PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

LOS CURSOS PREMATRIMONIALES

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Todo cuanto hemos expuesto hasta aquí es buena prueba de la importancia de la preparación del hogar propio. Muchos van al matrimonio como si en él fuesen a encontrar un modo de vivir fácil, que no plantea problemas. Aseguran que no hay nada más sencillo, que la vida conyugal es connatural al hombre, que la pareja está destinada a complementarse y el amor a dominarlo todo. Si por casualidad surgiese alguien que quisiera recordar la posibilidad de un matrimonio carente de esa certeza, habría una protesta contra ese alguien a quien tacharían de importuno o de aguafiestas. Son raros los novios a quienes no ciega el entusiasmo o que no sean víctimas de la ilusión.

¿Se los puede censurar? No siempre. Ante todo ¿no están ellos en la época de la juventud, en ese momento de la vida en que parece todo posible y nada se ha perdido aún irremediablemente? ¿En esos años en que la experiencia de los viejos parece un peso aplastante al que se mira con cierto desdén? «Nadie ha creído nunca en la experiencia ajena, y vosotros no habéis creído en ella…», dice un personaje de Maxence van der Meersch, reflejando certeramente la oposición de los jóvenes a los más viejos. Cuando se ve abrirse la vida ante uno, ¿qué va a hacer con la experiencia, que es como un mueble del pasado? Se mira hacia el futuro y se arrumba todo lo que no sea ese futuro. Así es y así será siempre la juventud. Y porque son jóvenes, los novios desconocen la experiencia de los otros, o se muestran, casi siempre, indiferentes a ella.

A este primer factor se añade un segundo en el mismo sentido y que acrece la fogosidad del entusiasmo: y es que los novios se aman. Es decir que están naturalmente en éxtasis, fuera de sí y de la realidad, entregados por entero a la esperanza, a la confianza, al optimismo. El amor tiene por efecto dar a entender que es invulnerable y que protege contra todos los malos golpes de la vida a los que se aman.

Infunde, como uno de esos primeros efectos, una fuerte sensación de confianza del mismo modo que los novios, a través de su amor, sólo pueden entrever la felicidad. El fracaso para ellos es prácticamente imposible; y por eso no escuchan los consejos prudentes que se les pueda dar.

Instrumento de lucidez

Esta es la situación de los que se hallan en vísperas de contraer matrimonio. No les podemos censurar por ello, tal vez a causa de la feliz fusión juventud-amor. Podemos mientras instigarlos a una reflexión mutua, profunda y seria. Por eso se les invita a seguir los Cursos preparatorios para el matrimonio. Éstos no han sido planeados por viejos anticuados cuya sola preocupación hubiera sido clamar, en tono áspero y malhumorado, contra los errores de la juventud. Por tener su origen en la experiencia, estos Cursos son con toda exactitud la expresión de la propia vida, bella y entusiasta, es cierto, pero también difícil y peligrosa. En efecto, no son un resumen de fórmulas teóricas ofrecidas de paso a unos oyentes que no sabrían qué hacer con ellas. Responden a la viva realidad del mundo conyugal y sirven para cultivar el entusiasmo de los novios midiendo por adelantado las dificultades futuras, que, por lejanas que estén, son inevitables.

Y esto, porque todas las negaciones que provengan de la inexperiencia de un idealismo vaporoso o de la irreflexión, no cambian nada. La vida conyugal, cualquiera que sea el grado de amor de los cónyuges y su mutua adaptación, es siempre una tarea difícil. Más aún: peligrosa. La prueba de ello está (y esto es siempre desagradable de mencionar) en esas parejas desdichadas cuyas esperanzas, tan parecidas en su época a las de dos novios de hoy, quedaron totalmente destruidas e irremediablemente falseadas. Tantas y tantas parejas desgraciadas, confesando el fracaso de su unión y de todos los proyectos pasados, deben hacernos reflexionar. Aunque esté uno cegado por el amor, es imposible dejar de oír este triste concierto cuyos ecos resuenan por todas partes con una fuerza desesperada. ¡Es preciso oír y ver bien, se quiera o no!

Ahora bien, con sólo prestar atención, percibiremos que la vida conyugal presenta numerosas asperezas (estamos casi por decir innumerables) contra las cuales los más firmes y esperanzadores amores pueden llegar a romperse. Para proteger contra esos arrecifes a todos los navíos que se aprestan a emprender su ruta, han sido creados los Cursos preparatorios para el matrimonio. Sus iniciadores, así como los que hoy los explican, no figuran entre los adeptos de la felicidad imposible y del amor ilusorio. No son pesimistas y no desalientan todos los impulsos y esperanzas, sino al contrario. Los profesores de esos Cursos creen firmemente en el magnífico valor del amor humano y en la felicidad que de él puede provenir. No tienen nada de desanimadores ni de profetas de la infelicidad; pero su entusiasmo va unido a la prudencia y su fe en el amor no tolera cegueras. Son, en cierto modo, defensores de la lucidez. Por todo ello los novios deben imponerse la asistencia a estos Cursos. Allí encontrarán la lucidez que será para su amor lo que es la luz para la noche.

