PADRE JUAN CARLOS CERIANI: QUINTO DOMINGO DE PASCUA

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QUINTO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: En verdad, en verdad os digo: cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido. Estas cosas os he hablado en parábolas. Viene la hora en que ya no os hablaré en parábolas: mas os hablaré claramente de mi Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, porque el mismo Padre os ama, porque vosotros me amasteis, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre. Sus discípulos le dijeron: He aquí que ahora hablas claramente y no dices ningún proverbio. Ahora conocemos que sabes todas las cosas, y que no es menester que nadie te pregunte: en esto creemos que has salido de Dios.

Con este Quinto Domingo de Pascua nos acercamos a los tres días de Rogativas y a la preparación para la Fiesta de la Ascensión de Nuestro Señor.

Conviene que aprovechemos para resumir los principales puntos de la doctrina sobre nuestra resurrección en Cristo, la ascensión del cristiano y nuestra condición de coherederos con Cristo.

Respecto de nuestra resurrección en Cristo, sabemos que la resurrección final de todos los difuntos es un dogma de nuestra fe católica. Consta expresamente en la Sagrada Escritura y ha sido definido solemnemente por la Iglesia con su magisterio infalible.

La existencia del hecho colosal de la futura resurrección está, pues, fuera de toda duda y pertenece al depósito de la fe católica.

Es evidente que la simple naturaleza no puede ser causa de la resurrección de un cuerpo muerto. Es algo que transciende en absoluto las fuerzas de la naturaleza, y sólo puede verificarse por vía sobrenatural, o sea, en virtud de un verdadero milagro realizado por el poder divino.

Como sabemos, la causa eficiente principal de nuestra resurrección será la omnipotencia misma de Dios; mientras que la resurrección de Jesucristo será la causa instrumental y ejemplar de la misma.

A la pregunta: ¿Por qué los predestinados resucitarán gloriosos? Se responde: Porque Cristo ha resucitado; su resurrección es causa de la nuestra.

En efecto, los miembros y la cabeza tienen en el cuerpo una vida común. Esta ley se aplica con mayor razón al Cuerpo Místico, el cual recibe toda su vida, gloria y virtud de su Cabeza, Jesucristo.

San Pablo enseña que “arribaremos al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta de Cristo”. Esa “medida de la edad perfecta” es la de Cristo resucitado. San Pablo afirma, pues, que los miembros poseerán su cuerpo, para quedar en perfecta armonía con la Cabeza.

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¿Cuáles serán las cualidades de los cuerpos resucitados

Al examinar las condiciones o cualidades de los cuerpos resucitados, Santo Tomás de Aquino, establece tres grupos diferentes:

– las comunes a buenos y malos.

– las especiales de los buenos.

– las especiales de los malos.

En cuanto a las cualidades comunes a buenos y malos, las principales son tres: identidad numérica, integridad de los miembros e inmortalidad absoluta.

El concilio XI de Toledo declara que resucitaremos “no en una carne aérea o en cualquier otra carne (como algunos deliran), sino en esta misma en que vivimos, subsistimos y nos movemos”.

Los cuerpos de todos los resucitados —buenos y malos— serán íntegros, es decir, no les faltará ningún miembro, aunque en esta vida hubieran sido mutilados o deformes. La razón es porque la resurrección será obra de Dios —que todo lo hace perfecto—, y es preciso, además, que los buenos y malos reciban en la plenitud de su cuerpo el premio o el castigo de las obras que realizaron con él.

Los cuerpos resucitados no volverán a morir jamás; tanto el de los bienaventurados como el de los réprobos estarán revestidos del don de la inmortalidad.

Pero esta inmortalidad tendrá en los primeros razón de premio, y en los segundos razón de castigo.

¡Terrible condición la de los cuerpos condenados, que preferirían mil veces la muerte a la inmortalidad!

En cambio, la seguridad de no volver a morir jamás constituirá para los cuerpos bienaventurados una alegría inenarrable.

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Respecto de las cualidades de los cuerpos bienaventurados, hay que saber que los mismos resucitarán resplandecientes de gloria.

La teología católica, apoyándose inmediatamente en los datos de la divina revelación, les señala las siguientes cualidades: claridad, agilidad, sutileza e impasibilidad.

— El cuerpo glorioso resplandecerá, aunque en grados diferentes de intensidad según la mayor o menor gloria del alma, de la que se deriva al cuerpo.

Consta expresamente en la divina revelación: “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre” (Mt., 13, 43). “Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor. Pues así en la resurrección de los muertos” (I Cor., 15, 41).

— La agilidad será otra redundancia de la gloria del alma sobre el cuerpo, en virtud de la cual éste obedecerá perfectamente al imperio de la voluntad en el movimiento local y en todas las demás operaciones.

