P. JUAN CARLOS CERIANI: SAN LUIS – REY DE FRANCIA

Cabe a este insigne varón y valeroso príncipe, la gloria de haber logrado ser Santo en medio de los esplendores de la corte, en la familia, a la cabeza de los ejércitos y entre los múltiples cuidados inherentes al buen gobierno de un gran y poderoso reino.

Fue modelo de reyes, esforzado capitán, ejemplarísimo esposo, recto y prudente en administrar justicia, verdadero padre de su pueblo, y, por todo ello, ornamento de la corona de Francia y gloria de toda la Iglesia.

Nació San Luis en el castillo de Poissy, el 25 de abril de 1214, hace ya ochocientos años. Fueron sus padres Luis VIII, apodado el León, y la insigne doña Blanca de Castilla, santa y valerosa princesa, paradigma de madre, hija de Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa.

Ejemplo raro el de dos hermanas, Doña Blanca y Doña Berenguela, que supieron dar sus hijos, más que para reyes de la tierra, para santos y fieles discípulos del Señor. Las madres, las dos princesas hijas del rey Alfonso VIII de Castilla, y los hijos, los Santos Reyes San Luis y San Fernando.

San Luis recibió esmeradísima cultura intelectual, que no cesó de acrecentar durante toda su vida, cosa rara en aquella época en que la nobleza se daba exclusivamente a las armas. Llevado de su gusto e inclinación a las letras, fundó más adelante la biblioteca de la Santa Capilla, con multitud de volúmenes copiados a sus expensas. A ella daba entrada a todos los sabios del reino, y él mismo solía pasar los ratos libres, dedicado con profundo afán a los estudios.

Siendo de edad de doce años perdió a su padre, con lo que doña Blanca quedó encargada del gobierno del reino y de la tutela del joven príncipe.

Le crió aquella santísima reina en la piedad y santo temor de Dios, y le repetía continuamente estas admirables palabras, que Luis guardó en su corazón toda la vida y que son un poema de integridad cristiana: Hijo mío, aunque te quiero más que a todas las cosas criadas, antes quisiera verte muerto que culpable de algún pecado mortal.

San Luis fue consagrado en Reims el 29 de noviembre de 1226 y declarado mayor de edad en el año 1234. Por consejo de su virtuosa madre y de los grandes del reino, se casó en la ciudad de Sens el 27 de mayo del mismo año con doña Margarita, hija de Ramón Berenguer, conde de Provenza, y de ella tuvo once hijos.

Margarita, una mujer virtuosa, fue durante toda su vida su más fiel compañera y colaboradora. Su matrimonio fue verdaderamente feliz. Tuvo cinco hijos y seis hijas. Sus descendientes fueron reyes de Francia mientras ese país tuvo monarquía, o sea hasta el año 1793, en que fue muerto el rey Luis XVI, al cual el sacerdote que lo acompañaba le dijo antes de morir: Hijo de San Luis, ya puedes partir para la eternidad.

San Luis fue siempre muy querido y estimado por su encantadora mansedumbre, por su arrojo y valor en los peligros, ecuanimidad inalterable, grande amor a la justica, y, más que nada, por su admirable piedad y tierna devoción.

Cada día rezaba las horas canónicas o las hacía rezar por los religiosos de Santo Domingo o de San Francisco, con quienes tenía asiduo trato y comunicación. Cada viernes se acercaba al tribunal de la penitencia. Recibida la absolución, presentaba la espalda al confesor y le suplicaba que le disciplinase con plomadas, que a veces le producían heridas. El santo rey comulgaba con regularidad, a lo menos en las grandes fiestas.

Los sábados tenía por costumbre lavar los pies a muchos pobres; con preferencia a los ciegos y desvalidos.

Tan admirable y sabiamente como su alma, gobernaba San Luis su reino. Nunca, ni antes ni después de él, gozó Francia de mayor paz y de prosperidad tan extraordinaria. El Papa Urbano IV le llama en una carta ángel de paz. Efectivamente, en su reinado de treinta y seis años no se vieron en Francia rebeliones y guerras como en igual época hubo en los demás reinos de Europa.

