Conservando los restos
HOMENAJE DE RADIO CRISTIANDAD
Con ocasión de 120° aniversario del nacimiento del
Reverendo Padre Leonardo Castellani
1899 – 16 de noviembre – 2019
¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?
Así intituló el Padre Castellani un ensayo religioso publicado en 1951 como parte de su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?
Y respondía:
«Para un cristiano, la respuesta es muy sencilla: hay que salvar al alma (…) En concreto: hacer todo el bien que uno puede alrededor suyo, a corta distancia, lo que está a mano, sin embarazarse de grandes planes, de grandes empresas, de grandes proyectos, de grandes revoluciones» (páginas 212-213).

Pero esto no satisface del todo a los católicos más “ilustrados” o “comprometidos”…
No faltan quienes esperan un reflorecimiento de la Cristiandad Medieval…
A lo largo y a lo ancho de su comentario novelado del Apocalipsis, el Padre Castellani ya nos advertía sobre la ilusión de ese período de triunfo de la Iglesia.
Para conocer su pensamiento respecto a este supuesto restablecimiento de la «Cristiandad» hay que leer con detenimiento, en Los Papeles de Benjamín Benavides, las páginas 15, 29-30, 38, 85, 135-136, 139-140, 159-160, 227-228, 287-288, 292-296, 307-309, 312, 387-389, 393, 398, 415.
Resumiendo su enseñanza, entresacamos estos párrafos, que no siempre citamos textualmente:
El mundo moderno nació bajo un signo de enfermedad de muerte. El mundo creyó salir de una muerte y era una fiebre su fastuoso «renacimiento». Tenía una herida mortal. Le fue dada la consigna de confirmar, robustecer las cosas que, de todas maneras, eran morideras. La Iglesia se centraliza fuertemente, como un ejército a la defensiva que se repliega sobre sí (cfr. pág. 160).
¡Se acabó la época de Sardes! No estamos ahora en ella, esperando que venga con Filadelfia el triunfo de la Iglesia y la restauración de la Cristiandad. La Contrarreforma terminó en la Revolución Francesa. La Revolución fue un acontecimiento capital, una tuba, que cambió la faz de la historia; no se engañan en esto sus admiradores. ¿No la ponen en los manuales de historia como una nueva era, la «hégira» de los nuevos tiempos, la «Historia Contemporánea» que llaman? Con la Revolución acabó formalmente en el mundo el Imperio Romano, que la tradición patrística pone como el misterioso Katéjon de San Pablo, el Obstáculo del Anticristo (cfr. pág. 161).
No habrá una «Nueva Cristiandad»: ni la de Solovieff y sus discípulos Berdiaeff y Rozanof, ni la de Maritain, ni la de Pemán, ni la del padre Lombardi y don Sturzo. Esas son ilusiones vanas de un mundo que teme morir. El Imperio Romano es el último de los grandes imperios, después del cual seguirá el del Anticristo (cfr. pág. 296).
Sin embargo, no desaparecerá la Cristiandad: será profanada. Ni quedará intacta la Iglesia visible: dentro de ella habrá santuario y atrio. Habrá fieles, clero, religiosos, doctores, profetas que serán pisoteados, que cederán a la presión, que tomarán la marca de la Bestia. La Cristiandad será aprovechada: los escombros del derecho público europeo, los materiales de la tradición cultural, los mecanismos e instrumentos políticos y jurídicos serán aprovechados en la continuación de la nueva Babel: la gran confederación mundial impía (cfr. pág. 294).

