PADRE JUAN CARLOS CERIANI: CUARTO DOMINGO DE PASCUA

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CUARTO DOMINGO DE PASCUA

Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Dónde vas?” Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio. En lo referente al pecado, porque no han creído en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado. Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os enseñará toda la verdad; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.

Me voy a Aquél que me ha enviado…

¿Qué significan estas palabras?

Como mi Padre es el que me ha enviado a este mundo, es a Él que debo regresar, después de haber completado y consumado la obra para lo cual vine.

Voy a Él por mi Muerte, mi Resurrección y mi Ascensión.

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Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello…

Esto lo dijo antes de la Pasión, en el Cenáculo, el Jueves Santo después de la Cena…

En los cuarenta días que separan la Resurrección de la Ascensión contemplamos a Nuestro Señor entreteniéndose con sus Apóstoles.

Podemos resumir el tema de aquellas conversaciones y decir que fueron especialmente dos los puntos de estas:

 por un lado, Nuestro Señor completó la formación de sus discípulos, confiándoles su gran secreto y el fondo mismo de su espíritu;

 por otra parte, los consolidó sobre las verdades eternas.

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La principal ocupación de Jesús en estos cuarenta días fue la de perfeccionar la formación de sus Apóstoles, transmitiéndoles su doctrina y, especialmente, su mismo espíritu… su gran secreto…

¿En qué consiste el espíritu de Jesús?… ¿Cuál es su espíritu?…

Son las verdades y enseñanzas en que mostraba mayor interés o que enseñaba e inculcaba de las más diversas maneras…, puntos de vista preferidos, orientaciones o única orientación a que tendía; la devoción que más infundía, las ocupaciones que frecuentemente imponía, las aspiraciones que fomentaba…; y, sobre todo, sus modos…, los modos como hacía, decía, recibía, sentía y reaccionaba ante todo esto…

Es muy importante para nosotros descubrir, conocer todas estas cosas y procurar asimilarlas y vivirlas como lo hizo Jesús…; porque en esto radica tener el espíritu de Cristo.

¡Qué tema tan interesante para un cristiano! ¡Qué ocupación tan útil!… Buscar en el Evangelio y en la meditación y contemplación el espíritu de Nuestro Señor.

Eso es conocer a Jesús, conocer todo entero a Cristo.

¡Cuánto conocimiento fraccionado de Nuestro Señor anda por allí!…

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Ahora bien, en ese espíritu de Jesús hay dos cosas que ocupan los primeros lugares: el amor y veneración por el Padre, y el amor y celo por las almas.

La devoción de Jesús a su Padre, mezcla de amor y veneración… Esa voluntad de entregarse al servicio de Dios, acto principal de la virtud de religión; renuncia propia, acatamiento, rendimiento, piedad…

Y todo esto sin titubeos ni deliberaciones, sino con prontitud, con urgencia; sin frialdad, sino con fervor y delicadeza.

Ese mirar antes que a nadie a su Padre; ese hablar de su Padre y de su voluntad, de su gloria y vida; ese ponerse a sí mismo, su voluntad y su gloria debajo de su Padre; ese confesar que en la tierra no tenía más ocupación ni más alimento que hacer la voluntad de su Padre; ese no tener más punto de partida que la misión de su Padre, ni más término de llegada que volverse al Padre; ese no tener más fin que darle gloria…

Todo esto no es más que el ecce venio repetido y hecho vida hasta el Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

¡Cómo palpita el Corazón de Jesús y cómo paladean sus labios la inminente reunión con su Padre!: voy a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.

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Después de esta devoción y veneración por su Padre no hay nada que ocupe tanta importancia en el pensamiento de Jesús y que quiera inculcar con mayor fuerza que el amor y el celo por la salvación de las almas.

Jesús ama las almas con amor inefable y ofrece por ellas su Sangre y su vida en expiación.

Durante esos cuarenta días cómo habrá Nuestro Señor repetido y explicado a los Apóstoles el sentido profundo de la alegoría de la vid…, cómo retomaría las parábolas de la oveja perdida, del hijo pródigo y del buen pastor, para hacerles ver el valor de las almas, cuanto las ama y la importancia de la misión que les encomienda…, cómo adelantaría la doctrina que años más tarde enseñaría San Pablo sobre el Cuerpo Místico, iluminando así la alegoría de la vid y los sarmientos, y sentando las bases del dogma de la comunión de los Santos…

Fue sin duda en esos días que les hizo comprender en profundidad la gracia del sacerdocio, de la confesión, de la Misa…, comprender el misterio de la gracia en sí misma y, por lo mismo, del Bautismo y de los Sacramentos, especialmente de la Sagrada Eucaristía.

Les recordaría las conversiones de la Samaritana, del cieguito de nacimiento, del centurión de Cafarnaúm, de Magdalena, de Zaqueo, del Buen Ladrón, de Nicodemo y José de Arimatea…

Días de intimidad, de misterio, de alegría, de gloria…

Días llenos del pensamiento del Padre y de las almas…

¡Sí! Nuestro Señor transmitió a sus amigos su gran secreto…, su espíritu mismo…, su única razón de ser y ocupación en su doble pendiente: el amor al Padre y el celo por las almas.

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Pero también ocupó esos días en afirmar y consolidar la fe de los Apóstoles en las verdades eternas.

La oración colecta de esta Misa nos hace pedir: para que allí estén fijos los corazones donde están los verdaderos goces.

