PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

TU NOVIO

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En las consideraciones precedentes, afirmábamos que no basta el amor para casarse, sino que es preciso que haya compatibilidad entre los contrayentes. Ahora bien, esto promueve, además de los problemas particulares que acaban de ser abordados, el problema general de la diferencia psicológica de los dos sexos. Con frecuencia el fracaso proviene, no de una incompatibilidad entre los novios, sino simplemente del hecho de que ignoran recíprocamente la fisonomía psicológica del sexo opuesto.

Por eso en los dos capítulos siguientes trataremos, por una parte, de las características propias del joven, y por otra de las que son patrimonio de la muchacha, con el fin de poner remedio al mal tan frecuente de la incomprensión.

1-Un mal corriente: la incomprensión

Muchos novios se tratan durante meses o años, alimentan promesas de felicidad y colman su alma de espléndidas esperanzas. Se aman, y ante la vida que se abre a su amor, les parece imposible no alcanzar la cima de la felicidad. Tal es, poco más o, menos para todos los novios, el clima espiritual en que evolucionan durante el tiempo, tan fácilmente eufórico, del noviazgo.

En suma, porque se aman mucho y se conocen… un poco, se juzgan irrevocablemente destinados a la felicidad conyugal, y consideran imposible el fracaso. Y sin embargo, no es raro ver, poco después del matrimonio, que el entusiasmo cede y se extingue, las esperanzas se vienen abajo una tras otra, y los sueños de felicidad se deshacen en humo. Una cólera sorda, alimentada por el despecho que causa la incomprensión, enfrenta a los jóvenes esposos que acaban apenas de jurarse un amor sin fin.

¿Qué ha sucedido? ¿Se han engañado respecto a su amor? Quizá no ¿Se han fingido la comedia de la ternura? Tampoco. ¿Han cedido sólo al atractivo de las promesas de goces sexuales? No necesariamente. Si se han amado y se siguen amando realmente, ¿cómo explicar esta tensión entre ellos dos, que los lanza al uno contra el otro, con el riesgo de destrozarlos para siempre? Por la incomprensión. Esta basta para ahogar los amores más recios; por muy profundo que sea el amor, no podrá resistir las tempestades que originará la incomprensión.

Con frecuencia, ésta hace su aparición desde los primeros meses de vida común; surge traidoramente, se infiltra, se desliza, se sitúa entre los dos. Una vez instalada en el seno de la pareja, encuentra fácilmente todo cuanto necesita para crecer con rapidez, sustentándose con los menores hechos y con las actitudes más sencillas. Muy pronto, extiende a toda la vida conyugal sus tentaciones de odio, y deshace, en poco tiempo, las esperanzas más bellas. Los cónyuges se encuentran uno ante otro, erizados de reproches, armados de protestas, unas veces agresivamente silenciosos, otras violentamente locuaces, siempre fácilmente irritables y casi constantemente irritados. Es el drama de la incomprensión el que se presenta y no en un escenario donde se le vería explayar sin consecuencias, sino en un hogar al que amenaza con arrasar si no se pone remedio a tal situación.

Desde el principio, la vida en común va a plantear este problema de la comprensión mutua. Convivir con su pareja es mucho más difícil de lo que parece. Todo el mundo proclama, y es cierto, que es preciso armarse de una generosidad a largo plazo y mantenerse tenazmente aferrado a ella. De este modo se realizan los sacrificios requeridos para que perdure la armonía en el hogar.

Hay que decir, sin embargo, que si ése es un aspecto muy importante, hay otro que no se debe descuidar, porque sin él, la mayor generosidad sería inútil: y es saber aplicar la inteligencia para captar la psicología del cónyuge. En suma, podría decirse que la comprensión recíproca, preludio de la felicidad, es, ante todo, una cuestión de inteligencia.

Y no decimos solamente, sino ante todo. El hombre y la mujer que se han unido para formar un hogar deben intentar conocerse profundamente, sin ello el amor no podría vivir. El buen sentido confirma el axioma aristotélico según el cual «el amor sigue al conocimiento». No puede amarse nada que no haya sido antes conocido y nada podría ser amado más que en la medida en que sea conocido. Nada ni nadie. Por consiguiente, esto quiere decir que el amor es obra tanto de la inteligencia como del corazón. Ahora bien, la actividad propia de la inteligencia es conocer, como la de la voluntad es querer, o la del ojo es ver. Por tanto, habrá que recordar a los novios que deben aplicar su inteligencia a observar, a descubrir, a conocer la pareja y no con un conocimiento superficial o aproximado, como sucede con frecuencia, sino con un conocimiento profundo y bien asentado. De este modo, uniéndose más allá de las apariencias, a menudo muy falaces, cultivarán el acuerdo necesario para la eclosión del amor. ¿De qué serviría amarse si no se consiguiera vivir en armonía? ¿Cómo vivir en armonía si no se llega a un conocimiento verdadero del compañero o de la compañera de vida?

¡Cuántas parejas han encontrado el sufrimiento en pleno amor por no haber comprendido eso! Ciertamente, el amor es espontáneo; lo cual no le dispensa de ser inteligente. En el momento de entregarse no calcula, pero, para que dure, es preciso eliminar la multitud de pantallas más o menos impenetrables que toda personalidad implica. Las personas son tan diferentes las unas de las otras, que en todo momento pueden los esposos convertirse en extraños, aunque los gestos exteriores de una vida rutinaria continúen simulando intimidad. Al principio se aman, sin lugar a duda; pero si quieren seguir así y hacer que se acrezca su amor, tendrán que ahondar su intimidad y penetrar el uno en el otro hasta el punto quizá de conocer al cónyuge mejor que a sí mismo. El precio del amor —por tanto, el de la felicidad— no puede ser más que ése.

