Conservando los restos
ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte XXXI)

“La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”
LITURGIA DEL MATRIMONIO
Doctrina de la Iglesia
El matrimonio, así llamado porque la mujer principalmente se debe casar para ser madre, o porque es propio de la madre concebir, dar a luz y criar los hijos; como unión natural fue instituido por el mismo Dios en el paraíso, y luego elevado por Jesucristo a la dignidad de Sacramento.
Este Sacramento establece una santa e indisoluble unión.
1. Deberes de los novios: Han de encomendarse a Dios para conocer su voluntad y alcanzar de Él las gracias necesarias para este estado; han de consultar a sus respectivos padres, antes de contraer entre sí ningún compromiso; han de apartarse de toda peligrosa familiaridad en el trato mutuo, ya de palabra, ya de obra; han de instruirse suficientemente en la doctrina cristiana (canon 1020, § 2), y principalmente en los deberes de su futuro estado (canon 1033.
2. Diligencias previas: Antes de celebrarse el matrimonio, debe constar que nada obsta para su válida y lícita celebración (canon 1019); para lo cual, además de las diligencias propias del párroco (canon 1020), han de leerse en la iglesia, durante tres domingos o días de fiesta consecutivos, las proclamas correspondientes (canon 1024), incumbiendo a todos los fieles la obligación de revelar al párroco o al ordinario del lugar los impedimentos que conocieren (canon 1027). Los que no están confirmados, han de confirmarse antes de casarse, si es que pueden hacerlo sin grave incomodidad (canon 1021, § 2). Han de ponerse en estado de gracia mediante una buena confesión, y recibir devotamente la sagrada Eucaristía (canon 1033).
3. Impedimentos: Impiden o hacen ilícito el matrimonio el voto simple de virginidad, de castidad perfecta, de no casarse, de recibir Orden sagrada y de abrazar el estado religioso (canon 1058); la cognación legal, en aquellos países donde por derecho civil constituye impedimento impediente; la religión mixta entre personas bautizadas, una de las cuales es católica y la otra pertenece a una secta herética o cismática (canon 1060). Dirimen o hacen nulo el matrimonio: la edad, cuando el varón todavía no tiene 16 años y la mujer los 14 cumplidos; la impotencia, antecedente y perpetua; el ligamen, o matrimonio ya existente; la disparidad de cultos, entre una persona no bautizada y otra bautizada en la Iglesia católica; el Orden sagrado y los votos religiosos; el rapto; el crimen; la consanguinidad en la línea recta en cualquier grado, y en la colateral hasta tercero inclusive; la pública honestidad; el parentesco espiritual, existente entre el bautizado, el bautizante y el padrino; y la cognación legal, cuando también lo es por ley civil de un país.
4. Materia y forma: La materia del matrimonio son las palabras o señales equivalentes con las cuales los contrayentes expresan la mutua entrega del derecho a su cuerpo; y la forma es la mutua aceptación del mismo.
5. Ministro: Son los mismos esposos, los cuales recíprocamente lo confieren y lo reciben, en presencia del párroco y de dos testigos por lo menos (canon 1094).
6. Fines: El fin primario del matrimonio es tener hijos y educarlos cristianamente; y el secundario, prestarse ayuda mutua y mutuo amor, y remediar la concupiscencia (canon 1013).
7. Características: Las características o propiedades esenciales del matrimonio son: la unidad y la indisolubilidad (canon 1013, § 2). Un matrimonio, válido y consumado, por ningún poder humano y por ninguna causa puede ser disuelto sino sólo por la muerte (canon 1118).
8. Matrimonio civil: El mal llamado matrimonio civil no es otra cosa que una formalidad prescripta por la ley, para dar y asegurar los efectos civiles a los casados y a su prole, y quien se contenta con él, vive en continuo pecado mortal y su unión será siempre ilegítima delante de Dios y de la Iglesia y de consecuencias desastrosas para la prole.