Por eso mismo, los habrá hecho avanzar en el conocimiento del objeto de la fe, esto es, del mundo que no se ve, como si fuera visible, y de las cosas futuras, como si estuvieran presentes; es decir, les habrá dado una percepción clara y estable de las cosas que no se ven, de modo tal que se hicieran como sensibles y palpables; y de las cosas futuras, como si ya hubieran sucedido o estuvieran ante sus ojos.

San Pablo dice que andamos por la fe y no por visión. Pues bien, los objetos de la fe son eternos y los objetos de la vista pasan.

Ese conocimiento, esa afirmación, confirmación y consolidación habrá dado Nuestro Señor a sus discípulos durante aquellos cuarenta días.

Les habrá hecho comprender que el mundo invisible es la sustancia, la realidad; y que el mundo visible es la sombra, la figura que pasa.

Para las almas que no son sobrenaturales, este mundo de agitación y de cambio, que exige siempre estar informado; mundo deslumbrador, brillante, palpable, es algo fácilmente accesible, y por consiguiente creen que tiene algo de verdaderamente permanente.

Para ellas, el mundo que no se ve, es impalpable y, aunque no se pueda negar su real existencia, sin embargo, no ejerce en ellas una influencia o una acción imperante.

Gran número de personas vive como si ese mundo invisible no fuese verdadero, y como si ese mundo futuro no hubiese de llegar jamás para ellas.

No comprenden a Santiago Apóstol cuando en la epístola que se lee hoy dice: Toda dádiva óptima y todo don perfecto procede de arriba, desciende del Padre de las luces, en el cual no hay cambio ni sombra de mudanza.

Esas almas no descansan en la realidad y, por lo mismo, no meditan, no reflexionan, no tienen aspiraciones eternas y no reposan en Dios.

Si conociesen todas estas cosas, viviesen de ellas y las viviesen, entonces vivirían en este mundo, pero sin ser de este mundo. Su conversación estaría en los Cielos y su vida escondida con Cristo en Dios.

Pues bien, Nuestro Señor fortaleció en los discípulos su vocación sobrenatural e hizo de ellos hombres de oración, contemplativos, acostumbrados a tratar con los Santos y con las cosas del Cielo.

Hizo de ellos ciudadanos del Cielo, desterrados en este mundo, pero en continua elevación hacia las cosas eternas y permanentes.

Hizo de ellos expectantes… atentos y alertas sobre la gloriosa venida de Cristo en gloria y majestad; y, por lo mismo, hombres esperanzados y almas confiadas…

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Cuarenta días de orden sobrenatural y sobrenaturalizante. ¡Qué dicha para esos Apóstoles! ¡Qué paz!

El segundo Aleluya de hoy dice: Cristo resucitado de entre los muertos, ya no morirá: la muerte no lo dominará más.

San Lucas lo dice con toda simplicidad: se mostró vivo a sus apóstoles después de su pasión, dándoles muchas pruebas, siendo visto de ellos por espacio de cuarenta días y hablando de las cosas del reino de Dios.

El efecto producido por esos coloquios es resumido por los discípulos de Emaús: ¿Acaso nuestro corazón no ardía mientras nos hablaba en el camino y nos abría las Escrituras?

Por último, antes de su gloriosa Ascensión, les dijo: id por el mundo entero, predicad el Evangelio a toda la creación… id, pues, y haced discípulos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo.

Pues bien, nosotros también debemos, al igual que los Apóstoles, cultivar esa devoción por el Padre, tener esa sed de su gloria; fomentar ese celo por la salvación de las almas.

Vivamos animados por el espíritu de Jesús, descubramos su secreto y participemos de él. Nuestro Señor nos lo confía y nos lo revela en la oración.

También debemos crecer en el conocimiento de las verdades eternas, de ese mundo invisible pero tan real.

Debemos hacer presentes y actuales por la contemplación esas realidades eternas. Tenemos que andar por la fe, ser almas sobrenaturales.

Hemos de tener siempre en nuestros labios y corazón ese Ven, Señor Jesús, que es el suspiro con que termina toda la Biblia y con ella toda la Revelación divina.

El mismo suspiro de Israel para llamar al Mesías, es el que hoy, con mayor motivo después de haberlo conocido en su primera venida, emite la Iglesia ansiosa de las Bodas.

Ese suspiro es, igualmente, el de cada alma creyente…

Y, de este modo, la Esperanza es la mejor prueba de la Caridad.

¡Ven, Señor Jesús!

Así como aquel día del Señor en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la Ley antigua desde el principio del mundo, porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del Hijo de Dios y de su Ascensión al Cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor, esperando la gloriosa venida del gran Dios.

Un día veremos realizarse el anuncio, y el Señor Jesús reinará con los santos del Altísimo, y su Reino no tendrá fin.

Esta es la insuperable felicidad a que aspiramos y que esperamos…

Repitamos, pues, con la oración colecta de hoy: Oh Dios, da a tus pueblos el amar lo que mandas, el desear lo que prometes, para que, entre las mundanas variedades, nuestros corazones estén fijos allí donde están los verdaderos goces.

Entonces, y sólo entonces, nuestro corazón arderá y esa presencia prometida por Nuestro Señor será efectiva y afectiva.

Pidamos esta gracia a Nuestra Señora del Cenáculo; fue en su compañía que los Apóstoles permanecían unánimes en la oración para recibir el Don del Espíritu Santo.