Padre Juan Carlos Ceriani: TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Sermones-Ceriani

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Hermanos: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos. Sea de todos conocida vuestra modestia. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino que en todo vuestras peticiones se den a conocer a Dios mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias. Y entonces la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús Señor nuestro.

El Domingo pasado terminamos la homilía con estas palabras: Quien así confía y combate, permanece en el lugar que Dios le ha asignado, y lleva toda su pena, sus desengaños, su desaliento, su cansancio, su misma miseria, al huerto de Getsemaní y al pie del Calvario…

Y allí, junto a la Cruz, si no encuentra alegría gustada, al menos halla resignación, incluso conformidad y fortaleza para cumplir la voluntad divina…

Como decía Santa Teresita: ¡Viva Jesús!… ¡Qué bien entregarse a Él, sacrificarse por su amor!… Tengo necesidad de olvidar la tierra… Aquí todo me cansa, todo me pesa… Sólo encuentro una alegría, la de sufrir por Jesús… Pero esta alegría, incluso no gustada, ¡está por sobre toda alegría!…

Y prometimos que, si Dios lo permitía, nos extenderíamos hoy sobre este tema.

Pues bien, este Domingo ha recibido el nombre de Gaudete por la primera palabra de su Introito, que corresponde a la Epístola, tomada de la Carta de San Pablo a los Filipenses.

San Pablo escribía a los primeros cristianos de Filipo: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos.

La alegría en el Señor es el fundamento de una vida verdadera, sana, cristiana, espiritual.

Esto es algo más que una simple invitación a estar alegres: es un precepto apostólico.

Puede sorprender este mandato paulino a la alegría. Sin embargo, si se entiende todo el pensamiento del gran Apóstol, él está perfectamente justificado.

Este precepto del siglo primero, vale también para nosotros…, y tal vez con mayor razón que para los filipenses.

San Pablo fundamenta la alegría cristiana sobre la certidumbre de que Cristo nos trae la salvación.

El pensamiento de San Pablo hace referencia, obviamente, no a la alegría por el nacimiento de Jesús en Belén, sino al gozo que aporta su Segunda Venida.

San Pablo nos indica la causa de esta alegría espiritual  =  Dominus prope est  =  El Señor está cerca.

La gran alegría de los cristianos radica en ver acercarse el día en que el Señor vendrá con gloria para trasladarnos a su Reino.

Esta verdad debe despejar toda inquietud, toda tristeza, todo temor. Nada debe turbar el alma, sino que una gran paz debe reinar en ella.

El Apóstol indica también el efecto de este gozo  =  la paz, la quietud  =  Nihil solliciti sitis…, No os inquietéis por cosa alguna…

Para entender bien estos pensamientos debemos tener en cuenta que del amor nace tanto el gozo como la tristeza.

En efecto, el gozo se debe, sea a la presencia del bien amado, es decir la complacencia, sea a que el bien amado disfruta de su bien, es decir la benevolencia.

Del mismo modo, la tristeza surge, sea de la ausencia del amado, sea que el amado está privado de su bien.

El gozo cumplido se dará cuando no haya nada más que desear…; alcanzaremos lo deseado y se saciará todo deseo: obtendremos más de lo que hayamos podido desear, es decir, lo que Dios ha preparado para aquello a los cuales ama.

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Ahora bien, mientras nuestra época y nuestros contemporáneos consideran la Parusía con temor y temblor, a tal punto que apenas ven en ella el carácter de la Buena Nueva, San Gregorio Magno, por el contrario, en su Homilía del Primer Domingo de Adviento, indica su verdadero significado.

Sin duda, exhorta a la vigilancia y a una preparación seria; también recuerda las catástrofes cósmicas; pero enseguida cita las palabras del Señor: Cuando estas cosas comiencen a suceder, levantaos y alzad vuestras cabezas, porque vuestra Redención se acerca.

Y añade enseguida esta explicación:

“Es como si la Verdad Eterna quisiera exhortar a sus escogidos: Cuando las desgracias del mundo se multipliquen, levantaos, alzad vuestros corazones, pues cuando el mundo, del cual no sois amigos, llega a su fin, vuestra Redención, que habéis buscado, se acerca… Los que aman a Dios deben alegrarse y regocijarse del fin del mundo. Encontraréis tanto más pronto a Aquél que amáis cuanto más pronto desaparezca aquél a quien habéis negado vuestro amor. Un cristiano que desea ver a Dios, no debe entristecerse del juicio que condena al mundo. Aquel que no se regocija del fin del mundo que se acerca, prueba que es amigo del mundo y el enemigo de Dios… Entristecerse de la destrucción del mundo es propio de aquél que ha dejado desarrollarse en su corazón las raíces del amor al mundo, de aquél que no busca la vida futura y que ni aun sospecha su realidad”.

Con la exposición de estos conceptos se comprende bien que el Adviento es, ante todo, un tiempo de alegría, precisamente porque en él se celebra el Advenimiento del Señor.

