PADRE CERIANI: PRÉDICA NECESARIA Y URGENTE

Conservando los restos

LA PENA DE DAÑO DEL INFIERNO

El hombre ha sido creado para gozar eternamente de Dios… Y, entonces, ¿cómo se explica el infierno?

Es un tema muy incómodo y desagradable, lo sé muy bien. Pero el infierno existe. Lo ha dicho Cristo; y poco importa que lo nieguen los incrédulos. A pesar de esa negativa, su existencia es una terrible realidad.

Es importante, entonces, reflexionemos sobre él, que descendamos en vida a ese lugar de suplicio, para no tener que caer en él después de la muerte.

Dejad toda esperanza…

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Infierno, Canto III

Vi escritas estas palabras con caracteres negros en el dintel de una puerta, por lo cual exclamé:

– Maestro, el sentido de estas palabras me causa pena.

Y él, como hombre lleno de prudencia me contestó:

– Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.

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Pío XII, en su Discurso a los Predicadores Cuaresmales, el 23 de marzo de 1949, luego de describir la situación espantosa posterior a la Gran Guerra, exhortó a los sacerdotes que debía predicar en todas las iglesias de Roma durante la Cuaresma:

“No hay más tiempo que perder para detener con todas nuestras fuerzas este deslizamiento de nuestras propias filas hacia la irreligiosidad y para despertar el espíritu de oración y penitencia.

La predicación de las primeras verdades de la fe y de los fines últimos, no sólo no ha perdido nada de su oportunidad en nuestro tiempo, sino que se ha vuelto más necesaria y urgente que nunca. Incluso la prédica sobre el infierno.

Sin duda, un tema así debe ser tratado con dignidad y sabiduría. Pero en cuanto a la sustancia misma de esta verdad, la Iglesia tiene, ante Dios y los hombres, el deber sagrado de proclamarla, de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado, y no hay condición de tiempo que pueda hacer atenuar el rigor de esta obligación.

Esto obliga en conciencia a todo sacerdote, a quien, en el ministerio ordinario o extraordinario, se confía el cuidado de la formación, la amonestación y la guía de los fieles.

Es cierto que el deseo del Cielo es un motivo más perfecto en sí mismo que el miedo a las penas eternas; pero de esto no se sigue que sea también una razón más eficaz para que todos los hombres se mantengan alejados del pecado y se conviertan a Dios”.

La sandalia de mamá es más eficaz que el amor a mamá para que los niños se mantengan alejados de todo lo peligroso… Dios ama como una madre…, y amenaza con la sandalia del infierno…

El Catecismo, ese pequeño librito en el que se contiene un resumen de la doctrina católica, nos dice que el infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”.

¡Maravillosa definición!

Pero hay otra más profunda todavía, y es la que nos dejó en el Evangelio Nuestro Señor Jesucristo.

Es la frase que pronunciará contra los condenados el día del Juicio Final: Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno; preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt. XXV, 41).

En esa fórmula terrible se contiene un maravilloso resumen de toda la teología del infierno. Porque la cittá dolente la constituyen, fundamentalmente, tres cosas y nada más que tres:

+ La pena de daño.

+ La pena de sentido.

+ La eternidad de ambas penas.

Aquí tenemos toda la teología esencial del infierno.

Esas tres cosas están maravillosamente consignadas y resumidas en la frase de Jesucristo: “Apartaos de Mí, malditos” (pena de daño), “al fuego” (pena de sentido) “eterno” (eternidad de ambas penas).

Admirable resumen el de Nuestro Señor Jesucristo.

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Vamos a meditar solamente en la pena de daño. La finalidad de esta reflexión es hacer comprender bien la esencia del pecado mortal, el rechazo de Dios, la aversio a Deo, como enseña la teología.

Y debemos pedir la gracia de conseguir un profundo horror del pecado, comienzo de ese estado de condenación.