Desde los primeros meses, desde las primeras semanas incluso, cuando se adopta el ritmo un poco gris de lo cotidiano, ese tejido de gestos repetidos, de actitudes reiteradas y de palabras ya dichas, surgirán inmediatamente los primeros conflictos. Interiores, al comienzo, rechazados muy al fondo de uno mismo por la certeza de que es imposible amarse y no comprenderse. Luego, al cabo de cierto tiempo, así como la lluvia acaba por filtrarse a través de la techumbre que ha empapado ya, así también las primeras disputas se abrirán camino poco a poco. La amargura se deslizará entonces entre los esposos, si no saben vencerla con un inteligente esfuerzo de comprensión.

Ante todo, y por extraño que esto pueda parecer, no hay que perder de vista que la pareja pertenece a dos mundos distintos, es decir, que son hombre y mujer.

2-Orientaciones divergentes

El hombre y la mujer son tan diferentes psicológicamente, que pueden llegar —si se descuidan— a chocar con violencia y quedar profundamente heridos. Su lenguaje es distinto, así como su manera de pensar y de sentir; sus reacciones ante un mismo suceso pueden ser diametralmente opuestas; su concepto del amor, de la felicidad, de la vida son hasta tal punto divergentes que pueden no coincidir jamás. Es lo que ha hecho escribir a Montherlant esta dura frase: «El hombre y la mujer están el uno delante del otro, y la sociedad les dice: ¿No le comprendes a él en absoluto? ¿No la comprendes a ella en absoluto? Pues ¡comprendeos, pese a todo! ¡Hala, a ver cómo salís del apuro!».

Ante el hecho innegable de una incomprensión, por desgracia harto difundida, no hay, sin embargo, que aceptar ese prejuicio desilusionado: «¡Hala, a ver cómo salís del apuro!» ¡No! «¡Hala y comprendeos!». ¡Sí! Porque sólo ese esfuerzo de comprensión, paciente y perseverante, puede salvar el amor. Sin él, es imposible que sobreviva; por él, se hará en cambio cada vez más profundo, cada vez más sólido, y podrá inscribirse en la existencia de los esposos como la piedra angular de su felicidad.

La comprensión mutua es el primer paso que puede darse en el camino de la felicidad. Para convivir, la comprensión es tan importante como el amor. Quizá incluso podría decirse que la comprensión es todavía más importante que el amor. Porque el amor sin la comprensión no puede hacer a un hombre y una mujer soportables el uno para el otro, mientras que la comprensión recíproca les permite, cuando menos, soportarse y normalmente engendrará el amor. Sea como quiera, hay una cosa innegable: y es que todos los que se aman deben tener empeño en comprenderse cada vez mejor, bajo pena de ver extinguirse su amor. La experiencia de tantas parejas desilusionadas nos coloca a diario esta realidad ante la vista.

Pero no puede haber comprensión si no se recuerda siempre la enorme diferencia psicológica que separa al hombre de la mujer. Hay que insistir sobre esta evidencia, porque sucede a menudo que en los conflictos que surgen en el curso de la vida conyugal, se pierde de vista esta verdad. Habrá, pues, que realizar un esfuerzo de comprensión en los períodos de dificultades, para no combatir estúpidamente el uno contra el otro, cuando bastaría un poco de diplomacia para que las aguas volvieran a su cauce. No hay que olvidar que así como los cuerpos masculino y femenino son diferentes… así también las almas masculina y femenina son distintas por su manera de considerar las cosas y de vivirlas.

3-Rasgos característicos de la psicología masculina

Para ayudar a la futura esposa a adaptarse mejor a su marido, intentaremos trazar ahora un esbozo general de la psicología masculina. Porque para llegar a comprender al marido, que es un hombre muy concreto, una persona con características propias, es preciso, ante todo, que la joven esposa conozca al hombre y sus rasgos particulares. Pedro, Juan, Santiago, por diferentes que sean, coinciden sin embargo en una orientación común a todos los individuos de su sexo. La joven que sepa recordar estas líneas fundamentales de la psicología masculina conseguirá mucho más fácilmente comprender a su marido.

Ciertamente, estas inclinaciones generales de que se hablará aquí, no se encuentran en estado puro. Habrá que recordar el hecho de que en el terreno psicológico, nada está claramente definido, como lo está en el terreno físico… Todo está lleno de matices. Es preciso por tanto guardarse del error de atribuir todas las características de la psicología masculina a un hombre determinado. En efecto, no será raro encontrar un hombre que presente ciertas cualidades, ciertas particularidades de carácter, generalmente propias del alma femenina; pero éste será un hecho accidental que no modificará por tanto el conjunto de la personalidad.

Podría decirse que hay unas constantes psicológicas que estructuran el alma masculina. Estas constantes son las que la esposa debe tener presentes en su espíritu, para juzgar a su marido con entero conocimiento, sin dirigirle acusaciones que serían profundamente injustas porque se habrían proferido sin tener en cuenta la naturaleza particular del hombre.

