“ACOMPAÑAMIENTO” BERGOGLIANO: AMORIS LAETITIA EN ACCIÓN

Misterios de iniquidad

BERGOGLIO FACILITA LA ACEPTACIÓN DE LA PSEUDOFAMILIA

13 de enero de 2021

Francisco facilita la aceptación de la pseudofamilia sodomita en parroquias Novus Ordo.

El “acompañamiento” bergogliano sigue actuando, mientras Dios no intervenga…

El National Catholic Reporter informa muy contento que, gracias a Jorge Bergoglio, una pareja sodomita “casada” ahora está criando “sus” tres hijos en una parroquia Novus Ordo en Roma.

Andrea Rubera (“Andrea” es un nombre masculino en italiano), con ocasión de una Cena protestante con Decimejorge en la Casa Santa Marta en el Vaticano, entregó una carta al anfitrión pidiéndole consejo sobre si él y su “esposo”, Darío, deberían inscribir a “sus” hijos en un programa de catecismo Novus Ordo en una parroquia de Roma, pues temían ser rechazados por “prejuicios”.

El ¿Quién soy yo para juzgarlo? lo llamó por teléfono para hablar con él (¿ella?, ¿elle?, ¿xllx?…) directamente sobre el asunto, y le dijo: “Creo que deberías hacerlo. Ve al párroco, pide una reunión, preséntate de forma transparente, y estoy bastante seguro de que todo va a estar bien”.

Estos individuos hicieron lo sugerido por el de Santa Marta. Los tres chicos han pasado por el programa de catequesis y ahora ministran como monaguillos (¿monaguillas?); y el mayor se prepara para recibir la primera comunión.

Lo que a primera vista puede parecer una gran caridad hacia los niños, quienes, obviamente, son completamente inocentes en todo este asunto repugnante, es de hecho una forma muy astuta de introducir sigilosamente en las iglesias y las almas la aceptación de facto de los sodomitas y, por extensión e implicación, el mismo pecado de sodomía.

Con el pretexto de una falsa caridad, innumerables almas son así envenenadas y escandalizadas, porque está claro que la única forma de lograr la integración de estos niños es integrando a toda la pseudofamilia sodomita. Y esto, a su vez, sólo se puede lograr si los feligreses (incluidos sus hijos) son persuadidos de practicar una moral atroz. Se les anima a aceptar la idea de que hay familias con padres del mismo sexo.

¡Bienvenida la integración Bergogliana!

La mayoría de los parroquianos aceptarán las “familias” homosexuales y, por lo tanto, también gradualmente llegarán a creer que ellos son aceptables.

Esta última parte es clave, ya que ilustra precisamente cómo opera Bergoglio: hace que el mal sea aceptable precisamente haciendo que la gente lo acepte primero. Es decir, en su ideología, la aceptación real (por las acciones y palabras de uno) precede y eventualmente conduce a la aceptabilidad (en la mente de uno).

El jesuita argentino no muestra primero en teoría que algo es realmente aceptable, y luego permite que la aceptación práctica fluya de él. No puede hacerlo de esa manera porque, por supuesto, no puede demostrar que la perversión sexual sea aceptable.

Entonces, ¿qué hace Bergoglio en su lugar? Invierte el enfoque: primero obtiene la aceptación práctica, sabiendo que la aceptabilidad teórica seguirá en poco tiempo porque las personas tienden a evitar rechazar en teoría lo que ya han aceptado en la práctica.

La renuencia del hombre a condenar sus propias acciones y su propensión al respeto humano actúa a favor del monstruo de blanco en ese sentido.

La justificación que se les ocurrirá a algunos: “No estoy de acuerdo personalmente, pero…”, es una mera excusa para adormecer su conciencia. Esas almas desventuradas sólo se están engañando a sí mismas. Además, decir constantemente una cosa mientras se hace otra es hipocresía.

“Las realidades son más grandes que las ideas”, dice el jesuita apóstata en su exhortación Evangelii Gaudium (n. 233). Con este principio, que es en sí mismo una idea, se revela existencialista; es decir, le gusta provocar primero los hechos, las ideas seguirán luego. Esto le permite hablar de labios para afuera sobre la pecaminosidad de la sodomía (que él afirma en raras ocasiones, especialmente cuando se le presiona), mientras que, al mismo tiempo, establece su aceptación de facto.