Antes de comenzar, recordemos dos frases del Bienaventurado Pedro Julián Eymard, que merecen especial atención:

+ De la consideración del infierno se han valido los mismos santos, encontrando en ella motivos de amar más a Nuestro Señor.

+ El infierno ejerce saludable influencia únicamente sobre los que aman a Dios; los demás sólo se sirven de él para insultar más y blasfemar contra la Justicia divina.

Consideremos la Pena de Daño: Apartaos de Mí, malditos.

Lo principal del infierno es lo que llamamos en teología la pena de daño. La condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios. Eso es lo fundamental del infierno.

Ya podemos oír la carcajada del incrédulo impío: “¿De verdad que lo más terrible que hay en el infierno es estar privado o separado de Dios? Pues entonces, no tengo inconveniente en ir al infierno; porque en este mundo sé prescindir muy bien de Dios, no me hace falta absolutamente para nada. De manera que, si lo más terrible que voy a encontrar en el infierno es que allí no tendré a Dios, ya puede enviarme allá cuando le plazca”.

¡Pobrecito! No sabe lo que dice…

Ese pobre incrédulo, que se siente tan atraído por los honores, la alabanza, la fama, la gloria, la belleza, la riqueza, el placer, en una palabra, que ansía tanto la felicidad, en el momento mismo de su muerte, cuando su alma se separe de su cuerpo, aparecerá delante de ella un panorama completamente insospechado…

Verá delante de sí como un mar inmenso, un océano sin fondo ni riberas… Es la eternidad, inmensa e inabarcable, sin principio ni fin…

Y comprenderá clarísimamente, a la luz de la eternidad, que Dios es el centro del Universo, la plenitud total del Ser. Verá clarísimamente que en Él está concentrado todo cuanto hay de verdad, de bien, de belleza; todo lo que puede deparar honor, alabanza, gloria y felicidad inenarrable.

Y cuando, con una sed de perro rabioso, trate de arrojarse en aquel océano de felicidad que es Dios, saldrán a su encuentro unos brazos vigorosos que se lo impedirán, al mismo tiempo que oirá claramente esas terribles palabras: ¡Apártate de Mí, maldito!

¡Ah!, entonces sabrá lo que es bueno, y comprenderá que la pena de sentido, la pena del fuego, no tiene importancia, que es un juguete de niños ante la rabia y desesperación espantosa que se apodera del condenado cuando ve que ha perdido la suma Verdad, el Bien supremo, la Belleza infinita, la Felicidad inenarrable.

La condenación es la total separación de Dios. Un condenado es una criatura total y definitivamente privada de Dios.

La ligereza del entendimiento y la falta de fe viva nos impiden comprender en esta vida cuánto contiene de horroroso, espantoso y desesperante la condenación.

Hemos sido creados para un Dios de bondad y solamente para Él. En medio de las mil preocupaciones de este mundo, no nos damos cuenta de ello, y nos separamos de Dios.

Nos apartamos de Dios por todo lo que nos rodea, por cuanto vemos, oímos, tememos, deseamos, sufrimos y amamos…

Mas, después de la muerte, la verdad recobra sus derechos; cada uno de nosotros se encontrará solo, delante de Dios, delante de Aquél por quien y para quien hemos sido creados, el único que puede ser nuestra vida, nuestra felicidad, nuestra alegría, nuestro amor, nuestro todo.

Aunque el estado de nuestra naturaleza humana no está ahora dotado de aquella rectitud natural que poseía el primer hombre cuando fue creado, sino que, al contrario, hemos sido, en gran manera, corrompidos por el pecado, es cierto, empero, que la santa inclinación a amar a Dios sobre todas las cosas se ha conservado en nosotros, como también la luz natural por la que conocemos que su soberana bondad es amable sobre todas las cosas.

No es posible que un hombre, al pensar atentamente en Dios, con sólo el discurso natural, no sienta un cierto movimiento de amor a Dios, que la secreta inclinación de nuestra naturaleza suscita en el fondo de nuestro corazón, y por el cual, a la primera aprensión de este primero y soberano objeto, la voluntad queda prevenida y se siente excitada a complacerse en él.