¿No será tal vez el miedo a la lucidez el motivo por el cual alguno deja de seguir estos Cursos? Para eludirlos, es corriente alegar que «no los necesitan», pues creen saber claramente todo esto. Revelan un optimismo ingenuo o se engañan inconscientemente, negándose a sondear el futuro con objetividad a fin de prepararse para lo que les reserve. Se lanzan con los ojos cerrados en la aventura, arriesgándose así a perder las ocasiones de felicidad a causa de unas malas inteligencias, errores que podrían ser evitados fácilmente. Ninguna pareja puede desdeñar la lucidez. Pues bien, uno de los medios más seguros de consolidarla es asistir a los Cursos preparatorios para el matrimonio. En ellos, les serán señalados a los futuros cónyuges, de un modo descarnado, los diversos obstáculos contra los que pudieran chocar. Los novios sabrán entonces prepararse para hacer frente a esas dificultades, y así, cuando llegue el caso, no les cogerán de sorpresa. La lucidez que obtendrán en esas semanas de preparación, sistemática y minuciosa, les servirá para evitar, más tarde, el pánico y no cometer errores irreparables. No suprimirá las causas del conflicto, pero las reducirá a sus justas proporciones, dejando a la pareja tranquila, en situaciones de extrema tensión. La lucidez de los novios evitará a los esposos el pánico y, proteger el destino de su amor será uno de los más preciados beneficios de los Cursos preparatorios para el matrimonio.

Nadie debe juzgarse, pues, por encima de la necesidad general, negándose a seguir los Cursos. La primera prueba de lucidez, en el caso de unos novios, consiste precisamente en reconocer la necesidad de una mayor lucidez.

Además de los que se niegan a dedicar algunas semanas a los Cursos con el pretexto de ser lo suficientemente lúcidos, hay otros que alegan que «no, tienen ya nada más que aprender». Por una triste ironía, son éstos generalmente los más necesitados de esclarecer su espíritu que está casi siempre apresado en una fuerte red de prejuicios y de pseudoconocimientos. Por haber vivido, por haber navegado un poco por todos los lugares, probando todos los frutos, y cometido más tonterías que otros, les falta mucho para saber todo cuanto es necesario para ser feliz y ya no les queda más que aprender. Puede ser ésta la señal de que tienen, más que los otros, necesidad de entrar en la escuela de la felicidad, ya que además de que ignoran muchas cosas o no las saben bien, sucede con frecuencia que están mal formados. Desde ese momento, no sólo es necesario aprender y proveerse de la más aguda lucidez, sino que es preciso también corregirse, reformarse, descubriendo el verdadero sentido del amor, de la felicidad, de la pareja, del hogar. Pretender que no hay necesidad de prepararse para el matrimonio, porque se sabe ya todo, revelaría la vanidad más estúpida. Semejante afirmación demostraría por sí sola qué lejos se está del verdadero amor, ya que éste, cuando es auténtico, da siempre una profunda sensación de insuficiencia. Cuando se ama de verdad a alguien, el propósito es poder amar siempre más y siempre mejor; se anhela asegurar a cualquier precio la felicidad del otro. Por consiguiente, está uno dispuesto a descubrir todos los elementos que puedan aumentar las probabilidades de victoria. ¿Y quién podría decir que el Curso preparatorio para el matrimonio no es uno de esos elementos?

Parece, pues, lícito afirmar que todas las parejas de novios deben aprovechar esta ocasión, que el Curso les ofrece. Impónganse el deber de asistir a él, aunque para ello tengan que hacer algunos sacrificios. Obtendrán algo inapreciable que compensará ampliamente lo que les haya significado de tiempo y de esfuerzos. En nuestra época, con la multiplicidad de obstáculos acumulados por una civilización alucinada contra ciertos valores espirituales e interiores que el amor y el matrimonio exigen, es lícito hablar de la necesidad de seguir ese Curso. Muchas cosas que, en otro tiempo, «en la época de nuestros padres», no planteaban problemas, están hoy necesitando una solución. Entre ellas está la naturaleza del amor y la vida entre dos. «El mundo moderno —observa G. Siewerth— es el nacimiento de una humanidad que surge ya muerta para los misterios del corazón». Evidentemente, en estas condiciones, es necesario que los jóvenes, sumidos en esa humanidad, mediten, a fin de asegurar a su amor la estabilidad requerida para la fundación de un hogar.

Ciertamente, es posible aún ser feliz sin pasar obligatoriamente por el Curso prematrimonial. Mas la experiencia revela que, en un gran número de casos, por haber seguido ese Curso pudieron las parejas superar ciertas situaciones y mantener el equilibrio.