Por no haber comprendido esto es por lo que tantas mujeres han juzgado definitivamente al hombre, clasificándole de una vez para siempre en la categoría de los egoístas monstruosos. Cuando una mujer, llegada a su punto de saturación, incomprendida, pero quizá también incomprensiva, deja estallar su amargura y condensa en un juicio implacable su irritación, emplea casi siempre el término egoísta, cargado de desprecio, para acusar a su esposo.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué es lo que ha llevado a la delicada novia de ayer a esta exasperación que la hace ser injusta, y a veces mala, con respecto al hombre a quien, sin embargo, ama todavía, aunque afirme lo contrario? Lo que ocurre es que ha olvidado que se encontraba ante un ser muy diferente de ella misma; lo ha juzgado aplicándole un criterio válido para su propia psicología, sin comprender que, de este modo, falseaba todos los datos del problema. Y así es como, con la mejor voluntad del mundo, se crea una situación que acaba pronto por ser insostenible.

Por tanto, para evitar semejante error, es preciso que la joven tenga siempre presentes en su espíritu las grandes líneas de la fisonomía psicológica del hombre, tal como vamos a intentar trazarlas aquí.

El papel providencial del hombre: responsable del hogar

Para comprender al hombre, y la manera como Dios le ha creado, para captar el sentido de las riquezas que posee y de las miserias que las acompañan, es preciso recordar el papel providencial que le corresponde en el seno del hogar. Porque todo aquello con que ha sido dotado se explica a la luz de ese papel.

Ahora bien, la función esencial del hombre en el seno del hogar es ser el jefe. Sobre la voluntad providencial a este respecto San Pablo ha escrito palabras que no dejan lugar alguno a interpretaciones lenitivas. La epístola a los Efesios que se lee a los esposos en el momento de contraer matrimonio, no se presta a la menor confusión. El texto es, en efecto, perfectamente claro: «Que las mujeres sean sumisas a sus maridos como al Señor: en efecto, el marido es cabeza de su mujer, como Cristo lo es de la Iglesia, El, el Salvador del cuerpo; ahora bien, la Iglesia se somete a Cristo; las mujeres deben, pues, y de la misma manera, someterse en todo a sus maridos» (Ef. 5, 21-24)

Que no se alborote nadie, y que la mujer no crea que se encuentra, por ello, disminuida o reducida a esclavitud. En modo alguno, puesto que se someterá por amor, y por otra parte, esta sumisión corresponde a indudables y grandes obligaciones por parte del esposo. Porque la primacía de éste la explica en seguida San Pablo, a la luz de Cristo: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia: por ella se entregó…» (Ef. 5, 25).

Por tanto, esto significa que el hombre es jefe del hogar, es decir, que es el responsable del mismo. Es responsable de su esposa, así como de sus hijos. Además, la dependencia material en la cual se hallan la esposa y los hijos respecto a él ilustra con suficiente claridad la magnitud de esta responsabilidad que se extiende también al terreno espiritual.

A esto deben añadirse el siguiente comentario, que cada mujer debería asimilar a fin de alcanzar su expansión femenina total: No es degradante para la mujer el estar consagrada a la obediencia, porque esto va de acuerdo con su propia naturaleza. ¿Y cómo no recordar este rasgo que marca tan justamente la dignidad de la esposa? A su marido, que se hallaba encarcelado en Venecia, la condesa Apolonia von Frangipani enviaba en prenda de fidelidad un anillo de oro que llevaba grabadas estas palabras: «Tuya, por mi voluntad».

Esto debe bastar para tranquilizar a la mujer sobre el respeto a que su persona tiene derecho, y para afirmar que la mención del papel de cabeza que el hombre debe asumir para responder a su misión providencial, no causa el menor perjuicio a la igualdad absoluta de derechos que se deriva del matrimonio.

Recordemos simplemente que la psicología del hombre debe estudiarse a través de esta orientación inicial. Porque Dios hubiera podido hacer al hombre de otra manera y darle una estructura interior diferente de la que está dotado en el estado actual de cosas. Si Él ha querido que el hombre esté forjado tal como se le ve, era para responder a las necesidades que imponían al esposo las cargas que estaba llamado a llevar. Esposo y padre, él debe ser la providencia de los suyos. Es decir, debe ante todo velar por su bienestar y asegurarles su subsistencia.

Su primer atributo: la fuerza

Por eso entra en la lógica de las cosas el que tenga mayor robustez que la mujer. El cuerpo del hombre se caracteriza, en efecto, por una fuerza claramente superior a la que posee su esposa. Por su misión debe realizar trabajos exteriores, que exigen de él con frecuencia una musculatura vigorosa, un potencial físico recio, una resistencia tenaz. Debe ganar el pan de los suyos «con el sudor de su frente»; e igualmente debe estabilizar su seguridad, porque él es no sólo su proveedor sino también su protector. En él buscará apoyo la mujer, cuando la amenace algún peligro. Gracias a esa robustez indispensable, la salud del hombre estará menos sometida a las fluctuaciones que hipotecan con frecuencia la de la mujer. Será menos vulnerable que ella y no conocerá esas pequeñas dolencias que la torturan a menudo y hacen penosos sus días. De igual modo, su humor será más estable, estará menos sujeto que ella a esos cambios súbitos que hacen pasar de repente a una persona de la alegría a la tristeza, de la calma a la impaciencia, de la serenidad a la acritud. En suma, el universo físico en que él se mueve está mucho menos expuesto a variaciones que el de la mujer.

En el plano psicológico, esto puede provocar una actitud general lindante con una especie de placidez. Mostrará, con frecuencia, una calma desarmante y sentirá la tentación de acusar a su compañera de excesiva tensión, de alterarse por cualquier motivo; por consiguiente, le devolverá la calma que ella no podría conseguir a causa de su fragilidad nerviosa, y puede suceder entonces que la mujer se exaspere e interprete la serenidad del hombre como indiferencia ante los acontecimientos. Sentirá entonces la tentación de acusarle de frialdad, de insensibilidad, y hasta tal vez… de brutalidad. Además, el comportamiento violento que el hombre adopta a veces inconscientemente, sobre todo en la unión carnal, no conduce más que a fortalecer ese juicio.

