SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Conservando los restos

SERMONES DEL BREVIARIO

Sermón de San Beda el Venerable

Presbítero – Doctor de la Iglesia

Sermón 18 sobre los Santos

Hoy celebramos, amados míos, dentro del júbilo de una común solemnidad, la fiesta de Todos los Santos; de aquellos cuya sociedad alegra los cielos, cuyo patrocinio consuela a la tierra y con cuyos triunfos se corona la Iglesia.

Se les debe un honor tanto mayor cuan grande fue en la prueba su firmeza en la profesión de la fe, porque la gloria de los luchadores crece en proporción de la dureza del combate, y la victoria del martirio resplandece más y más con la variedad de suplicios, a los cuales corresponde tanto mayor galardón cuanto mayor fue su acerbidad.

Nuestra Madre la Iglesia Católica, extendida por todo el orbe, que aprendió en los ejemplos de su Cabeza Jesucristo a no temer los ultrajes, la cruz, ni la misma muerte, y que ha ido afianzándose cada vez más, no con la resistencia sino con la paciencia, al tratar de animar a todas estas legiones de ilustres atletas, que se vieron arrojados a las cárceles como criminales, y de estimularles a sostenerse en la lucha con ardor y denuedo constantemente renovados, les ha inspirado la santa ambición de un glorioso triunfo.

¡Dichosa, en verdad, nuestra Madre la Iglesia, por verse honrada con muestras tan brillantes de la misericordia divina, adornada con la sangre de los invictos Mártires y revestida con la blancura de la inviolable fidelidad de las Vírgenes! No faltan entre sus flores rosas ni lirios.

Esfuércese, pues, ahora, cada uno de nosotros, amados hermanos, en adquirir el mayor número de títulos a estas dos clases de honores, o a la corona blanca de la virginidad o a la purpúrea del martirio.

Porque en la milicia de los cielos no faltan, ni en la paz ni en la lucha, flores apropiadas para coronar a los soldados de Cristo.

Tan inefable e inmensa bondad divina se ha extendido hasta disponer que el tiempo de los trabajos y las luchas no fuera largo ni eterno, sino breve, y por decirlo así, momentáneo. Ha querido destinar a los trabajos y las luchas esta vida presente, tan corta y fugaz, y a las coronas y premios una vida eterna; ha querido que los trabajos terminen pronto y que la recompensa de los méritos no tenga fin; que después de las tinieblas de este mundo, los Santos puedan contemplar una luz brillantísima y poseer una felicidad mucho mayor que el más cruel exceso de todos los padecimientos, según manifiesta el Apóstol: “Los sufrimientos de la vida presente no son de comparar con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en vosotros”.

Homilía de San Agustín

Obispo – Doctor de la Iglesia

Sobre el Sermón de la Montana

Si se nos pregunta qué significa el monte, diremos que puede muy bien simbolizar ciertos preceptos más elevados de la justicia, en cuya comparación eran inferiores los que se habían dado a los judíos.

Fue, no obstante, un mismo Dios el que, acomodándose con orden admirable a la diversidad de los tiempos, dio, por medio de sus Santos Profetas y otros siervos suyos, unos preceptos menos elevados a un pueblo al que convenía todavía tener sujeto por el temor, y, por medio de su Hijo, otros más elevados al pueblo al que convenía hacer libre por la caridad.

El dar preceptos inferiores a las almas menos perfectas y otros superiores a las más perfectas, es obra de Aquél que es único en saber aplicar al género humano el remedio apropiado a sus múltiples necesidades.

No es tampoco de extrañar que el mismo Dios, creador del cielo y de la tierra, dé unos preceptos más elevados en vista del Reino de los Cielos y otros inferiores en vista del de la tierra.

A esta justicia superior se refiere el Profeta cuando dice: “Tu justicia es semejante a los montes de Dios”.

He aquí porque el único Maestro capaz de ensenar cosas tan sublimes enseña desde una montaña. Ensena sentado, por exigirlo la dignidad del magisterio.

Y se le acercaron los discípulos: próximos a Jesús por la voluntad de cumplir sus preceptos, convenía que lo estuvieran también corporalmente para oír sus palabras.

“Y abriendo su boca, los adoctrinaba, diciendo”. Esta paráfrasis: “y abriendo su boca”, indica quizá que el sermón va a ser de alguna extensión; a menos que signifique que el que ahora abre su boca es el mismo que abrió en el Antiguo Testamento la boca de los Profetas.

Veamos lo que dice: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”.

Leemos en la Escritura, hablando sobre el apetito de los bienes temporales: “Todo es vanidad y presunción de espíritu”. Presunción de espíritu significa soberbia y arrogancia.

También se dice vulgarmente, hablando de los soberbios, que están hinchados de espíritu, y con razón, porque el viento es llamado spiritus, como puede verse en este versículo de un Salmo: “Fuego, granizo, nieve, hielo, vientos procelosos (spiritus procellarum)”, y nadie ignora que a los soberbios se les llama hinchados, como llenos de viento.

Por esto dice también el Apóstol: “La ciencia hincha, pero la caridad edifica”.

He aquí porque suele con razón considerarse pobres de espíritu a los humildes y temerosos de Dios, es decir, a los que no tienen este espíritu de hinchazón.