PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO DE RAMOS

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DOMINGO DE RAMOS

En aquel tiempo, Acercándose Jesús a Jerusalén, luego de llegar a la vista de Betfagé, cerca del monte de los Olivos, despachó a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a esa casa que se ve enfrente, y al instante encontraréis una asna atada y su pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Si alguno os dijere algo, respondedle que los ha menester el Señor, y al punto os los dejará llevar”. Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que dijo el Profeta: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino, hijo de la que está acostumbrada al yugo”. Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y los aparejaron con sus vestidos; y le hicieron sentar encima. Y una gran muchedumbre de gentes tendían por el camino sus vestidos; otros cortaban ramos de los árboles, y los extendían por donde había de pasar. Y las turbas que iban delante, como las que iban detrás, clamaban, diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David, bendito sea el que viene en nombre del Señor!”

El hecho que narra el Evangelio tiene lugar el día diez de Nisán, cinco días antes de la Pascua, coincidiendo con nuestro Domingo de Ramos. El simbolismo de esta entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es la designación y preparación festiva del Cordero, que tenía lugar cinco días antes de la gran Fiesta. Jesús, el Cordero de Dios, aquel día es, pues, designado como la víctima para la redención del mundo.

Habiendo considerado ya la Pasión en sí misma, sus autores, los diversos modos por los que Nuestro Señor nos redimió, los efectos de su Pasión y su muerte, continuando con nuestra serie de pláticas cuaresmales, consideremos hoy la sepultura de Nuestro Señor y su descenso a los infiernos.

La sepultura de Cristo

1º) Fue conveniente que Cristo fuese sepultado.

Santo Tomás nos da tres razones:

Primero, para comprobar la verdad de su muerte. Por esto se lee que Pilato, antes de permitir que Cristo fuese sepultado, averiguó, tras diligente investigación, si realmente había muerto.

Segundo, porque, por haber resucitado Cristo del sepulcro, se otorga, por medio de Él, la esperanza de resucitar a los que están en el sepulcro.

Tercero, para ejemplo de los que están espiritualmente muertos al pecado, es decir, los bautizados, según aquellas palabras: Hemos sido consepultados con Cristo por el bautismo en la muerte, a fin de que como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida.

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2º) El cuerpo de Cristo no sufrió ninguna descomposición en el sepulcro.

No fue conveniente que el cuerpo de Cristo se pudriese o se convirtiese en polvo de cualquier otro modo. Porque la putrefacción de cualquier cuerpo proviene de la flaqueza de la naturaleza de tal cuerpo, que es incapaz de mantener unido ese cuerpo por más tiempo. Pero la muerte de Cristo no debió producirse por la flaqueza de su naturaleza, a fin de que nadie creyese que no era voluntaria. Y, por tal motivo, no quiso morir de enfermedad sino por pasión inferida, a la que espontáneamente se ofreció.

Jesucristo, por no estar sujeto al pecado, tampoco lo estaba a la muerte ni a la conversión en polvo. No obstante, aceptó sufrir voluntariamente la muerte por nuestra salvación. Si su cuerpo se hubiera corrompido o deshecho, eso cedería más bien en perjuicio de la salvación de los hombres, al pensar que en Él no existía el poder divino.

El cuerpo de Cristo, en lo que se refiere a la condición de la naturaleza pasible, era corruptible; pero no lo era en cuanto al mérito de la putrefacción, que es el pecado. El poder divino preservó el cuerpo de Cristo de la putrefacción, lo mismo que le resucitó de la muerte.

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3º) Jesucristo estuvo sepultado un solo día y dos noches.

Consta por el mismo Evangelio que Cristo estuvo sepultado tan sólo unas treinta y seis horas, o sea, desde el atardecer del viernes hasta el amanecer del domingo. No es obstáculo para esto el que Cristo hubiese anunciado previamente que resucitaría «al tercer día», porque, según la costumbre judía, se contaba por un día cualquier parte del mismo; y así Cristo estuvo sepultado parte del viernes, todo el sábado y parte del domingo.

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El descenso a los infiernos

El Símbolo de la Fe, después de decirnos que Jesucristo fue crucificado, muerto y sepultado, añade estas misteriosas palabras: descendió a los infiernos.