Sin duda alguna, puede ocurrir —y ocurre a menudo— que ese juicio sea, por desgracia, justificado. En este caso la mujer debe ayudar al hombre a adaptarse a ella, enseñándole a dominar su violencia y su fuerza para someterle a las exigencias de la delicadeza y de cierto refinamiento. Sin embargo, la mujer debe guardarse de acusarle con excesiva precipitación de brutalidad o de grosería malévola. Una explosión de violencia en el hombre —ya sea de orden sexual o de otro género— puede no ser más que la manifestación de una vida física demasiado intensa, o si se quiere, de una exaltación repentina.

En este orden de ideas, conviene subrayar que la práctica del deporte puede ser una necesidad para salvaguardar el equilibrio nervioso de un hombre que por su clase de trabajo no puede desplegar la suficiente energía física. El alto voltaje de energía que contiene el cuerpo masculino debe tener un escape, llegada la ocasión; por haber desconocido este imperativo biológico, algunas esposas han llevado a su marido a una irritabilidad constante y a trastornos nerviosos profundos.

Por tanto, es preciso que la mujer tenga en cuenta esta sobrecarga de vitalidad que posee todo hombre de buena salud y así podrá explicarse ciertas erupciones que no dejan de ser sorprendentes.

Esto explica también, al menos en parte, la necesidad de acción que sienten ciertos hombres, cuando multiplican las obligaciones exteriores. Ante esta sed de actividad, la esposa no siempre debe concluir que se trata de una necesidad de evasión. Debe comprender esa necesidad de acción y no ponerle obstáculos, salvo en caso de exceso notorio. Respetará ella la personalidad de su cónyuge. Comprenderá que la expansión de él, la felicidad de él están, en gran parte, ligadas a esa actividad; debe, pues, aceptarla.

De igual modo, deberá recordar que, a consecuencia de la estabilidad de salud de que goza el hombre, éste puede —casi siempre sin maldad alguna— no comprender las dolencias, las indisposiciones, las debilidades de las que puede ella quejarse. Ante estas incomprensiones eventuales de un marido cuya buena salud contrasta con la fragilidad de su esposa, ésta debe desconfiar de un juicio que lo achacaría todo a la brutalidad. El que goza de buena salud no siempre comprende los cuidados meticulosos de que se rodea un enfermo; de igual modo el hombre robusto no siempre puede comprender las atenciones que puede necesitar la fragilidad femenina. En este caso, no hay que acusarle de mala voluntad; esto no serviría más que para irritarle sin mejorar en nada la situación.

Debe más bien intentar explicarse sosteniendo la idea, y recordándoselo si fuese necesario, de que su fuerza le ha sido dada para amparar la debilidad de la mujer, y no para aplastarla.

Estructura característica del mundo interior masculino

Por distintos que sean los cónyuges en el plano que acabarnos de explicar, estas diferencias son, sin embargo, pequeñas comparadas con las propiamente interiores y psicológicas. La misma inteligencia es tan profundamente distinta en el uno y en la otra, que no debe causar asombro que choquen de vez en cuando.

A la mujer, intuitiva, directa, cordial, le cuesta trabajo orientarse ante el razonamiento frío, gradual, riguroso del hombre. Este deduce, encadena, forja una argumentación, distingue, y no acaba de llegar nunca a la conclusión. Durante ese tiempo, la mujer ha podido ver diez veces la verdad en cuestión y tiene además tiempo de exasperarse ante la lentitud de un razonamiento cuyo verdadero valor no siempre percibe.

Además, las más de las veces, el hombre elimina un montón de detalles para llegar al nudo de una cuestión o de un problema. Para él, las consideraciones que pueden desorientar a la mujer, tienen poca importancia cuando no influyen sobre el conjunto. Cuántas veces, ante esa falta de atención, la esposa se indigna insistiendo en unos detalles a los que el espíritu del marido no se digna siquiera conceder una observación. ¿Deberá ella declararle, en tal caso, desprovisto de agudeza? En modo alguno. Él se fija simplemente en lo esencial y se preocupa más de la síntesis que del análisis. Esto es lo que constituye la fuerza de sus posiciones. Sin dejarse acuciar por bagatelas o por consideraciones secundarias, se sitúa en el centro del problema y allí elabora, con arreglo a una lógica rigurosa, los juicios oportunos.

Estos juicios serán, evidentemente, más laboriosos de forjar, más lentos en dibujarse que en la mujer cuya rápida intuición le permite quemar etapas. Pero, en general, serán más seguros porque han sido elaborados teniendo en cuenta lo esencial y formulados con más serenidad. Porque así como la sensibilidad de la mujer influye en la intuición y en el juicio que de ésta emana, la sensibilidad del hombre, por el contrario, no interviene en el proceso del conocimiento.

La seguridad del juicio masculino podrá parecer, a veces, terquedad. Y es probable que lo sea. Pero antes de hacer este diagnóstico, la mujer debe procurar comprender, por un lado, que el punto de partida de su marido es diferente del suyo y, por otro, que el proceso subsiguiente es también completamente distinto. De este modo adquirirá confianza en el punto de vista masculino, o cuando, menos, ajustará sus intuiciones, con frecuencia vacilantes y apriorísticas, a las conclusiones más libres y más firmes de su esposo. Al mismo tiempo en contacto con el espíritu masculino podrá adquirir una óptica objetiva y dar a los detalles sus proporciones exactas sin convertirlos en gigantes cuando en realidad son enanos.

