Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

En aquel tiempo, siendo el niño de doce años, habiendo subido a Jerusalén, según solían en aquella solemnidad, acabados los días de las fiestas, al volverse ellos, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, y no lo advirtieron sus padres. Persuadidos de que estaría en la comitiva, anduvieron una jornada y empezaron a buscarle entre los parientes y conocidos. Mas no hallándole, se volvieron a Jerusalén, buscándole. Y sucedió, al cabo de tres días de haberlo perdido, que le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndoles unas veces y preguntándoles otras. Y cuantos le oían estaban asombrados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verle, quedaron sorprendidos, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué has hecho esto con nosotros? Mira, tu padre y yo te estábamos buscando, llenos de aflicción. Y él les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre? Y ellos, por entonces, no comprendieron el sentido de las palabras que les dijo. Y descendió con ellos a Nazaret y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

La Santa Iglesia, guiada por el Espíritu Santo y maternalmente previsora, juzgó útil invitar a los hombres a considerar las mutuas relaciones de Jesús, María y José, para recoger las lecciones que se desprenden de ellas y aprovechar la ayuda tan eficaz que ofrece su ejemplo.

Para ellos estableció la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, que se presenta como el modelo perfecto del hogar cristiano.

Debido a los diabólicos ataques contra la institución familiar, una vez más consagro el sermón de esta Fiesta para poner en claro algunas de las principales verdades en torno al matrimonio, así como refutar y condenar sus errores contrarios.

Ya lo hice otros años; pero es necesario proclamar la Verdad cuando ella es más combatida; así como también condenar el error cuanto más descaradamente es difundido…

Y hay que insistir aún más, pues la Verdad es, no sólo ocultada, sino incluso tergiversada por los mismos que deberían anunciarla y defenderla, al mismo tiempo que ellos defienden el error y lo hacen pasar por algo correcto…

Por eso utilicé la expresión: diabólicos ataques contra la institución familiar…

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Pues bien, Dios Nuestro Señor instituyó la unión matrimonio con un doble fin: uno principal, la procreación y educación de la prole (ordenado en primer término al bien común); y otro secundario, subordinado al principal, ordenado al bien mutuo de los esposos.

La dignidad y el santo fin de la institución matrimonial siempre sufrieron los ataques de las pasiones de los hombres, que, a trueque de lograr sus satisfacciones, no han tenido reparo en atentar contra las notas esenciales del matrimonio, y en desarticular los fines santos a que Dios le destinó. Pero más precisamente, desde hace tres siglos los enemigos del orden natural y sobrenatural repiten con táctica perseverante la ideología demoledora del matrimonio…

Estos ataques se llevan a cabo por dos medios: la desarticulación privada e individual del fin del matrimonio, y la distorsión pública y social de su esencia.

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La desnaturalización privada e individual del matrimonio es una de las lacras más corrosivas del fin a que Dios le destinó.

Impuso Dios a la unión natural del hombre y de la mujer las notas de unidad e indisolubilidad en el vínculo conyugal, para asegurar la procreación digna. Santificó Jesucristo esta unión conyugal, elevándola a Sacramento, que proporcionara con la gracia sacramental todas las ayudas que fueran necesarias para que los esposos pudieran cumplir con los deberes de su elevada misión.

Pero, además, Dios quiso poner alicientes naturales que estimularan a la aceptación tanto de las cargas de la paternidad y maternidad, como de los molestos cuidados inherentes a la manutención y educación física, intelectual y moral de los hijos.

Ordenó Dios que en la vida conyugal existiesen atractivos somático-psíquicos, que, con sus contenidos agradables sensitivo-afectivos, fuesen incentivos que inclinasen a la aceptación de los fines impuestos.

De donde se sigue que el uso de esos estímulos y alicientes, fuera del fin asignado por Dios, es una distorsión del plan divino.

Fuera del deber conyugal en el legítimo matrimonio, están gravemente prohibidos el uso y la aceptación de los atractivos sensitivo-afectivos que le están vinculados. Y tanto más prohibidos por Dios, cuanto más se use de ellos contra la naturaleza.

Dios los concedió ligados a un fin elevadísimo, un fin necesario, el de la conservación de la especie. Y quedarse el hombre con el placer e impedir la generación a la que está ordenado por Dios, es trastocar este plan sapientísimo del Creador.

Poner obstáculos voluntarios que vicien el acto conyugal para evitar con toda diligencia la prole, eso es lo que constituye el gravísimo pecado de rebelarse el hombre contra Dios y sus leyes, al impedir el fin primordial a que Dios destinó el matrimonio.

El viciar voluntariamente la naturaleza del acto conyugal, eso es injuriar gravemente al Creador, que concedió para engendrar la vida todo cuanto es inherente al proceso generador.

Y viene el hombre y esteriliza eso mismo que fue destinado a ser fuente de la vida. ¡Cegar las fuentes mismas de la vida! ¡Tremenda violación del fin primario del matrimonio! Este es el gran pecado de la actual vida matrimonial. Se viola y se desarticula el plan de Dios con todas las prácticas anticoncepcionistas y con todas las distintas inmoralidades del onanismo.