En su Comentario al Credo, Santo Tomás enseña:

La muerte de Cristo consistió, como en los demás hombres, en que su alma se separó de su cuerpo; pero de manera tan indisoluble está unida la Divinidad a Cristo hombre, que aun cuando el alma y el cuerpo se separaron entre sí, la misma Deidad estuvo siempre perfectísimamente unida al alma y al cuerpo, por lo cual en el sepulcro estuvo el Hijo de Dios con el cuerpo, y descendió a los infiernos con el alma.

Por cuatro razones descendió Cristo con su alma a los infiernos.

La primera fue soportar toda la pena del pecado, para expiar así toda la culpa. Porque la pena del pecado del hombre no era sólo la muerte del cuerpo, sino que también era un sufrimiento del alma. Porque como el pecado era también por parte del alma, también la misma alma era castigada por la privación de la visión divina. De modo que, sin esa pena, de ninguna manera se satisfacía.

Por ello, antes de la venida de Cristo, todos descendían después de muertos a los infiernos, aun los santos Padres.

Así es que, para soportar toda la pena debida a los pecadores, Cristo quiso no sólo morir, sino también bajar con el alma a los infiernos; pero no como los demás, que estaban allí como esclavos, sino como libre.

La segunda razón fue el socorrer perfectamente a todos sus amigos, que habían muerto con la caridad y la fe en el que había de venir, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David y otros justos y varones perfectos. Y como Cristo había visitado a los suyos en el mundo y los había socorrido por su propia muerte, deseó también visitar a los suyos que estaban en los infiernos y socorrerlos, bajando hasta donde se hallaban ellos.

La tercera razón fue el triunfar perfectamente sobre el diablo. En efecto, se triunfa de manera perfecta sobre otro, cuando no sólo se le vence en el campo de batalla, sino que se le acomete hasta en su propia casa y se le arrebata la sede de su imperio y su casa misma. Pues bien, Cristo había triunfado del diablo sobre la cruz; por lo cual, para triunfar perfectamente, resolvió arrebatarle la sede de su imperio y encadenarlo en su casa, que es el infierno. Por eso descendió hasta allí, y le arrebató todos sus bienes, y lo encadenó, y le quitó su presa.

Y así como había recibido Cristo el poder y la posesión del cielo y de la tierra, resolvió también recibir la posesión de los infiernos, para que así “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en los cielos, en la tierra y en los infiernos”.

La cuarta y última razón era librar a los santos que estaban en los infiernos; así como quiso sufrir la muerte para librar de la muerte a los vivos.

Aunque Cristo haya destruido totalmente la muerte, no destruyó del todo los infiernos, sino que los mordió; porque ciertamente no liberó a todos del infierno, sino tan sólo a los que estaban sin pecado mortal y sin el pecado original.

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Hasta aquí el Comentario de Santo Tomás al Credo. Dedica a este tema una cuestión de su Suma Teológica, dividida en ocho artículos. De allí tomamos algunas precisiones para cerrar esta cuestión:

1ª) De dos modos se dice que algo está en un lugar.

Uno, por su poder. Y, de esta manera, Cristo bajó a cualquiera de los infiernos; pero no a todos por igual. Pues, al bajar al infierno de los condenados, su eficacia se tradujo en impugnarles por su incredulidad y por su malicia. En cambio, a los que estaban encerrados en el Purgatorio les dio la esperanza de alcanzar la gloria. Y a los santos Patriarcas, que estaban encerrados en el infierno solamente por el pecado original, les infundió la luz de la gloria.

De otro modo se dice que algo está presente en un lugar por su esencia. Y de esta manera el alma de Cristo descendió solamente al lugar del infierno en que estaban retenidos los justos, a fin de visitar en su morada, con el alma, a los que interiormente había visitado por la gracia con su divinidad.

Por lo tanto, Jesucristo entró en todas las partes inferiores de la tierra, no localmente, recorriéndolas todas con el alma, sino extendiendo, de alguna manera, a todas el efecto de su poder.

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2ª) El alma de Cristo permaneció en los infiernos todo el tiempo que permaneció su cuerpo en el sepulcro.