El movimiento traslaticio será tan vertiginoso, que puede decirse prácticamente instantáneo. La Sagrada Escritura nos dice que “al tiempo de la recompensa brillarán y discurrirán como centellas en cañaveral” (Sap., 3, 7).

— La sutileza, por su parte, consiste en cierta perfección que procede del alma glorificada y habilita al cuerpo glorioso para sujetarse totalmente a ella. En virtud de esta admirable cualidad, el cuerpo glorioso estará como espiritualizado, siguiendo con pasmosa facilidad todos los impulsos del alma, sin la pesadez y resistencia que ofrece el cuerpo corruptible en este mundo.

San Pablo dice que “se siembra en cuerpo animal y se levanta cuerpo espiritual” (I Cor., 15, 44), es decir, completamente espiritualizado por este admirable don de la sutileza gloriosa.

— Finalmente, el Catecismo del Concilio de Trento describe la impasibilidad del cuerpo glorioso del siguiente modo: “Es una cualidad por la que los cuerpos resucitados en modo alguno podrán sufrir y se verán libres de todo dolor y molestia. Ni el frío, ni el calor, ni las lluvias podrán dañarlos. Los escolásticos llamaron a esta dote impasibilidad, y no incorrupción, para significar una cualidad exclusiva de los cuerpos gloriosos. Los de los condenados son también incorruptibles, mas no impasibles, y estarán sujetos a los rigores del frío, del calor y de cualquier otra molestia”.

El Apocalipsis describe hermosamente esta cualidad de los cuerpos gloriosos: “Ya no tendrán hambre, ni tendrán ya sed, ni caerá sobre ellos el sol ni ardor alguno; porque el Cordero, que está en medio del trono, los apacentará y los guiará a las fuentes de aguas de vida, y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apoc., 7, 16-17). “Dios enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto ha pasado ya” (Apoc., 21, 4).

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Entretanto, en tremendo contraste con los cuerpos gloriosos de los bienaventurados, los cuerpos de los réprobos resucitarán íntegros, o sea, sin deformidad natural, pero con los defectos inherentes a su condición material, tales como la pesadez, gravedad, etc.

Resucitarán incorruptibles, o sea, no podrán ser destruidos por ningún poder creado; pero no impasibles, sino al contrario, perfectamente sensibles a los dolores inherentes a su castigo eterno.

¡Terrible y espantosa condición, de la que solamente ellos serán los únicos responsables!

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Estas sublimes verdades deberían ser objeto de constante meditación para el cristiano. Teniendo a la vista promesas tan maravillosas y tan seguras, deberíamos despreciar todas las cosas terrenas, estimándolas como “estiércol y basura, con tal de gozar a Cristo”, como dice el Apóstol San Pablo (cf. Phil., 3, 8).

Y, precisamente, la doctrina nos enseña que cuarenta días después de su gloriosa resurrección, Jesucristo se elevó majestuosamente al Cielo a la vista de sus Apóstoles.

Ahora bien, también el cristiano, que muera en gracia de Dios, ascenderá algún día al Cielo para reinar con Jesucristo por toda la eternidad. Entonces se cumplirá de manera total y definitiva su deseo ardiente, manifestado a su Eterno Padre en la noche de la Última Cena: Quiero que donde esté yo, estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado (lo., 17, 24).

¿Cuál es la razón de esta ascensión de todos los miembros del Cuerpo Místico? Porque es imposible que los miembros no sigan a la Cabeza.

Esto mismo afirma Santo Tomás de Aquino: “Por ser Él nuestra Cabeza, es preciso que los miembros sigan doquiera les preceda la Cabeza. Por eso dice San Juan (14, 3): «Donde yo estoy, estaréis también vosotros»”.

He aquí cómo continúa la Ascensión de Jesucristo: comenzada en el cuadragésimo día después de Pascua, prosiguiendo con la de cada uno de los miembros hasta el fin del mundo. Esto mismo nos enseña con toda claridad Santo Tomás: “La ascensión de Jesucristo es causa directa de nuestra ascensión, pues ha sido comenzada e inaugurada por nuestra cabeza, a la que sus miembros deben necesariamente seguir”.

En consecuencia, los bienaventurados ascienden al Cielo porque Cristo subió el primero. Nuestra ascensión y la de Cristo hacen una sola ascensión.

Por derecho, en seguida después de la muerte, el cristiano que está unido a Nuestro Señor ocupa su lugar en la parte definitivamente glorificada del Cuerpo místico, para desempeñar allí eternamente su función de miembro.

Esta primera subida al Cielo —después de la muerte— del alma separada del cuerpo será completada al fin del mundo por la ascensión del Cristo completo y terminado: los miembros poseerán su cuerpo espiritualizado y glorioso, pues el Cuerpo místico arribará «al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta de Cristo», perfeccionado para siempre.

