PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE LA PURIFICACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

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FIESTA DE LA PURIFICACIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

En aquel tiempo, después que se cumplieron los días de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: Todo varón que abriere la matriz, será consagrado al Señor. Y para hacer la ofrenda, conforme a lo que está dicho en la Ley del Señor, dé dos tórtolas o dos crías de palomas. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre justo y timorato llamado Simeón, el cual esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Y había recibido respuesta del Espíritu Santo, que no veía la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y vino, inspirado por el Espíritu Santo, al templo. Y, cuando presentaron al Niño sus padres, para hacer con Él conforme a la costumbre de la Ley, él lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, y dijo: Ahora llévate a tu siervo, Señor, según tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salud; la que preparaste ante la faz de todos los pueblos; luz para revelación de las gentes, y para gloria de tu pueblo, Israel.

En los misterios de la Purificación de María, de la Presentación del Niño Jesús, y de la Profecía de Simeón descubrirnos lo que encierra de más sublime y divino nuestra religión: un hombre Dios ofrecido a Dios; el Santo de los santos consagrado al Señor; el sumo Sacerdote de la nueva Alianza en un estado de víctima; redimido el mismo Redentor del mundo; una Virgen purificada; y una Madre inmolando a su Hijo…

Nada más sencillo en apariencia y más sublime en realidad que la narración que nos hace el Evangelio de estos misterios. Para inteligencia de esta narración conviene, recordar aquí dos leyes que antiguamente dio el Señor a su pueblo por medio de Moisés, y que San Lucas no ha olvidado mencionar.

La primera es la del Levítico, según la cual una mujer que había dado a luz un niño debía estar separada, por cierto tiempo, de las cosas santas; es decir que le estaba prohibido, como a persona impura, entrar en el Templo y tocar cosa alguna santa hasta el día de su purificación.

Acabado este tiempo, debía la madre presentarse en el templo y ofrecer por su hijo en holocausto un cordero de un año, con un pichón o una tórtola para su purificación legal.

Si, a causa de su pobreza, no podía ofrecer un cordero, debía ofrecer solamente dos tórtolas o dos pichones, el uno en holocausto por su hijo y el otro para su purificación.

La segunda ley es la del Éxodo, por la cual mandaba Dios que se le ofreciesen todos los primogénitos, tanto de los hombres como de los animales, como consagrados a su servicio.

Sin embargo, mandaba la misma ley, que se redimiesen por cierto precio los hijos primogénitos.

Se comprende ahora la narración del Evangelio, el cual se limita a manifestarnos que María Santísima se sujetó a purificación, y que Jesús, por medio de María, se sometió a la presentación, como la generalidad de las mujeres y niños de Israel.

E incluso esto nos lo dice el Evangelista de pasada y como una cosa muy natural y ordinaria, como la continuación del curso normal de la vida humana de Jesús y de María.

Pero, ¿comprendemos que estos acontecimientos, tan ordinarios, constituyen lo más extraordinario que hubo jamás, y tanto más extraordinario cuanto son más ordinarios?

Para ello nos basta considerar que ese Niño que se hace presentar y redimir por su Madre, es el Hijo de Dios, el Santo de los santos, el Redentor del mundo; y que esa Madre, que se hace purificar, es la Virgen de las vírgenes, la Reina de los Ángeles, la Madre de Dios.

Después de esto, no nos queda sino adorar la alteza de estos misterios, y la sencillez de su cumplimiento y de su narración…

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¡Qué prodigio de discreción, de sumisión y de humildad, se nos muestra en María! Después de todos los honores que había recibido del Ángel, de Isabel, los Pastores y los Magos, después del himno que ha cantado de sus grandezas, y la vista profética de todos los homenajes que el universo le tributa, por espacio veinte siglos…, Ella, la Bendita entre todas las mujeres, se somete a la humillación común de las mujeres de Israel.

¿No podía hacer conocer en aquel momento que Dios le había hecho grandes cosas, que era Bienaventurada, que era Bendita, y Bendito era el Fruto de su vientre; en suma, que venía a traer al mundo la Purificación, lejos de buscarla, y la Redención, lejos de pedirla?

¿No se lo prescribían así, al parecer, los intereses de su Hijo, puesto que su silencio y su conducta iban en contra de su divinidad; y, haciéndole pasar por hijo del hombre, desmentían tantos prodigios y oráculos, que le habían ya proclamado Hijo de Dios?

He ahí ciertamente cómo hubiera obrado cualquiera otra madre que no fuera María, o cómo la hubiera hecho obrar una invención humana.