Hemos indicado de pasada, pero sin insistir en ello, el hecho de que numerosos detalles que toman para la mujer proporciones de extraordinaria importancia, son, sin embargo, considerados por el hombre como bagatelas. Insistir en este tema es necesario, porque constituye una fuente de abundantes conflictos. En efecto ¿no sucede con harta frecuencia que, por ambas partes, se exageran las tendencias peculiares de cada uno? La mujer se hace entonces meticulosa, se inquieta por cualquier cosa; el hombre se vuelve indiferente, inatento, olvidadizo.

Para evitar esos constantes choques será preciso que ambos cónyuges comprendan que tal orientación brota del fondo de su ser. La joven debe recordar que el hombre, no sólo su marido, sino todo hombre, si no se ha corregido, es ciego para las «pequeñas cosas». Afanoso de cumplir adecuadamente su deber de proveedor, acuciado por mil preocupaciones inherentes a su trabajo, puede parecer poco atento en ciertos momentos. Se le escapan muchas cosas: el vestido nuevo que ella se ha puesto para agradarle, el peinado modificado conforme a los deseos de él (tal vez ni siquiera recuerda ya haberlos indicado), los platos que él prefiere preparados en prueba de que no vive más que para él, y… hasta los aniversarios cuyo culto debería él mantener.

Ante la actitud de un marido que no se da cuenta de esos detalles, ¿va, por ello, a inferir la esposa que carece él de galantería, que muestra desapego hacia ella, que es indiferente a su persona? Sería un error llegar a esta conclusión y amargarse la vida a causa de ello. En este caso, la mujer ha de recordar que ello se debe simplemente a que el hombre es mucho más «disipado» que ella. La esposa que no se mueve de su hogar durante todo el día está en cierto modo concentrada sobre los seres que animan ese hogar: cualquier cosa se los recuerda; desde los pañuelos que está doblando, hasta las comidas que debe preparar. En el hombre no sucede así. Forzosamente, por sus propias obligaciones, está dispersado; dividido entre su hogar y el mundo exterior en el que se abisma cada día desde por la mañana, cruzándose con innumerables individuos, preocupado por los distintos problemas que encuentra forzosamente en su camino, y que arrastran su pensamiento muy lejos de su esposa, acaba del modo más natural del mundo por no prestar atención a unos detalles. Estos tienen quizá cierta importancia, pero no por ello dejan de escapársele. No porque él no ame ya, no porque sea indiferente, sino porque se acumulan en su espíritu demasiados elementos dispares. Seguramente, no es por mala voluntad, ni porque se entibie su amor, por lo que se muestra él a veces poco atento. La esposa, en lugar de irritarse ante semejante estado de cosas y de hacer resaltar la menor inatención, el menor olvido, para recriminar después con aspereza al marido, que se esfuerce más bien en ayudarle a percibir, poco a poco, los detalles de la vida que pueden hacer la unión conyugal más grata. Hay que enseñarle desde el principio que las pequeñas cosas tienen su valor, y que con frecuencia su lenguaje conmueve más hondamente el alma que las palabras más sonoras. Una rosa, por sí sola, puede valer más a ciertas horas que los macizos más floridos. La mujer debe enseñar esto a su marido, con mucha paciencia y admitiendo que él necesita cierto tiempo para penetrarse de ello. No debe esperar que el hombre lo consiga solo; debe orientarle. Sentirá tanta alegría haciéndolo, y él también, que merece la pena de hacerle descubrir esta riqueza que desconoce: el gran valor de las «pequeñas cosas».

Sensibilidad masculina

Aludíamos hace un instante a la sensibilidad del hombre. En ningún punto difiere quizá más radicalmente de su compañera. Ésta se halla dotada de una sensibilidad que el menor acontecimiento, la menor palabra, hacen vibrar. Es como una hoja que el menor soplo la arranca.

Pues bien, junto a su mujer, el hombre no se siente completamente desprovisto de sensibilidad, sino menos sensible que ella. Su corazón, podría decirse, sigue el ritmo de su razón, mientras que en la mujer es más bien ella quien se adapta al ritmo del corazón. Par tanto, el hombre controla más sus reacciones, que son menos profundas que las de su esposa. Algunas veces, tendrá la impresión de que su marido se ha vuelto insensible, que es glacial, y quizás que carece de corazón. Y no hay nada de eso, sin embargo. Él también siente pena y alegría. Pero tiene mayor facilidad para no dejarse arrastrar por ellas. E incluso cuando experimenta una alegría o una pena realmente profundas se muestra a menudo incapaz de manifestarlo exteriormente. Sin querer, sus sentimientos se reabsorben, por decirlo así, en él; y no puede traducir su alma más que con mucha dificultad. No hay que interpretar su mutismo, como indiferencia; aunque no repita mañana y noche «te amo», no se le crea desdeñoso; no se le considere hastiado porque no sea exuberante. Su sensibilidad recuerda el agua que corre por las profundas gargantas de los fiordos noruegos: el ruido de una piedra que cae no se oye, pero el remolino se produce allí lo mismo que en el arroyo que corre por la superficie de la tierra. Por eso la pena del hombre, cuando estalla, es tan trastornadora. Pero no estalla a menudo, como tampoco la alegría. Ante esta insensibilidad que no puede explicarse, la mujer se encuentra desconcertada e inquieta.