El Padre Castellani, sin embargo, no ignoraba la existencia de otra opinión contraria a esta interpretación, la de quienes dicen que tendrá lugar un reflorecimiento de la Iglesia y una nueva Cristiandad. En la misma obra citada la presentaba de este modo:
Habrá, entre el Anticristo y la Gran Guerra, un período entero de gran paz y prosperidad de la Iglesia, como nunca se ha visto, en el cual se predicará el Evangelio en todo el mundo, y se convertirá el pueblo judío. Sería el tiempo del Papa Angélico y del Gran Rey, de las visiones medievales. Infinidad de profecías privadas lo han anunciado: una especie de breve edad de oro de la Iglesia en medio de dos furiosas tempestades; una restauración pasajera (de la durada de una generación) de la Monarquía Cristiana en Europa, que corresponda al tramo entre el finis y el initia dolorum de Nuestro Señor; es decir, lo que pudiéramos llamar el período Nondum Statim (cfr. págs. 29-30 y 38; Para las citas en latín, ver S. Mateo 24:6-8 y S. Lucas 21:9 = «Esto, en efecto, debe suceder, pero no es todavía el fin (…) Todo esto es el comienzo de los dolores»).
El beato Holzhauser predice un inmenso pero breve triunfo de la Iglesia, de la durada de una vida de hombre, en que las fuerzas de Satán serán comprimidas y reducidas pero no eliminadas, y en que la presión de los dos bandos será formidable. Un período tenso, palpitante, ruidoso, exasperado, del ritmo de la historia humana: una tregua y no una paz (cfr. pág. 140).

Y a pesar de esto, confirmaba su opinión al respecto:
A ello puede acogerse usted si le tiene demasiado miedo al fin del mundo. Pero temo que esa esperanza sea una especie de milenarismo temporal, una humana escapatoria al temeroso vaticinio: porque los dolores puerpéricos una vez que empiezan ya no se interrumpen por un tiempo largo de bienestar (cfr. págs. 38 y 30).
Es un milenarismo malo, que espera el Reino de Cristo en la tierra antes de la Venida de Cristo, y obtenido por medios temporales, y consistente en un esplendor de la Iglesia también temporal (cfr. pág. 287).
Hoy día, muchísimos católicos, incluso escritores, incluso predicadores, incluso sabios, sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. ¿Y es eso otra cosa que un milenarismo anticipado? (cfr. pág. 387).
Y en su comentario al Apocalipsis ratificará su pensamiento:
Es el mismo sueño carnal de los judíos, que los hizo engañarse respecto a Cristo. Estos son milenistas al revés. Niegan acérrimamente al Milenio metahistórico después de la Parusía, que está en la Escritura; y ponen un Milenio que no está en la Escritura, por obra de las solas fuerzas históricas, o sea una solución infrahistórica de la Historia; lo mismo que los impíos progresistas; lo cual equivale a negar la intervención sobrenatural de Dios en la Historia (El Apokalipsis de San Juan, página 297).

