio furor, se arrojaron sobre el inocente cordero como una horda de rabiosas furias; le acribillaron de puntapiés y bofetones.

En fin, para cambiar de diversión y hacer irrisorios sus títulos de Mesías e Hijo de Dios, inventaron un nuevo género de crueldad. Vendándole los ojos, le abofeteaban uno en pos de otro, y le preguntaban con sarcasmo: Adivina, Cristo, ¿quién te ha golpeado? Y juntamente proferían blasfemias capaces de hacer temblar a los mismos demonios que las inspiraban.

El odio, la crueldad, la grosería se unen en contubernio para hacer sufrir a Jesús.

Es pasmoso contemplar a Dios omnipotente, que puede destruir a aquellos desalmados, aparecer a los ojos de todos como un tonto que no sabe defenderse, como un falsario fracasado que quiso engañar y ha sido atrapado en la trampa. Los Ángeles del cielo estarían estupefactos ante esa visión de heroísmo insospechado.

Al aceptar aquellos ultrajes, Jesús daba cumplimiento a esta profecía de Isaías: No apartaré mi rostro de aquellos que quieren golpearme y cubrirme de esputos.

Sus ojos ensangrentados se fijaban en sus verdugos sin, expresar ningún sentimiento de indignación y no se escapaba de sus labios ni una queja, ni un gemido. Esperaba, con su divina paciencia, la hora en que se abriera aquella caverna de bestias feroces.

Llegada la mañana, todos los sacerdotes y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte y le hicieron venir a su Sanedrín. Con los cabellos desgreñados, el rostro cubierto de sangre y de esputos, con las manos cargadas de cadenas, Jesús fue conducido de nuevo al tribunal.

Con excepción de Nicodemo y José de Arimatea, que habían rehusado tomar parte en el proceso, los miembros del Sanedrín, sacerdotes, doctores, ancianos del pueblo, todos estaban reunidos.

Se quería encubrir con cierto aparato solemne las ilegalidades del juicio nocturno y desvirtuar los testimonios falsos y los arrebatos del presidente. Sin embargo, cegados por el deseo de llegar al fin de su criminal intento, iban de nuevo a conculcar la ley que prohibía a los jueces actuar en día de fiesta, la víspera del sábado y antes del sacrificio de la mañana.

Por lo demás, no se trató ya en aquella sesión de acusaciones mal definidas, de testigos más o menos sospechosos; el gran Consejo quería condenar a Jesús únicamente porque afirmaba ser el Mesías prometido a Israel.

Jesús no aceptaba las tradiciones farisaicas agregadas a la Ley de Moisés; no había estudiado en las escuelas de los doctores; no era hombre capaz de fundar un reino judío sobre las ruinas del imperio romano; era pues un falso Mesías, un impostor que merecía la muerte.

Cuando apareció delante del tribunal, el presidente sólo le exigió una simple declaración: Si tú eres el Cristo, dínoslo.

Él respondió: Si os lo digo, no me creeréis; si os pregunto, no me responderéis.

Esto era decir claramente a los miembros del Sanedrín: En vosotros yo no veo jueces dispuestos a administrar justicia, sino verdugos decididos a pronunciar el veredicto de muerte.

Habiendo puesto en transparencia su criminal prevaricación, Jesús los miró de frente y añadió con tono lleno de majestad: Después que hayáis dado la muerte al Hijo del hombre, sabed que irá a sentarse a la diestra del Dios omnipotente.

Al oír estas palabras, todos levantaron la cabeza: una simple criatura no se sienta a la diestra de Dios omnipotente. Y todos le dijeron: ¿Tú eres el Hijo de Dios?

Respondió Jesús: Decís bien, yo soy el Hijo de Dios.

Sólo esperaban esta afirmación solemne, para dejar estallar su furor. Apenas la oyeron, cuando exclamaron todos a la vez: Acaba de acusarse él mismo; no necesitamos otro testimonio; merece la muerte.

Le condenaron al último suplicio, como culpable de lesa-nación, por haber usurpado el título de Mesías, y de lesa-majestad divina, por haberse atrevido a llamarse Hijo de Dios.

En el acto se apresuraron a conducirle al pretorio del gobernador romano, a fin de que la sentencia pronunciada por ellos fuera ratificada y puesta en ejecución en aquel mismo día.

Después de atarlo, lo llevaron, pues, y lo entregaron al procurador Pilato.

Durante aquella lúgubre noche, un hombre taciturno y pensativo vagaba alrededor del palacio del pontífice procurando conocer las peripecias del espantoso drama que se consumaba en el alto tribunal de la nación.

Ese hombre era Judas, el traidor que había vendido y entregado a su Maestro por treinta monedas de plata.

Después del arresto de Jesús en el jardín de los Olivos, la vergüenza y los remordimientos invadieron su conciencia y no cesaron de atormentarle.