EL MATRIMONIO EN LA ANTIGÜEDAD
El matrimonio en los primeros siglos
Al ordenar San Pablo a las que libremente se casaban que se casen en el Señor, quiso decirles, entre otras cosas, que lo hiciesen a la usanza de la Iglesia y con los ritos establecidos por los Apóstoles. No consta a punto fijo qué usos y qué ritos fuesen éstos primitivos, pero, por San Ignacio de Antioquía, discípulo de los Apóstoles, y más tarde por Tertuliano, sabemos positivamente que el matrimonio se celebraba ya entonces en presencia de la Iglesia, y con Misa y Comunión de los desposados.
San Ignacio escribe en una carta a San Policarpo: “Conviene que los que se casan se unan con la anuencia del obispo, para que así el matrimonio sea con arreglo al mandato del Señor, y no parezca concertado por la concupiscencia”.
He aquí bien clara la intervención del obispo. Es de presumir que el obispo no sólo aprobaría la nueva alianza, sino que la bendeciría y la santificaría con las oraciones de la Iglesia.
En el siglo II, Tertuliano es ya más explícito y hace suponer la existencia en la Iglesia de un rito bien determinado y universal. Escribiendo a su esposa, dice: “¿Cómo podré explicar la felicidad de este matrimonio que la Iglesia concilia, que la oblación confirma, y, una vez sellado, proclaman los ángeles y ratifica el Padre celestial?”.
Otra vez nos consta aquí la intervención oficial de la Iglesia. Añádese la oblación o sea la Misa por los esposos, en la que la comunión sella la recíproca donación de su persona.
San Ambrosio, en su epístola 70, también habla de la bendición sacerdotal que santifica el matrimonio; y lo mismo el IV Concilio de Cartago y otros documentos de la época.
El Sacramentario Gelasiano y los otros sacramentarios sólo han conservado la colecta de la Misa pro sponso et sponsa, tanto la correspondiente al día mismo del casamiento, como al trigésimo y al aniversario, en que tenía lugar otra asamblea eucarística conmemorativa; pero ni ellos ni los antiguos Ordines Romani, nos dan la descripción completa de la ceremonia nupcial.
La ceremonia nupcial durante la Edad Media
La ceremonia nupcial que rigió, en todo el Occidente, durante la mayor parte de la Edad Media, está sintetizada en una carta del Papa Nicolás a los búlgaros, escrita el año 866. Según ella, a la celebración del matrimonio precedíanle: los esponsales; la entrega del anillo y de la dote; y el contrato matrimonial escrito.
Los esponsales hacíanse verbalmente o mediante alguna señal convenida, y no eran válidos sin el consentimiento paterno.
Seguía la entrega del anillo a la esposa por el esposo, costumbre muy anterior al cristianismo y que éste conservó por su hermoso simbolismo, pues significa la fidelidad mutua y el mutuo amor de los esposos. De ordinario, se hacía esta entrega sencillamente; pero en ocasiones, iba acompañada de algunos detalles elocuentes.
Así San Gregorio de Tours nos cuenta de San Leobardo que, después de entregar el anillo a su prometida, la besó y le dio su calzado, como para tomar plena posesión de ella, aprisionándola, por decirlo así, de pies y manos, y hasta el mismo corazón. O quizá, para indicar de una manera práctica que, desde ese momento, se declaraba siervo suyo; ya que, entre los antiguos, los siervos solían andar descalzos, y calzados y con anillo los nobles.
Al entregar la dote, extendíase por escrito un documento legal, en el que constaba el hecho, y además se consignaban las condiciones del mutuo compromiso de los futuros esposos y de sus padres. Era propiamente el contrato matrimonial, que afirmaba el obispo, como padre común de los fieles, y marcaban con sus sellos todos los asistentes que tenían interés.
En dicho documento, que San Agustín llamaba “tablas matrimoniales”, solían consignarse también las cláusulas relativas a la procreación y educación de los hijos, que era una forma muy delicada de salvaguardar la santidad del matrimonio.
