Padre Juan Carlos Ceriani: SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA SOBRANTE

Sermones-Ceriani

SEXTO DOMINGO DE EPIFANÍA SOBRANTE

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas esta parábola: El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que toma un hombre y lo siembra en su campo. El cual grano es ciertamente la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es mayor que todas las legumbres, y se hace árbol, de modo que los pájaros del cielo vienen y anidan en sus ramas. Les dijo esta otra parábola: El reino de los cielos es semejante al fermento que toma una mujer y lo esconde en tres celemines de harina, hasta que la hace fermentar toda. Todo esto se lo dijo Jesús a las turbas en parábolas; y no les hablaba sin parábolas para que se cumpliera lo dicho por el Profeta: Abriré mi boca en parábolas, diré cosas ocultas desde la creación del mundo.

La parábola del grano de mostaza señala las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, así como su repercusión e influencia sobre la sociedad.

Esta parábola indica, pues, la fundación de una sociedad visible, que exigía un período extenso y un crecimiento lento; lo cual no quita que su desarrollo haya sido sorprendente, maravilloso y extraordinario, e incluso milagroso, un milagro moral, como enseña el Concilio Vaticano I.

Lo cierto es que esa semilla produjo en el mundo efectos que ninguna otra institución ha podido producir, y se volvió literalmente el mayor de todos los árboles.

De este modo, después que el Cristianismo lograra penetrar en el Imperio Romano, la sociedad fue vivificada por el Evangelio, llegando a una cumbre, en la Edad Media, la Civilización Cristiana, a pesar de todas las imperfecciones propias de la naturaleza herida por el pecado.

Puede presentarse aquí la objeción que plantea la situación actual, no sólo de la Civilización Cristiana, la Ciudad Católica edificada por la Iglesia, sino también el estado crítico de la misma sociedad instituida por Nuestro Señor Jesucristo. En efecto, ¿qué queda hoy de la esplendorosa y magnífica construcción de la Iglesia? ¿No está, acaso, casi desaparecida la propia Iglesia, sin ejercer influencia alguna sobre los destinos de las naciones, de las familias, e incluso de la gran masa de los individuos?

Para responder a esta neta dificultad debemos destacar, en primer lugar, que esta parábola no es la única que predicó Jesucristo. En efecto, está también, entre otras, la del trigo y la cizaña. Además, Nuestro Señor anunció una crisis final; del mismo modo, los Apóstoles escribieron sobre la apostasía, el Hijo de perdición y el reino del Anticristo…

Pero, lo más importante es que esta parábola contiene la cosmovisión de Cristo, la manera católica de concebir la vida y la misión del hombre en la tierra, contrapuesta a la cosmovisión revolucionaria.

Hay sólo dos cosmovisiones: la de la impiedad y la de la Iglesia; es decir, la del panteísmo o la del ateísmo, por un lado, y la de la filosofía del Evangelio, por el otro.

Esas dos cosmovisiones son contradictorias; la primera sostiene el progreso indefinido de la humanidad; y la del catolicismo señala un comienzo, un apogeo, un declinar y un punto final para la sociedad humana.

Al igual que todas las cosas vivas, el Reino de Dios en la tierra, la Iglesia, ha sido establecido para crecer, desarrollarse, llegar a su apogeo y luego decaer para acabar…; terminar, no en la extinción y la nada, sino en una transfiguración y transformación final, por supuesto, pero terminar, sin un desarrollo o evolución indefinido.

Según la concepción impía, estamos en un momento decisivo de la evolución del hombre, que consiste en la creación de un gobierno mundial, sobre la base de la democracia, con el apoyo de las religiones.

Ahora bien, en la Sagrada Escritura no hay ni rastro de este gobierno mundial democrático… Por el contrario, sí está profetizado el gobierno mundial del Anticristo, con el apoyo de una falsa religión, y, después de su derrota, el gobierno universal y sobrenatural de Jesucristo.

