PADRE JUAN CARLOS CERIANI: QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

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QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Yo os declaro que, si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; pues el que matare reo será en el juicio. Mas yo os digo, que todo aquél que se enoja con su hermano, será reo en el juicio. Y quien dijere a su hermano racá, reo será en el Consejo. Y quien dijere fatuo, será reo del fuego de la gehenna. Por tanto, si fueses a ofrecer tu ofrenda al altar y allí te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve primeramente a reconciliarte con tu hermano, y entonces ven a ofrecer tu ofrenda.

Este pasaje del Evangelio está tomado del magnífico Sermón de la Montaña.

Nuestro Señor proclama solemnemente que viene a este mundo con la misión de explicar, complementar y perfeccionar la Ley: No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.

A continuación, empieza a refutar la enseñanza errónea de los falsos doctores y a declarar la verdadera y correcta interpretación de la Ley. Seis veces seguidas, el divino orador citará la Ley para mostrar, por medio de ejemplos concretos y claros, su misión de perfeccionarla.

Los escribas eran los doctores de la Ley, responsables de explicarla al pueblo sencillo; los fariseos constituían una secta, y afectaban una gran santidad y un cumplimiento rígido de la legislación. Sin embargo, estos susodichos médicos distorsionaban la Ley; la alteraban y la corrompían por sus interpretaciones falsas y llenas de hipocresía.

Su justicia era toda exterior, sin preocuparse del interior. Según ellos, la mala voluntad no es pecado, mientras ella no se manifieste al exterior. Su justicia, minuciosa, ocupada de nimiedades y naderías, de observancias ridículas, descuidaba lo esencial. Su santidad era hipócrita, buscando sólo la estima de los hombres, sin preocuparse de Dios.

Sin embargo, con esta justicia y santidad no se puede entrar al Cielo.

Por lo tanto, Nuestro Señor exhorta a sus discípulos a practicar una verdadera virtud, más perfecta; a cumplir la Ley de manera más digna que los escribas y fariseos. Es decir, acatarla:

– En toda su extensión, y no limitándose aproximadamente a la letra, descuidando su espíritu;

– En toda su verdad, sin seguir las interpretaciones absurdas y falsas; con toda sinceridad, por la única razón de desinteresado amor a Dios, y no por la hipocresía y el orgullo, como los fariseos.

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Nuestro Señor fundamenta su enseñanza en varios ejemplos, seis en total, cada uno de los cuales es introducido por la fórmula: Habéis oído que se dijo a los antiguos… Pero yo os digo…, por la que Jesús confronta la Antigua Ley con la Nueva, mucho más perfecta, que Él mismo trajo al mundo.

Aquélla concernía especialmente los hechos externos; ésta prescribe preceptos a las facultades más íntimas del alma.

Los concurrentes al sermón de Jesús con frecuencia habían oído la lectura de la Ley en las sinagogas.

El primero de los casos planteados por Nuestro Señor está expuesto en el Evangelio del día, y se refiere al perfecto cumplimiento del quinto mandamiento de la Ley: no matarás.

Los escribas y fariseos, en la explicación de este mandamiento, enseñaban que Dios prohibía la muerte; que solamente el homicidio propiamente dicho caía bajo la fuerza de la ley. Por lo tanto, permitían la ira, el odio, el rencor y el deseo de venganza.

Nuestro Señor, que es la Justicia, el Legislador Supremo, venido a la tierra para enseñarnos la Ley divina en todo su alcance y perfección, declara aquí que la Ley prohíbe no sólo el hecho material, el hecho exterior del homicidio, sino también la mala voluntad de cometerlo y las funestas pasiones que conducen a él, tales como la ira, el odio, los insultos y las palabras injuriosas…

Por lo tanto, peca contra el quinto mandamiento el que mantiene y fomenta en su alma sentimientos de ira, de animosidad, de odio contra su vecino; o el que lo desprecia por medio de palabras de indignación u ofensivas.

Lamentablemente, no son pocos los cristianos que imitan a los fariseos y parecen ignorar completamente esta lección del Salvador.

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Tengamos en cuenta que Jesucristo establece aquí tres grados del pecado contra este mandamiento:

1º: Un sentimiento o un movimiento consentido de ira.

2º: Después, la cólera expresada por palabras de desprecio: Racá. Es el vocablo arameo que significa vacío, cabeza vacía.

3º: En fin, la cólera manifestada par la injuria o el ultraje: Fatuo. Lo cual era considerado muy injurioso entre los judíos. Epíteto que debe ser tomado figuradamente, en el sentido de impío.

Debemos considerar ahora, qué significan las expresiones: “será reo en el juicio”, “será reo en el Consejo” y “será reo del fuego de la gehena”.

