Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Sermones-Ceriani

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

En aquel tiempo: Al ver Jesús las multitudes, subió a la montaña, y habiéndose sentado, se le acercaron sus discípulos. Entonces, abrió su boca, y se puso a enseñarles así: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán hartados. Bienaventurados los que tienen misericordia, porque para ellos habrá misericordia. Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque a ellos pertenece el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os insultaren, cuando os persiguieren, cuando dijeren mintiendo todo mal contra vosotros, por causa mía. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en los cielos.”

En esta Fiesta de Todos los Santos, los Bienaventurados, consideremos cómo llegaron Ellos a la Bienaventuranza eterna, la felicidad del Cielo, y en qué consiste la misma. Sigamos para ello la clara y segura doctrina de San Francisco de Sales.

Dice San Agustín: ¡Oh Dios mío!, habéis creado mi corazón para Ti, y jamás tendrá reposo hasta que descanse en Ti.

Esta unión, que dará quietud eterna a nuestro corazón, no puede llegar a su perfección en esta vida mortal. Podemos comenzar a amar a Dios en este mundo, pero sólo en el otro le amaremos perfectamente.

Mientras tanto, consuela y confirma saber que Nuestro Señor tiene un cuidado continuo de la dirección de sus hijos, es decir, de los hombres que viven en caridad, haciéndoles andar delante de Él, dándoles la mano en las dificultades, sosteniéndolos Él mismo en sus penas, pues ve que, de otra manera, se les harían insoportables.

Debemos, pues, con gran ánimo, tener una firmísima confianza en Dios y en sus auxilios, porque, si correspondemos a su gracia, llevará al cabo la buena obra de nuestra salvación, tal como la ha comenzado obrando en nosotros no sólo el querer sino el ejecutar, como lo advierte también el Santo Concilio de Trento.

En esta dirección que la dulzura de Dios imprime en nuestras almas, desde que son introducidas en la caridad hasta la final consumación de ésta, que no se produce sino en la hora de la muerte, consiste el gran don de la perseverancia, al cual nuestro Señor vincula el gran don de la gloria eterna, según nos ha dicho: Quien perseverare hasta el fin, éste se salvará; porque este don no es más que el conjunto de los diversos favores, consuelos y auxilios, merced a los cuales nos conservamos en el amor de Dios hasta el fin.

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La dicha de morir en la divina caridad es un don especial de Dios. Por lo tanto, habiendo el Rey celestial conducido al alma que ama hasta el término de esta vida, todavía la asiste en su dichoso tránsito, por el cual la eleva hasta la gloria eterna, que es el fruto delicioso de la santa perseverancia.

Para la marcha hacia la vida eterna la divina Providencia ha dispuesto, desde toda la eternidad, una multitud de gracias necesarias, con la mutua dependencia de unos dones con respecto a los otros.

En primer lugar, ha querido, con un deseo verdadero, incluso después del pecado de Adán, que todos los hombres se salven. Sí, ha querido y quiere que todos los hombres se salven, pero de una manera y por unos medios adecuados a nuestra naturaleza humana, dotada de libre albedrío, de libertad. Es decir, ha querido la salvación de todos los hombres que presten su consentimiento a las gracias y a los favores que les ha preparado, ofrecido y distribuido con esta intención de salvarlos.

Ahora bien, quiso que, entre estos favores, fuese el primero el del llamado, y que éste fuese tan compatible con nuestra libertad, que pudiésemos aceptarlo o rechazarlo a nuestro arbitrio.

Después, a aquellos de quienes previo que lo aceptarían, dispuso que se les concediese la santa caridad; y, si fuese necesario, quiso procurarles los santos movimientos de la penitencia; a los que hubiesen de secundar estos movimientos, determinó darles los auxilios necesarios para perseverar, y a los que habían de aprovecharse de estos divinos auxilios, resolvió otorgarles la perseverancia final y la gloriosa felicidad de su eterno amor.

La Santa Iglesia, en la última de sus oraciones solemnes de Rogativas y tercera para los Domingos de Cuaresma, da testimonio de que este orden en los efectos de la Providencia, con su mutuo enlace, ha sido dispuesto por la voluntad eterna de Dios. Dicha oración se expresa de esta manera: Omnipotente y sempiterno Dios, que eres árbitro de vivos y muertos, y que usas de misericordia con todos aquellos que Tú conoces han de ser tus escogidos por su fe y sus obras; Te suplicamos humildemente, que aquéllos por quienes hemos determinado pedir, ya vivan en este mundo revestidos aún de nuestra carne, o estén ya difuntos en el otro, consigan, por la intercesión de todos los Santos y por tu clemencia y piedad, el perdón de todos sus pecados”.