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Consideremos rápidamente el desarrollo del grano de mostaza.

En el tiempo de los Apóstoles y de los Mártires, la Iglesia conoció un espléndido desarrollo; luego soportó las persecuciones del Imperio pagano hasta el tiempo señalado de su conversión; en los siglos de los grandes Pastores y Doctores de Oriente y Occidente afianzó su doctrina y venció las herejías.

Luego resplandeció mil de años por una incomparable soberanía sobre los emperadores, los reyes y los príncipes, mientras que Nuestro Señor Jesucristo y Nuestra Señora inspiraban el pensamiento y las leyes, la literatura y las artes, toda la vida de la Cristiandad, desgraciadamente obstruida y amenazada por el cisma de los Bizantinos y las fulminantes proyecciones del Islam.

Es en el siglo XIII que, llegada a la mitad de su curso, dio el espectáculo del poder y de la magnificencia del Espíritu-Santo, prefiguración de lo que será la Jerusalén celestial, al regreso de su Señor.

La Iglesia realizó, pues, esa hermosa Sociedad Cristiana, que se llamó la Edad Media y que sería mejor denominar la Cristiandad.

Por supuesto, todo no era perfecto en esa época; siempre habrá pecado y pecadores, trigo y cizaña; pero en esa sociedad se tenía consciencia de que el hombre ha sido puesto sobre la tierra por Dios para honrarlo, alabarlo y servirlo; especialmente se sabía que todo lo creado ha sido puesto a disposición del hombre para que éste pueda amar y servir a Dios, su Creador y Salvador.

La Cristiandad es, pues, un modelo, una referencia. La Iglesia va incluso más lejos, y nos enseña que no puede haber otro modelo que éste en el cual todo, absolutamente todo, se oriente hacia Dios, nuestro Padre, para la mayor felicidad de los hombres.

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¿Cómo explicar, pues, la situación actual de la sociedad? Cabe aquí recordar la parábola del “Fuerte armado” y su aplicación, pues ella es también la lamentable historia de la Cristiandad.

El “espíritu impuro” salió de la sociedad pagana cuando, por el santo bautismo, la Iglesia le hizo renunciar a Satanás, a sus pompas, a sus obras y a sus cultos idolátricos, y así se convirtió en hija de Dios. La sociedad pagana, por medio de un humilde acto de renuncia a Satanás, quemó todo aquello que hasta ese momento había adorado, y, por un fervoroso acto de fe, adoró todo lo que hasta allí había perseguido y combatido.

Nuestro Señor, adversario mucho más fuerte que Satanás, destruyó su poderío y le arrebató su presa. Así lo hizo este divino y todopoderoso Liberador, tanto en el orden de la religión (culto y teología), como en el orden de la verdad (filosofía y ciencias), en el orden del bien común (política), en el orden de la belleza (bellas artes, artes liberales y artesanías), e incluso en el orden del bien simplemente útil (economía y trabajos serviles).

Esta sociedad, así consagrada a Dios, vivía en paz, en la paz de Cristo en el Reino de Cristo. Pero el demonio, furioso y celoso, no soportó que sus dominios le hubiesen sido usurpados y no descansó hasta intentar reconquistarlos, con la autorización divina y en cumplimiento de altísimos planes de la Providencia que escapan a nuestra comprensión.

Aprovechando la negligencia y la tibieza donde se dejan ir demasiado a menudo los hombres y las sociedades, tomó siete espíritus más perversos que él, y por medio de todos estos “ministros” tornó a ser “Príncipe” de su presa, entrando en plena posesión de esta pobre sociedad moderna, cuyo estado es, a ciencia cierta y a simple vista, peor que antes de su conversión y cristianización, pues ahora es, además, apóstata.

¿Cómo se las ingenió, pues, el demonio? Tomó “siete espíritus más perversos que él” y los fue introduciendo en la sociedad hasta llevarla al estado actual:

1) Humanismo y Renacimiento paganos.