Pero, unida maravillosamente con las intenciones de abatimiento y sacrificio de su Hijo, rebaja todas sus grandezas, encubre todas sus glorias, para sujetarse y sujetarlo a las prescripciones más humillantes.

Desde la altura de la divina Maternidad, y de una Virginidad que había puesto aun a mayor alteza, Ella se rebaja hasta parecer a los ojos de los hombres despojada de esa doble gloria, o, más bien, se levanta a la gloria de las glorias, la de la humildad.

Al despojarse de esas grandezas mediante esta humildad, las justifica, las merece, las consuma, a punto tal que no puede ponerse en duda que de la Purificación, que no necesitaba, María salió Virgen más pura, más digna Madre de Dios, habiendo salido más humilde.

Esto es lo que contiene el misterio de la Purificación, debajo de una sencillez que no deja aparecer nada.

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El misterio de la Presentación del Niño es uno de los más sublimes de nuestra fe, pues reitera el de la Encarnación, anticipa el de la Redención, y los une en la más augusta ceremonia.

Dios quería que en cada familia le fuese consagrado el primogénito, para que le respondiera por todos los demás, y fuera como un rehén de la dependencia de aquellos de quienes era cabeza.

Pero cada uno de estos primogénitos sólo era cabeza de su casa, y como la ley sólo obligaba a los hijos de Israel, no podía de ella redundar a Dios sino un honor limitado.

¿Qué hace Dios? Escoge en la plenitud de los tiempos a un hombre, cabeza de todos los hombres, cuya oblación le es como un tributo universal por todas las naciones y todos los pueblos.

Un hombre que nos representa a todos y que, haciendo respecto de nosotros el oficio de primogénito, responde a Dios por nosotros, a no ser que tengamos la audacia de desconocerle.

Un hombre, dice San Pablo, en quien todos los seres reunidos pagan hoy a Dios el deber de su sumisión, y que, mediante su obediencia, vuelve a poner bajo el imperio de Dios todo cuanto el pecado había sustraído de Él, fundado en el derecho de primogenitura que Jesucristo tiene sobre toda criatura.

Como todas las criaturas, aun tomadas en junto, no guardan proporción alguna con el Ser de Dios, por más que se esforzaran en testificar a Dios su dependencia, no podía Dios ser cumplidamente honrado por ellas, y en el culto que de ellas recibía quedaba siempre un vacío infinito, que todos los sacrificios del mundo no eran capaces de llenar.

Se necesitaba un sujeto que poseyendo, por el mas estupendo de los milagros, por una parte, la soberanía del Ser, y por otra, poniéndose en estado de inmolación, pudiera decir con rigorosa verdad que ofrecía a Dios un sacrificio tan excelente como Dios mismo, y sometía en su persona, no criaturas viles, no esclavos, sino al Creador y al Señor mismo.

Pues esto es lo que hizo el Hijo de Dios cuarenta días después de su nacimiento. Su Presentación en el Templo no es una simple ceremonia, sino una ofrenda real. La misma que el Hijo de Dios hizo de sí mismo por toda la creación cuando, al entrar en el mundo, dijo a su Padre: No quisisteis oblación ni sacrificio; pero me habéis adaptado un cuerpo que me hiciera capaz de ser yo mismo ofrecido. La misma ofrenda cuya consumación pronunció Él mismo al exhalar el postrer suspiro en el Calvario.

El misterio de su Presentación en el templo fue más particularmente su profesión, pues allí fue expresamente ofrecido como Primogénito de la familia.

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Y, entonces, ¡gloria incomparable de María!; fundamento cierto de nuestra confianza en su mediación; por Ella se hace esta gran ofrenda.

En el misterio de la Encarnación, mediante su cooperación y de su misma sustancia entró el Hijo de Dios en el orden de la creación, y vino a ser su Primogénito; en el misterio de la Redención, será inmolado en unión con Ella al pie de la cruz; por Ella quiso ser ofrecido con igual designio en el misterio de la Presentación; por Ella quiso ser conducido al Templo y por Ella quiso ser puesto en las manos del sacerdote.

Es el mismo Hijo de Dios el Sacerdote, el Sacrificador, así como la Víctima; pero lo es por medio de María.

Y no dudemos que María tuvo pleno conocimiento de este gran ministerio en el momento que lo desempeñaba, porque la Beatísima Madre, al tener al Salvador en sus brazos y ofrecerlo con sus propias manos al Padre eterno, juntaba su intención a lo que representaba la figura, es decir, la Oblación Santa del Salvador por todo el género humano, redimido misericordiosamente por su muerte.