Aprender a dialogar

La primera ventaja que ofrece el Curso y tal vez la más valiosa, es la de proporcionar a los novios ocasión de sostener numerosos y serios diálogos sobre las cuestiones de interés para la pareja. Durante el noviazgo sucede con frecuencia que se quiera abordar un tema, discutir un problema. Es difícil, sin embargo, encontrar los medios de hacerlo, porque uno u otro se escabulle y desvía la conversación en cuanto ve que apunta el tema embarazoso o temido. Otras veces, en el torbellino de las ocupaciones sociales, no se encuentra tiempo para detenerse en aquello que, sin embargo, es más importante. A veces, la timidez o alguna dificultad lleva a los jóvenes a eludir esos temas, aun siendo fundamentales.

El Curso de preparación para el matrimonio proporcionará una maravillosa oportunidad para abordar, uno por uno, los mayores problemas de la futura vida conyugal. Al terminar un análisis minucioso y serio sobre uno u otro tema, los novios se encontrarán frente a frente, siéndoles prácticamente imposible eludir la conversación sobre ese tema. Se aprenderá, de este modo, a conocer la perspectiva del otro sobre todo en cuanto respecta a la vida conyugal. Será también posible descubrir algunas de las dificultades con que habrá de enfrentarse, aprendiendo a auxiliar al otro en sus luchas, en sus tristezas, en sus temores. En una palabra, la sinceridad se hará más fácil y contraeremos, desde entonces, el hábito de confiar al otro lo que uno siente y lo que piensa. Esta sinceridad es absolutamente indispensable para la felicidad de la pareja. Sin ella, resulta imposible la intimidad profunda, la comunión de alma. Sobre esto, además, insisten tantas parejas cuyo amor no se ha desarrollado tan sólo porque no aprendieron nunca a franquearse. No llegaron jamás a conversar abiertamente y esto les hizo cerrarse en un mutismo en el que su amor está anclado y en el cual se ahoga. La comunicación entre las dos almas es como un hálito del amor de la pareja. Cuando el mutismo se instala en un hogar, no viene nunca solo: trae consigo la desarmonía, la falta de entendimiento, la incomprensión, el rencor, y, para resumirlo todo en una palabra, la infelicidad. Por eso es preciso desde la época del noviazgo, que los futuros cónyuges adquieran el saludable hábito de conversar sobre todo cuanto afecte a su mundo personal, de tal modo que se conozcan bien y sepan adaptarse el uno al otro.

Aprenderán precisamente a hacerlo, siguiendo el Curso preparatorio para el matrimonio. Ante ellos se proyectará la vida futura con sus alegrías y sus tristezas, sus dichas y sus sinsabores, sus riquezas y sus miserias. Sabrán con lo que deben contar, lo que será necesario temer, lo que es preciso evitar para que sea posible la vida entre dos. En posesión de todo este material de ideas sacado de la propia vida, los novios tendrán capacidad para confiarse mutuamente el más íntimo de sus pensamientos y revelar cómo pensarán y cómo serán el día de mañana. Sólo de este modo el noviazgo no será una comedia sentimental.

La primera condición para un matrimonio serio es un noviazgo serio. Es sumamente importante no dilapidar en liviandades ese tiempo que debe estar dedicado a preparar una vida entera. La influencia del noviazgo, la manera de vivirlo, puede resultar decisiva para los primeros años de vida conyugal. Es necesario, pues, descubrir el sentido preciso de ese compromiso, para sacar a la luz las obligaciones que suscita. El noviazgo es, en efecto, un contrato inicial. Este contrato implica obligaciones concretas y graves, aun no siendo tan absoluto como el «sí» del casamiento. Entre otras, la de prepararse concreta y seriamente para el matrimonio. Las consecuencias del mismo, cuáles serán sus preocupaciones primordiales, en dónde se deben concentrar sus esfuerzos, cómo pueden hacer que les sean favorables todas las ocasiones, son algunos de los problemas a los cuales deben saber responder.

Trátase, en suma, de que cada uno de los componentes de la pareja sepa identificarse con el fin propuesto. Hay entre noviazgo y matrimonio cierta relación que todos reconocen. Establecer la naturaleza de esta relación, determinar cómo se debe vivir el noviazgo y, después, el matrimonio, con entera seguridad, es va más difícil. Aplicarse a distinguir bien el ritmo con que el noviazgo debe vivirse, percibir los obstáculos que les acechan y que ya desde el primer momento comprometen la felicidad futura, aprovechar hasta el máximo ese precioso tiempo para amoldarse el uno al otro, tales son las tareas que una seria preparación para el matrimonio supone. Situar el problema matrimonial en sus verdaderos datos, en términos claros y enérgicos a fin de que los novios puedan tener un conocimiento más claro de su vida presente y de su vida futura. Ésta será la función de un sólido Curso de preparación para el matrimonio.