Es como si la Santa Iglesia dijese que la gloria, que es la consumación y el fruto de la misericordia divina para con los hombres, sólo está reservada a aquellos que, según la previsión de la divina sabiduría, serán, en el porvenir, fieles al llamado y abrazarán la fe viva, que obra por la caridad.

En suma, todos estos efectos dependen absolutamente de la Redención del Salvador, que los ha merecido para nosotros, en todo rigor de justicia, por la amorosa obediencia practicada hasta la muerte, y muerte de cruz, la cual es la raíz de todas las gracias que recibimos los que somos sus vástagos espirituales, injertados en el tronco de su vid.

Si, después de injertados, permanecemos en él, llevaremos, sin duda, por la vida de la gracia que nos comunicará, el fruto de la gloria que nos ha sido preparada.

Pero, si somos como sarmientos cortados de este árbol, es decir, si con nuestra resistencia quebramos la trabazón y el enlace de los efectos de su bondad, no será de maravillar si, al fin, nos arranca del todo y nos arroja al fuego eterno, como ramas inútiles.

Es indudable que Dios ha preparado el paraíso Para aquellos de quienes ha previsto que han de ser suyos. Seamos, pues, suyos por la fe y por las obras; y Él será nuestro por la gloria; porque, si bien el pertenecer a Dios es un don del mismo Dios; es, empero, una gracia que Dios a nadie niega; al contrario, la ofrece a todos, para darla a los que de buen grado consienten en recibirla.

Permanezcamos, pues, en paz, y sirvamos a Dios para ser suyos en esta vida mortal, y aún más en la vida eterna. Pidamos a los Santos su intercesión e imitemos sus ejemplos.

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Considerando ya la bienaventuranza, vemos que el amor triunfante de los bienaventurados en el Cielo consiste en la final, invariable y eterna unión del alma con Dios.

¿En qué consiste esta última unión con Dios, inmutable y para siempre jamás?

Sabemos que la verdad es el objeto de nuestro entendimiento, el cual, por lo mismo, tiene todo su contento en descubrir y conocer la verdad de las cosas, y, según que las verdades sean más excelentes, con más gusto y más atención se aplica a ellas.

Pero, cuando nuestro espíritu, elevado por encima de la luz natural, comienza a ver las sagradas verdades de la fe, el alma se inflama. ¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba por el camino?, decían los dichosos peregrinos de Emaús, hablando de las amorosas llamas de que se sentían tocados por la palabra de la fe.

Por lo tanto, si las verdades divinas son tan suaves cuando son propuestas a la sola luz obscura de la fe, ¿qué ocurrirá cuando las contemplemos a la luz meridiana de la gloria?

Cuando al llegar a la Celestial Jerusalén veamos al gran Rey de la gloria, sentado en el trono de la sabiduría, manifestando, con incomprensible claridad, las maravillas y los secretos eternos de su Verdad soberana, con tanta luz que nuestro entendimiento verá presentes las cosas que creyó en este mundo, entonces, ¡qué éxtasis, qué admiración, qué dulzura! Jamás hubiéramos creído poder contemplar verdades tan deleitables.

¡Qué gozo para el corazón humano ver la faz de la Divinidad!; faz tan deseada, faz que es el único deseo de nuestras almas.

Nuestro corazón tiene una sed que no puede ser extinguida por los goces de la vida mortal. Nuestra alma jamás tendrá reposo ni tranquilidad en esta tierra hasta que haya encontrado las frescas aguas de la vida inmortal y de la Divinidad Santísima, que son las únicas que pueden extinguir su sed y calmar sus deseos.

¡Qué unión la de nuestro corazón allá en el Cielo, donde, después de estos deseos infinitos del verdadero bien, jamás saciados en este mundo, encontraremos su verdadero y abundante manantial!

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Como dice San Pablo, creer es ver como por un espejo. Pero, en el Cielo la Divinidad se unirá por sí misma a nuestro entendimiento, sin la interposición de especie ni representación alguna; al contrario, se aplicará y juntará por sí misma a nuestro entendimiento, haciéndosele tan presente que esta íntima presencia hará las veces de representación y de especie.

¡Qué suavidad para el entendimiento humano!; permanecer siempre unido con su soberano objeto, recibiendo no su representación sino su presencia; no una imagen o especie, sino la propia esencia de la divina Verdad.

El entendimiento creado verá, pues, la esencia divina sin la interposición de especie o representación alguna; pero sin embargo no la verá sin que alguna excelente claridad le disponga, le lleve y le de fuerzas para que sea capaz de una visión tan alta y de un objeto tan sublime y tan brillante.