En realidad, la mujer puede intentar activar esa sensibilidad para crear un clima más ligero. Pero que se consuele si sus esfuerzos no dan frutos muy abundantes, pensando que, gracias a la calma y a la mesura de la sensibilidad masculina, el hogar encuentra con frecuencia el equilibrio y conserva la paz. Si ambos, marido y mujer, tuvieran la misma sensibilidad, podrían chocar de una manera bastante dolorosa, con el riesgo de que se produjeran profundas heridas.

La mujer es fácilmente hiperemotiva. Todo se convierte para ella en alegría o pena o en ambas cosas a la vez. Por su parte, el marido a menudo no es emotivo, y presencia los acontecimientos sin alterarse. Es evidente que de este hecho pueden nacer conflictos. Sin llegar a decir que el conflicto sea fatal, es probable que a la larga, el acuerdo resulte, cuando menos, difícil. En realidad, no es raro ver surgir los conflictos conyugales, a causa de esta disparidad entre la sensibilidad femenina y la sensibilidad masculina.

El hombre debe hacer un esfuerzo para adaptarse a la sensibilidad de su esposa, pero ésta, por su parte, cuidará de no exigir de él que se muestre siempre tan hondamente conmovido como ella. La esposa se aplicará sobre todo a hacerle comulgar en el tesoro de alegrías que su sensibilidad femenina le proporciona. La mujer, a través del juego tan delicado de su sensibilidad, puede transformar el universo de su esposo. Porque su capacidad de alegría es tan profunda como su capacidad de sufrimiento. El hombre espera de ella que le haga compartir ese don que no posee. El hombre cansado de la vida exterior, monótona, racional, fatigado del continuo esfuerzo defensivo y ofensivo que la razón le aconseja para mantenerse en equilibrio, bebe con avidez esta alegría pura que la mujer respira. Quiere que ella se la exprese, hasta cuando está triste, que vuelque sobre él el arco iris coloreado con las ilusiones cuyo secreto conoce ella sola. Desea verla alegre incluso cuando esta alegría es ficticia; quiere participar, aunque sólo sea por sugestión, de ese bien, y perdona a la mujer muchas cosas… si sabe ella estar alegre e infundirle esta alegría.

En la calma ponderada del alma masculina, la sensibilidad femenina encontrará una protección contra el atosigamiento demasiado vivo del sufrimiento; pero el hombre, por su parte, encontrará en la sensibilidad femenina toda la alegría que su alma necesita, pero que no puede conseguir por sí misma. ¡Qué enriquecimiento para un hombre poder apoyarse de este modo en la sensibilidad de su mujer para salir de sí mismo, de su monotonía congénita, de su apatía crónica, sumiéndose en una alegría plena! Pero es preciso que la esposa le permita alcanzar esa riqueza, no replegándose sobre una sensibilidad entregada a la sola tristeza. Ante el hombre, por quien ella habrá aprendido a dominar sus sentimientos, la mujer no debe renunciar a su propia sensibilidad. ¡Todo lo contrario! Pero tampoco debe exigir del hombre que renuncie a ser lo que es para realzar en él una sensibilidad que no le sienta bien. El campo afectivo es el reino de la mujer. A condición de que descubra ella por el hombre que ese dominio no es el único que hace progresar la humanidad, le enseñará que es necesario para su enriquecimiento total y que despreciándole se disminuye a sí mismo y no realiza todo lo que ella y los demás esperaban de él. La mujer debe introducir al hombre en el universo sentimental no para suprimir el universo de él, sino para aportarle una dimensión suplementaria que el hombre difícilmente podía imaginar.

Ésta es, por tanto, la actitud, muy matizada pero también muy inteligente, que debe adoptar la mujer, a fin de acordar su sensibilidad a la de su esposo.

Imaginación masculina

Lo que acabamos de decir a propósito de la sensibilidad podría casi repetirse al hablar de la imaginación. Mientras que en la mujer corre con un ritmo desenfrenado, alimentándose del menor detalle, aumentando los indicios, creando situaciones, embelleciendo cosas ya bellas y acentuando las cosas ya negras, en el hombre funciona más lentamente. La imaginación de éste no está, o apenas está, despierta. Sólo se pondrá en acción bajo el efecto de un violento choque y volverá a recaer en seguida en su apatía natural. De la imaginación masculina podría decirse que es la más perezosa de las potencias de que dispone el hombre. Cualesquiera que sean los acontecimientos no sale prácticamente de su somnolencia habitual, lo cual explica además, por una parte, la imposibilidad en que se encuentra apresado el hombre cuando quiere traducir sus sentimientos. Mientras que la imaginación femenina sabe entonces inventar mil y una maneras de repetir la misma cosa, de rehacer el mismo gesto, la del hombre se busca. Por eso éste puede llegar a ser fácilmente esclavo de la costumbre. Su material de expresión es limitado; ayudado por la rutina, reduce pronto sus modos de comunicación a unas pocas maneras de hablar que son, más o menos, invariables. Para expresar su amor, no dispone más que de la palabra «amar», ante la gran desesperación de su esposa… y para su propio fastidio. El inconveniente de semejante estado de cosas es que la vida junto al esposo, puede llegar a parecer gris. La mujer, siempre en disposición de renovarse, sentirá la tentación de rebelarse contra la monotonía que hace que todo sea siempre idéntico. Con su imaginación, ansía ritmos nuevos, y la defrauda ver que su esposo es incapaz de redescubrir el amor.