Principales elementos del Curso

Amor y felicidad

No es necesario explicar extensamente que, antes que nada, éste deberá partir del análisis del amor. Nadie podría prepararse para el matrimonio sin preguntarse el verdadero significado del amor. Para responder a esta pregunta es preciso reflexionar, aunque no sea necesario, en modo alguno, para amar, ser capaz de definir filosóficamente el amor.

Sucede, sin embargo, que el amor es un sentimiento complejo, que reúne múltiples elementos. El peligro está en no dar valor a lo esencial, creyendo amar cuando se está a cien leguas del verdadero amor. Además de esto, para que el amor crezca y alcance su medida más elevada es preciso cultivarlo. Ahora bien, ¿cómo cultivarlo si no se logra saber verdaderamente qué es el amor?

Amar es palabra de rico sentido humano y muy profunda, que compromete de una manera total a los dos que la pronuncian porque aceptan el hacerla más o menos una realidad. Está situada en una encrucijada donde se cruzan innumerables caminos. Reúne la preocupación de ser feliz y de hacer feliz, crea la unión con la voluntad de poseer, y el deseo de dar. Es exigente y generosa, posesiva y al mismo tiempo desprendida: envuelve simultáneamente el cuerpo y el alma, exigiendo de ésta que se halle presente en el cuerpo en el momento en que, con mayor violencia, se consolida.

Por lo tanto, los novios que prometen amarse y están a punto de entregar sus vidas en la fe que ponen en el amor, no tendrían éxito si no procurasen descubrir las diversas corrientes que el amor funde en una sola, y cuya fuerza sienten en su propio corazón. Ver lo que significa amar, lo que esto supone y lo que exige de cada uno, pesar las responsabilidades recíprocas a la luz del amor, conocer a qué precio ha de crecer y averiguar las flaquezas del alma que puedan comprometerlo gravemente, he aquí unos temas de reflexión para los novios durante ese tiempo.

Salta a la vista que tal análisis es indispensable. Querer eludirlo sería pretender saber lo que quiere decir amar sin poderlo hacer. Como decía el doctor Carnot: «Todos hablan de amar sin saber lo que es eso. A cada momento en conversaciones, libros, canciones se conjuga el verbo amar. Decimos que amamos algo o alguien, pero ¿sabemos acaso todo lo que se oculta detrás de esta breve palabra?».

La cuestión es viable y para ayudar a contestarla con entera verdad, el Curso preparatorio para el matrimonio aborda este tema.

Psicología masculina y femenina

Pero si amar es un elemento fundamental del matrimonio, para que sobreviva el amor es indispensable que impere la comprensión. Ahora bien, esto supone sin duda el conocimiento de la psicología propia de cada sexo. Así pues, es necesario pasar del análisis del amor al estudio de la psicología de los sexos. Es una cuestión de capital importancia. Nunca se hablará lo bastante de los innumerables choques que amenazan con frecuencia hogares donde, aunque exista en ellos el amor, la comprensión es casi imposible por la ignorancia en que se hallan los esposos de cuanto se refiere a los caminos seguidos por la psicología del cónyuge.

Algunas veces basta muy poco para hacer variar el ambiente, yendo de lo mejor a lo peor o de lo peor a lo mejor. Hablando de la tragedia del amor, Gustave Thibon observa: «No consiste en que dos seres que no pueden darse nada se unan y crean amarse» pero sí en que «dos seres que se pueden dar todo no se den nada debido a una simple falta de adaptación exterior o a un gesto de más o de menos». La más penosa y desconcertante interpretación será la que separa así dos jóvenes esposos desde los primeros meses de su matrimonio. Pues el amor es, entonces, intensa y verdaderamente un querer hacer al otro feliz; pero hay, entre ambos sexos, una barrera de una psicología diferente que llega hasta el punto de perjudicar cualquier acuerdo.

Los novios deben saber que el amor no basta, no lo hace todo él solo. Es también necesario comprenderse bien para que la unión sea total y no haya resquicios por donde la felicidad pueda escapar. Diremos que para vivir juntas dos personas es preciso, además de amarse, entenderse. Ahora bien, comprenderse no siempre es tan fácil como parece a primera vista. En la partición absoluta de la existencia que la comunidad conyugal exige, es necesario aprender a comprenderse para llegar a entenderse.

Será indispensable, pues, el esclarecimiento que los novios tendrán en la exposición sobre la psicología de los sexos. La novia penetrará en este universo que desconoce en su mayor parte, el mundo interior del hombre. De igual modo, el novio conocerá el extraño y delicado mecanismo que explica las reacciones de su novia. El uno ante el otro, no serán nunca dos seres que, aunque deseando unirse, se obstinan en separarse. Muchos de los elementos de desacuerdo desaparecerán y podremos ver realmente un hogar donde reine la paz.

Ahora bien, la paz es siempre fruto de la comprensión entre marido y mujer. Por otra parte, la propia comprensión sólo es posible en los que muestran reflejos que se adaptan espontáneamente a los actos y sentimientos del cónyuge. Este estudio tratará de ésta, explicando a la pareja que la naturaleza quiso que el hombre y la mujer se complementasen, y mostrando como el cumplimiento de este misterio puede dar la paz en el amor.