Blanco principal de su gobierno fue desarraigar de su reino, por medio de sabias leyes, toda clase de desórdenes y vicios, los juegos de azar, la blasfemia, el lujo exagerado y los pleitos y embrollos en los procesos. Su delicada conciencia no le permitía en este punto debilidad alguna.

Otra ley que dio fue la prohibición de cobrar intereses demasiado altos por el dinero que se prestaba. En ese tiempo existían muchos usureros (especialmente judíos) que prestaban dinero al cinco o seis por ciento mensual y arruinaban a miles de personas. San Luis prohibió la usura, y a quienes sorprendían aprovechándose de los pobres en esto, les hacía devolver todo lo que les habían quitado.

Los embajadores que ejercían justicia en su nombre en todas las provincias, debían dar al santo rey severa cuenta de su gestión. Siempre estaba dispuesto a oír las quejas de sus vasallos, y todos ellos podían acercársele sin dificultad ninguna.

Se mostraba respetuosísimo con el Sumo Pontífice, seguía dócilmente sus consejos; se ayudaba para el buen gobierno del reino de las luces de eminentes religiosos y sacerdotes como Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, Guido Foucaud y Simon de Brion, que fueron después los Papas Clemente IV y Martín IV, y el insigne teólogo Robert Sorbon, que instituyó en París el famoso colegio de la Sorbona.

Edificó muchos hospitales; el más célebre de los cuales fue el hospicio fundado el año 1260 en París, y que se llamó de los Trescientos
por estar destinado a recibir igual número de ciegos, en recuerdo de los trescientos caballeros de su ejército, a quienes sacaron los ojos los sarracenos en las tristes jornadas que siguieron a la toma de Damieta.

Fundó asimismo muchos monasterios y conventos; hizo grandes limosnas, y cada día se daba de comer en su palacio a más de cien pobres, a quienes con frecuencia servía personalmente con gran sencillez y cristiana humildad.

Aun a tierras de Oriente se extendía la liberalidad de San Luis. En agradecimiento de tanta largueza, el emperador de Constantinopla le regaló algunas reliquias de la Pasión, entre ellas la Santa Corona de Espinas.

Salió el Rey al encuentro de los religiosos Dominicos, encargados de trasladar tan precioso tesoro; y al verlos no pudo contener las lágrimas. Cargó a cuestas sobre sus hombros aquellas insignes reliquias y descalzo entró con ellas en la ciudad.

Para guardarlas decorosamente edificó en su mismo palacio de París un oratorio suntuosísimo, que se llamó la Santa Capilla. Allí solía retirarse siempre que podía, y a menudo pasaba noches enteras en oración y enteramente dado a meditar sobre la Pasión de Cristo.

Aun con llevar vida tan santa, cuidaba San Luis el ejercicio de las armas, con lo que vino a ser valeroso y esforzado capitán. Dio grandes muestras de su valor el año de 1242, cuando sujetó por fuerza de armas al conde Hugon, su vasallo, y al ejército del rey de Inglaterra, que ayudaba a los rebeldes. La misma intrepidez mostró más adelante en las guerras que hubo de emprender por causa más noble y santa.

A fines del año 1244 le sobrevino una grave enfermedad que a los pocos días le puso en trance de morir. Su santa madre, doña Blanca, mandó traer la Cruz del Salvador, la Corona de Espinas y la Sagrada Lanza, y acercándolas al cuerpo de su hijo, exclamó: Alabanza y gloria, ¡oh Señor Jesús!, no a nosotros, sino a tu Santísimo Nombre. Por estos sagrados instrumentos con los que aparecerás el día del tremendo juicio, salva en este día el Reino de Francia, salvando a su monarca.

Terminada doña Blanca esta oración, empezó el Rey a mover los labios, y luego todo el cuerpo; hizo esfuerzos para hablar y se le oyó decir: El Oriente se ha dignado visitarme desde el alto cielo, y sacarme de la compañía de los muertos.

Habiendo sanado de aquella enfermedad, se juzgó obligado, como por sagrado juramento, a emprender la reconquista de Tierra Santa.

Lo que armó su brazo contra los musulmanes fue el entusiasmo de su fe. Siendo muy niño, nada le afligía tanto como el relato de la opresión que pesaba sobre los cristianos de Palestina. Más tarde empezó a soñar que lograría reunir todas las fuerzas de la Cristiandad para lanzarlas contra los infieles.

