MARIAN T. HORVAT: GÁRGOLAS Y EL PECADO ORIGINAL

Conservando los restos

VIGILANCIA EN LOS SÍMBOLOS

Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar (I Pedro, V, 8)

Los otros días, caminando por uno de esos enormes y terribles centros comerciales, noté una tienda llena de gárgolas, esas extrañas criaturas contrahechas, con su “apariencia asombrosa y deformada”, como las describió San Bernardo de Claraval.

Como medievalista, me llamó la atención. Entré a la tienda y encontré una amplia colección de criaturas para colocar en nuestro jardín, colocar sobre el escritorio, adornar la fuente y convertirlas en nuestro “amiguito” o mascota.

Mi primera reacción fue de sorpresa e indignación al descubrir que estas monstruosas criaturas se vendían como una especie de mascota nueva para el hogar sin ningún escrúpulo. Evidentemente, una mentalidad bastante diferente está alimentando la celebración de estas figuras, una mentalidad que refleja un espíritu moderno opuesto al espíritu católico que dio a luz a estas extrañas bestias.

Para el hombre medieval, el primer propósito de estas creaciones era didáctico: enseñar. A diferencia del hombre moderno, el hombre medieval no creó a sus monstruos para que fueran compañeros, animales de peluche o amigos extraterrestres, para nuestros hijos.

Todo lo contrario, su propósito expreso era asustar, espantar al hombre en medio de su vida cotidiana. Estas fantásticas bestias estaban destinadas a ser un recordatorio claro y constante de que el diablo y el pecado original existen.

Junto a la belleza y el esplendor de la magnífica catedral, acecha la serpiente.

Nacieron de una mentalidad que comprende la necesidad de una vigilancia constante.

Los vitreaux, la vidriera brillante, son el Evangelio en cristal…

La gárgola dilucida en piedra esas graves palabras de San Pedro: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”.

Así es también como los artistas medievales describirían los tormentos del infierno, un tema que los artistas católicos modernos evitan por temor a asustar a niños y adultos. ¡Qué horrible y bárbaro!, exclaman estremecidos al contemplar imágenes como la famosa escena del Apocalipsis del Trinity College, donde un ángel arroja a la Bestia al pozo del Infierno mientras los buitres se alimentan de los cadáveres de reyes, capitanes e incluso sacerdotes y obispos.

Estas imágenes animaban a los espectadores a pensar en las consecuencias finales de su comportamiento.

El infierno, como el pecado, es una realidad. Y figuras como las gárgolas sirven para recordarle al hombre la batalla que debe librar mientras milita en esta tierra, que es un campo de batalla, no un paraíso o una utopía.

Así, la gárgola refleja una mentalidad que entiende a Dios como causa ejemplar, modelo del universo.

El infierno mismo fue creado por Dios, y refleja su justicia al castigar. Entonces, en este sentido, lo feo y horrible puede ser una expresión de su justo castigo.

Es interesante considerar que, en la catedral, además de los símbolos indiscutibles de la bondad de Dios, podemos observar el armónico contrario de esta como expresión de su justicia.

Esta representación de los contrarios —justicia y misericordia— da una comprensión más amplia de Dios.

Los símbolos inferiores pueden ayudarnos a comprender los símbolos superiores, y en esta jerarquía de símbolos tenemos un espejo de Dios.

Esto crea un estado mental en el que constantemente estamos estableciendo relaciones entre todas las cosas, en el que el modelo de todo es el Creador.

Esta forma sana de pensar, cuando existe como existía en la Edad Media, se refleja en el arte, la arquitectura, las modas, los modales y las costumbres de un pueblo.

El hombre moderno, como el medieval, necesita valores trascendentes que se concreten en símbolos. Y estos símbolos deben servir para reflejar a Dios y actuar como un recordatorio constante del Creador.

Fuente: https://www.traditioninaction.org/religious/f001rp.htm