Esto es tanto más importante cuanto que sólo la percepción de ese complemento vital, henchido de amor, permite lograr la indispensable armonía de las personalidades. Cuando nos detenernos un momento en un análisis psicológico de orden general, puede parecer relativamente fácil ligarse al ser amado para toda una vida en común. Pero para quien rebasa estas generalidades para hacer congeniar dos seres, cargados ambos de defectos enraizados en lo más hondo de sí mismos, gravados por ciertas imperfecciones difíciles de extirpar, las dificultades se revelan mayores y más imposibles de superar.

El conocimiento de la psicología del otro prepara adecuadamente la armonía de las personalidades. En ella se trata propiamente de confrontar dos seres de un carácter definido, de un temperamento determinado de tendencias caracterizadas y con frecuencia difíciles de soportar. Conseguir la armonía entre uno y otro sin que haya un choque muy brutal exige que hayamos sondeado bien los datos de la situación, requiere unos conocimientos lo más perfectos posible, y que los dos estén dispuestos a ayudarse.

Armonizarse mutuamente, captando las exigencias de la situación concreta en que la pareja evoluciona es cosa que debe ser considerada como la etapa esencial del matrimonio. Aunque esto pueda parecer sorprendente, es preciso no olvidar que la incompatibilidad de carácter constituye, sin duda, el origen más frecuente de los conflictos conyugales; el origen de las parejas que viven paralelamente o en discordia periódica o permanente; y la causa principal de los divorcios.

Vamos, por tanto, a ver cuán útil es discutir, incluso antes de que la pareja entre en la vida en común, las posibilidades de una armonía profunda y, asimismo, la eventualidad de un hondo desacuerdo. Y no sólo discutir para hablar, sino para ver cómo es posible iniciar un trabajo de fusión entre uno y otro.

En esta cuestión, el Curso vendrá en auxilio de la pareja de novios sublimando los medios de alcanzar una armonía duradera; y serán evitados los errores a cualquier precio, bajo pena de comprometerlo todo. Impulsados por el amor y ennoblecidos así, los novios avanzarán con mayor seguridad hacia su objetivo y tendrán todas las probabilidades de encauzar su unión matrimonial por un camino firme. Más aún: podrán aprovechar los últimos meses de noviazgo para iniciar ese trabajo de armonía y explorar así, el fervor tan lleno de buena voluntad que es peculiar de ese período.

Anatomía y fisiología

Por otra parte, en el matrimonio, la armonía total implica una vivencia sexual. Además del encaje psicológico es necesaria también la armonía sexual. Ahora bien, ésta es imposible a menos que la pareja de novios conozca la anatomía de cada sexo y sepa cuál debe ser el comportamiento sexual normal para que la vida de casados sea una fuente de felicidad.

Este aspecto de la preparación deberá ser objeto de una especial atención. Pese a todo cuanto se pueda pensar es necesario reconocer que es el terreno en que más errores se cometen. Con frecuencia, al entrar en el matrimonio se cree conocerlo todo a este respecto, mientras que en realidad es uno profundamente ignorante con relación al comportamiento de cada cual.

El hombre, en especial, necesita ser esclarecido sobre las incidencias psicológicas de la sexualidad femenina y la comprensión de que la corriente sexual en la mujer «circula al mismo tiempo a través del alma y del cuerpo».

Bajo pena de suscitar en la esposa una rebelión, que es muy peligrosa porque permanecerá secreta la mayor parte del tiempo, el hombre debe traspasar el terreno de las técnicas, preocupándose en elevar la unión a su verdadero nivel. Aprenderá, en particular, a desconfiar de sí mismo, de la violencia que le caracteriza en ese terreno, esforzándose en llegar a un comportamiento altamente humano. El equilibrio conyugal puede depender por completo de la actitud que él adopte en esta cuestión, pues, según la frase de Camus, «el acto amoroso es… una confesión. En él clama ostensiblemente el egoísmo, aparece la vanidad o se revela, entonces, la verdadera generosidad».

Por otro lado, el estudio de ese tema ayudará a la novia más de lo que pueda imaginar. ¡Cuántas muchachas son víctimas de un miedo secreto, de una angustia desconocida ante la futura unión! Las quejas por parte de mujeres que no son felices, los comentarios absurdos oídos al paso, la actitud agresiva del hombre en general, una educación a veces equivocada, una imaginación muy viva, todo se conjuga para crear un bloqueo psicológico que debe ser eliminado con mano firme.

Analizar en su verdadera importancia la realidad sexual que implica el matrimonio es de la más urgente necesidad. Realizada con la seriedad precisa por personas tan competentes como esclarecidas, ese análisis será para muchas novias el origen de una liberación. Descubrirán cuán injustificado era el miedo y cuán vanos sus recelos. Además de esto, subrayando los altos valores de la sexualidad humana, las novias se prepararán para desenvolverse en la seguridad y la alegría, en vez de estancarse, como tantas esposas, en un desdichado pesar o en un desastroso desprecio.