Nuestro corazón, aunque haya sido incubado, sustentado y criado entre las cosas corporales, bajas y transitorias, sin embargo, a la primera mirada que dirige hacia Dios, al primer conocimiento que de Él recibe, la natural y primera inclinación a amar a Dios despierta al instante, y aparece inopinadamente como una chispa que surge de entre las cenizas, la cual, al tocar a nuestra voluntad, le comunica un impulso del amor supremo hacia el primer principio de todas las cosas.

Reflexionemos sobre el estado de un hombre a quien falta de improviso absolutamente la vida, la felicidad, el amor, en una palabra, lo que es todo para él.

Tratemos de concebir un vacío tal, súbito, absoluto, en el cual se abisma un ser hecho para ser amado y amar, creado para poseer a Aquél de quien se ve privado; es más, de Quien se ve rechazado.

Ser maldecido por Dios, separado para siempre del Bien infinito…

La pena de fuego, por terrible que sea, no es nada en comparación con la privación del Bien infinito.

Para confirmar lo dicho, leamos las sabias palabras del gran Doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio, en su obra Preparación para la muerte, Consideración 26, Punto 3:

“Todas las penas de sentido nada son si se comparan con la pena de daño. Las tinieblas, el hedor, el llanto y las llamas no constituyen la esencia del infierno. El verdadero infierno es la pena de haber perdido a Dios.

Decía San Bruno: «Multiplíquense los tormentos, con tal que no se nos prive de Dios.» Y San Juan Crisóstomo: «Si dijeres mil infiernos de fuego, nada dirás comparable al dolor aquél.» Y San Agustín añade que si los réprobos gozasen de la vista de Dios, «no sentirían tormento alguno, y el mismo infierno se les convertiría en paraíso».

Para comprender algo de esta pena, consideremos que si alguno pierde, por ejemplo, una piedra preciosa que valga cien escudos, tendrá disgusto grande; pero si esa piedra valiese doscientos, sentiría la perdida mucho más, y más todavía si valiera quinientos.

En suma: cuanto mayor es el valor de lo que se pierde, tanto más se acrecienta la pena que ocasiona el haberlo perdido… Y puesto que los réprobos pierden el Bien infinito, que es Dios, sienten —como dice Santo Tomás— una pena en cierto modo infinita.

«En este mundo solamente los justos temen esa pena», dice San Agustín. San Ignacio de Loyola decía: «Señor, todo lo sufriré, mas no la pena de estar privado de Vos.»

Los pecadores no sienten temor ninguno por tan grande pérdida, porque se contentan con vivir largos años sin Dios, hundidos en tinieblas. Pero en la hora de la muerte conocerán el gran bien que han perdido.

«El alma, al salir de este mundo—dice San Antonino—, conoce que fue creada por Dios, e irresistiblemente vuela a unirse y abrazarse con el Sumo Bien; mas, si está en pecado, Dios la rechaza».

Si un lebrel sujeto y amarrado ve cerca de sí exquisita caza, se esfuerza por romper la cadena que le retiene y trata de lanzarse hacia su presa. El alma, al separarse del cuerpo, se siente naturalmente atraída hacia Dios. Pero el pecado la aparta y arroja lejos de Él.

Todo el infierno, pues, se cifra y resume en aquellas primeras palabras de la sentencia: Apartaos de Mí, malditos (Mt., 25, 41). Apartaos, dirá el Señor; no quiero que veáis mi rostro.

Ni aun imaginando mil infiernos podrá nadie concebir lo que es la pena de ser aborrecido de Cristo.

Cuando David impuso a Absalón el castigo de que jamás compareciese ante él, sintió Absalón dolor tan profundo, que exclamó: Decid a mi padre que, o me permita ver su rostro, o me dé la muerte (II Rg., 14, 32).