Lo que hacía la Santísima Virgen en este misterio era una profesión del holocausto de su Hijo como Redentor del mundo. Este holocausto sólo debía consumarse en la Cruz, pero estaba consentido por María desde la misma Anunciación. Por eso redime al Redentor ofreciendo por Él dos pichones.

Pero lo redime en figura, para entregarlo en realidad; lo redime temporalmente y bajo condición, para criarle con la idea de su sacrificio, seguirle a Él y ser su copartícipe… Corredentora.

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El Evangelio mismo pone de manifiesto todo lo que llevamos dicho al narrar el tercer misterio, la Profecía del anciano Simeón, estrechamente ligado con los de la Presentación de Jesús y la Purificación de María.

¡Qué retrato el de este santo anciano! Cada palabra es una pincelada.

Era un hombre justo, expresión que no tanto pinta una virtud como la fusión de todas las virtudes naturales y sobrenaturales en perfecta conciliación.

Este carácter general de la virtud de Simeón está admirablemente realzado por el rasgo que viene en seguida: en medio de tan perfecto mérito era timorato. ¡Qué delicadeza y qué pureza de conciencia no revela este atributo!

Era justo y timorato, y esperaba el consuelo de Israel. ¿Qué hacía tan tarde en la vida? Esperaba; esperaba al Redentor; esta era su ocupación, su profesión, su razón de ser, su misma vida; era un expectante de Jesucristo.

Ciertamente que no era el único que esperaba la Expectación de las Naciones; pero lo aguardaba con otro espíritu, con el espíritu de los Profetas y de todos los Santos de la Antigua Ley; con el espíritu que haría decir años más tarde al mismo Redentor, objeto de esta grande expectación: En verdad os digo, que muchos Profetas y Justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Todo ese espíritu de los Justos de la Antigua Ley había pasado al Santo anciano; era su venerable personificación.

Esto es lo que vemos confirmarlo por el último trazo: y el Espíritu Santo estaba en él.

Juzguemos por aquí las santas disposiciones de su alma. Por eso era justo y timorato, y esperaba el consuelo de Israel, ligado a la vida sólo por esta esperanza, desprendido de todo lo demás, y haciéndose más y más digno de este divino Objeto de sus deseos, hasta ser él mismo, en el templo, como otro templo santificado por la presencia continua del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte, sin haber visto antes al Cristo del Señor; y la muerte cedía el paso en su favor al que es la Vida.

Con esta confianza, pero ignorando el afortunado instante en que se realizaría, movido de un santo presentimiento, viene al templo cuando María Santísima y el Buen San José introducían en él al Niño Jesús.

Y al punto reconoce en este niño al Salvador del mundo; y con un movimiento rápido como el amor, le toma él mismo en sus brazos, y apretándole sobre su corazón, mirando al cielo, pronuncia su Nunc dimittis servum tuum, Domine, que tantos labios repetirán después como la suprema expresión de la satisfacción del alma.

Ahora, Señor, deja morir en paz a tu siervo, porque vieron mis ojos al Salvador que nos has dado.

Tal es la maravillosa figura de Simeón; y de los labios de este Santo Patriarca va a salir la Profecía de las grandezas de Jesús y de su divina Madre, que ya hemos meditado el Domingo Infraoctava de Navidad.

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Admiremos la economía constante de Dios en orden a la Virgen María y a Jesús, que es la que usa con todos los cristianos. María y Jesús, en el misterio de la Purificación y de la Presentación, buscan la oscuridad y la humillación, y encuentran el esplendor y la gloria. Sus propias humillaciones los elevan.

María, Virgen, sacrifica su reputación de Virginidad; Madre, sacrifica su Hijo, y he ahí que, por un encuentro providencial, ese Hijo, levantado en brazos de Simeón, es proclamado Salvador del mundo; y María también, restablecida y conservada en la gloria de su divina Maternidad, que había querido ocultar con el velo de la condición más humillante, es, además, declarada solemnemente Coadjutora de nuestra Redención.

Esto resulta de la profecía de Simeón.

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El Evangelio añade: Y el padre y la madre de Jesús se maravillaban de las cosas que se decían de él.

Guardémonos de creer que esa admiración fuese una admiración de sorpresa, por parte de la que había ya recibido los homenajes del Ángel, de Isabel, de los Pastores y de los Magos, y había también cantado en el Magnificat que todas las generaciones la llamarían Bienaventurada.

Es preciso, juntar esta admiración con lo que en otro lugar se dice, que María Santísima conservaba todo lo que sabía de su Hijo y lo repasaba en su Corazón. Porque la admiración de que se habla en este Evangelio no es una admiración pasajera, sino una admiración estable y permanente que servía de alimento continuo a su espíritu.