Dirigiéndose a las novias jóvenes, Claire Souvenance observa: «Muchas esposas niegan al marido, en las cosas pequeñas, lo que dieron globalmente el día en que, por el “sí” del matrimonio, aceptaron el ser verdaderamente aquella a quien ellos se unieron. Forjan su propia desdicha y la del marido a quien aman, aunque mal. Ignoran la felicidad a cuyo lado pasan».

El Curso prematrimonial tiene como finalidad impedir tales desvíos, en la mayoría de las veces inconscientes. Servirá para que la esposa venza sus propios prejuicios y enseñará al marido a obrar con delicadeza y a conocer lo que puede haber de frágil en su joven esposa.

El matrimonio con respecto a Dios

Así preparados, teniendo una visión clara de lo que será su vida en común, los novios estarán en condiciones de medir todas las dimensiones de la moral conyugal. No se piense que ésta será una fastidiosa enumeración de cuanto, en el matrimonio, está permitido o prohibido. Sería empequeñecer terriblemente la moral conyugal, reducirla, así, a un puro formulismo. No se trata en absoluto de codificar obligaciones y derechos, sino de situarlos ante Dios, descubriendo la voluntad divina tal como ha sido expresada en la propia naturaleza de las cosas.

Ante Dios los esposos serán responsables uno de otro, y el día en que uno de ellos sea llamado, el otro se sentirá feliz por haberle ayudado a vivir mejor y a santificarse. ¿Cómo es posible la santificación en el matrimonio? ¿Cómo conformarnos a la voluntad de Dios? Este será el tema siguiente.

Con más precisión, procurar esclarecer la conciencia de los novios para que, una vez esposos, no se perjudiquen creando problemas inexistentes. ¡Cuántas veces hemos encontrado viejos esposos que torturaron su propio espíritu porque no conocían la extensión de sus derechos y obligaciones en materia de moral conyugal! Cuando descubren al final de la vida el verdadero sentido de ésta, es ya demasiado tarde y el error se ha cometido ya. Para evitar a los futuros esposos tales desventuras, se les dará una explicación clara del contenido de la moral conyugal. Conociendo sus verdaderas dimensiones podrán ellos obtener otro apreciable beneficio: aprenderán a mantener la belleza de su propio amor. Porque cuando una pareja se precipita en la inmoralidad, el amor queda indefectiblemente debilitado y el hogar removido. Cuando un amor se aleja de Dios para liberarse de toda presión, se condena a muerte. Decaerá gradualmente hasta la desdicha. Hay una lógica del mal, que se impone por sí propia, sin que nos demos cuenta. Quien levanta la barrera y acepta el mal, comete un acto de consecuencias desastrosas. Estas, en el caso de los esposos, pueden llegar hasta la negación de la palabra dada e incluso a la muerte del amor. Preservarse de semejante caída será una de las preocupaciones de la pareja. Saludable inquietud que la permitirá conservar la plena fuerza de su amor, apegado como estará a Dios.

En efecto, es sumamente importante comprender que el matrimonio está situado en el plano de Dios. Como estado de vida, significa vocación. Esta rica perspectiva envolverá hondamente a marido y mujer. Ellos no se unen por obra del azar, como si tendiesen a un objetivo cualquiera. El amor humano, nacido de Dios, marcado por Él con la gracia y hecho así indisoluble, debe también llevar los esposos hasta Dios. Hay, pues, en él, un valor de eternidad que debe hacer a los novios conscientes de la enorme responsabilidad que asumen. Se sitúa en el punto principal, no para la felicidad temporal, sino para la eterna.

Comprender este extraordinario alcance del propio amor es fundamental para los novios. Luego, apenas esté situado el matrimonio bajo su verdadera luz, comprenderán hasta dónde serán ellos compañeros el uno del otro. Irán ahora caminando juntos hacia Dios y toda negación de su amor, toda recusación, todo retroceso, toda infidelidad a este amor, tendrá una repercusión eterna. Por haber dicho «sí» ante Dios, que acogió este compromiso, se hace de allí en adelante imposible lograr la salvación por otro medio. ¡Tal es la profundidad de su unión!

Todo cuanto esta situación implica de derechos comunes y de obligaciones recíprocas, todo cuanto significa de deseo generoso y de profunda donación, todo esto debe ser recordado a la futura pareja. Una de las mayores consecuencias del matrimonio es comprometer a los esposos ante Dios. La unión conyugal no se desenvuelve solamente al nivel terrenal, no es apenas un medio de ser feliz, sino también, y hasta podría decirse sobre todo, un medio de santificarse. Es preciso entender el amor humano en este sentido y saber que conduce a una unión cuyo término será la eternidad.