Felipe II, viendo que un noble de su corte estaba en el templo con gran irreverencia, le dijo severamente: «No volváis a presentaros ante mi»; y tal fue la confusión y dolor de aquel hombre, que al llegar a su casa murió…

¿Qué será cuando Dios despida al réprobo para siempre?…

«Esconderé de él mi rostro, y hallarán todos los males y aflicciones» (Dt., 31, 17).

No sois ya míos, ni Yo vuestro, dirá Cristo (Os., 1, 9) a los condenados en el día del juicio.

Aflige dolor inmenso a un hijo o a una esposa cuando piensan que nunca volverán a ver a su padre o esposo, que acaban de morir… Pues, si al oír los lamentos del alma de un réprobo, le preguntásemos la causa de tanto dolor, ¿qué sentiría ella cuando nos dijese: «Lloro porque he perdido a Dios, y ya no le veré jamás»?

¡Y si, a lo sumo, pudiese el desdichado amar a Dios en el infierno y conformarse con la divina voluntad! Mas no; si eso pudiese hacer, el infierno ya no sería infierno. Ni podrá resignarse ni le será dado amar a su Dios. Vivirá odiándole eternamente, y ése ha de ser su mayor tormento: conocer que Dios es el Sumo Bien, digno de infinito amor, y verse forzado a aborrecerle siempre. «Soy aquel malvado desposeído del amor de Dios», así respondió un demonio interrogado por Santa Catalina de Génova.

El réprobo odiará y maldecirá a Dios, y maldiciéndole maldecirá los beneficios que de Él recibió: la creación, la redención, los sacramentos, singularmente los del bautismo y penitencia, y, sobre todo, el Santísimo Sacramento del altar. Aborrecerá a todos los Ángeles y Santos, y con odio implacable a su Ángel Custodio, a sus Santos protectores y a la Virgen Santísima. Maldecidas serán por él las tres divinas Personas, especialmente la del Hijo de Dios, que murió por salvarnos, y las llagas, trabajos, Sangre, Pasión y muerte de Cristo Jesús”.

La dramática historia del PadreJean-Joseph Surin nos puede ayudar en esta meditación. Fue él un místico jesuita francés, que nació el 9 de febrero de 1600 en Burdeos, y allí mismo falleció el 21 de abril de 1665. Se le recuerda por su participación en los exorcismos de Loudun, en 1634 y 1637.

A principios de la década de 1630, las monjas de un convento de ursulinas fueron poseídas por demonios. Jeanne des Anges, la Madre superiora del convento, quedó poseída por siete demonios diferentes.

Después de algunas misiones en Guyenne y Saintonge, el Padre Surin fue enviado a Loudun en diciembre de 1634 para ayudar con el exorcismo.

Estaba tan horrorizado por los terribles sacrilegios destinados a tres hostias profanadas que inmediatamente hizo una ofrenda de su propio espíritu para ser poseído por demonios en expiación por este sacrilegio intencionado. Su oración fue concedida y durante más de veinte años fue acosado por espíritus malignos, experimentando alucinaciones, convulsiones y parálisis temporal, y perdiendo lentamente su capacidad de hablar.

Mientras entraba en este estado, Jeanne des Anges se estaba recuperando lentamente. “Durante mi ministerio, el diablo pasó del cuerpo de la posesa y entró en el mío”, le escribió a un amigo, el Padre jesuita Achille Doni d’Attichy.

Lo que relató es una muestra de lo que sufren los condenados en el infierno. Meditemos:

“Parecía que todo mi ser, que todas las potencias de mi alma y de mi cuerpo se dirigían con indecible vehemencia hacia el Señor mi Dios (quien constituía mi suprema dicha, mi bien infinito, el objeto único de mi existencia), y, al mismo tiempo, sentía una fuerza irresistible que me apartaba de Él, que me retenía lejos de Él, de suerte que creado para vivir, me veía, me sentía privado de Aquél que es la vida; creado para la verdad y la luz, me veía absolutamente repelido por la luz y la verdad; creado para amar, estaba sin amor, estaba rechazado por el Amor; creado para el bien, estaba sumergido en el abismo del mal. No podría comparar las angustias y la desesperación de aquella inexplicable situación sino con el estado de una flecha vigorosamente lanzada hacia un objeto, del cual la repele incesantemente una fuerza invencible: irresistiblemente impelida hacia adelante, y siempre e invenciblemente rechazada hacia atrás”.

