CONFIANZA O DESESPERACIÓN

Judas y Pedro, dos de los discípulos de Jesús, de entre una docena privilegiada, cometieron pecados de traición en su contra. El primero lo entregó al Sanedrín para que fuera sacrificado, y el otro lo negó tres veces.

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En este artículo hoy tratare de reflejar lo que tantas veces me ha presentado la vida, diferentes situaciones en donde, a pesar de no ser literales, son de cierta manera pequeños destellos de la vida del hombre.

Muchas veces somos tan rudos y enfáticos al condenar la conducta ajena y no tomamos el recaudo de mirar nuestra propia alma, tantas veces hemos apuntado con nuestro dedo acusador sin siquiera observar que ese dedo mira hacia nosotros.

Hoy quiero que analicemos cómo dos pecados similares pueden tener un destino totalmente opuesto, porque el hombre cuando ve su miseria y se encuentra pisoteado en el polvo de donde proviene, he aquí cuándo, a pesar de todo, logra ver que nada es por sí mismo, sino más bien todo lo puede en su Creador.

Miremos a estos dos discípulos del Señor, los dos cargan con un peso en su alma, pero cada uno hará de esa carga o un ancla que lo aprisione en el fondo del abismo o unas alas que lo eleven hasta la eternidad gloriosa.

He aquí las escenas, en una, treinta monedas de plata, en la otra, un gallo cantor en medio de la noche; ¡y qué noche!, la noche más terrible y oscura, pero a la vez la noche que daría la oportunidad a los pobres hombres pecadores de encontrar la única Luz que abriría las puertas del Cielo; en esa noche se cruzaron dos destinos, dos almas atormentadas por la culpa de la traición…

Por muy desfachatado que parezca, entre San Pedro y Judas Iscariote hay más similitudes de las que pensamos, pero todos conocemos como terminó cada uno sus vidas.

Dice el afamado escritor americano William Thomas Walsh, que Pedro y Judas compartían no pocos rasgos de personalidad. “De todos los discípulos, paradójicamente, Pedro era el más parecido a Judas. Ellos eran ambiciosos y enérgicos hombres, a quienes el mundo y sus pompas, riquezas y circunstancias mucho significaban. Pero a uno eso significaba todo, mientras que al otro ello no era suficiente”.

Ambos cayeron en el mismo tipo de pecado, gravísimo, el de traición.

La traición de Judas no es solamente fruto de su avaricia, sino también de la falsa idea que tenía del Mesías. Para él un Mesías humilde y doliente era un absurdo, porque no comprendía que Jesús quiso poner a prueba la fe de sus discípulos, con su humildad, que también estaba anunciada por los profetas lo mismo que los esplendores de su reino.

Jesús denuncia al traidor:

San Juan 13, 21-30: Habiendo dicho esto, Jesús se turbó en su espíritu y manifestó abiertamente: “En verdad, en verdad, os digo, uno de vosotros me entregará”. Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo de quién hablaba. Uno de sus discípulos, aquel a quien Jesús amaba, estaba recostado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro dijo, pues, por señas a ése: “Di, ¿quién es aquel de quien habla?” Y él, reclinándose así sobre el pecho dé Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?” Jesús le respondió: “Es aquel a quien daré el bocado, que voy a mojar”. Y mojando un bocado, lo tomó y se lo dio a Judas Iscariote, hijo de Simón. Y tras el bocado, en ese momento, entró en él Satanás. Jesús le dijo, pues: “Lo que haces, hazlo más pronto” ninguno de los que estaban a la mesa entendió a qué propósito le dijo esto. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaron que Jesús le decía: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diese algo a los pobres. En seguida qué tomó el bocado, salió. Era de noche.

San Mateo 26, 47-50: Aún estaba hablando y he aquí que Judas, uno de los Doce, llegó acompañado de un tropel numeroso con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: “Aquel a quien yo daré un beso, ése es; sujetadle”. En seguida se aproximó a Jesús y le dijo: “¡Salud, Rabí!”, y lo besó. Jesús le dijo: “Amigo, ¡a lo que vienes!”. Entonces, se adelantaron, echaron mano de Jesús, y lo prendieron.

Entre tanto, tenemos a San Pedro que, en su orgullosa personalidad, no escuchó los avisos del Señor.

Negación de Pedro

San Mateo 26, 69-75: Pedro, entretanto, estaba sentado fuera, en el patio; y una criada se aproximó a él y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Galileo”. Pero él lo negó delante de todos, diciendo: “No sé qué dices”. Cuando salía hacia la puerta, otra lo vio y dijo a los que estaban allí: “Éste andaba con Jesús el Nazareno”. Y de nuevo lo negó, con juramento, diciendo: “Yo no conozco a ese hombre”. Un poco después, acercándose los que estaban allí de pie, dijeron a Pedro: ¡Ciertamente, tú también eres de ellos, pues tu habla te denuncia!” Entonces se puso a echar imprecaciones y a jurar: “Yo no conozco a ese hombre”. Y en seguida cantó un gallo, y Pedro se acordó de la palabra de Jesús: “Antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. Y saliendo afuera, lloró amargamente.

La ambición ciega de Judas le impidió escuchar la dulce voz de un Jesús padeciendo que lo llamaba al arrepentimiento: “Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del hombre?”

El orgullo de Pedro le impidió verdaderamente escuchar el aviso premonitorio del Señor: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”.