Concretamente, los novios han de tener plena conciencia del hecho de que, al final de su vida en común, tendrán que rendir cuentas de lo que hicieron de su amor, de su hogar, de sus hijos. El matrimonio conduce a eso. La responsabilidad es, por tanto, inmensa y se sitúa ante los novios en el momento de contraer su enlace. La comunidad de vida no se realizará apenas al nivel de la carne, rebasará incluso el corazón, y se instaurará en lo más íntimo del alma, según uno y otro se hayan acercado o alejado de Dios.

No se reunirán a ciegas puesto que ambos fueron elegidos para formar un matrimonio, escogidos y entregados el uno al otro, no al azar de los acontecimientos sino conforme a los caminos misteriosos de Dios. En resumen, han sido llamados (¿no es éste el sentido pleno de la palabra vocación?) ambos para unirse en el amor a fin de que la obra de Dios continúe y ellos sean sus instrumentos.

El objeto de la cuarta reflexión será no minimizar ese punto de vista sino darle su entero valor, recordando a los novios cómo, de esa manera, están llamados a evolucionar como tal pareja en los caminos de Dios y, en suma, su propio amor debe conducirles a ello. Valoramos toda la importancia de que aquél se reviste pues permitirá a los novios centrar su unión conforme a sus auténticas dimensiones.

Los hijos

Sin embargo, no deben cesar aquí las preocupaciones de los futuros cónyuges. Es imprescindible que perciban claramente su responsabilidad. Ahora bien, ésta no se limita a ellos dos; aparecerán pronto los hijos para monopolizar, sin remisión, el resto de su vida en común. ¿Cómo no prepararse entonces también para enfrentarse con las pesadas tareas de la paternidad y de la maternidad? Entendidas en su sentido de mayor amplitud, son más difíciles de vivir de lo que se piensa. También en ese terreno, y tal vez más que en cualquier otro, la improvisación debe ser eliminada. Así como no se improvisan en su papel de marido y mujer, no pueden improvisarse como padre y madre. Tanto como al comienzo, es necesario adaptarse, simultáneamente, al cónyuge y a los hijos. ¿Cómo realizar esta adaptación? ¿Cómo conseguir este equilibrio que traerá la felicidad al hogar? Esto es lo que se ha de procurar mostrar a la pareja que, muy pronto, tendrá que resolver tan espinoso problema. Los hijos pueden ser una carga pesada y sofocante si la pareja no los integra pronto en el centro de su vida y de su amor. Pero una vez realizada esta integración, se convierte en una alegría sin precio que acrecerá el amor mismo que une a la pareja. Todo depende, por tanto, del punto de vista de los novios. Inspirarles un modo de ver lleno de optimismo y de realismo para que no se sientan defraudados ni sorprendidos, ayudarles a desarrollar mejor el propio amor por medio de la paternidad y la maternidad: he aquí el objetivo de la penúltima fase del Curso.

Para un buen comienzo

Finalmente, después de haber procurado ver anticipadamente el camino que tendrán que recorrer juntos, los novios podrán disponerse a cumplir su palabra y casarse. Para completar su preparación sólo faltará el esclarecer para ellos la importancia especial y las dificultades específicas de la iniciación de la vida conyugal. Para ayudarles a tener un buen comienzo, se explicará a los novios el comportamiento que debe adoptarse en los primeros tiempos de matrimonio. Todos saben, en efecto, que los primeros meses, más aún, los primeros días y las primeras semanas, pueden ser decisivos para la felicidad de la juvenil pareja. La inexperiencia puede entonces conducir al uno y al otro a cometer falsedades cuyo recuerdo no será fácil extinguir. Sin malicia, simplemente por falta de orientación, se marca así un camino en el cual es difícil retroceder y donde los errores se acumulan hasta llegar a la infelicidad.

Para permitir a la futura pareja evitar ese desastre, y para que los primeros tiempos transcurran en la más completa comprensión posible, para que impere la delicadeza en todos los momentos, para que se sepa medir el alcance de los gestos y palabras propios, para que no se impida una felicidad futura por errores fáciles de eludir, los novios serán prudentes. Sabrán, pues, desde su entrada en la vida en común, lo que conviene, para hacer todas las jugadas a favor de su felicidad. Muchas tristezas inútiles serán así evitadas y los novios comenzarán bien.

Abordarán el complejo universo conyugal con alegría y dignidad. En vez de precipitarse a ciegas, chocando por una recíproca incomprensión, sabrán entregarse el uno al otro y tomar posesión el uno del otro de un modo que marcará toda su vida futura con el signo de la alegría. Las consecuencias de ese comienzo son de tal modo importantes que podemos considerarlas decisivas para la armonía futura. Heridos por un comienzo malogrado o infeliz, muchos jóvenes ven su porvenir conyugal comprometido y el amor deshecho. ¡Cuántas decepciones empiezan en ese momento y cuántos desencantos vienen secretamente a entristecer los primeros tiempos de la vida en común, simplemente por ignorar, en esa época, lo que creían saber!