Hay quienes preguntan: ¿Y por qué rechaza Dios a los que de manera tan vehemente tienden a Él? ¿No supone esto falta de bondad y de misericordia?

De ninguna manera. Reflexionemos un poco en el estado de ánimo del condenado.

No se arrepiente ni se arrepentirá jamás de sus pecados. Tiende irresistiblemente hacia Dios, al mismo tiempo que le odia con todas sus fuerzas. ¡Y qué odio! El odio perfecto al Bien infinito, a la Verdad infinita, al eterno Amor, a la Bondad, a la Belleza, a la Paz, a la Sabiduría, a la Perfección…

Odio implacable y satánico, odio sobrenatural, que absorbe todas las potencias del alma y del corazón del condenado…

En el siglo XIX, un santo sacerdote conjuraba a un poseso, y le preguntó al demonio: ¿Quién eres?

El maligno espíritu respondió: Soy el ser que no ama a Dios.

Esa tendencia hacia Dios no es, pues, arrepentimiento ni amor, sino egoísmo refinadísimo.

El condenado tiende hacia Dios porque ve con toda evidencia que, poseyéndolo, sería completa y absolutamente feliz, pero sin arrepentirse de haberle ofendido en este mundo y sin dejar de odiarlo…

El condenado tiende a Dios con un exquisito egoísmo… Aquí en la tierra tenemos pálidos reflejos de ese egoísmo… Pensemos en aquél o aquélla que han sido infieles a su cónyuge; y más tarde caen en la cuenta que esa persona es el objeto que constituye su felicidad…; y quieren regresar a poseerlo…

Esa tendencia inmoral del condenado, no solamente no le justifica ante Dios, sino que es su último y eterno pecado. Desea a Dios por puro egoísmo, para gozar de la felicidad inmensa que su posesión le produciría; pero sin la menor sombra de arrepentimiento ni de amor.

En estas condiciones es muy justo que Dios le rechace; es necesario que sea así.

Por eso Dios le atrae y le rechaza al mismo tiempo.

No podemos formarnos idea, acá en la tierra, del tormento espantoso que esto ocasiona a los condenados.

El pecado es el comienzo de ese estado. Por el pecado comenzamos a perder ese Bien. Con la diferencia que aquí no se conoce toda su desgracia y todavía se tiene tiempo para la conversión.

Pero… ¿y cuándo no tengamos más tiempo?…

Para terminar, y mientras tengamos tiempo, sigamos las hermosas enseñanzas del Doctor de la amabilidad, San Francisco de Sales, en su Tratado del Amor de Dios, Libro X, Capítulo 1:

“El hombre es la perfección del universo; el espíritu es la perfección del hombre; el amor es la perfección del espíritu, y la caridad es la perfección del amor.

Por esto, el amor de Dios es el fin, la perfección y la excelencia del universo. En esto consiste la grandeza y la primacía del mandamiento del amor divino, llamado por el Salvador máximo y primer mandamiento.

Este mandamiento es como un sol, que ilumina y dignifica todas las leyes sagradas, todas las disposiciones divinas, todas las Escrituras. Todo se hace por este celestial amor y todo se refiere a él. Del árbol sagrado de este mandamiento dependen, como flores suyas, todos los consejos, las exhortaciones, las inspiraciones y los demás mandamientos, y, como fruto suyo, la vida eterna; y todo lo que no tiende al amor eterno, aquél, cuya práctica perdura en la vida eterna y que no es otra cosa que la misma vida eterna.