¿Qué tenemos que hacer?
He aquí la estrategia delineada por el profeta de los últimos tiempos. Estamos en marzo de 1954, y lo primero que hace es presentar la realidad de los hechos:
Es desagradable ser profeta de desgracias, y paga mucho más ser profeta de venturas; y yo pido a Dios me haga mal profeta de desgracias. Pero la destrucción de la tradición en Occidente es una cosa que está allí delante, y cerrar los ojos ante ella es como cerrar los ojos andando por la calle. Abrir los ojos puede ser un remedio en todo caso, por aquello de que «La primera medicina es saber la enfermedad» (…) La Humanidad camina hacia la resolución del gran drama de la Historia, drama que tiene un protagonista y muchos antagonistas (…) La situación actual del mundo, eso que llaman la «crisis contemporánea», es la de una destrucción progresiva de la tradición occidental y de una defensa de ella (San Agustín y nosotros, páginas 91, 93 y 94).
Seguidamente, muestra las estrategias de los contendientes:
La Iglesia Católica, que es tradicionalista por excelencia, no hace nada nuevo desde el Concilio de Trento: se limita a defender lo que hay: «confirma cetera, quæ moritura erant»; y las sucesivas rupturas, de la tradición religiosa (Lutero), de la tradición filosófica (Descartes), de la tradición política (Rousseau), y consiguientemente de la tradición social, e incluso de la tradición artística, se producen desde diferentes sectores y con diferentes motivos. Una casa es una casa: los que asaltan una casa pueden venir de diferentes partes, pero los que la defienden responden desde el centro (San Agustín y nosotros, página 94).
Y llegamos al punto culminante de la cuestión planteada:
¿Qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción que avanza? «Conserva las cosas que han quedado, las cuales son perecederas», le manda decir Jesucristo al Ángel de la Iglesia de Sardes, la quinta Iglesia del Apokalipsis; lo cual quiere decir «atente a la tradición», que es lo que ha hecho la Iglesia desde el Concilio de Trento. Pero el texto griego dice un poco diferente y más enérgico: «robustece lo que ha quedado, que de todas maneras ha de perecer» (San Agustín y nosotros, página 106).
Y se anticipa a la objeción que plantea la humana debilidad y la temerosa postura demasiado terrenal:
Pero esto es inhumano, se nos manda luchar por una cosa que va a perecer, luchar sin esperanza de victoria, lo cual es imposible al hombre. Es imposible al hombre que está en el plano ético, cuyo signo es la lucha y la victoria; pero no al hombre que está en el plano religioso, el cual lucha por Dios, y sabe que la victoria de Dios es segura, y que él ha nacido para ser usado, quizá para ser derrotado, ¿qué importa? ¡Hemos nacido para ser usados! ¿Por quién? ¡No por el Estado, sino por el Padre que está en los cielos! «Porque sabes que no llegarás, por eso eres grande», dijo un poeta, que por cierto no se puso nunca en este plano, nunca fue grande (San Agustín y nosotros, página 106).
Termina por señalar la estrategia querida por Dios:
Tenemos que luchar por todas las cosas buenas que han quedado hasta el último reducto, prescindiendo de si esas cosas serán todas «integradas de nuevo en Cristo», como decía San Pío X, por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Cristo. «La Verdad es eterna, y ha de prevalecer, sea que yo la haga prevalecer o no». Por eso debemos oponernos a la ley del divorcio, debemos oponernos a la nueva esclavitud y a la guerra social, y debemos oponernos a la filosofía idealista, y eso sin saber si vamos a vencer o no. «Dios no nos dice que venzamos, Dios nos pide que no seamos vencidos». ¡La Iglesia es eterna!, dicen los democristianos. La Iglesia es eterna en el sentido que Jesucristo habló; pero la organización externa de la Iglesia, digamos el Vaticano, no es eterna: esa organización ha sido quebrada y reformada muchas veces. Y la Iglesia será quebrada al fin del mundo. Lo que es eterno es el alma del hombre unida a Dios… unida a Dios para ser usada (San Agustín y nosotros, páginas 106-107).
Es necesario destacar en el texto citado que, según el Padre Castellani, el «Omnia instaurare in Christo» no necesariamente debe ser realizado por nuestras propias fuerzas y antes de la Parusía, sino que todas las cosas pueden ser integradas de nuevo en Cristo por la fuerza incontrolable de su la Segunda Venida.
Por ser más conformes a la Revelación y a la realidad de los acontecimientos, nos acogemos a las enseñanzas del Padre Castellani. A lo ya citado, agregamos estas preciosas indicaciones:

1ª) Atenerse al mensaje esencial del cristianismo:
Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma (…) Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo que aludí más arriba, la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que, para un verdadero cristiano, dentro de poco no haya nada que hacer en el orden de la cosa pública. Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra, dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo. En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación cuidadosamente (…) Los primeros cristianos no soñaban con reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo sobre el hombre (A modo de Prólogo. Decíamos ayer, páginas 31-32).
2ª) Un pesimismo constructivo:
«Hay que trabajar como si el mundo hubiera de durar siempre; pero hay que saber que el mundo no va a durar siempre». Esta actitud, aparentemente contradictoria o imposible, ha sido siempre la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes crisis de la historia. Los dos términos parecen inconciliables; y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico que es la fe. Mas, el valor pragmático de la actitud apokalyptica puede apreciarse aun fuera de la fe, por un positivista de talento, por ejemplo. Por eso no hemos vacilado en publicar, y eso con no pocos esfuerzos y riesgos, en medio de la incertidumbre y el dolor de esta hora, un ensayo sobre el Apokalypsis, que la superficialidad de alguno calificará, sin duda, de «pesimista». Es pesimismo constructivo (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve? página 284).
Hay mucha miga para el filósofo en esta frase del Ángel: «El tiempo se acabó». El fin de la creación de Dios es intemporal, aunque hacia ese fin se mueva el Tiempo. El término y el fin del mundo no coinciden omnímodamente; pues es sabido que un movimiento puede llegar a su término sin alcanzar su fin; simplemente puede fracasar como han fracasado tantas grandes empresas humanas; comenzando por la torre de Babel y acabando por la Sociedad de las Naciones.
El término de la Historia será una catástrofe, pero el objetivo divino de la Historia será alcanzado en una metahistoria, que no será una nueva creación, sino una transposición; pues «nuevos cielos y nueva tierra» significa renovadas todas las cosas de acuerdo a su prístino patrón divinal.
Así como la Providencia y la acción (incluso milagrosa) del Albedrío de Dios acompaña a la historia del Albedrío del Hombre, así en su resolución y fin intervendrán ambos agentes; y por eso el Fin del Mundo será Doble. La Humanidad se suicidará; y Dios la resucitará; no haciéndola de nuevo, mas trasponiéndola al plano de lo Eterno (…)
El talante del Cristianismo no es Pesimismo; menos aún es el Optimismo beato de la filosofía iluminística, el famoso «Progreso Indefinido». La Profecía cristiana nos da una posición que está por encima desos dos extremos simplistas, en donde caen hoy todos «los que no tienen el sello de Dios en sus frentes». El mundo va a una catástrofe intrahistórica que condiciona un triunfo extrahistórico; o sea una transposición de la vida del mundo en un trasmundo; y del Tiempo en un Supertiempo; en el cual nuestras vidas no van a ser aniquiladas y luego creadas de nuevo, sino —como es digno de Dios— transfiguradas ellas por entero, sin perder uno solo de sus elementos (El Apocalipsis de San Juan, páginas 124-126).

3ª) Cristo vuelve:
Los espíritus religiosos, como buenos médicos, huelen la muerte, pero siguen medicando. Es la actitud paradojal de la fe. La fe asegura al cristiano que este aión, este ciclo de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido por una tremenda agonía y seguido de una espléndida reconstrucción; o en palabras religiosas que «Cristo vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado a la tierra…» Así lo dice el Texto, yo no soy solo responsable de esta enormidad (…) Por una paradoja de psicología profunda, esta literatura pesimista ha sostenido el optimismo constructivo del Cristianismo (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 285).
También aquí llamamos la atención para que no se lea a las corridas lo que nuestro autor entiende por «espléndida reconstrucción».

4ª) Todo esto está previsto y mucho más:
Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación e incluso a su poder de comprensión —como es el caso en nuestros días—, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando (…) Cuando parece que los cimientos del mundo ceden y se descompagina totalmente la estructura íntegra —como pasó, por ejemplo, en el siglo XIV— entonces el sabio lee el Apokalipsis y dice: «Todo esto está previsto y mucho más. ¡Atentos! Pero después de esto viene la victoria definitiva. El mundo debe morir. Aunque de muchas enfermedades ha curado ya, una enfermedad será la última. Mas, el alma del mundo, como la del hombre, no es una cosa mortal» (…) La consideración de la visión religiosa de la crisis actual es uno de los motores más poderosos (el primer motor incluso) del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o, si se sigue moviendo, llega un momento en que su movimiento deja de ser humano y se vuelve una convulsión (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 286).
5ª) La verdadera consigna:
La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias. Mas nosotros, defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, páginas 289-290).
Este texto implica toda una espiritualidad. Nada mejor que expresarla poéticamente, tal como lo hiciera el mismo Padre Leonardo Castellani en su poesía ¿No hago nada?:


Reverendo Padre, con admiración y agradecimiento, le decimos: Usted ha hecho mucho más de la mitad…