2) Protestantismo y sus guerras impías.

3) Masonería y la filosofía de la ilustración.

4) Revolución Francesa.

5) El Laicismo con el Liberalismo y el Capitalismo.

6) La revolución atea del Socialismo y Comunismo.

7) Modernismo y Vaticano II, siembra de una cizaña de gran calidad y mezcla del fermento farisaico de enorme poder, resultando el ilegítimo connubio de la Iglesia Conciliar con la Revolución…

Así como las recaídas en las enfermedades son mucho más peligrosas para el cuerpo, del mismo modo, las recaídas en el pecado tienen consecuencias espantosas y desastrosas en el orden espiritual: cuanto más se aleja una sociedad de Dios, después de haberlo conocido y servido, más se consolida su inclinación al mal, menos gracias recibe y mayores y nuevos obstáculos encuentra para practicar la virtud.

Lamentable estado de la sociedad moderna, peor que el primero. Se manifiesta en ella la verdad de ese antiguo Proverbio: regresó al vómito del paganismo y al fango de la idolatría…, y todo estará preparado para la irrupción del “hijo de perdición”.

La particularidad de lo que puede denominarse período moderno es una lenta descomposición, metódica y progresiva, tanto de la trama sobrenatural como natural de la sociedad.

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Este diagnóstico parece tremendo… El cuadro puede parecer apocalíptico… Pues bien, el término es exacto. No es una jeremiada suplementaria para compadecerse de las desdichas del tiempo presente.

Somos hombres de Fe; conocemos el Nuevo Testamento; y en ellos “el misterio de iniquidad” se anuncia con toda claridad. Con la pacífica lucidez de los “hijos de la Luz” somos capaces de discernir la marca del enemigo antiguo del género humano y la lucha perpetua de la Sinagoga contra la Iglesia.

Sin embargo, la historia la escribe la Providencia divina guiada por su Predestinación y Misericordia. Ahora bien, en la Sagrada Escritura y en los escritos de los Santos existe un hilo conductor muy claro.

Pero, ¡atención!, no existe un fatalismo de la historia, sino un “sentido cristiano de la historia”… Lo mismo debemos afirmar cuando se considera lo que ha sido profetizado sobre los últimos tiempos. Puede discernirse bien la marca del antiguo enemigo de la humanidad, y su infatigable lucha contra la Iglesia.

En este punto realista en el cual nos encontramos, debemos comprender nuestro lugar y nuestra misión en el mundo posmoderno. En esta historia concreta, nuestra historia, el tema de nuestra salvación y la de las almas que Dios nos confía continúa. Sin perder el tiempo en ilusorias reconquistas ni en utópicas restauraciones, nuestro deber es, por lo tanto, santificarnos y santificar, sabiendo que tenemos los medios necesarios, por dramática que sea la hora presente y sus peligros, y por muy inhóspita que sea la trinchera en la cual estamos.

Los sorprendentes efectos del grano de mostaza no cesan de operarse; y cada día somos testigos cada vez que el buen grano es sembrado en un alma. Pero no caben ni ilusiones ni utopías… ¡Todo lo contrario!, son las quimeras y los ensueños los que ofuscan el verdadero problema…

Pero es más fácil proporcionar la droga de la restauración, que causa el escapismo de la realidad, que enseñar y ayudar a enfrentar la misma, sirviéndonos incluso de sus manifestaciones y estragos para santificarnos y santificar a quienes nos rodean.

No se trata de cruzarnos de brazos… Sino de asumir la realidad tal como es…

Ahora bien, los combates que deben librar nuestros jóvenes no son como los del pasado; sus batallas son más graves, porque el Príncipe de las tinieblas ha adquirido un derecho y un dominio más grande sobre todas las cosas, y siembra una cizaña refinada y mezcla su fermento diabólico en la economía, la política, las artes, las ciencias, la filosofía y la teología…; poder que se irá incrementando a medida que nos acerquemos al reino del Anticristo.

