Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESUS

Sermones-Ceriani

FIESTA DEL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESUS

Hechos de los Apóstoles, IV, 8-12: Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les respondió: “Príncipes del pueblo y ancianos, si nosotros hoy somos interrogados acerca del bien hecho a un hombre enfermo, por virtud de quién este haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos, por Él se presenta sano este hombre delante de vosotros. Esta es la piedra que fue desechada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo; y no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos.”

San León Magno dice que es verdadero devoto y que venera con piedad el misterio de la Navidad aquél que no siente algo falso acerca de la Encarnación del Señor, ni nada indigno de su Divinidad.

Pues es igualmente peligroso no reconocerle la verdad de nuestra naturaleza, o negarle la igualdad de la gloria paterna. De consiguiente, cuando procuramos profundizar el misterio de la Natividad de Cristo, por el cual nació de la Madre Virgen, apartemos muy lejos las sombras de los raciocinios terrenos, y esté muy distante el humo de la humana sabiduría de los ojos iluminados por la fe.

Divina es la autoridad a la que creemos, divina es la doctrina que seguimos. Pues sea que dirijamos la atención del alma al testimonio de la ley, sea a los oráculos de los Profetas, sea a la doctrina evangélica, siempre resulta verdadero lo que promulgó San Juan lleno del Espíritu Santo: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio en Dios. Por el fueron hechas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna de cuantas han sido hechas.

E igualmente es verdadero lo que el mismo Evangelista añadió: El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre.

En ambas naturalezas es el mismo Hijo de Dios, tomando nuestra naturaleza y no dejando la propia. En el hombre renovando al hombre, y en sí mismo permaneciendo inconmutable. La divinidad que le es común con el Padre, no sufrió ningún detrimento de la omnipotencia, ni la naturaleza de siervo menoscabó la naturaleza de Dios. Ya que la suma y eterna esencia que se abajó para la salvación del linaje humano, nos elevó a su gloria, pero no dejó de ser lo que era.

Y San Bernardo agrega: El Niño es circuncidado, y se le da el nombre de Jesús. ¿Qué significa esta conexión? Pues la circuncisión mas propia parece del que ha de ser salvado que del Salvador, y más propio es que el Salvador circuncide y no que sea circuncidado.

Reconozcamos al Mediador de Dios y de los hombres, el cual desde el principio de su natividad junta lo humano con lo divino, lo ínfimo con lo más excelso.

Nace de mujer, pero de tal suerte que el fruto de la fecundidad no la priva de la flor de la virginidad.

Es envuelto en pañales, pero estos pañales son honrados con alabanzas angélicas.

Se esconde en el pesebre, pero es descubierto por los rayos de una celestial estrella.

De este modo la circuncisión prueba la verdad de la naturaleza humana, y el Nombre, que es superior a todo nombre, manifiesta la gloria de la majestad.

Es circuncidado como verdadero hijo de Abrahán, es llamado Jesús porque por naturaleza es verdadero Hijo de Dios.

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Pues bien, según el Salmo Segundo, que comenzamos a explicar el día de la Circuncisión, contra este Verbo encarnado, Salvador y Mediador se amotinaron las naciones… He aquí sus palabras:

En vano se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos; en vano se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido. Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte. ¡Yo promulgaré ese decreto del Señor! Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra”.

Jesucristo es Rey: este es un punto indiscutible de la doctrina cristiana.

Este punto es necesario recordarlo en estos momentos, pues hace siglos que no se acepta que Jesucristo sea Rey… Sospechan alguna usurpación de poder, alguna confusión de atribución y competencia.

Jesús es Rey; y nadie puede contradecirle este título.

No hay una página de los Profetas, ni uno de los Evangelistas y Apóstoles que no atribuya a Jesucristo sus cualidades y sus derechos como Rey.

Jesús todavía está en la cuna y los Magos ya buscan al Rey de los judíos: Ubi est qui natus est Rex Judæorum.

Jesús está al borde de la muerte, y Pilato le pregunta: ¿Entonces, eres Rey? Tú lo dijiste, responde Jesús. Y esta respuesta se hace con tal acento de autoridad que Pilato, a pesar de todas las protestas de los judíos, consagra la realeza de Jesús con escritura pública y una proclama solemne.

Y escribe las palabras que Dios le dicta, cuyo misterio no entiende. Dice bien: Quod scripsi, scripsi. Sus órdenes han de ser irrevocables porque están en ejecución de un juicio inmutable del Todopoderoso.

Es significativo y admirable que la realeza de Jesús haya quedado consignada en el idioma hebreo, que es el idioma del pueblo de Dios; en el idioma griego, que es el idioma de los filósofos y los sabios; y en el idioma latino, que es el idioma del imperio y del mundo, el lenguaje de conquistadores y políticos.