¿Qué hizo la diferencia?

Cuando Pedro vio cumplida la indefectible Palabra del Señor “lloró amargamente”, sintió dolor en su corazón (Mt 26, 75; Lc 22, 62).

Judas también reconoció que había pecado, “entregando, sangre inocente” (Mt 27,4); pero se desesperó, arrojó en el Templo las monedas con las que había vendido al Maestro, salió de ese recinto sacro y se ahorcó.

San Pedro fue humilde, se consideró a sí mismo miseria necesitada de misericordia, y la humildad le alcanzó la salvación.

La desesperación de Judas tiene raíces en su orgullo: él se angustia, pero no pide perdón a Dios; su orgullo le impide reconocer contrito ante el Señor que sí, que su miseria cometió el crimen nefando; y por ello no recurrió a Dios en su perdón y en su ayuda. La desesperación fue fruto de su orgullo.

Hay algo en común en la negación de Pedro y en la traición de Judas:

Pedro y Judas han sido grandes amigos de Jesús.

Cuando las cosas vienen mal dadas, Pedro le niega, pero lo hace tan mal, que se nota que es de los suyos (Jn 18, 17 y 25-27). Niega a disgusto, niega de mala gana. Niega, pero se nota que no está cómodo con la negación.

Hay dos maneras de pecar: a gusto y a disgusto. Sólo cuando aparece el disgusto en el pecado, hay posibilidad de arrepentimiento y de conversión. El disgusto puede aparecer en el mismo hecho del pecado, o después. En el caso de Pedro se diría que aparece en el mismo pecado.

Judas vende a Jesús, le traiciona. Y, sin embargo, poco después se arrepiente. Se da cuenta de lo que ha hecho, y eso le desespera. Como está desesperado, acaba quitándose la vida (Mt 27, 3-5).

Una tragedia por un doble motivo: por lo que le hace a Jesús y por cómo lo que hace le afecta hasta el punto de quitarse la vida.

También ahí encontramos un atisbo de arrepentimiento, que no está bien conducido ni orientado. El darse cuenta del horror del pecado cometido, en vez de conducirle a pedir perdón, le conduce a la desesperación. No sabe ver, como Pedro sí lo hizo, el amor que brota de Jesús incluso cuando le traicionamos.

Fue no ver el amor, que de todas formas ahí estaba y ahí siguió siempre, porque los amores de Dios, por lo tanto de Jesús, son permanentes e irrevocables, lo que condujo a Judas a la desesperación.

Es otro modo de enfrentarse con el pecado.

Mantenerse fieles a Jesús no siempre es fácil. Pedro tuvo miedo y le negó. Judas se decepcionó y le traicionó. Pero lo importante es que Jesús amaba a uno y a otro. Los seguidores de Jesús debemos cada día recordar su gran amor, para que nuestras caídas no nos hundan. Con Jesús siempre es posible volver a empezar.

Veamos la diferencia entre arrepentirse de verdad y desesperarse:

Diálogo silencioso entre san Pedro y Judas, el traidor:

Si tú, Judas, en vez de ahorcarte, hubieras buscado a Jesús para confesar tu cobardía, diciendo “cometí un gran crimen, pero estoy arrepentido, perdóname”. Jesús te habría perdonado.

Pedro se acordó entonces de la escena en el pretorio de Pilatos, el Jueves Santo…. Su negación. La mirada de reprimenda que Jesús le hizo cuando fue llevado de un juez al otro. De las lágrimas de arrepentimiento que no dejaban de correr por sus rostros, al punto de formar dos surcos…

Y continuó:

Judas, yo hice algo peor. Negué a nuestro Maestro. Lo negué tres veces. Soy más culpable que tú.

Y Pedro, aún con los ojos llenos de lágrimas, continuaría:

La diferencia es que yo lloré arrepentido. Y tú tuviste sólo remordimiento. Pensaste que no tenías perdón. ¿Por qué desconfiaste de la misericordia de Jesús?

Pedro y Judas negaron a su Señor y Maestro.

Pero, ¿por qué uno fue al cielo y el otro fue al infierno?

Ambos hombres pecaron gravemente. La caída de Pedro fue temporal, mientras que la caída de Judas fue permanente.

Ambos hombres confesaron sus pecados, pero solamente uno se arrepintió y puso su confianza en Cristo.

Entretanto, el uno tuvo el final más glorioso que se pueda imaginar: primer Papa e imitador del Señor en su sacrificio máximo; mientras que el nombre del otro es repetido con menosprecio por los siglos de los siglos.

Mientras Pedro llora contrito, Judas se suicida, porque le falta la confianza en la misericordia de Dios, que a todos perdona. Es la diferencia entre el solo remordimiento, que lleva a la desesperación, y el arrepentimiento, que lleva al perdón.

Busquemos en nuestro interior y miremos nuestros actos, es verdad, cuanto hemos traicionado al Señor, muchas veces ha sido por miedo, otras por intereses vanos, otras por nuestras pasiones, y tantos otros motivos más, pero tenemos que siempre estar confiados en que si nuestro dolor y arrepentimientos son verdaderos el Señor siempre estará dispuesto a perdonarnos, y no por eso debemos languidecer nuestra conducta, sino más bien, apoyados en ese pilar de Misericordia, volvernos más firmes en nuestras resoluciones, colocándonos una armadura más digna para pelear la batalla diaria por salvar nuestras almas.