El existencialismo fue rechazado por la Iglesia en 1950:

Las falsas afirmaciones de semejante evolucionismo, por las que se rechaza todo cuanto es absoluto, firme e inmutable, han abierto el camino a las aberraciones de una moderna filosofía, que, para oponerse al Idealismo, al Inmanentismo y al Pragmatismo se ha llamado a sí misma Existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y sólo se preocupa de la existencia de los seres singulares. (Papa Pío XII, Encíclica Humani Generis)

El existencialismo en la moralidad es la ética de la situación, que es exactamente lo que Bergoglio ha estado predicando desde al menos su infernal exhortación Amoris Laetitia, pretende que las cosas sean juzgadas “caso por caso”, sin ningún principio moral inmutable que proporcione una regla rígida para la acción.

Por lo tanto, intenta forzar una revolución en la teología moral de una manera solapada. Si bien parece dejar la doctrina intacta, toma la ruta práctica y hace que la gente acepte la perversión bajo la apariencia de misericordia, acompañamiento, discernimiento, inclusión, como quieran llamarlo. Sabe que, al final, lo que importa es lo que se hace, y lo que se hace finalmente gobernará lo que se cree. Por lo tanto, ha encontrado una manera solapada de cambiar las creencias de la gente por la puerta trasera. ¡Diablo astuto, este jesuita argentino!

Aunque pueda parecer diferente al principio, Decimejorge no está siendo caritativo con los niños, ni con nadie, con esta línea de acción. Ningún niño debería tener que ser sometido a padres del mismo sexo, y ningún niño debería estar expuesto a un escenario en el que otros niños tengan “dos papás” o “dos mamás”, ¡y menos en la iglesia! Pero debido al enfoque tan “misericordioso” de Bergoglio, más jóvenes del Novus Ordo ahora estarán expuestos a tal maldad y se les enseñará, ya sea formalmente y en teoría o simplemente en la práctica, que es perfectamente normal y aceptable.

No nos andemos con rodeos: ¡esto es abuso infantil espiritual y psicológico!

Es precisamente la justa condena al ostracismo de los sodomitas públicos que no se arrepienten (o de cualquier otro tipo de pecador público) lo que previene muchos pecados, especialmente muchos escándalos.

Por un lado, tal marginación desalienta a las personas de abrazar una vida de pecado y, en consecuencia, también evita que otros se expongan a ella.

La vergüenza, el estigma, asociado a algo tan horrendo como la perversión sexual, manifestado públicamente, es esencial; porque a menudo restringe el pecado mortal (por otra parte, ese mentiroso infernal Bergoglio le dice a la gente que los pecados de la carne están entre los pecados “menos graves”).

En el pasado, por ejemplo, ¿a cuántas personas se les impedía ver pornografía sólo porque para verla era necesario ir, más o menos públicamente, a una tienda sucia que la vendía? ¿Cuántas personas no dejaron que su matrimonio se rompiera por temor a lo que dirían o pensarían sus vecinos? ¿Cuántos no cometieron adulterio por miedo a que los descubrieran? En general, ¿cuántos pecados mortales no se han cometido porque la gente temía las reacciones de sus semejantes (cf. Jn. 3, 19-20)?

El mismo San Pablo aconseja la marginación de los pecadores públicos en la Iglesia: “Os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis” (I Cor. 5, 11).

Claramente, el Apóstol no pretendía encauzar a los pecadores al infierno, sino en llevarlos al arrepentimiento.

La exclusión, la marginación, el ostracismo, entonces, son una barrera sana y saludable contra el pecado y su proliferación. Romperlo, como Bergoglio está tratando de hacer con respecto a la sodomía públicamente manifestada con el pretexto de permitir que los niños sean “criados como católicos”, es criminal. Tendrá como efecto que más personas adopten un estilo de vida tan mortalmente pecaminoso y que más niños estén sujetos o expuestos a la perversión.

Pero claro, ese parece ser precisamente el objetivo de Bergoglio.