Porque, así como la lechuza tiene la vista bastante fuerte para ver la luz sombría de la noche serena, pero no para ver la claridad del mediodía, que es demasiado resplandeciente para ser recibida por unos ojos tan turbios y delicados, de la misma manera nuestro entendimiento, que tiene suficiente capacidad para considerar las verdades naturales con sus propios discursos, y aun las cosas sobrenaturales de la gracia, por la luz de la fe, no puede, empero, ni por la luz natural ni por la luz de la fe, alcanzar a ver la sustancia divina en sí misma.

Por esta causa, la suavidad de la sabiduría eterna ha dispuesto no aplicar su esencia a nuestro entendimiento, sin antes haberlo preparado, robustecido y habilitado para recibir una visión tan eminente y tan desproporcionada a su condición natural, como lo es la visión de la divinidad.

Esta sagrada luz de la gloria, al encontrar a nuestros entendimientos ineptos e incapaces de ver la divinidad, los eleva, vigoriza y perfecciona de una manera tan excelente, que, por una maravilla incomprensible, miran y contemplan directa y fijamente el abismo de la divina claridad en sí misma, sin quedar deslumbrados y sin cerrarse ante la grandeza infinita de su brillo.

Y así como Dios nos ha dado la luz de la razón, por la cual podemos conocerle como autor de la naturaleza, y la luz de la fe, por la cual le consideramos como fuente de la gracia, asimismo nos dará la luz de la gloria, por la cual le contemplaremos como fuente de la bienaventuranza y de la vida eterna, pero fuente que no contemplaremos de lejos, como lo hacemos ahora por la fe, sino por la luz de la gloria, sumergidos y abismados en ella.

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Esta luz de la gloria, es la que da la medida a la visión y contemplación de los Bienaventurados y, según sea mayor o menor este santo resplandor, los Santos ven más o menos claramente, y por consiguiente más o menos felizmente, la santísima Divinidad, la cual, diversamente contemplada, los hace diversamente gloriosos y bienaventurados.

Es verdad que en el Paraíso Celestial todos los espíritus bienaventurados ven toda la esencia divina; mas ninguno entre ellos, ni todos juntos, la ven ni pueden verla totalmente.

¿Por qué? Porque Dios es infinito, sin límite, sin término ni medida, y no hay capacidad alguna, fuera de Él mismo, que pueda jamás comprender o penetrar totalmente la infinidad de su bondad, esencialmente infinita.

Esta infinidad divina siempre tendrá en grado infinito muchas más excelencias que nosotros suficiencia y capacidad.

Y nuestro contento será indecible, cuando, después de haber saciado todos los deseos de nuestro corazón y de haber llenado colmadamente su capacidad con el goce del bien infinito que es Dios, sepamos que en esta infinidad todavía quedan infinitas perfecciones para ver, gozar y poseer.

Nuestro gozo será pleno al penetrar que sólo su divina Majestad se comprende a Sí misma.

Por eso, los espíritus Bienaventurados se sienten arrebatados por una doble admiración:

— por la infinita hermosura que contemplan,

— y por el abismo infinito que resta por ver en esta misma hermosura infinita.

Admirable es lo que ven… Pero, mucho más admirable es lo que no ven…

Y, sin embargo, la santísima hermosura que ven, por ser infinita, les satisface y les sacia perfectamente.

Y contentándose con gozar de ella según el lugar que ocupan en el Cielo, convierten el conocimiento que tienen de no poseer y de no poder poseer totalmente su objeto, en una simple complacencia de admiración, merced a la cual tienen un gozo soberano, al ver que la belleza que aman es de tal manera infinita, que no puede ser totalmente conocida sino por sí misma.

Porque en esto consiste, precisamente, la divinidad de esta belleza infinita, y la belleza de esta infinita divinidad.

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El entendimiento de los Bienaventurados ve a Dios cara a cara, contemplando, merced a la visión de su verdadera y real presencia, la propia esencia divina, y, en ella, sus infinitas bellezas, la omnipotencia, la suma bondad, la omnisciencia, la justicia infinita y todo el abismo de perfecciones.

Su entendimiento contempla las divinas procesiones.

Ve, en primer lugar, el conocimiento infinito que, desde toda la eternidad, el Padre tiene de su propia hermosura, y cuya extensión, en Sí mismo, pronuncia eternamente el Verbo, palabra y dicción absolutamente única e infinita, que abarcando y representando toda la perfección del Padre, no puede ser sino un mismo y único Dios con Él, sin división ni separación alguna.

Por eso mismo, este Hijo, infinita imagen y figura de su Padre infinito, es un solo Dios absolutamente único e infinito con el Padre, sin que exista ninguna distinción o diferencia de sustancia de personas.