Quizá esta falta de imaginación del cabeza de familia puede parecer un inconveniente desagradable; pero en realidad es una gran ventaja. Porque domina esta peligrosa potencia interior, es por lo que el hombre se mantiene generalmente realista, ve las cosas tal como son, sin excesos, sin exageración. Esto le permite con frecuencia evitar el pánico ante situaciones difíciles, el miedo excesivo ante ciertos riesgos necesarios.

Porque es responsable de su hogar, el jefe de familia tiene que ser prudente; para ser prudente tiene que ser realista; y sólo será realista en la medida en que la imaginación intervenga con medida en los juicios que él emite.

Egoísmo masculino y autoritarismo femenino

Tal es la fisonomía del hombre llamado a compartir la vida de la mujer. Estos datos básicos dejan entrever cómo puede él fácilmente cobrar fama de egoísta ante su esposa. En efecto, por poco que ésta interprete los reflejos de su marido a través de su propia manera de hablar, de actuar, de sentir, de razonar, de imaginar, corre el riesgo de atribuir al hombre un mutismo estúpido, cierta brusquedad, insensibilidad, terquedad y, finalmente, vulgaridad. Es lo que revela, en definitiva, la acusación de egoísmo generalizado, dirigida contra los hombres. ¿Quién no se da cuenta de que ese juicio es injusto?

Permítasenos recurrir a un ejemplo que ilustra la falta de lógica de semejante veredicto. Si una gacela y un elefante caminan juntos ¿se pretenderá, para que la marcha resulte más agradable, que el elefante se transforme en un corzo ligero y grácil? Y si no lo hace, ¿se le acusará de ser un egoísta rematado que exige de un modo desconsiderado a la gacela que se convierta en paquidermo? Que ambos sigan siendo lo que son, esforzándose recíprocamente en adaptarse el uno al otro. Lo mismo sucede entre el hombre y la mujer.

Ciertamente, muchos hombres son egoístas y transforman las inclinaciones de su sexo en defectos bien caracterizados. Pero ésta es la consecuencia de la propia debilidad que, por otra parte, jugará a la mujer la misma mala partida. Por tanto debe saber ser indulgente y comprensiva para ser, a su vez, juzgada con indulgencia y comprensión.

Cometería un error si intentara forzar el juego y coger las palancas de mando del hogar. No es ésta su función ni está dotada psicológicamente para ello. Si ocurre así, es una usurpación que sólo puede provocar conflictos; y es evidente que semejante trastrueque va contra la naturaleza profunda del hombre, al que su estructura psicológica predispone para esa función. Puede haber excepciones, pero éstas son raras, y nos parece razonable el siguiente consejo, confirmado por la experiencia: Excepto ciertos casos muy raros en los que intereses primordiales y evidentes entren en juego, y en que la mujer o la esposa deba defender tenazmente sus derechos, ésta obrará sensatamente renunciando a discutir en el mismo tono, absteniéndose de querer dar prueba de fuerza o de imponerse al marido. En general, el hombre no acepta que su mujer le domine. Pero eso, semejante actitud provocará discusiones y violencias.

Por otra parte, al estudiar el alma femenina, veremos cómo la entrega que la mujer hace de sí al hombre a quien ama, al que hace donación de todo su ser, constituye para ella la única manera de desarrollar su personalidad y alcanzar así el ápice de la feminidad. La mujer debe desarrollar sus aptitudes en la dirección de su propia naturaleza, sin intentar imitar al varón o suplantarle.

En caso de que haya necesidad para la mujer de asir el timón, que lo haga discretamente, «femeninamente», es decir sin que lo parezca. Ganará siempre más manejando delicadamente la barca que remando intempestivamente. Incluso ante un marido demasiado autoritario, la mujer debe saber «navegar» así. Con habilidad, salvará la armonía general y creará el clima del hogar.

Se dice a menudo: Una esposa diplomática y psicóloga tiene muchas probabilidades de triunfar, porque, en apariencia, cede ante su marido en todos los puntos, pero consigue lo que desea, presentando la cosa como si viniera de él. Si en el momento elegido, sabe callar, o hablar, o sonreír, o tener un gesto sumiso o contrito, mimoso o frío, según los casos, muy pocos maridos serán capaces de resistirse, aun considerándose ellos los vencedores.

Esto se aplica al conjunto de la vida conyugal, pero conviene insistir en un punto en que ese arte se convierte en necesidad, es decir, siempre que se trata del comportamiento religioso del marido.

Comportamiento religioso del hombre e influencia de la esposa

Ciertamente, es lógico y completamente normal que la esposa se preocupe de la vida espiritual de su marido. Pero en esto, como en todo lo demás, no debe ella juzgarle a través de su propia imagen.

El fervor religioso del hombre es, con toda evidencia, mucho menos sensible, o si se prefiere, mucho menos perceptible que el de la mujer. ¿Quiere esto decir que sea menos profundo? No, necesariamente. La esposa debe, pues, abstenerse de hostigar a su esposo para llevarle a una práctica religiosa que se ajuste con la suya propia. No conseguiría más que importunarle, con el riesgo de despertar en él una resistencia obstinada. Si quiere que viva intensamente su fe debe ayudarle estimulándole cuando se abandona por negligencia, despertando discretamente su atención por medio de observaciones discretas y oportunas, pero no ejerza sobre él presión alguna. Esta sería la peor política. Y el hombre, hasta entonces lleno de buena voluntad, podría llegar a cerrarse herméticamente a toda influencia.