Así como Cristo, para asumir en sí mismo nuestras penas, quiso que su cuerpo fuera puesto en el sepulcro, así también decidió que su alma descendiese al infierno. Pero su cuerpo permaneció en el sepulcro un día entero y dos noches para que se comprobase la verdad de su muerte. Por lo que es de creer que también su alma estuviese otro tanto en el infierno, a fin de que salieran a la vez su alma del infierno y su cuerpo del sepulcro.

Las palabras del Señor al Buen Ladrón deben entenderse, no del paraíso terrenal corpóreo, sino del paraíso espiritual, en el que se dice que viven los que gozan de la vida divina. Por lo cual, el ladrón descendió localmente con Cristo al infierno, para estar con Él, puesto que le dijo: hoy estarás conmigo en el paraíso; por razón del premio, estuvo en el paraíso porque allí gozaba de la divinidad, como los demás santos.

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3ª) Jesucristo libró del infierno (Limbo de los Justos) a los Santos Patriarcas.

Por la pasión de Cristo fue liberado el género humano no sólo del pecado, sino también del reato de la pena.

Pero los hombres estaban sujetos por el reato de la pena de dos modos:

– uno, por el pecado actual, que cada uno había cometido en su propia persona;

– otro, por el pecado de toda la naturaleza humana, que pasó originalmente del primer Padre a todos.

Los santos Padres, cuando todavía vivían, fueron liberados, por la fe en Cristo, de todo pecado, tanto original como actual, y del reato de la pena de los pecados actuales; pero no lo fueron del reato de la pena del pecado original, por el que estaban excluidos de la gloria, al no estar pagado todavía el precio de la redención humana.

Cristo, por su Pasión, bajando a los infiernos libró a los Santos de ese reato.

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4ª) Con su descenso al Infierno, Cristo no liberó a ninguno de los condenados.

Cuando Cristo descendió a los infiernos obró con el poder de su Pasión. Y, por eso, su descenso a los infiernos sólo resultó provechoso para los que estuvieron unidos a la Pasión de Cristo por medio de la fe informada por la caridad, que quita los pecados.

Pero los que estaban en el infierno de los condenados, o absolutamente no habían tenido fe en la Pasión de Cristo, como los infieles; o si tuvieron fe, no se conformaron en modo alguno con la caridad de Cristo paciente. Por lo cual tampoco estaban limpios de sus pecados.

Y, por este motivo, el descenso de Cristo a los infiernos no les trajo la liberación del reato de la pena infernal.

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5ª) Tampoco liberó a los niños del Limbo.

Como vimos, el descenso de Cristo a los infiernos sólo tuvo efecto en aquellos que, por la fe y la caridad, estaban unidos a la Pasión de Cristo, por cuya virtud el descenso de Cristo a los infiernos tenía poder liberador. Pero los niños que habían muerto con el pecado original, de ningún modo habían contactado con la Pasión de Cristo mediante la fe y la caridad, pues ni habían podido tener fe propia, al carecer del uso del libre albedrío, ni habían sido purificados del pecado original mediante la fe de los padres o por medio de algún sacramento de la fe. Y, por este motivo, el descenso de Cristo a los infiernos no libró de los mismos a estos niños.

Además, los santos Padres fueron librados del infierno porque fueron admitidos a la gloria de la visión de Dios, a la que nadie puede llegar sino por medio de la gracia. Por consiguiente, al no haber tenido la gracia, los niños muertos con el pecado original no fueron librados de los infiernos (del Limbo).

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6ª) Cristo visitó y consoló a las almas del Purgatorio; pero no sacó de allí a todas.

Resulta evidente que la Pasión de Cristo no tuvo entonces una eficacia mayor que la que tiene ahora. En consecuencia, los que se encontraron en la condición que tienen ahora los que están retenidos en el Purgatorio, no fueron librados del mismo por el descenso de Cristo a los infiernos.

Por el contrario, si entonces se encontraban allí en unas condiciones semejantes a las que tienen los que ahora son librados del Purgatorio por el poder de la Pasión de Cristo, nada impide que los tales fueran librados por el descenso de Cristo a los infiernos.

La Pasión fue satisfactoria en general, de modo que sea preciso aplicar su virtud a cada uno, mediante algo que sea de su especial pertenencia. Por consiguiente, no fue necesario que por el descenso de Cristo a los infiernos fuesen liberados todos del Purgatorio