En algunos países, juntamente con el anillo el esposo entregaba a la esposa unas cuantas monedas de oro o de plata, para expresar así la comunidad de bienes y que corría por su cuenta el sostenimiento del futuro hogar; y en otros, como entre los germanos, sajones y borgoñeses, el mismo esposo, por poseer a su esposa, satisfacía una bastante gruesa cantidad de dinero. Tal es el significado de las arras en los países donde todavía es costumbre entregarlas.
La ceremonia nupcial, según la misma carta del Papa Nicolás I, empezaba por la presentación de los novios al sacerdote, en el atrio del templo; seguía inmediatamente la Misa, en la que los esposos comulgaban y recibían la bendición; por fin, la coronación.
Según San Agustín, quien presentaba los novios al sacerdote y con ellos el contrato matrimonial, eran los padres o un íntimo suyo, llamado “paraninfo”. El sacerdote se enteraba del escrito, el cual empezaba entonces a surtir sus efectos. En seguida el novio daba su mano a la novia o bien se las unía el sacerdote, al mismo tiempo que imploraba sobre ellos la bendición del cielo. Introducidos los esposos en la iglesia y colocados ante el altar mayor a la vista del pueblo, celebrábase la Misa llamada de “velaciones” a causa del velo purpúreo con que a ambos se les cubría la cara en señal de modestia.
Al Ofertorio, los esposos presentaban sus ofrendas, y luego participaban de la Comunión; pero antes, el celebrante habíales dado la bendición nupcial.
La ceremonia nupcial terminaba con la coronación de ambos esposos por el sacerdote, después de bendecidas las coronas. Éstas, regularmente, eran de ramos de olivo entretejidos de rosas y flores blancas y encarnadas, y significaban, según San Juan Crisóstomo, la pureza y la inocencia de vida que habían de llevar los esposos en su nuevo estado, y la victoria que, al casarse, habían reportado sobre sus pasiones. Estas coronas solían un día devolverse a la Iglesia, para que las guardase en depósito.
EL MATRIMONIO EN LA ACTUALIDAD
El actual rito nupcial
Aquel antiguo ceremonial del matrimonio, tan solemne y tan magnífico, estuvo vigente en la Iglesia de Occidente más o menos hasta fines de la Edad Media. Algunos países privilegiados por su acendrada piedad, donde el matrimonio seguía siendo considerado todavía como el Sacramento magno de verdad, conservaron y continuaron usando religiosamente la mayor parte de aquellos ritos; pero la Iglesia romana vióse obligada a elaborar, para el uso común, un ritual nupcial más breve y simple, que es el actual.
Contiene, aunque en miniatura, los ritos esenciales del antiguo ceremonial; pero hay que confesar que resulta hoy harto pobre y prosaico. Para más, se le va desplazando poco a poco del templo, y, en algunos sitios, la “Misa de esponsales” es ya una rara excepción. He aquí el rito general:
1. Revestido el párroco de sobrepelliz y estola blanca y acompañado por lo menos de un acólito, que tiene el acetre del agua bendita, preséntase ante los novios, que están ya arrodillados delante del altar y en presencia de los dos testigos y de sus parientes y amigos, y les pide a los dos, separadamente, su consentimiento, diciendo:
Sacerdote: Señor N., ¿quiere usted tomar a la señorita N., aquí presente, por su legítima esposa, según el rito de la Santa Iglesia?
Esposo: Sí, quiero.
Sacerdote: Señorita N., ¿quiere usted tomar al señor N., aquí presente, por su legítimo esposo, según el rito de la Santa Madre Iglesia?
Esposa: Sí, quiero.
El sacerdote les manda luego estrecharse las manos derechas, diciendo: Yo os uno en matrimonio. En el nombre del Padre † y del Hijo y del Espíritu. Santo. Amén. Y los rocía con agua bendita.
Este es el rito esencial del Sacramento del Matrimonio, o sea, la mutua, entrega y mutua aceptación de los esposos, hecha de palabra y delante de testigos y en el seno de la Iglesia, representada por el sacerdote.
El acto de estrecharse las manos, la bendición del sacerdote y la aspersión del agua bendita, son ritos meramente simbólicos, y aunque preciosos, no son necesarios para el Sacramento.
