PADRE CERIANI: CONTRA LAS TONTERAS BLASFEMAS

Misterios de Iniquidad

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NUESTRA SEÑORA CORREDENTORA

Contra las blasfemas tonterías de Bergoglio, decimos que el título de Corredentora es uno de los más gloriosos para la Santísima Virgen María y, al mismo tiempo, uno de los más queridos al corazón de sus verdaderos devotos.

Uno de los más gloriosos, por la plena y perfecta semejanza que establece entre Nuestra Señora y su divino Hijo; uno de los más queridos al corazón devoto, por la filial confianza y por el vivo estremecimiento de gratitud que instintivamente despierta.

Corredentora significa cooperación, consorcio o asociación de María con Cristo Redentor en la obra de la redención humana.

El demonio, conocedor de estas realidades, trata de menoscabar dicho título mariano, e incluso de desposeer a la Madre Corredentora de su gloria y a sus hijos del consuelo que les reporta.

Por lo tanto, con fervor y amor, hemos de desagraviar a la Madre ofendida, a la par que nos consolamos saboreando, con confianza y gratitud, la parte maternal de María en nuestra salvación.

Consideremos, pues, la cooperación de María a la obra de nuestra redención realizada por Cristo en el Calvario, por cuya cooperación conquistó dignamente el título gloriosísimo de Corredentora de la humanidad.

María Santísima es Corredentora:

a) por ser la Madre de Cristo Redentor, lo que lleva consigo la Maternidad Espiritual sobre todos los redimidos.

b) por su compasión dolorosísima al pie de la Cruz, íntimamente asociada al tremendo sacrificio de Cristo Redentor.

Los dos aspectos son necesarios y esenciales; y por eso la llamamos Madre Corredentora: la Corredención es una función maternal. María es Corredentora por ser Madre del Redentor.

La muerte nos vino por una mujer, y por una Mujer nos vino la Vida: Mors per Evam, vitam per Mariam. ¿Y dónde brotó la vida sino en la cumbre del Calvario y al pie de la Cruz? Por lo tanto, a Jesús, autor de la Vida, lo llamamos Redentor; y a María, por quien viene la Vida, con razón la llamamos Corredentora del linaje humano.

Subamos en espíritu al monte Calvario y contemplemos…

En sentido etimológico, la palabra redimir significa volver a comprar una cosa que habíamos perdido, pagando el precio correspondiente a la nueva compra.

Aplicada a la redención del mundo, significa, propia y formalmente, la recuperación del hombre al estado de justicia y de salvación, sacándolo del estado de injusticia y de condenación en que se había sumergido por el pecado, mediante al pago del precio del rescate: la Sangre Preciosísima del Cristo Redentor ofrecida por Él al Padre.

La Redención se divide en objetiva y subjetiva.

La Redención objetiva consiste en la obra de Cristo, consumada en su Pasión y Muerte, con la que satisfizo a Dios por nosotros, nos le volvió reconciliado y propicio y nos mereció de Él todas las gracias.

La Redención subjetiva consiste en distribuir y aplicar a cada uno de los hombres los frutos de la Redención.

Jesucristo es Redentor, propiamente dicho, por la Redención objetiva.

Por la Redención subjetiva, Cristo es propiamente Abogado nuestro.

Ambos oficios, de Redentor y de Abogado, constituyen a Jesucristo en Mediador entre Dios y los hombres.

Ahora bien, conforme al concepto de Redentor debe determinarse el concepto de Corredentora, pues así como Cristo es Redentor por la Redención objetiva y Abogado por la Redención subjetiva, y por ambos oficios principalmente queda constituido Mediador, del mismo modo la Santísima Virgen María es Corredentora merced a la cooperación que prestó a la Redención objetiva, y Abogada  y Dispensadora de todas las gracias por cooperar a la Redención subjetiva; y de esta doble cooperación le resulta el oficio de Mediadora, en un doble estadio, a saber, en el de la corredención en la tierra y en el de la actual intercesión en los Cielos.