De esta forma, la última etapa del Curso contribuirá a que crezca en el corazón de la esposa y en el del marido, una mutua inclinación, además de un agrado esclarecido y cultivado conforme a las exigencias de la caridad conyugal, añadidas aquí al amor humano, en la creación de un clima ideal. Teniendo en cuenta, tanto el ideal por conseguir como las condiciones concretas en que se encuentren los recién casados, esto les hará lograr su tranquila expansión a través de las inevitables dificultades que encuentren.

Deber fácil

Así, el ciclo estará completo y los novios sabrán lo que les reserva la vida conyugal. Ciertamente, no todos los problemas quedarán resueltos y sería una gran ingenuidad imaginar que se consigue la felicidad con tan poco. Los problemas, sin embargo, estarán al menos situados, y se evitarán sorpresas y confusiones ante las dificultades de la vida que se inicia. Que la armonía entre un hombre y una mujer sea laboriosa; que a veces haya choques, que en determinadas circunstancias surjan dificultades de comprensión y de acuerdo, no es grave. Sería grave renunciar ante esos obstáculos normales y, dominados por la sorpresa, desesperar.

Verdad es que una dificultad prevista está ya vencida, al menos en parte. He aquí la razón por la cual constituye un deber asistir a los Cursos preparatorios para el matrimonio. Será ya una enorme ventaja conocer los problemas con toda lucidez. Sin embargo, el beneficio será todavía mayor, pues quedarán establecidas las soluciones de los futuros problemas. Cuando éstos surjan los esposos estarán ya orientados, los choques serán menos violentos y las paces más fáciles de conseguir. Ciertamente, será además necesaria la buena voluntad por ambos lados. Siempre se deberá construir la felicidad con el propio esfuerzo, pero nunca permanecerán los esposos sin saber qué hacer, ya que estarán preparados para cualquier eventualidad.

El amor es un bien de tal modo preciado, que no se debe correr el riesgo de extinguirlo par confusiones o torpezas infantiles. Disponer todas las oportunidades a su favor, recoger todos los consejos sensatos, dejarse ayudar por toda la experiencia de los más viejos es, en la pareja de novios, dar prueba de sabiduría.

Los que aceptan, con toda sencillez, asistir al Curso preparatorio para el matrimonio, poseen esa sabiduría y duplican, así, las probabilidades de ser felices. Es, por tanto, la ocasión oportuna de estar presente. Aun suponiendo que se hayan de captar apenas algunas ideas nuevas, habría ya en ello un beneficio apreciable. Cuando se está dispuesto a marcar, de un solo golpe, toda la vida, comprometiendo con un único «sí» el futuro entero, ¿cómo no disponer a su favor todas las bazas? Los novios nada tienen que perder y todo por ganar, siguiendo el Curso. Este sólo podrá, ayudarles a amarse mejor, evitando que se destruya la felicidad contra los obstáculos rutinarios.

Someterse a esta prueba es dar muestra de un saludable realismo porque puede decirse que el Curso es la prueba última y decisiva antes de la resolución. Temen someterse a ella los débiles, que prefieren el riesgo ciego a la lucidez, o los idealistas que no saben medir la violencia y la rudeza de la vida.

Es preciso tener un conocimiento exacto de sí mismo para saber vivir. El número de casos desgraciados nos lo recuerda con la suficiente elocuencia, y nos dispensa, por tanto, de otros comentarios. Seguir el Curso es simplemente prepararse para la vida con valentía, firmeza, habilidad y prudencia. Ahora más que nunca, el amor necesita un máximo de garantías para mantenerse fiel a sí mismo y seguir su propio camino. En un mundo donde todos los valores espirituales se tambalean, el amor no se libra de esta amenaza. Acaso es, incluso, una de sus mayores víctimas. Los novios serios lo preservarán, desde el comienzo, del peligro que los amenaza en aquello mismo que los une, cuidando de protegerse contra todos los pasos en falso que pudieran abrir en su amor una brecha devastadora. A veces, basta muy poco para que se desmorone el edificio de la felicidad conyugal, como también es suficiente muy poca cosa para fortalecerlo, haciéndolo invulnerable. A menudo basta tan sólo con saber qué dirección hay que tomar cuando surge el problema.

El Curso preparatorio para el matrimonio es, precisamente, el medio de orientación. Mostrará a los novios los caminos posibles, indicándoles las ventajas y las desventajas de cada uno de esos caminos. Se puede decir que su utilidad será inmediata, ya que; desde los primeros días de vida en común, les será necesario seguir las orientaciones que los conduzcan a la felicidad o a la desgracia.

En realidad, el problema de los Cursos preparatorios para el matrimonio se plantea en estos términos: Se pueden seguir o no, según se quiera o no disponer a su favor todas las probabilidades de felicidad. En estas condiciones, ¿quién, de unos novios, se negará a seguirlos seriamente?