2. El sacerdote bendice luego el anillo de la esposa, diciendo: Ben † dice, oh Señor, este anillo que nosotros en tu nombre ben † decimos: para que quien lo lleve, guardando íntegra fidelidad para con su esposo, permanezca en paz sumisa a Tu voluntad, y viva siempre en caridad mutua. Amén.
Rociado el anillo con agua bendita, el sacerdote se lo entrega al esposo para que se lo coloque a la esposa en el dedo anular de la mano izquierda, mientras él lo bendice y dice: En el nombre del Padre, y del Hijo † y del Espíritu Santo. Amén.
El anillo nupcial, por rico que sea, no es un mero objeto de ornato; es una prenda simbólica, cuyo brillo puede decirse que es la estrella salvadora del hogar. Es como un memorial perenne que la esposa lleva siempre en la mano, para recordarse a sí y recordar a su esposo el mutuo pacto de fidelidad y de amor recíprocos.
3. Antes de retirarse el sacerdote y de despedir a los recién desposados, dirige por ellos esta breve, pero ferviente plegaria:
Te rogamos, Señor, mires con piedad a estos tus siervos, y los asistas propicio en este estado, por el cual has provisto a la propagación del género humano; a fin de que, los que por obra tuya se han unido, se conserven con tu auxilio. Así sea.
Aquí termina propiamente el rito de matrimonio, pero tiene su precioso complemento en la Misa “pro Sponso et Sponsa” y en la Bendición Nupcial. Por desgracia, la costumbre de celebrar las bodas por la noche, fuera de la Iglesia y con escaso espíritu cristiano, descuidan esta Misa y esta Bendición, que pondrían un broche de oro a la unión conyugal.
• Advierte el Ritual Romano (n. 6), que donde existen otras costumbres y ritos loables para celebrar el sacramento del matrimonio, conviene guardarlos religiosamente. Así se hace, en efecto, y merced a esta facultad que otorga la Iglesia, en algunos países de rancia tradición católica, la ceremonia nupcial en uso es un fiel reflejo del suntuoso ritual medieval.
• En España, por ejemplo, rige todavía el Manual Toledano, el que, aparte de otras particularidades, ha conservado el uso de las arras (que suelen ser 13 monedas de plata o de oro), y el del yugo o velo con que se cubre la cabeza y espalda de los esposos.
• En la Argentina y en algunos otros países de América, se usa un ritual especial, que es un término medio entre el Romano y el Toledano.
Misa de esponsales y bendición nupcial
Es voluntad de la Iglesia que los nuevos esposos reciban, dentro de la Misa, la solemne bendición nupcial. Esta Misa y Bendición combinadas como están, forman una ceremonia imponente y llena de majestuosidad.
Lo dispone así la Iglesia, para que los jóvenes esposos y todos comprendan bien que la fundación de una nueva familia es, para la sociedad cristiana, un acontecimiento tan trascendental, que hay que prevenirlo con las bendiciones del cielo.
Ya hemos visto arriba que, antiguamente, el sacrificio de la Misa y la Comunión de los esposos eran parte principalísima de la solemnidad nupcial.
En el siglo XI se compuso una Misa especial de desposorios, con textos apropiados para la circunstancia. La que hoy poseemos es posterior a esa época; pero anterior a San Pío V.
Es una de las más bellas y jugosas del Misal. La Epístola, sacada de la de San Pablo a los Efesios (c. V), inculca a las mujeres el respeto y sumisión a sus maridos, y a éstos el amor a sus mujeres, imitando unos y otras el comportamiento de la Iglesia con Cristo, y viceversa. El Evangelio (S. Mateo, c. XIV), proclama la indisolubilidad del matrimonio, contra todos los argumentos de los divorcistas: “Lo que Dios ató —termina diciendo— no lo desate el hombre”. Los demás textos han sido muy bien escogidos para celebrar la grandeza, fecundidad y santidad del hogar cristiano.