Por eso, es absolutamente falso decir, como lo hacen ciertas explicaciones banales, que el Introito de este Tercer Domingo de Adviento es una excepción a la tristeza y penitencia general de este período litúrgico.

Incluso históricamente es errado considerar el Adviento como un tiempo de tristeza y penitencia; en el siglo XII se celebraba todavía como tiempo de alegría.

Además, todos los textos que hablan del poder y majestad de Aquél que viene bastan para dar al Adviento esa tonalidad alegre que predomina en él.

Así pues, el tercer Domingo, lejos de constituir una excepción, corresponde a la misma alegría del conjunto y forma, por así decirlo, la cumbre.

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Ardua es la perfecta alegría; poquísimas almas aciertan a gozarla, y muchas ni la conciben.

¡Cuántas pensarán que esta alegría es invento sutilísimo y alambicado de los místicos! Con cuánta razón dijo San Pablo: El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios.

Esta es la felicidad mayor que puede alcanzarse en esta vida; por eso Santa Teresita del Niño Jesús dijo esas palabras tan misteriosas: Yo encontré en el mundo la felicidad y la alegría, pero solamente en el dolor

Por lo tanto, ¡Alegraos siempre en el Señor! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de las inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. Aun en medio de las tentaciones, de las luchas y dolores de nuestro tiempo.

A los que Dios ama, todas las cosas les ayudan para hacerse buenos.

Les ayudan los trabajos y las penas: porque con ellas adquieren, gracias al santo amor con que las soportan, aumento de gracia y de gloria eterna.

Les ayudan los dolores: porque son también dolores de Cristo, el cual quiere volver a renovar y a hacer fructuosos sus propios dolores en los dolores de todos sus miembros.

Les ayudan las luchas: porque Cristo lucha también con nosotros y en nosotros, para vencer a Satanás por medio nuestro, y para poder darnos algún día la palma de la victoria.

Nuestras mismas imperfecciones, nuestra pobreza y nuestra miseria espirituales nos ayudan también a hacernos buenos, a conseguir nuestra eterna salvación. Gracias a ellas, aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos, a hacernos humildes y a pensar más bajamente de nosotros. Gracias a ellas, aprendemos a recurrir con más frecuencia a la oración, al Señor, y a poner en Él toda nuestra confianza.

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El Señor está cerca. No contemplemos sólo los dolores y las dificultades de la vida presente. No las contemplemos, sobre todo, de un modo aislado, unilateral.

Contemplémoslas más bien dentro de su verdadero fondo, dentro del marco general en que están dispuestas. Contemplémoslas a la luz de la vida sobrenatural que poseemos, a la luz de nuestro vivir en Cristo.

De este modo, aunque la experiencia quiera convencernos de que no se puede resistir a la vida y a sus escándalos, la presencia del Señor nos dará la certeza de que podemos escapar a los escándalos, si tenemos buena voluntad.

Nuestro vivir en Cristo, nuestra estancia, nuestra existencia en Cristo constituye el verdadero marco en que debemos contemplar toda nuestra vida humana, con sus dolores y sus contrariedades.

Por eso, nuestra vida no es otra cosa que un perpetuo gozo en el Señor, un alegre gloriarse en el Señor, aun en medio de los dolores y amarguras de esta vida terrena. Vivimos en Cristo, estamos incorporados, injertados en Él.

Ser miembro de Cristo, saber que se está en Cristo, saberse redimido, saber que se posee la vida y la fuerza de Cristo y, al mismo tiempo, querer llevar una vida triste, acongojada, azarosa e inquieta, es un contrasentido. Es un verdadero mentís, dado a Dios y a Cristo, a nuestro Salvador.

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Dice el Eclesiástico: No dejes que la tristeza se apodere de tu alma, ni te aflijas a ti mismo con tus pensamientos … Arroja lejos de ti la tristeza, porque a muchos ha matado, y para nada es buena … No abandones tu corazón a la tristeza, arrójala de ti.

¿Cómo hacer para no abandonar nuestra alma a la tristeza? ¿Evitando ver lo que vemos, en nosotros mismos y en torno nuestro, en la Iglesia y en la sociedad?

En verdad, para no abismarse en la tristeza y permanecer en la Alegría Evangélica, no se trata de evitar ver lo que es; sino de creer más allá de lo que se ve, y de amar en consecuencia.

Si creo, más allá de las realidades que veo (y que existen ciertamente terribles), aparecen otras realidades que existen más inmediatamente a mis ojos apaciguados: esas realidades que manifiestan el Amor de Nuestro Salvador y su victoria sobre el Príncipe de este mundo y sobre los escándalos de la vida.

Si creo más allá de lo que veo, sé que, dentro del tiempo invariable del pecado, el tiempo de la victoria ya comenzó; y el tiempo del pecado se suprimirá definitivamente cuando Jesús se haya convertido todo en todos.