Por lo demás, Dios no será vencido en este combate entre la humildad de María y la gloria con que la persigue. He aquí, en efecto, que Simeón los bendice, y dirige a María sola la segunda parte de su profecía.

Con esto es directamente manifestada la divina Maternidad de María, declarada ya por la proclamación de la divinidad del Salvador.

Pero hubo otra razón para dirigirse a María, razón que añade una nueva gloria a la de su Maternidad: la gloria de Corredentora del mundo junto con Jesucristo; esa gloria que los herejes tanto nos echan en cara le atribuyamos…

Lo soberanamente glorioso para María, es que esta profecía concierne a Ella sola en unión con su Hijo, y la presenta como su copartícipe y coadjutora en ese gran carácter de blanco de la contradicción de los hombres, y de estar puesto para su ruina o resurrección.

María está implicada en la profecía, está en ella identificada con su Hijo. En efecto, después de haber dicho: Este ha sido puesto para la ruina y la resurrección de muchos y como blanco de contradicción, Simeón añade al punto: Y tu propia alma será atravesada por una espada.

La conjunción Y, que une a María con Jesús en esta profecía, tiene de tal modo ese valor que equivale a hasta tal punto que; es decir que Jesús debe ser blanco de la contradicción a tal extremo que el alma de la misma María será traspasada con la misma espada que a Él atravesará.

Este destino se consumó principalmente en la gran Inmolación del Calvario; esta fue la culminación de todas las contradicciones anteriores de la vida mortal de Jesús.

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Y este sacrificio, este Jesús crucificado, escándalo para los judíos y locura para los Gentiles, ha seguido siendo la gran señal de contradicción que ha quedado entre los hombres, y ha sido puesto en presencia de todos los pueblos para su ruina o resurrección.

De manera que esa Espada de que se habla en la profecía es, a no dudarlo, la pasión y muerte del Salvador, a la que estuvo María Corredentora tan asociada que las mismas saetas que a Él atravesaron, la traspasaron a Ella.

Es imposible no unir en nuestro culto a Jesús a la que hasta este punto le estuvo unida en nuestra redención…

Es imposible separar lo que Dios unió en la vida y en la muerte para el mismo fin general: para que se descubran los pensamientos de muchos corazones…

Es contradecir esta Profecía, es revelar pensamientos que no son según el Evangelio, según Jesucristo, según Dios, el escandalizarse del culto al Corazón Doloroso de María atravesado con la misma espada que traspasó el de Jesús…

Los sucesos confirman esta única manera posible de interpretar el Evangelio, pues sólo a su Madre Santísima hizo Jesucristo partícipe de sus dolores; sólo Ella permaneció firme al pié de su Cruz; Ella sola asistió con fe al sacrificio de un Dios moribundo, en tanto que la fe de los otros se había oscurecido y casi apagado…

Esto da margen para creer que sólo Ella también experimentó la contradicción que Jesucristo sufrió de parte de los pecadores hasta su muerte, y que recibió de su Hijo la gracia de ser la compañera de esta pena por todo el tiempo que vivió en la tierra.

Gracia singular, que era bien conveniente a la que estaba llena de gracia, a la favorecida de Dios entre todas las criaturas, y la primera después de su Hijo.

Y esta asociación no se limitó a la vida y muerte de Jesús. María Corredentora no ha cesado jamás de ser compañera de las contradicciones de su Hijo a la faz de todos los pueblos y en toda la sucesión de los siglos. Todas las herejías que han traspasado al Hijo han atravesado a la Madre; y nunca se los ha separado en la afirmación o en la negación, en el culto o en la blasfemia… Siempre que se ofende o injuria a su Hijo, en Éste es Ella también injuriada y ofendida…

Este es el signo de la contradicción en el cual todo hombre encuentra o la salvación o la ruina; no lo es solamente Jesús…, también María lo es…

Por esta participación en el sacrificio de su Hijo, fue también recompensada con una especial participación en la gloria de la revelación del Salvador.

Si una espada de dolor atraviesa a su Hijo, también atraviesa el Corazón de Ella, y por esto tiene participación en la gloria de su Hijo.

No sólo recibe las alabanzas y felicitaciones de Simeón y de Ana, sino también las de todos los que, a través de todas las generaciones, creen en Jesús y le adoran.

Tampoco Ella es indiferente a nadie.

Nota: Para meditar en la triple profecía del anciano Simeón, en relación a Jesús, a María Santísima y todos los hombres, ver sermón del Domingo Infraoctava de Navidad (Aquí)