En uno de los momentos más solemnes de la Misa, o sea, inmediatamente después del “Pater Noster”, vuélvese el sacerdote hacia los esposos para darles la bendición nupcial. Ésta consiste en dos oraciones, la segunda de las cuales, la más larga y más antigua, es verdaderamente magnífica, y toda ella dedicada a la esposa:
“¡Oh Dios! —dice—, mira propicio sobre esta tu sierva: haz que su yugo sea de amor y de paz; que casta y fiel se una en Jesucristo, y sea imitadora de las santas mujeres. Sea afable con su marido, como Raquel; prudente como Rebeca; fiel y de larga vida, como Sara…; que permanezca siempre adicta a la fe y a los mandamientos… que sea grave en sus modales, venerable por su pudor, instruida en las cosas celestiales, fecunda en la descendencia, pura e inocente en sus costumbres, y que, al fin, pueda llegar al descanso de los bienaventurados y reino celestial…”.
Pertenece este texto a los siglos antiguos, cuando, perdurando todavía los resabios del paganismo, la mujer era considerada muy inferior en condición al hombre. Para rehabilitarla ante la sociedad cristiana y rendirle pública y oficialmente un cierto culto de honor, la Iglesia se preocupa de ella con preferencia en esta circunstancia solemne, y si la exige, como a la más dócil, virtudes exquisitas, también la apoya con sus ruegos como a más débil.
Al fin de la Misa, otra vez se vuelve el sacerdote hacia los esposos, invocando al Dios de Abrahán, Isaac y de Jacob, para que los asista y los colme de sus bendiciones y les conceda la gracia de ver a los hijos de sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación.
Para terminar, les amonesta “que se guarden mutuamente fidelidad; que en tiempo de oración, y especialmente en los días de ayuno y en las solemnidades, guarden castidad; que se amen el uno al otro, y que ambos vivan en el temor de Dios”.
Ritos complementarios del matrimonio
La Liturgia del matrimonio se completa con algunos ritos secundarios, independientes del Sacramento, que sería bueno utilizaran oportunamente las familias cristianas para su felicidad espiritual y temporal.
Tales son: la bendición de la nueva casa, del tálamo nupcial, de la madre ante los riesgos del parto, y de la madre después del parto.
1. Al bendecir la casa, pide la Iglesia que reine en ella la salud, la castidad, la victoria sobre los enemigos, la fortaleza, la humildad, la bondad, la mansedumbre, la observancia de la Ley y el nacimiento de gracias; que es desear toda clase de bienes y trazar un hermoso programa de vida cristiana.
2. La bendición del tálamo nupcial formó, un tiempo, parte integrante de la ceremonia matrimonial después de la cual acompañaba el sacerdote a su nueva casa a los recién desposados para efectuar dicha bendición, en la que se acostumbró a usar el incienso juntamente con el agua lustral. La ceremonia es muy breve, pues sólo consta de una corta oración; pero está henchida de sentido. Se la recomendamos a todos los recién casados, así como también la lectura del cap. XXXIX de la III Parte de la “Introducción de la vida devota”, de San Francisco de Sales, que puede servir de comentario a ese rito (ver más abajo).
3. El bien de la fecundidad, primer bien del matrimonio, pone a veces a las madres en grave peligro de muerte. En ese caso, y supuesta la ineficacia de la legítima intervención del hombre, lo únicamente cristiano es recurrir al Creador de todas las cosas, pidiéndole para la pobre madre valor y felicidad.
Es lo que intenta la Liturgia con la Bendición de la madre ante los riesgos del parto.
En ella la Iglesia clama al cielo con todo el apremio y la elocuencia que le inspira la gravedad del momento, siendo su única aspiración salvar la prole y salvar la madre.
4. Mas, por lo mismo que el parto es una prueba grande que, a veces, pone en peligro hasta la vida de la madre y exige siempre en ella grandeza de ánimo, “es piadosa y muy loable costumbre —dice el Ritual Romano— que la madre acuda a la Iglesia, para agradecer a Dios el haber salido incólume del trance y para recibir la bendición del sacerdote”.