¡Sí!, los actuales combates son diferentes, porque la apostasía se reviste de un cierto encanto, y porque las doctrinas modernas saben presentarse seductoras, sugestivas y convincentes a las inteligencias, no siempre bien formadas, antes bien deformadas por la escuela moderna e incluso por los mismos clérigos, hasta la más alta cumbre de la jerarquía…

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Los jóvenes están amenazados hoy por peligrosos enemigos:

— Una piedad inconsistente, sin el marco sólido de la doctrina.

— El adoctrinamiento falsificador de la historia y de los principios naturales.

— La crítica y ridiculización constante de la verdad, lo bueno, lo bello, lo noble, la santidad…

— El enervamiento de la voluntad, privada de la luz de una inteligencia bien formada y además prisionera de las pasiones desenfrenadas.

— El hábito de reclamar sus derechos, haciendo caso omiso de sus obligaciones.

— La búsqueda constante de distracciones y placeres, en lugar del deber bien cumplido.

— El deseo incontrolado de poseer.

— El acostumbramiento a situaciones en contra de la naturaleza respecto del matrimonio, la familia, los hijos, el origen y el fin de la vida.

— La inversión permanente de los valores: emasculación del carácter del varón, la liberación femenina, la confusión de los roles recíprocos del varón y la mujer, la hipertrofia de los derechos del niño-rey…

— La atmósfera de inmodestia e impiedad reinante.

— La facilidad del “escapismo” a un mundo irreal, sea por la droga, el alcohol, o simplemente internet y otros medios que la tecnología les ofrece.

El período contemporáneo de la Revolución seduce, desorienta a los oponentes, desalienta a los combatientes…

Sus ideas y métodos son propagados por hombres “buenos”, prelados de la Iglesia, estadistas, padres, profesores…

Y en el ámbito mismo de la Obra de la Tradición se equivoca el diagnóstico de la situación y, consecuentemente, el tratamiento de la enfermedad.

Debemos proporcionar una estrategia y una táctica para llevar a cabo la lucha que se libra, en primer lugar, en el gran campo de batalla que es cada alma adolescente. Porque en este período concreto la redención continúa. Nuestro deber es, pues, santificarnos y ayudar a redimir nuestro medio ambiente, sabiendo que tenemos los medios, cualquiera sea el tiempo: “Dios es fiel, y nunca permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas”.

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Es normal que soñemos con un mundo mejor, un regreso a la Cristiandad, una restauración de la Iglesia… Pero Dios, en su Providencia, nos puso en un mundo concreto, en un momento preciso de la historia de la humanidad y de la Iglesia. Es Dios quien escribe la Historia; con un itinerario cuyo secreto sólo El conoce y por el cual lleva a cabo su inmenso plan de Amor para completar el número de los elegidos. No podemos hacer abstracción de la consideración de este plan.

Ahora bien, desde el comienzo, Dios nos muestra el enfrentamiento de dos razas: por un lado, la del justo Abel, fiel hasta la muerte, ofreciendo los primeros sacrificios agradables a Dios; en frente, la de Caín, aferrada al éxito terrestre, a los bienes de este mundo, persiguiendo al justo.

Esta Historia se prolonga por la elección de Abraham en medio de un mundo completamente impío. Libre elección divina que se continúa en Isaac, hijo de Sara, la mujer libre; a quien se opone Ismael, hijo de Agar, la esclava. San Pablo comenta largamente este episodio: “El hijo según la carne perseguía al hijo según el espíritu; y aún es así en el presente”. En efecto, la historia de todo el Antiguo Testamento es la lucha entre dos razas de hombres, sea en el mundo, sea incluso en el seno del pueblo elegido.