San Pablo, escribiendo a los Efesios tiene esta frase tan profunda como enérgica: “Dios, que es rico en misericordia, por causa del grande amor suyo con que nos amó, cuando estábamos aún muertos en los pecados, nos vivificó juntamente con Cristo y juntamente con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús”.

Los miembros comparten, pues, la condición de la Cabeza. Es lo que Jesús pidió para nosotros. Ese triunfo suyo es, pues, nuestra esperanza, dice San Agustín, pero una esperanza anticipada.

En este texto ve ya San Pablo terminadas nuestra resurrección y nuestra ascensión, y habla de ellas como de un hecho consumado. ¿Por qué emplea el pasado en lugar del futuro? Contesta Santo Tomás que es “a causa de la certidumbre de nuestra esperanza”.

Nuestra ascensión es tan segura como si ya estuviera realizada; porque, estando en los Cielos Jesucristo resucitado, por derecho estamos nosotros resucitados y en el Cielo junto con Él, puesto que su ascensión es la nuestra, ya que la cabeza lleva siempre consigo a los miembros.

El empleo del pretérito es, pues, muy significativo; la redención es ya como un hecho cumplido, y sólo de cada uno depende el apropiársela, respondiendo al divino gaje.

Como podemos comprobar, los Padres y los Doctores no han dejado de subrayar la grandísima esperanza y el enorme estímulo que contienen las palabras de nuestro Señor para su Cuerpo místico.

San Gregorio Magno dice: “Porque no somos más que una sola cosa con Cristo, es por lo mismo cierto que en el cielo, de donde ha venido solo, vuelve solo, acrecentado de sus miembros”.

San Agustín, a lo ya dicho, se expresa de la misma manera: “¿Quedaremos abandonados en este suelo, puesto que sólo sube al cielo Aquel que de allá ha descendido? ¿Qué debemos hacer? Unirnos a su cuerpo para formar un solo Cristo, que desciende y vuelve a subir. Descendió la cabeza y vuelve con su cuerpo. Regresa, por tanto, solo, pues Él con nosotros es una sola cosa”.

¡Cuánta dicha para nosotros y qué magnífica esperanza! Cuanto más se profundiza la doctrina revelada de nuestra incorporación a Cristo, tanto mayores esplendores se descubren. Estaríamos maravillosamente sostenidos en la lucha cotidiana si conociéramos más íntimamente hasta qué punto estamos unidos a Cristo.

Sin esperar hasta el Cielo, donde quedarán manifiestas a nuestros ojos, procuremos vivir en este suelo a la luz de estas verdades.

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Finalmente, la fe nos enseña que seremos coherederos con Cristo.

Esto significa que la consumación definitiva de nuestra incorporación a Cristo tendrá lugar en el Cielo. Tal es el sublime destino que espera a todos los que acierten a vivir y morir con Cristo.

El recuerdo esperanzado de este fantástico porvenir debería ser objeto de constante meditación para el cristiano. Y, sin embargo, por increíble que parezca, la mayor parte de los hombres, absorbidos enteramente por las cosas caducas y perecederas de la tierra, apenas aciertan a levantar sus ojos al Cielo para contemplar el inmenso panorama que les aguarda en la eternidad.

¿Quién nos permitirá gustar la visión eterna y soberanamente beatífica? Nuestra incorporación a Jesucristo. Gozaremos de la recompensa que ha merecido Nuestro Señor, “no por nuestras obras, sino por su beneplácito, que nos ha sido otorgada en Jesucristo antes de todos los siglos”, escribe San Pablo; y esto en virtud de nuestra participación del Cuerpo Místico.

Absolutamente imposible resulta describir la divina belleza del Hombre celestial. Ese ser único del que Jesucristo es la Cabeza y nosotros los miembros, será realmente la obra maestra de Dios.

Habiendo salido triunfante de la pasión, que, empezada en el Gólgota, habrá durado hasta el fin del mundo; habiendo sufrido todos los martirios con su Cabeza; habiendo, a imitación suya, practicado las virtudes, el Cuerpo místico, cubierto con los infinitos méritos de Jesucristo, será de una belleza extraordinaria en el paraíso de Dios.

Tal será, en cuanto podemos balbucearlo en esta pobre vida, la consumación final de los hijos de Dios en los esplendores de la gloria.

Nuestra incorporación a Cristo, iniciada en el Bautismo y desarrollada con los demás Sacramentos, habrá alcanzado entonces toda su plenitud.

El Cielo será para siempre la mansión de la luz, de la paz y de la felicidad plena y exhaustiva.

Quiera Dios que acertemos a comprenderlo ya desde ahora, para que, despreciando las pretendidas grandezas de la tierra, procuremos con todas nuestras fuerzas una íntima y entrañable unión con Jesucristo mediante la práctica de una verdadera y auténtica vida cristiana, prenda y garantía de aquella felicidad inenarrable que nos aguarda para siempre allá arriba en la mansión de los Bienaventurados.