El Señor está cerca. Con tal de que nosotros nos convenzamos profundamente de ello y lo creamos con viva fe…, nuestra vida se transforma…

Nuestra vida de cristianos es, ciertamente, una vida de renuncia, de sacrificio, de mortificación; pero es también, y esencialmente, una vida gozosa, una vida de santa alegría en el Señor. Son dos aspectos, pero una sola realidad.

Lo propio de la Alegría Evangélica es ser compatible con la tristeza, el abatimiento o la desolación; es ser posible e incluso brillar en medio de la tristeza misma, del abatimiento y de la desolación.

Más profunda que todos los dolores y todas las tristezas, esta Alegría procede de la misteriosa presencia en lo íntimo del alma del Señor Jesucristo, que nos ama sin medida y que nos libró del mal.

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No os preocupéis por nada. No os inquietéis… La Sagrada Liturgia ve ya al Señor cercano. Por eso, nos exhorta: No os preocupéis por nada; antes bien, presentad siempre a Dios vuestras peticiones por medio de oraciones y súplicas, acompañadas de hacimiento de gracias.

¡No os preocupéis por nada! Una exigencia casi desconcertante.

Nosotros solos, es decir, con solas nuestras fuerzas, somos completamente incapaces de conseguir nuestra salvación, no podemos evitar la condenación eterna.

Necesitamos la luz, la gracia, la dirección, la fuerza del Salvador, tanto para poder salir del pecado, como para poder evitar el constante peligro que nos amenaza de volver a recaer en él; tanto para poder crecer en la gracia, como para poder practicar las virtudes, poder realizar obras meritorias, poder progresar en la vida espiritual.

¡Tan incapaces somos, por nosotros mismos, de obrar el bien, de alcanzar nuestra salvación! Y, a pesar de todo esto, la Liturgia nos ordena hoy imperiosamente: No os preocupéis por nada… No os inquietéis…

¿Qué razones tendrá para hablar así? No tiene más que una, pero decisiva: es que el Señor está cerca.

Está cerca de nosotros para salvarnos, para darnos luz y fuerza. La Sagrada Liturgia le contempla con viva fe, cree ciegamente en su proximidad, en su presencia, en su amor, en su paternal solicitud por nosotros.

¿Y nosotros? ¡De qué modo tan distinto procedemos! Se diría que no sentimos más que el insano placer de sumergirnos en nuestra propia miseria, en nuestra culpabilidad, en nuestra impotencia moral, en nuestras imperfecciones.

No miramos más que a nosotros mismos, a nuestra ruindad. Nos descorazonamos ante nuestra pequeñez, ante nuestros defectos. Nos hacemos pusilánimes, retraídos. Tememos acercarnos a Dios y al Salvador.

No es este, ciertamente, el verdadero espíritu del Adviento, que nos ordena: No os preocupéis por nada.

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Con respecto a la Paz, la doctrina cristiana es a la vez extremadamente simple y elevada.

Se resume en estas dos proposiciones del Señor: Os doy la Paz; No os la doy como la da el mundo.

Es decir, existe una Paz verdadera para los hombres fieles al Señor Jesús. Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, cantaron los Ángeles en Belén.

Esta Paz no es la del mundo.

Sobre este último punto, el Profeta Isaías ya había dicho que no hay paz para los impíos.

El demonio, dice Santa Teresa en Las Moradas, da paz para hacer después mucha mayor guerra.

La Paz que da Jesucristo es una Paz en el Amor y en la Cruz.

Es importante considerar que esta Paz no se da nunca en la facilidad, en la cobardía y en el egoísmo, hacia donde suspiran naturalmente los pobres hombres.

Tales son los santos deseos que viene a colmar el benignísimo Jesús.

Los deseos naturales del hombre se vuelcan hacia una paz y una felicidad que hacen abstracción del destino sobrenatural, del estado de caída y de redención.

Los santos deseos de la gracia no pueden volverse sino hacia una Paz y una Felicidad de gracia, una Paz y una Felicidad que piden la purificación del alma por la caridad; que exigen la unión por amor al Salvador Crucificado, para la Redención del género humano.

No es jamás en un sentido de facilidad, sino siempre en un sentido de tensión, de Cruz, de Amor generoso que es necesario escuchar la Buena Nueva de los Ángeles de Belén…

Resumidamente, es en un sentido de Iglesia militante que es necesario escuchar el anuncio de los Ángeles del Pesebre: Paz a los hombres de buena voluntad…

También de ese modo es necesario pronunciar la gran plegaria del Santo Sacrificio: “Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz”.

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El Señor está cerca, con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.

Exponedle todas vuestras preocupaciones. Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso.

¿Por qué, pues, hemos de estar inquietos todavía? Nosotros lo hemos depositado todo en Él: nuestra persona, nuestra esperanza y nuestros temores, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro porvenir, el tiempo y la eternidad. Todo está, pues, en muy buenas manos.

Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos… El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna… La paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús…

Causa nostræ letitiæ, ora pro nobis…

Regina pacis, ora pro nobis…