Acérquense ahora los judíos, herederos de las promesas; y ustedes, los griegos, inventores de las artes; y también ustedes, los romanos, señores de la tierra; vean y lean este admirable anuncio; y todos vosotros, inclinad vuestra rodilla ante vuestro Rey.

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Esta solemne proclamación está dirigida a todos nosotros, al universo entero.

Esta es la piedra que fue desechada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo; y no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos…

Y si nos desagrada leer la inscripción de Pilato porque fue escrita por una mano indigna, escuchemos el decreto divino que el mismo Jesús promulga:

¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido. “Rompamos dicen sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras”. El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: “Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte”. ¡Yo promulgaré ese decreto del Señor! Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero”. Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos del Señor con temor y alabadle temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto. ¡Dichoso quien haya hecho de Él su refugio!

Jesucristo, como Dios, es Rey desde toda la eternidad y, por lo tanto, al entrar en este mundo, ya trajo consigo su realeza.

Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día

Sí, eternamente te he engendrado de mi propio seno.

Y en la plenitud de los tiempos, te engendré desde el seno de la Virgen…

El día de Pascua te engendré, retirándote del sepulcro…

Sí, dice el Señor a su Cristo, este es otro nuevo nacimiento que tienes de mí. Primogénito de entre los vivos, quería que fueras también el primogénito de entre los muertos, para que ocuparas el primer lugar en todo…

Tú eres, pues, mi Hijo. Lo eres en todos los sentidos, desde que te di a luz por triplicado desde mi seno, desde el seno de la Virgen y desde el seno del sepulcro.

Ahora, en todos estos aspectos, quiero que compartas mi soberanía, quiero que participes de ella a partir de ahora como hombre, así como has participado eternamente como Dios. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero…

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Jesucristo pidió, y su Padre se lo dio. Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra; por tanto, id y enseñad a todas las naciones.

Jesucristo no dice todos los hombres, todos los individuos, sino todas las naciones. Sin duda, la misión que les encomienda tiene un carácter público, un carácter social.

Esta es la piedra que fue desechada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo; y no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos.

Y como Dios envió a los antiguos profetas a los gobernantes, a los pueblos para anunciarles sus preceptos, para decirles sus verdades; así Jesucristo envía a sus apóstoles y su sacerdocio hacia las naciones, hacia los imperios, hacia los reyes y los poderosos, para que enseñen su ley, que recuerden a todos su doctrina: id y enseñad a todas las naciones…

Jesucristo fue hecho Rey de reyes. Sí, y la verdadera gloria, la verdadera nobleza de los reyes, desde la predicación del Evangelio, desde la conversión de los Césares, es ser en adelante lugartenientes de Jesucristo en la tierra.

¿Es acaso que los reyes sean menos altos porque la cruz brille en lo alto de sus diademas? ¿El trono sería menos ilustre, menos seguro, dado que su realeza sea una emanación, una participación de la realeza de Jesucristo?

Jesucristo fue hecho Rey, y es también la verdadera dignidad, la verdadera libertad, la verdadera emancipación de las naciones modernas es tener el derecho a ser gobernadas en el cristianismo.

¿Caerían acaso las naciones? ¿Sería su suerte menos noble, menos feliz, por el hecho de que los cetros que obedecen están obligados ellos a someterse al cetro de Jesús?

Repitámoslo entonces: el cristianismo no tiene todo su desarrollo, todo su florecimiento, donde no adquiere un carácter social.

Esto es lo que Bossuet expresó en estos términos: Cristo no reina, si su Iglesia no es Señora, si los pueblos dejan de rendir a Jesucristo a su doctrina, a su ley, un homenaje nacional.

Cuando el cristianismo de un país se reduce a las simples proporciones de la vida doméstica, cuando el cristianismo ya no es el alma de la vida pública, del poder público, de las instituciones públicas, entonces Jesucristo trata a ese país como es tratado Él allí. Continúa su gracia y sus beneficios a los individuos que le sirven, pero abandona las instituciones, los poderes que no le sirven; y las instituciones, los poderes, los reyes, las razas se vuelven móviles como la arena del desierto, mortecinos como esas hojas de otoño que lleva cada soplo del viento.

Pídeme y te daré todas las naciones como herencia. Cristo resucitado pidió a su Padre todas las naciones… ¡De cuántas maneras nuestros infortunados países han sido infieles a su misión! ¡Cuántas amonestaciones para temer si perseveran en su oposición a Jesucristo, en su divorcio de Jesucristo, en el deísmo y naturalismo de los principios modernos de su derecho público!