Ahora bien, si se estudian los textos escriturarios que anuncian y describen el futuro, se comprueba que el establecimiento del Reino de Dios debe realizarse según esos mismos criterios. Allí se anuncian acontecimientos, tribulaciones, traiciones, revocaciones que tamizan a los elegidos como el trigo…, prolongación de este inmenso combate entre las dos razas. Se anuncian períodos en que el mundo entero escuchará hablar de Jesucristo; otros de apostasía…, bajo formas diversas…

A la luz de la Revelación, comprendamos nuestro lugar y nuestra vocación en el mundo moderno. ¿No es acaso éste el combate anunciado hasta el final de los tiempos, y especialmente durante el fin de los tiempos?

Ahora bien, Nuestro Señor Jesucristo estigmatizó a los artesanos contemporáneos de la Revolución, los fariseos. Los acusó de haber desviado la verdadera religión en beneficio propio; de utilizar el destino del hombre para su propia llegada… arribismo… humanismo… Ese falso mesianismo responde hoy a los nombres de Progresismo Cristiano… Civilización del Amor…

Conforme a las profecías, esta situación debe durar hasta que se revele “el hombre de iniquidad”.

Podemos inventar día a día recetas para intentar reparar lo irreparable… Pero, no serán más que recetas… Debemos ir a la fuente de toda verdad, que no puede en su amor haber abandonado a los hijos de los últimos tiempos sin los medios adecuados.

Sabemos que lucha entre el diablo y la Ciudad Santa durará hasta la Parusía. Esta lucha no está reabsorbiéndose progresivamente. Si nos referimos al Evangelio, tenemos que en el Reino siempre se encontrará el buen grano mezclado con la cizaña; y no que contará con un trigo superior, cuyas variedades irían mejorando de siglo en siglo. Del mismo modo, el Apocalipsis no nos muestra una domesticación progresiva de la famosa Bestia.

El diablo, incluso si está vencido, continúa con las manos en la obra, y propone los falsos mesianismos de toda especie, y sabe luchar mejor en ese campo a medida que nuestro mundo se acelera hacia su fin, perfeccionando sus métodos y organizando más sabiamente su espantosa contra-iglesia. Tanto que Jesús nos dice: “Cuando el Hijo del hombre vuelva, ¿encontrará aún Fe sobre la tierra?” 

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Volvamos al Evangelio, al grano de mostaza y a los medios evangélicos, que deben aplicarse desde la niñez, y no deben relajarse en el momento crucial de la adolescencia, cuando se decide la vida de un hombre.

Hay dos principios previos a tener en cuenta:

1º) El regreso al orden natural y real.

Es necesario hacer vivir a los jóvenes en la realidad, conforme al orden natural.

Hay que enseñarles a utilizar con parsimonia y cuidado el mundo virtual de la imaginería electrónica.

Dar preferencia a la simple recreación, al ocio intelectual, a la buena lectura que presenta un universo normal, a la buena música.

La contemplación de la realidad de la creación enseña también que nada se obtiene sin esfuerzo, sin dificultades a superar, sin violencia para con uno mismo, normalmente con la privación de los medios materiales.

2º) La formación propia y el conocimiento del enemigo.

Consagramos poco tiempo a la formación. Rara vez nos dedicamos a leer o hablar con nuestros adolescentes.

En este período de su vida, es cierto que no siempre son dóciles a nuestros ideales. Ellos prefieren “mirar afuera”, buscar entre los amigos…

En este campo, debe ser un deber nuestro el formar el pensamiento y la reflexión religiosa, teológica, filosófica, histórica y política, para situarlos bien en el momento del combate que les toca llevar a cabo.

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A modo de conclusión y de medidas prácticas:

La doctrina divina y las santas máximas del cristianismo, ¿han echado raíz en nuestro corazón? ¿Han mejorado nuestra alma? ¿Son la regla de nuestra vida?

¿Vamos con fe, reconocimiento y amor, a descansar a la sombra divina del Evangelio?

¿Nos satisfacen y sacian sus frutos deliciosos y saludables, o necesitamos “otra cosa”?

¿Sembramos el grano beneficioso y vigorizante del Evangelio en nuestra vida, para divinizarla?