Muy distinto es el caso en que, sin la intervención humana libre y voluntaria, no se sigue la gestación de un nuevo hombre. Ninguna culpa es imputable a los esposos aquí, “pues hay, tanto en el mismo matrimonio, como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios, verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca de aquel acto y, por ende, su subordinación al fin primario”. Así se expresa Pío XI en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano, Casti connubii.

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Se acrecienta aún más la malicia de la violación del fin primario y esencial del matrimonio, el bien de la prole, cuando se atenta, por cualquier motivo o pretexto, contra la vida del ser ya engendrado.

Se trata de una violación criminal del fin primario del matrimonio. Hago hincapié en el adjetivo criminal.

Tan homicidio es matar a un adulto de una puñalada o con un veneno, como el privar de la vida al alojado en el claustro materno. Ya lo decía Tertuliano, en el Siglo III: Impedir que un hombre concebido nazca es adelantar el homicidio.

Con el agravante de que aquí se mata a un inocente que no puede defenderse. Y que, además, se le priva del derecho que tenía de poder un día ser heredero de Dios gozándole con la visión beatífica y con la posesión perfecta por toda una eternidad.

Crimen horrendo, violador de los derechos de Dios, único y absoluto dueño de la vida, que expresamente se reserva los derechos de ella.

Instituye Dios el matrimonio para dar la vida, y el hombre desprecia y elimina esa vida… Antagonismo entre Dios bienhechor y el hombre criminal.

Que la Sagrada Familia, que tuvo que huir a Egipto para escapar de la malicia de Herodes y tanto se condolió de las madres de los Santos Inocentes, interceda para detener la matanza de tantos cándidos seres perpetrada en el seno mismo de sus madres por los modernos homicidas con poder…

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A esta desarticulación privada e individual, ha de añadirse la distorsión pública y social del matrimonio.

El medio utilizado para dislocar pública y socialmente al matrimonio es el divorcio.

Se trata de un atentado contra la indisolubilidad del vínculo matrimonial, nota esencial de la naturaleza del matrimonio.

El divorcio se opone, además, al fin primario del matrimonio, es decir la procreación y educación de la prole hasta la edad perfecta. También es opuesto al fin secundario de la mutua ayuda de los esposos.

El divorcio tuvo y tiene sus propugnadores, unos de matices sentimentalistas, y otros de ribetes filosóficos.

Están los que dramatizan las desavenencias conyugales, así como los que poetizan idilios de amores comprendidos y correspondidos con otra persona. Estos se ciegan para no ver en la realidad de la historia los desastres individuales y sociales del divorcio.

Tenemos también a aquellos que, basados en la libertad del contrato conyugal, esgrimen la libertad para anular dicho contrato, anulando el principio mismo de donde le hacen nacer; pues encadenan esa decantada libertad omnímoda, poniendo condiciones y regulando el divorcio.

Ribetes filosóficos que, o niegan la libertad, o necesariamente caen en el amor libre, o la libre saciedad de la sexualidad, sin más requisitos que los que a uno mismo le plazca ponerse, para abolirlos tan pronto como al mismo sujeto le venga en antojo.

Nació el divorcio de la pasión, enmascarada con el sentimentalismo y con el disfraz de traje filosófico, pero contiene algo más transcendente que la ruptura del vínculo conyugal en tal o cual caso determinado, pues se quiso con el divorcio hacer saltar en añicos el fundamento de la sociedad, que es la familia… Y se quiso demoler la familia, para que, una vez suprimida, se pudiese impunemente atacar a la Religión y a la Iglesia.

¡Qué bien lo ha declarado Balmes!: “Dad rienda suelta a las pasiones del hombre; dejadle que de un modo u otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio a la compañera de sus días, y veréis cómo el fastidio llegará más pronto, cómo la discordia será más viva y ruidosa, veréis cómo los lazos se aflojan, cómo se gastan al poco tiempo, cómo se rompen al primer impulso”.

Y, con su profundidad natural, dice Santo Tomás: “El amor mutuo de los esposos será más fiel si ellos saben que están unidos inseparablemente: cada uno de ellos velará con más cuidado por los intereses domésticos, si comprenden que van a vivir perpetuamente en la posesión de los mismos bienes”.

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El divorcio atenta contra los fines del matrimonio; destruye el matrimonio y la familia; cuartea los cimientos de la sociedad.

El fin primario del matrimonio, la procreación y educación de la prole hasta la edad perfecta, queda hecho añicos por el divorcio.

Nace de la esencia del divorcio, que atiende al refinamiento egoísta del placer de los contrayentes, el secar las fuentes de la vida. El divorcio es esterilizador.

¿Para qué engendrar, si la prole concebida no trae sino cuidados, responsabilidades, gravámenes económicos, ataduras opresoras…, que impiden el gozar sin estorbos del placer egoísta de la vida? Es una regla: disminuye la natalidad donde crece el divorcio.

¡Qué contraste! ¡El matrimonio instituido por Dios para el bien de la prole, con su nacimiento digno y su educación integral, y el divorcio demoliendo este fin primario del matrimonio!