Cuando los tártaros hacían temblar a Europa, su madre le preguntaba: ¿Qué haremos si esas gentes llegan a nuestro Reino? Respondía él: Los mandaremos al Tártaro, o nos enviarán a nosotros al Cielo.

El día 12 de junio de 1248 estuvo dispuesto para la empresa. Fue primeramente a la iglesia de San Dionisio, acompañado por su esposa, hermanos y principales señores que habían de ayudarle en aquella gloriosa Cruzada. San Luis recibió de manos del legado pontificio la oriflama con el zurrón y el bordón, que eran las insignias del peregrino, y partió.

Se detuvo en Lyon para confesarse con el papa Inocencio IV y recibir, junto con la absolución de sus pecados, la Bendición Apostólica.

Una epidemia obligó la rendición. Los sarracenos despojaron de sus vestidos al vencido Rey, dejándole casi desnudo, y ataron pesadas cadenas a sus pies y manos. Pero el Santo parecía no sentir sus propios padecimientos; no salió de sus labios ni queja, ni murmuración; sólo se le veía palidecer cuando los infieles blasfemaban del Nombre de Cristo.

Terminado su cautiverio, se quedó San Luis cuatro años en Siria, ocupado en rescatar cristianos cautivos de los moros, enseñando la doctrina cristiana por sí mismo o por los clérigos a los infieles que querían convertirse, haciendo con fervor frecuentes romerías a los Santos Lugares de Palestina, y levantando ciudades y fortalezas. Con todo, no se atrevió a ir a Jerusalén, por no haber tenido la dicha de reconquistarla.

Recibida la noticia de la muerte de su santa madre, doña Blanca, acaecida el 26 de noviembre de 1252, resolvió volver a Francia para ordenar los negocios del Reino.

A los pocos años de estar en Francia, tuvo noticia de los grandes trabajos que padecían en Siria los cristianos que allí quedaban, los cuales imploraron del santo rey que volviese a auxiliarlos con su ejército. Determinó, pues, emprender otra Cruzada, y habiendo hecho su testamento, se embarcó en febrero de 1270.

Pero no pudo llevar a efecto su propósito, porque enfermó de la fiebre pestilencial que andaba por aquellas tierras, causada por el aire malsano y los calores sofocantes.

Cuando estaba ya para morir, mando llamar a su primogénito y heredero Felipe, y le entrego una Enseñanza escrita de su mano, en la que juntó consejos sapientísimos para el acertado gobierno de sí mismo.

Testamento espiritual de San Luis a su hijo

Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.

Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.

Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino; mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades.

Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores.

Obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón.

Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.

Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia Romana, y al Sumo Pontífice, nuestro padre espiritual.

Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la Santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

También exhorto a sus ministros a que viviesen como verdaderos siervos de Cristo, ya que profesaban públicamente el cristianismo y ponían a riesgo su vida por la Santa Iglesia.

Mandó que le acostasen sobre ceniza, y habiendo dicho lo del Profeta: Entraré, Señor, en tu casa y alabaré tu Santo Nombre, entregó su alma a Dios, el 25 de agosto de 1270, a las tres de la tarde, después de exclamar Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Su hijo Felipe III trajo a Francia el sagrado cuerpo, y lo sepultó en el insigne templo del monasterio de San Dionisio, cerca de París, donde recibió veneración de los fieles.

Le canonizó el Papa Bonifacio VIII, el domingo 11 de agosto de 1297, en la ciudad de Orvieto.

Algunas reliquias de San Luis fueron trasladadas a la Santa Capilla. Su corazón se quedó en el monasterio de Monreale de Sicilia, por haberlo pedido Carlos de Anjou, hermano del Santo.

Hoy en día, la catedral de Notre Dame de París posee algunas reliquias del Santo Rey, entre ellas la mandíbula inferior, una costilla, un trozo de su cilicio y su disciplina de hierro.

Oración del Oficio Divino: Oh Dios, que has trasladado a San Luis de Francia de los afanes del gobierno temporal al reino de tu gloria, concédenos, por su intercesión, buscar ante todo tu Reino en medio de nuestras ocupaciones temporales.