Esta bendición de la madre después del parto, es una reminiscencia de la antigua Ley de Moisés, que ordenaba a las mujeres israelitas a presentarse al Templo, un tiempo después de su alumbramiento, para ofrecer a Dios el hijo y para purificarse ella de la mancha legal.
La madre, para esta Bendición y presentación del hijo, lleva a la iglesia un cirio, el cual, después de usarlo en la ceremonia, deja en el templo como ofrenda de gratitud.
INTRODUCCIÓN A LA VIDA DEVOTA
SAN FRANCISCO DE SALES
DE LA HONESTIDAD DEL TÁLAMO NUPCIAL
El tálamo nupcial, como dice el Apóstol, ha de ser inmaculado, es decir, ha de estar libre de impureza y de otras fealdades profanas. De esta manera fue instituido, al principio, el matrimonio en el paraíso terrenal, donde jamás, en todo aquel tiempo, hubo el menor desorden de la concupiscencia ni cosa alguna deshonesta.
Existe cierta semejanza entre los placeres vergonzosos y los del comer, pues todos ellos pertenecen a la carne, aunque los primeros, por razón de su brutal vehemencia, se llaman simplemente carnales. Explicaré, pues, lo que no puedo decir de unos, por lo que diré de los otros.
1. El comer está ordenado a la conservación de la vida. Ahora bien, así como comer simplemente para nutrirse y conservar la persona es una cosa buena, santa y mandada, así también, en el matrimonio, lo que es necesario para la generación de los hijos y la multiplicación de las personas, es una cosa buena y muy santa, porque es el fin principal de las nupcias.
2. Comer, no para conservar la vida, sino para mantener la mutua relación y condescendencia que nos debemos los unos a los otros, es una cosa muy justa y honesta. Igualmente, la recíproca y legítima satisfacción de los esposos, en el santo matrimonio, es llamada por San Pablo débito; mas débito tan grave, que no quiere que ninguna de las partes se exima de él sin el libre y voluntario consentimiento de la otra, ni siquiera por motivos de prácticas devotas, lo cual me ha obligado a hablar en la forma que lo he hecho, sobre este punto, en el capítulo de la Sagrada Comunión. Mucho menos pues, es lícito eximirse de este deber, por caprichosas pretensiones de virtud o por disgusto o desdén.
3. Así como los que comen por el deber de mutua condescendencia, han de comer con libertad y no como forzados a ello, y, además, han de procurar dar a entender que comen con apetito, de la misma manera el débito nupcial se ha de satisfacer fiel y francamente, como si se tuviese la esperanza de tener hijos, aunque, por alguna causa, esta esperanza hubiese desaparecido.
4. Comer, no por los dos primeros motivos, sino, simplemente, para complacer el apetito es cosa tolerable, pero no laudable, ya que el simple placer del apetito sensitivo no puede ser un fin suficiente para hacer que sea laudable un acto; basta con que sea tolerable.
5. Comer, no por simple apetito, sino por exceso y desorden, es cosa más o menos vituperable, según que el exceso sea grande o pequeño.
6. Ahora bien, el exceso en el comer no sólo consiste en la cantidad, sino también en la forma y manera cómo se come. Es notable, amada Filotea, que la miel, tan apropiada y tan saludable para las abejas, pueda de todas maneras, perjudicarlas tanto, que llegue a ponerlas enfermas, como ocurre cuando comen demasiado, sobre todo en primavera, porque les produce como cierta disentería, y, a veces, las mata inevitablemente, como cuando quedan cubiertas de miel por delante de su cabeza y en sus aletas.
A la verdad, el comercio nupcial, que es tan santo, tan justo, tan recomendable, tan útil a la sociedad, puede empero en algunos casos ser dañoso a los que lo practican; pues, a veces, pone enfermas de pecado venial a las almas, como ocurre con simples excesos, y, en algunas ocasiones, las mata con el pecado mortal, como ocurre cuando es violado y pervertido el orden establecido para la generación de los hijos; y, en este caso, según que alguno se aparte más o menos de este orden, son los pecados más o menos execrables, pero siempre mortales.