¡Arrasar la familia, raer todo pudor y delicadeza de instinto materno en la mujer, reducir la paternidad al acto fisiológico estéril!

¿Se podrá hacer que viva la sociedad a la que se le han arrancado de cuajo los instintos fundamentales en el hombre, y se la ha dislocado del plan impuesto por Dios?

La posibilidad del divorcio despierta el deseo de realizarlo. ¿Cómo? Los amores puros y nobles se enfrían; luego se hielan; se aviva la lujuria; se encabrita la pasión, que ve posibles nuevos objetos que la sacien; entra en el hogar el nerviosismo y la intranquilidad; se hiperestesia la sensibilidad para las causas legales del divorcio; se las busca, se las pone de propósito, se las amplía.

Primero sólo será causa de divorcio el adulterio, luego el atentado contra la vida del cónyuge, luego las injurias, luego las antipatías, luego… el hastío, luego… el amor libre, sin otra norma que el capricho de la pasión y la posibilidad de saciarla.

El divorcio desemboca fatalmente en la poliandria sucesiva para la mujer, y en la poligamia sucesiva para el hombre; eufemismos que encubren las realidades de la prostitución y del harén

Y tal es el torrente avasallador del divorcio, que se ha llegado a la industrialización y tráfico del mismo.

Industrializarlo, cotizarlo, negociar con el divorcio. Anuncios con reclamo de divorcios, agencias de divorcio y abogados especializados en el divorcio. Cuestión de dinero. Se paga la cuota, y todo corre a cargo de los industrializadores del divorcio. El presentar la demanda, el justificar los motivos, el obtener la sentencia.

¡Pensar que se ha llevado la negociación con el vínculo conyugal a los mismos tribunales eclesiásticos!… Claro está que encubierto por el nombre de “declaración de nulidad”, por motivos que no sólo no la prueban, sino que ni siquiera justificarían la separación.

No hay nada más que un enorme sacrilegio, en el que han intervenido personas sacrílegamente criminales, que se han atrevido a traficar con el Sacramento.

Declamaciones sentimentalistas, ridiculeces filosóficas y sacrílegas componendas han querido corregir la plana a Dios y enmendar la doctrina de Jesucristo.

Clara y serenamente, con la elevación y profundidad de su entendimiento angélico, escribía Santo Tomás: El matrimonio, en razón de su fin principal, que es el nacimiento de la prole, está ordenado principalmente al bien común, aunque en razón de su fin secundario sea ordenado también al bien de los esposos, en cuanto el matrimonio es para el remedio de la concupiscencia. Por eso, en las leyes del matrimonio se atiende más bien a lo que conviene a todos que a lo que conviene a uno solo. Así que cuando la indisolubilidad del matrimonio impidiese, en un caso particular, el bien de la prole (por ejemplo, en caso de relativa esterilidad), de suyo lo protege, sin embargo, comúnmente”.

El pretendido e hipotético arreglo del caso particular, lleva intrínsecamente la ruina y desquiciamiento de toda la institución matrimonial y familiar.

Y es que se ha sustituido la Moral de Jesucristo, por el principio destructor de toda moralidad. La Doctrina de Jesucristo sobre el matrimonio, cimentada en los deberes conyugales para el bien de la prole y de la sociedad, se ha sustituido por la de la saciedad del egoísmo como norma única de moralidad.

Se ha propalado: “cesa el deber, cuando origina incomodidad”; “no hay obligaciones, cuando exigen sacrificios”; “la ley desaparece, en cuanto es penoso su cumplimiento”; y de estas premisas no han podido deducir más que esta consecuencia: “la ley de toda moral es el propio placer”.

Con esta ley se comprenden las infidelidades conyugales, la violación de los contratos, la relajación de todo lazo que exija vencimiento y sacrificio a la comparte; se comprende, en una palabra, que se conculquen todos los fines secundarios del matrimonio.

Y lo gravísimo en el divorcio admitido no es ya la violación individual del vínculo matrimonial, sino la violación social y pública de la doctrina de Jesucristo referente al matrimonio.

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No se puede atentar contra la doctrina de Jesucristo, sin sufrir socialmente las fatales consecuencias que hemos visto: el matrimonio cristiano dislocado por el divorcio, sumido en el fango del apetito pasional más que bestializado, esterilizando las fuentes de la vida, abandonando la prole, criminalizando la sociedad y poniendo como norma de la ley el egoísmo del placer…

Católicos… matrimonios católicos… en este ocaso del mundo, con vuestra conducta, dignificad el hogar, santificad vuestro hogar.

Con vuestro influjo trabajad, en vuestro entorno inmediato, por el mantenimiento del matrimonio y del hogar en la doctrina de Jesucristo.

No sólo obtendréis así vuestra propia felicidad, sino que conseguiréis el bien básico de la sociedad.

Que la Sagrada Familia de Jesús, María y José, bendigan a todos los hogares verdaderamente cristianos; los sostenga y fortalezca; y obtenga para sus miembros las gracias especiales para santificarse en estos tiempos tan difíciles como dramáticos.