¡Cuán amable es esta ley de amor! Si pudiésemos entender cuán obligados estamos a este soberano Bien, que no sólo nos permite, sino que nos manda que le amemos… No sé si he de amar más vuestra infinita belleza, que una tan divina bondad me manda amar, o vuestra divina bondad, que me manda amar una tan infinita belleza.

Dios, el día del Juicio, imprimirá, de una manera admirable, en los espíritus de los condenados, la comprensión de la pérdida que sufren; porque la divina Majestad les hará ver claramente la suma belleza de su faz y los tesoros de su bondad; y, a la vista de este abismo infinito de delicias, la voluntad, con un esfuerzo supremo, querrá lanzarse hacia Él para unirse con Él y gozar de su amor.

Pero será en vano, porque, a medida que el claro y bello conocimiento de la divina Bondad vaya penetrando en los entendimientos de estos infortunados espíritus, de tal manera la divina Justicia irá quitando fuerzas a la voluntad, que no podrá ésta amar en manera alguna al objeto que el entendimiento le propondrá y le representará como el más amable.

Y esta visión, que debería engendrar un tan grande amor en la voluntad, en lugar de esto engendrará en ella una tristeza infinita, la cual se convertirá en eterna por el recuerdo que quedará para siempre en estas almas de la soberana Belleza perdida.

Recuerdo estéril para todo bien y fértil en trabajos, penas, tormentos y desesperación inmortal.

Porque la voluntad sentirá una imposibilidad de amar, o, mejor dicho, una espantosa eterna aversión de amar y una repugnancia a buscar esta tan deseable excelencia.

De suerte que los miserables condenados permanecerán, para siempre, en una rabia desesperada, al conocer una perfección tan sumamente amable, sin poder poseer su goce, ni su amor; porque, mientras pudieron amarla, no lo quisieron.

Se abrasarán en una sed tanto más violenta, cuanto que el recuerdo de esta fuente de las aguas de la vida eterna agudizará sus ardores; morirán inmortalmente, como perros, de un hambre tanto más vehemente cuanto que su memoria avivará su insaciable crueldad con el recuerdo del festín del cual habrán sido privados.

No me atrevería, ciertamente, a asegurar que esta visión de la hermosura de Dios, que tendrán los malaventurados, a manera de relámpago, haya de ser tan clara como la de los Bienaventurados; con todo lo será tanto que verán al Hijo del hombre en su majestad, y verán delante al que traspasaron, y, por la visión de esta gloria, conocerán la magnitud de su pérdida”.

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A modo de resumen, retomemos las frases más significativas:

Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente, que ha perdido el bien de la inteligencia.

Es cierto que el deseo del Cielo es un motivo más perfecto en sí mismo que el miedo a las penas eternas; pero de esto no se sigue que sea también una razón más eficaz para que todos los hombres se mantengan alejados del pecado y se conviertan a Dios”.

El infierno es “el conjunto de todos los males, sin mezcla de bien alguno”.

Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno; preparado para el diablo y sus ángeles”.

De la consideración del infierno se han valido los mismos santos, encontrando en ella motivos de amar más a Nuestro Señor.

El infierno ejerce saludable influencia únicamente sobre los que aman a Dios; los demás sólo se sirven de él para insultar más y blasfemar contra la Justicia divina.

Un condenado es una criatura total y definitivamente privada de Dios.

Ser maldecido por Dios, separado para siempre del Bien infinito.

En este mundo solamente los justos temen esa pena.

Soy aquel malvado desposeído del amor de Dios.

Soy el ser que no ama a Dios.

El condenado tiende a Dios con un exquisito egoísmo.

Los miserables condenados permanecerán, para siempre, en una rabia desesperada, al conocer una perfección tan sumamente amable, sin poder poseer su goce, ni su amor; porque, mientras pudieron amarla, no lo quisieron.

Padre Juan Carlos Ceriani