Existen ciertamente profundas diferencias entre la acción de Cristo como único Redentor de la humanidad y la de María como asociada (Corredentora) a la obra redentora de Cristo.

La Redención de Jesucristo fue principal, suficiente por sí misma, independiente y absolutamente necesaria; mientras que la Corredención mariana fue secundaria, insuficiente por sí misma, dependiente o subordinada e hipotéticamente necesaria.

Y entonces, podrá tal vez alguien preguntarse: ¿por qué quiso Dios que el precio de nuestra redención estuviese como integrado por los méritos y satisfacciones de María Santísima, siendo suficientísimos por sí mismos los méritos y satisfacciones de Jesucristo?

Solamente lo quiso así Dios, no para añadir nada a los méritos y satisfacciones de Cristo, no para completarlos, sino por la armonía y la belleza de la obra redentora. Como nuestra ruina había sido obrada no por Adán solamente, sino por Adán y Eva, así nuestra redención debía ser realizada no sólo por Cristo, como nuevo Adán, sino por Cristo y María, la nueva Eva.

Con la Corredentora, algo divinamente delicado, tierno, amable, entra en la obra grandiosa de la redención del mundo. Por medio de la Corredentora, la salvación nos llega en forma de beso materno. Por medio de la Corredentora la Madre hace su entrada, la sonrisa de la Madre, el corazón de la Madre, la tierna asistencia de la Madre… LA MADRE CORREDENTORA.

Para terminar este artículo, estimado lector, nos parece apropiado transcribir la parte final de la magnífica ponencia del Padre Leonardo Castellani para el Congreso Mariano de 1946:

«Eva se postró en el suelo en un total reconocimiento de su error, en una conciencia traspasadora de su infatuación y su ignorancia. Ya era tarde. Pero ella sabía que la justa e irrevocable sentencia estaba unida a una misteriosa misericordia, cuyo signo eran esos mismos hijos que diéransele en lugar del Paraíso, uno de los cuales aplastaría un día a la poderosísima serpiente. Miró de nuevo su doloroso paraíso. De la boca de Abel surgió de nuevo el gemido, sordo, articulado en las sílabas ma-ma, el fonema misterioso que la penetraba, la palabra que ella nunca había dicho a nadie. Un inmenso anhelo de decirlo a alguien surgió de su soledad infinita. Sintió el deseo absurdo de decírselo al Dios lejano y perdido, pero decírselo en medio del éxtasis antiguo en que su boca lo tocaba; decirlo o que él lo tragara; el deseo de ser hija chiquita de alguien, de esconder como Abel en un regazo su pequeñez y su desolación infinita, de resignar por un momento la carga insoportable de ser madre de todos los vivientes, responsable única de toda la vida. Todos aquellos que había de ser sus hijos, serían hijos bastardos de Dios al mismo tiempo, hijos de mala madre, inficionados de más en más por la tara de su cuerpo maculado. Tuvo un deseo inmenso de ser madre otra vez, pero madre de un ser absolutamente puro, más intacto que ella en su perdida virginidad paradisíaca; el deseo disparatado de ser madre de Dios mismo, o por obra de Dios. Y sintió con horror que ese deseo imposible y casi sacrílego era más fuerte que ella, y que la arrastraba vertiginosamente hacia la pasividad de otrora, hacia el estado antiguo, en que se bañaba, en el seno de la Deidad, como en un mar aniquilante de delicias. Sintió que su cuerpo se levantaba en el aire; o por mejor decir, no sintió más su cuerpo, como si estuviese por encima del mundo entero y al lado de aquella solitaria estrella, el lucero de la tarde, Venus. Tembló. Entonces en su exceso quiso temblando decir a Dios las dos sílabas ma-ma. Gimió su alma, mareada como quien se siente trastabillar en un abismo. Pero, en vez de decirle a Dios las no acostumbradas sílabas, con un gran temblor de su cuerpo y sin saber lo que decía, lo llamó Hijo» (El desquite de la mujer, ensayo religioso publicado en Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, Biblioteca Dictio, vol. 5, páginas 184-188).

Padre Juan Carlos Ceriani