En este terreno más que en cualquier otro, la esposa debe desplegar todo el tacto de que disponga para suscitar en su esposo un despertar espiritual feliz. Si hay algo que no debe hacerse, es insistir inoportunamente, fuera de tiempo, porque no se conseguirá entonces más que cansar. El hombre es innegablemente orgulloso. Y su orgullo no se muestra nunca tan susceptible como en ese punto. Su religiosidad será, además, mucho más racional que sensible, cosa que no debe olvidar la mujer.

Ya la novia tiene excelente ocasión de poner su valor a prueba; la última temporada de relaciones implica, en efecto, dificultades morales mayores, debidas a un compromiso que es cada vez más completo. La novia que quiere que sus relaciones conserven cierta calidad debe, pues, lograr que su prometido comparta su ideal espiritual. Si lo hace con tacto, tiene todas las probabilidades de triunfar, provocando una reacción profunda y saludable. Pero sólo sucederá así si se abstiene de servirle un plato de insulseces que pronto le hartarían. El viejo refrán sigue siendo cierto: se atrapan muchas más moscas con miel que con vinagre. En un tema tan delicado, las recriminaciones amargas rara vez dan fruto. La energía conserva siempre su sitio; pero la torpeza jamás.

4-La comprensión, forma del amor

De todo cuanto hemos dicho hasta ahora, la mujer debe grabar en su mente que para amar mejor, necesita comprender mejor al hombre. Mañana, a su marido. Hoy, a su novio. Debe darse cuenta de que esta asimilación de la psicología masculina se impone ya desde el período del noviazgo. Este es, para la mujer, un aprendizaje de su oficio de esposa, y dicho aprendizaje adquiere tanta mayor importancia cuanto que facilitará la armonía en los primeros meses. Ahora bien, éstos son con frecuencia decisivos y comprometen todo el porvenir conyugal, cuyas probabilidades de éxito representan.

Este descubrimiento de la psicología del hombre no debe dejarse para más adelante. Debe realizarse seriamente ya desde el mismo momento del noviazgo para permitir a la joven conocer el porvenir que el matrimonio le reserva.

Sin duda, descubrirá ella, a la luz de los elementos que hemos subrayado, que el hombre tiene defectos nada fáciles de eliminar. La mujer perderá en ello algunas ilusiones ingenuas, pero ganará en realismo y conocerá la verdad de su amor. Porque un amor que no abarca un ser en su totalidad, incluyendo sus imperfecciones, es demasiado débil para conducir al matrimonio. Sería una locura adentrarse en él. Es preciso, por tanto, que ante las flaquezas del hombre al que ama, la novia procure comprenderle, repitiendo por su propia cuenta la frase de Péguy: «Cuando se ama un ser, se le ama tal como es».

Este esfuerzo de comprensión fortalece el amor, y evita sorpresas desagradables en el matrimonio. Así, por arduo que sea, este esfuerzo de comprensión merece llevarse a cabo. Es difícil para el hombre comprender a la mujer. Quizá es más difícil aún para la mujer comprender al hombre. ¡Hay tantas cosas en él que pueden chocar, desilusionar, sorprender! Pero, sin embargo, es indispensable que esta comprensión se realice.

Un pensador, que se consideraba portavoz de sus congéneres, escribió este aforismo: «Si pedimos a las mujeres que nos comprendan, habrá pocas que no nos defrauden; si les pedimos que se sacrifiquen por nosotros, habrá pocas que no nos sorprendan» (Gustave Thibon, La vie à deux).

Podría creerse que esta generalización es un poco apresurada; no hay mayor generosidad en la mujer que la que la impulsa hasta la más completa comprensión del hombre amado.

Finalmente, conviene insistir en un último punto.

La mujer deberá esforzarse en hablar un lenguaje sencillo, sin circunloquios, y por ello, accesible a su marido. En efecto, una de las características de la mujer es la de que quisiera ser comprendida sin expresarse, ser adivinada sin revelarse. En semejante estado de espíritu, la sucede a menudo colocar al hombre en una situación precaria. Porque ¿cómo podría éste acertar siempre si la mujer se sustrae a él? ¡Y con qué habilidad! Ciertamente, es delicioso verse adivinada, sentirse comprendida sin haber tenido que franquearse con el otro; pero esto es jugar al escondite y puede muy bien llevar a un atolladero, si el hombre desanimado abandona su persecución inútil, encontrándose entonces la mujer apenada porque no es comprendida.

Digamos que, de una parte y de otra, se debe procurar evitar los equívocos, pero este consejo servirá, sobre todo para la mujer que tiende por naturaleza a encerrarse en su misterio, exigiendo de su esposo que la descubra. Cultivar unas relaciones francas y utilizar un lenguaje límpido, será una de las reglas más útiles para las esposas. Estudiando las dificultades habituales que surgen entre cónyuges, se advierte que provienen de la incomprensión recíproca, que la comunidad de vida acrece con frecuencia, en lugar de atenuarla. Provienen, sobre todo, del hecho de que el hombre y la mujer desean a menudo cosas contradictorias, piden inconscientemente cosas que no desean y desean cosas que no piden.

Si esta comprobación es válida para ambos, no se puede negar, sin embargo, que se aplica con exactitud especial a la mujer. A fin de evitar que se creen situaciones conyugales sin salida, la mujer debe atenerse, en la medida de lo posible, a pedir las cosas que desee y a no pedir las que no desee.

Por sencillo que pueda parecer el consejo, puede ser un remedio para numerosas situaciones conyugales difíciles. Poniéndolo en práctica, la esposa puede conseguir la armonía con su esposo más rápida y profundamente que si se obstina —con el pretexto de que es mujer— a no revelarse al hombre. Éste no pide habitualmente más que comprender ¡con tal de que le ayuden un poco a ello!