Nuestro Señor se refiere a la administración de la justicia en las diversas jurisdicciones en uso entre los judíos.

En cada ciudad había un tribunal, de 23 miembros, que juzgaba los casos de homicidio.

Ahora bien, Nuestro Señor declara que la simple cólera merece ser llevada ante este tribunal, tanto como el homicidio consumado: todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo en el juicio.

En los casos más graves, relacionados con las cuestiones religiosas y políticas, el asunto era llevado a Jerusalén, ante el Consejo o el Sanedrín, compuesto por 71 miembros.

Nuestro Señor dice que aquel que, movido por la ira, llama a su hermano cabeza vacía, es digno de ser presentado ante el Consejo.

En fin, para aquel que llega hasta arrojar en la cara a su hermano la fuerte injuria de impío, no queda para castigarlo otra cosa que el suplicio del fuego.

La palabra gehena viene del nombre de un valle o barranco cerca de Jerusalén, que fue llamado el Valle de Hinnom, ghé Hinnom. Es allí que los infieles de Israel ofrecían los niños a Moloch por el fuego. Era, además, como el basurero de Jerusalén. Los judíos consideraban este valle como un lugar de horror y de maldición. Por eso, su nombre ha sido usado para referirse al infierno.

Por lo tanto, si todos estos pecados de pensamiento y de palabra merecen tal castigo, ¿qué decir de los pecados de acción, como golpear y matar?

Nuestro Señor no se pronuncia sobre ellos, porque quiere hacer comprender que entre sus discípulos no puede suponerse ni siquiera la posibilidad de tales delitos…

¡Cuánta materia para la reflexión!

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La enseñanza del Señor continúa. Después de haber mostrado lo que encierra el precepto no matarás, y cuán culpable es ante Dios la cólera, Nuestro Señor, que ama mucho más las almas que los dones u ofrendas, quiere enseñarnos a cerrar la puerta a todo sentimiento de odio y de rencor contra el prójimo. A este efecto, nos presenta un sorprendente caso de conciencia, muy práctico. Advirtamos bien y tengamos en cuenta estas palabras…

Nuestro Señor no dice: Si tienes algo en contra de tu hermano…

Dice lo contrario: si te acordares que tu hermano tiene alguna cosa contra ti… Es decir, si tú piensas que, como resultado de cualquier palabra contra la caridad, o cualquier acción, has herido a tu hermano, y él tiene algo contra ti…

¿Qué se debe hacer en tal caso? Deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda

Nuestra ofrenda no puede ser agradable a Dios, mientras no hayamos hecho las paces con nuestro hermano. Por lo tanto, primero debemos ofrecer nuestras disculpas; y después podremos con confianza ofrecer nuestra ofrenda, y Dios la recibirá con agrado.

Incluso si ofreciésemos el mejor de los dones a Dios, si al mismo tiempo no sacrificamos nuestros resentimientos contra nuestros hermanos, nuestras ofrendas no podrían ser agradables a Dios.

Exclama San Juan Crisóstomo: Ved la misericordia de Dios, que busca más nuestro bien que el culto que le es debido. Prefiere la caridad fraterna a las oblaciones.

Mientras los fieles permanezcan desunidos, sus sacrificios no han de ser aprobados, ni sus oraciones escuchadas.

Solamente la caridad da valor a todo lo que hacemos.

Por lo tanto, el primer sacrificio que debe ser ofrecido a Dios es un corazón puro de cualquier enemistad, de cualquier rencor, de cualquier odio contra el prójimo.

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De los seis ejemplos de contraposición entre la Antigua y la Nueva ley el último se refiere a la caridad fraterna en su máxima expresión:

Oísteis que fue dicho: «Amarás a tu prójimo, y odiarás a tu enemigo.» Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y rogad por los que os persiguen, a fin de que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace levantar su sol sobre malos y buenos, y descender su lluvia sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿Los mismos publicanos no hacen otro tanto? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis vosotros de particular? ¿No hacen otro tanto los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Nuevamente Cristo cita lo que oyeron en las lecturas y explicaciones en las sinagogas: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.

La primera parte de esta sentencia se encuentra formulada así en el Levítico, pero la segunda, odiarás a tu enemigo, no aparece formulada en ningún escrito bíblico.

Importa mucho, pues, aclarar que esto jamás fue precepto de Moisés, sino deducción de los rabinos que, a causa de sus tradiciones habían quebrantado los mandamientos de Dios; y a quienes Jesús recuerda la misericordia con palabras del Antiguo Testamento.

En la Ley se preceptúa el amor al prójimo; pero éste es sólo el judío.

En algunos pasajes se recomienda y manda amar también al peregrino, pero el contexto hace ver que no es el transeúnte, sino el advenedizo establecido habitualmente entre el pueblo judío e incorporado a él.