Porque como quiera que la procreación de los hijos es el fin primario y principal del matrimonio, jamás es lícito apartarse del orden que exige, aunque, por algún motivo, tal procreación no pueda entonces seguirse, como acontece cuando la esterilidad o el embarazo impiden la generación, pues, en estas circunstancias, el comercio corporal no deja de poder ser justo y santo, con tal que sean cumplidas las leyes de la generación, puesto que nunca está permitido que cosa alguna accidental contravenga la ley impuesta por el fin principal del matrimonio.
Es cierto que la infame y execrable acción que Onán cometió, en su matrimonio, fue detestable delante de Dios, como lo dice el Sagrado Texto, en el capítulo treinta y ocho del Génesis. Y aunque algunos herejes de nuestros tiempos, cien veces más condenables que los Cínicos, de que nos habla San Jerónimo en la epístola a los Efesios, han pretendido que fue la perversa intención de este malvado la que desagradó a Dios, es manifiesto que no habla así la Escritura, sino que concretamente asegura que fue la misma cosa cometida la que pareció detestable y abominable a los ojos de Dios.
7. Es una señal indudable de un espíritu perverso, vil, abyecto e innoble, pensar en los manjares y en la comida antes de la hora, y todavía más deleitarse, después de comer, con el placer que se ha sentido durante la comida, entreteniéndose en ello con palabras y pensamientos, y revolcando el espíritu en el recuerdo del placer experimentado al tragar los manjares, como lo hacen aquellos que, antes de comer, tienen el ánimo en el asador y, después de comer, en los platos; personas dignas de ser galopines de cocina, que, como dice San Pablo, hacen de su vientre un Dios.
Las personas honorables sólo piensan en la mesa cuando se sientan a ella, y, una vez han comido, se lavan las manos y la boca para no sentir más ni el sabor ni el olor de lo que han comido.
El elefante no es sino una bestia enorme, pero es la más digna de cuantas viven en la tierra y la que tiene más juicio. Quiero referir un rasgo de su honestidad: nunca cambia de compañera, y ama tiernamente a la que ha escogido, con la cual, empero, no se junta más que de tres en tres años, por espacio de cinco días, y con tanto secreto que jamás nadie le ha visto en este acto; pero harto se conoce el sexto día, cuando, antes de hacer cualquier otra cosa, se va derechamente al río, donde lava todo su cuerpo, y no quiere volver a su grupo antes de haberse purificado.
¿No son estas cosas hermosos y honestos instintos de este animal, con los cuales invita a los casados a no permanecer encenagados en la sensualidad y en los placeres experimentados por razón de su estado, sino a lavar el corazón y el afecto, una vez pasados; y a purificarse lo antes posible, para practicar después otros actos más puros y elevados, con toda la libertad del espíritu?
En esta advertencia consiste la práctica perfecta de la excelente doctrina que San Pablo da a los corintios: «El tiempo es breve; por lo tanto los que tienen esposa vivan como si no la tuviesen». Ya que, según San Gregorio, tiene esposa como si no la, tuviese, aquel que, de tal manera recibe los deleites corporales, que no impide con ellos las aspiraciones espirituales: ahora bien, lo que se dice del marido se entiende recíprocamente de la esposa. «Los que usan del mundo -dice el mismo Apóstol- sean como si no usasen de él».
Que todos, pues, usen del mundo, cada uno según su vocación, pero de manera que, no esclavizando sus afectos, queden libres y estén prontos para el servicio de Dios, como si no usasen de él.
«Este es el gran mal del hombre -dice San Agustín-, querer gozar de las cosas de las cuales solamente ha de usar, y querer usar de aquellas de las cuales solamente ha de gozar». Nosotros hemos de gozar de las cosas espirituales y solamente usar de las corporales, de las cuales, cuando el uso se convierte en gozo, nuestra alma racional se convierte también en alma brutal y bestial.
Creo que he dicho todo lo que era menester decir, y que he dado a entender, sin decirlo, lo que no quería decir.