El demonio le disimuló la enormidad de su crimen hasta el momento de ejecutarlo; pero una vez perpetrada la traición, se le puso ante los ojos toda la monstruosidad de su conducta.

Por haber muerto a su hermano, Caín fue maldecido por Dios. La sangre de Abel clama y clamará eternamente venganza contra el asesino. Pero el inocente Abel no era más que un hombre; Jesús es el Hijo, de Dios. ¡Judas!, la sangre del Hijo de Dios que los judíos van a derramar, clamará eternamente venganza contra ti.

Así hablaba el demonio, y el alma de Judas se cerraba insensiblemente al amor y al arrepentimiento, para dar entrada, como el alma de Caín, a todos los furores y espantos de un maldito de Dios.

Mezclado con la multitud, se encontraba el traidor a la puerta del palacio, cuando ésta se abrió para dar paso a los soldados que conducían a Jesús al pretorio del gobernador romano. Allí supo que su víctima estaba perdida sin remedio. Entonces la desesperación más espantosa penetró hasta el fondo de su corazón.

Algunos sacerdotes, saliendo del Consejo, se dirigían al templo para el sacrificio de la mañana; él les siguió llevando en las manos las monedas que le habían pagado por su traición y apenas llegaron al lugar santo, se las presentó diciéndoles con una voz trémula: He pecado entregándoos la sangre del justo. Y les alargó la bolsa que contenía los treinta dineros.

Tal vez proclamando él mismo la inocencia de su Maestro y restituyendo el precio del crimen, esperaba Judas conmover a aquellos hombres, decidirlos a intervenir en favor del condenado y arrancarle así a la muerte; pero se dirigía a corazones más duros y más insensibles que el suyo a los remordimientos.

Le respondieron alzando los hombros y con burlas groseras: Eso es asunto tuyo y no nuestro; tú solo serás el responsable.

Judas tenía pesar y remordimientos; el Sanedrín no los tiene. Es Judas quien lo juzga y lo condena.

Arrojó, pues, a los pies de los sacerdotes las treinta monedas de plata, y salió del templo desesperado, sin saber a dónde dirigir sus pasos. Descendió al valle de Josafat. Allí, errante en medio de las tumbas, pasó cerca del sepulcro de Absalón, aquel hijo maldito que se levantó en armas contra su padre; volvió sus ojos a ese Monte de los Olivos al pie del cual Jesús acababa de decirle: Amigo mío, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

Una voz interior, la voz de Satanás le repetía siempre: ¡Maldito! ¡Maldito!

Entró al valle de la Gehena, verdadera imagen del infierno cuyo nombre lleva. Entonces, acortó sus pasos y trepó por la escarpada pendiente que mira al monte Sión; estaba solo en el campo de un alfarero. Por última vez, el apóstol réprobo fijó sus pavorosas miradas en la ciudad deicida y, desatando su ceñidor, se colgó de un árbol y murió desesperado.

El cadáver del traidor fue encontrado al pie del árbol. La cuerda se había roto; el cuerpo al caer con todo su peso se había reventado, vaciándose las entrañas sobre la tierra. Enterraron aquellos restos ignominiosos en el mismo campo del alfarero. No queriendo depositar las treinta monedas en el tesoro del templo porque eran precio de sangre, los sacerdotes compraron con esa suma el campo donde Judas se había ahorcado, sepultaron allí a su cómplice y destinaron aquel sitio para dar sepultura a los prosélitos extranjeros.

Ese campo se llama hoy todavía Haceldama, es decir, Precio de sangre. Así se cumplió la profecía de Jeremías: Han recibido treinta dineros de plata, valor de aquel que pusieron a precio y los han dado por el campo de un alfarero, como lo ha ordenado el Señor.

Tal fue la muerte del nuevo Caín. Así perecen los que, a imitación de Judas, venden a Jesús y a su Iglesia por un puñado de dinero. Inteligencias estrechas, no comprenden la misericordia del Dios a quien traicionan; corazones petrificados, permanecen insensibles al amor; almas presas de la desesperación, ruedan a aquel abismo donde siempre resuenan las palabras de Jesús a Judas: ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo! Más le valdría no haber nacido.

Contemplemos la dignidad y la paciencia infinitas de Jesús.

Quiere ser Víctima en holocausto perfecto, sin reservarse nada para Sí.

Jesús quiere sufrir; hubiera podido salvarnos sin sufrir…

Jesús esconde su divinidad…; podría destruir a sus enemigos y no lo hace…; deja padecer crudelísimamente a su sacratísima humanidad…

Es por mí que Jesús sufre…, padece todo esto por mis pecados…

Entonces, ¿qué haré yo por Cristo? ¿Qué debo hacer y padecer yo por Él?