Así Dios, que es solo, no es, por esto, solitario; porque es solo en su única y simplicísima divinidad; pero no es solitario, porque es Padre e Hijo en dos Personas distintas.

¡Qué gozo, qué alegría, al ver y celebrar este nacimiento eterno, que se hace en los esplendores de los santos!

El dulcísimo San Bernardo, jovencito todavía, estaba una noche de Navidad en la iglesia de Chatillón, junto al Sena, aguardando el comienzo de los divinos oficios. Durante esta espera, se durmió ligeramente, y vio en sueños, en espíritu, pero de una manera muy clara y distinta, como el Hijo de Dios, desposado con la naturaleza humana y hecho niño en las entrañas de su purísima Madre, nacía virginalmente de su sagrado seno con una humilde suavidad mezclada con majestad celestial.

Visión, que de tal manera llenó de gozo el corazón amante de San Bernardo, que conservó de ella, durante toda su vida, un recuerdo en extremo emocionante, de suerte que, si bien durante toda su vida, como una abeja sagrada, recogió siempre de todos los misterios divinos la miel de mil suaves y celestiales consuelos, todavía la solemnidad de este nacimiento le llenaba de una suavidad particular, y hablaba con un placer sin igual de la natividad de su Maestro.

Pues bien, si una visión mística e imaginaria del nacimiento temporal y humano del Hijo de Dios, por el cual nacía hombre de una mujer, y virgen de una virgen, arrebató y conmovió tan fuertemente el corazón de un niño, ¿qué ocurrirá, cuando nuestros espíritus, gloriosamente iluminados con la claridad de la bienaventuranza, vean aquel nacimiento eterno, por el cual el Hijo procede Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, divina y eternamente?

Entonces nuestro espíritu se juntará, por una incomprensible complacencia, a este objeto tan delicioso, y, por una inmutable atención, permanecerá unido a él eternamente.

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Ahora bien, al ver el Padre eterno la infinita bondad y belleza de su esencia, tan viva, esencial y substancialmente expresada en su Hijo, y, recíprocamente, al ver el Hijo que su misma esencia, bondad y belleza está originariamente en su Padre como en su fuente o manantial, ¿es posible que este Padre divino y este Hijo no se amen con un amor infinito, pues su voluntad, con la cual se aman, y su belleza, por cuya causa se aman, son infinitas en el uno y en el otro?

Cuando el amor no nos encuentra iguales, nos iguala; cuando no nos encuentra unidos, nos une. Ahora bien, al encontrarse el Padre y el Hijo, no solamente iguales y unidos, sino siendo un mismo Dios, una misma esencia y una misma unidad, ¿cuál no ha de ser el amor que mutuamente se tienen?

Mas este amor no transcurre como el amor que las criaturas intelectuales se tienen las unas a las otras o a su Creador. Porque el amor creado es un conjunto de impulsos, suspiros, uniones y vínculos que se entrelazan y forman la continuación del amor mediante una dulce sucesión de movimientos espirituales.

Pero el amor divino del Padre eterno a su Hijo se realiza por un solo suspiro, recíprocamente exhalado por el Padre y por el Hijo, que, de esta suerte, permanecen juntamente unidos y ligados.

Y, como quiera que el Padre y el Hijo que suspiran tienen una esencia y una bondad infinita, por la cual suspiran, es imposible que el suspiro no sea infinito. Y, como que no puede ser infinito sin que sea Dios, resulta que este espíritu suspirado por el Padre y por el Hijo es verdadero Dios.

Y no habiendo ni pudiendo haber más que un solo Dios, este Espíritu es menester que sea una tercera Persona divina, la cual, con el Padre y con el Hijo, es un solo Dios.

Y porque este amor es producido a manera de suspiro o inspiración, se llama Espíritu Santo.

Si la amistad humana es tan agradablemente amable para los que la contemplan, ¿qué será, ver el ejercicio sagrado del recíproco amor del Padre para con el Hijo eterno?

¡Con qué alabanzas y bendiciones ha de ser celebrada, con qué admiración ha de ser honrada y amada la eterna y soberana amistad del Padre y del Hijo!

El corazón de los Bienaventurados se hunde en un abismo de amor y de admiración ante la hermosura y la suavidad del amor que este Padre celestial y este Hijo incomprensible practican divina y eternamente.

Pues bien, en esto consiste la Bienaventuranza eterna, a la cual estamos convocados y para la consecución de la misma contamos con todas las gracias necesarias y la intercesión de todos los Bienaventurados, principalmente la de Nuestra Madre, Reina de todos los Santos.