¿Por qué se amotinan las gentes, y las naciones traman vanos proyectos? Se han levantado los reyes de la tierra, y a una se confabulan los príncipes contra el Señor y contra su Ungido. “Rompamos dicen sus coyundas, y arrojemos lejos de nosotros sus ataduras”. El que habita en los cielos ríe, el Señor se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, y en su indignación los aterrará: “Pues bien, soy Yo quien he constituido a mi Rey sobre Sion, mi santo monte”. ¡Yo promulgaré ese decreto del Señor! Él me ha dicho: “Tú eres mi Hijo, Yo mismo te he engendrado en este día. Pídeme y te daré en herencia las naciones, y en posesión tuya los confines de la tierra. Con cetro de hierro los gobernarás, los harás pedazos como a un vaso de alfarero”. Ahora, pues, oh reyes, comprended; instruíos, vosotros que gobernáis la tierra. Sed siervos del Señor con temor y alabadle temblando, besad sus pies, antes que se irrite y vosotros erréis el camino, pues su ira se encenderá pronto.

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El milagro del rengo de nacimiento y la reacción del pueblo concedió a San Pedro la ocasión para proclamar públicamente a Nuestro Señor y dijo:

Varones israelitas, ¿qué os admiráis de esto o qué nos miráis a nosotros, como si por nuestro propio poder o por nuestra piedad hubiéramos hecho andar a éste? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste juzgaba que debía soltarlo. Vosotros negasteis al Santo y al Justo y pedisteis que se os hiciera gracia de un homicida. Disteis la muerte al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. Por la fe de su nombre, éste, a quien veis y conocéis, ha sido por su nombre consolidado, y la fe que de Él nos viene dio a éste la plena salud en presencia de todos vosotros.

Este discurso estaba dando mucho que hacer a las autoridades religiosas judías, que, de una parte, no podían negar el hecho y, de otra, se obstinaban en no creer, metiéndose por el único camino que parecía quedarles abierto: tapándolo con tierra y que nadie vuelva a hablar del asunto.

A esta solución, que tratan de imponer por la fuerza, responden Pedro y Juan con admirable valentía, diciendo que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, y que ellos no callarán. Esa misma valentía habían demostrado antes, cuando les preguntaban con qué poder y en nombre de quién habían hecho el milagro.

Es admirable la respuesta de Pedro, diciendo que fue en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien ellos crucificaron, y que no hay otro Nombre por el cual podamos ser salvos.

Palabras de enorme alcance, en que se omite toda mención de la Ley, en la que no se puede ya confiar para conseguir la salud.

Es el mismo principio que se aplicará en el concilio de Jerusalén para resolver la grave cuestión allí planteada, y el que luego desarrollará San Pablo al insistir sobre la universalidad de la salvación cristiana, sin barreras de razas ni de clases sociales.

San Pedro aplica aquí a Jesucristo una cita del Salmo 118, 22, que ya el mismo Jesús se había aplicado a sí mismo, diciendo que, aunque rechazado por los judíos, Él es la piedra angular de la nueva casa de Israel.

Es muy de notar la expresión “ningún otro Nombre nos ha sido dado”, haciendo resaltar la excelsa dignidad de Jesucristo.

En la misma línea de pensamiento hemos de interpretar las expresiones de bautizar o predicar “en su Nombre”, invocar “su Nombre”, padecer “por su Nombre”, etc.

Y es que para la mentalidad de los antiguos, sobre todo entre los semitas, el nombre era como la exteriorización de la realidad profunda del ser al que afectaba, y no simplemente una etiqueta exterior, como acontece actualmente entre nosotros.

Estos textos son la prueba más clara de que desde el principio la comunidad cristiana reconocía como Dios al Cristo exaltado a la derecha del Padre.

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Por la fe en su Nombre… La fe excede, pues, infinitamente todo poder humano. Y si el mundo no le da tanta importancia es porque, como dice San Ambrosio, “el corazón estrecho de los impíos no puede contener la grandeza de la fe”.

No hay salvación en ningún otro… Inolvidable enseñanza, que nos libra de todo humanismo, y que San Pablo inculcaba sin cesar para que nadie siguiese a él ni a otros caudillos por simpatía o admiración personal, sino por adhesión al único Salvador, Jesús, y mostrándose él como simple consiervo.

Es este un punto capital porque afecta al honor de Dios, siendo muy de notar que la figura del Anticristo no es presentada como la de un criminal o vicioso, sino como la del que roba a Dios la gloria.

San Pedro había concluido su sermón de modo magistral, y con él concluimos nosotros:

Arrepentíos, pues, y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de los que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas.

Y tengamos bien presente que debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres, sino el Santo Nombre de Jesús, por medio del cual podemos salvarnos.