La Ley preceptuaba positivamente el exterminio de diversos pueblos idólatras, como los amalecitas, amonitas, moabitas, madianitas, cananeos; y hasta preceptuaba la prohibición de aceptar compensación pecuniaria por el rescate de estas gentes.

Lo que sucedía es que Israel era un pueblo privilegiado, cosa que hoy nos cuesta imaginar; y los extranjeros estaban naturalmente excluidos de su comunidad mientras no se circuncidaban, y no podían llegar a ser sacerdotes ni reyes, ni casarse con los hijos de Israel.

Todo esto estaba ordenado por el mismo Dios para preservar de la idolatría y mantener los privilegios del pueblo escogido y teocrático.

Los extranjeros residentes eran asimilados a los israelitas en cuanto a su sujeción a las leyes; pero a los pueblos perversos, como los amalecitas, Dios mandaba destruirlos por ser enemigos de su pueblo.

¡Ay de nosotros si pensamos mal de Dios y nos atrevemos a juzgarlo en su libertad soberana! Aspiremos a la bienaventuranza de no escandalizarnos del Hijo, ni del Padre. ¡Cuidado con querer ser más buenos que Dios y tener tanta caridad con los hombres, que condenemos a Aquel que entregó su Hijo por nosotros!

Ahora bien, del precepto positivo de amor al prójimo judío y de la legislación positiva de exterminio de ciertas gentes, se vino a concluir, ilógica pero prácticamente, en la no obligación de amar a los no judíos.

La literatura rabínica muestra bien el ambiente que reflejan las palabras de Cristo, que debían de ser en aquella época una máxima popular, a la cual conformaban los israelitas, en general, su actitud con respecto al amigo y al enemigo.

A toda esta parcial o exagerada interpretación de la Ley, Cristo da su enseñanza propia: Pero yo os digo… Y, de este modo, el amor al prójimo llega hasta amar a los enemigos, que, en contraposición al judío, son todos los hombres.

Al mismo tiempo se extiende a perdonar las ofensas personales con verdadera amplitud, pues manda orar por los mismos perseguidores. Nunca el judaísmo llegó a tan alta moral.

Como se ve, el perdón y el amor a los enemigos es la nota característica del cristianismo. Da a la caridad fraterna su verdadera fisonomía, que es la misericordia, la cual, como lo confirmó Jesús en su Mandamiento Nuevo, consiste en la imitación de su amor misericordioso.

El cristiano, nacido de Dios por la fe, se hace coheredero de Cristo por la caridad.

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El motivo que Nuestro Señor alega para exigir este amor al enemigo es doble:

a) Para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos. La bondad es esencial a Dios y se desborda, benéfica, sobre todos los hombres, buenos y malos. No priva a éstos ni del beneficio del sol ni de la lluvia, destacado este último por su valor incalculable en la seca tierra oriental.

Por eso, cuando los seres humanos, en lugar de odiar a sus enemigos, los aman por caridad, imitan y participan de esta bondad indistinta y universal de Dios. Y esta imitación y participación establece en ellos una nueva y especial relación con Él, que se expresa por el concepto de filiación: hijos de Dios.

b) Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? El amor natural es practicado espontáneamente por todos. Pero aquí se destacará la necesidad de una conducta nueva de amor, que llega a los publicanos y gentiles, a quienes los judíos abominaban.

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Se añade la siguiente sentencia del Señor: Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Como la perfección que se pide aquí es la benevolencia y el amor a los enemigos, pudo ser traducida en el estilo helenístico de San Lucas por el sentido amplio de la palabra misericordiosos: Sed misericordiosos como es misericordioso vuestro padre.

En San Mateo se nos manda ser perfectos y se nos da como modelo la perfección del mismo Padre celestial, lo cual parecería desconcertante para nuestra miseria.

En San Lucas vemos que esa perfección de Dios consiste en la misericordia, y que Él mismo se digna ofrecérsenos como ejemplo, empezando por practicar antes con nosotros mucho más de lo que nos manda hacer con el prójimo, puesto que ha llegado a darnos su Hijo y su propio Espíritu, el cual nos presta la fuerza necesaria para corresponder a su amor e imitar con los demás hombres esas maravillas de misericordia que Él ha hecho con nosotros.

Revelándonos, pues, que en la misericordia está la suma perfección del Padre, la gran lección que Cristo enseña es que el cristiano en su obrar ha de imitar en el modo de conducirse al Padre celestial, modelo de la caridad evangélica, norma cristiana de toda perfección.

¿Y por qué no nos pide imitar al Hijo? Porque el Hijo es constante imitador del Padre.

Por eso podemos concluir rogando al Hijo = Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al Vuestro.