Padre Juan Carlos Ceriani: DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y respondiendo Jesús, les volvió a hablar otra vez en parábolas, diciendo: Semejante es el reino de los cielos a cierto hombre rey que hizo bodas a su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, mas no quisieron ir. Envió de nuevo otros siervos diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi banquete, mis toros y los animales cebados están ya muertos, todo está pronto: venid a las bodas. Mas ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a su negocio: y los otros echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron. Y el rey cuando lo oyó, se irritó; y enviando sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas, y puso fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas ciertamente están aparejadas; mas los que habían sido convidados no fueron dignos. Pues id a las salidas de los caminos, y a cuantos hallareis llamadlos a las bodas. Y habiendo salido sus siervos a los caminos, congregaron cuantos hallaron, malos y buenos; y se llenaron las bodas de convidados. Y entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadlo de pies y de manos, arrojadle en las tinieblas exteriores: allí será el llorar y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Lo que pasa en el Reino de los Cielos es semejante a lo que hizo un rey que celebró las bodas de su hijo y llamó para ellas a muchos…

Este rey, que festeja las bodas de su hijo, a las cuales se asimila el Cielo, es Dios, el Señor todopoderoso, el Rey del cielo y de la tierra, que celebra las bodas de su Hijo bienamado, el Verbo eterno.

Ahora bien, las bodas del Hijo de Dios tienen lugar de varias maneras.

En primer lugar, por su Encarnación, se une hipostáticamente a la naturaleza humana en el seno purísimo de la Santísima Virgen María.

El Padre Eterno, Rey de Cielos y tierra, por sola su bondad y misericordia quiso que su Hijo unigénito se desposase con la naturaleza humana, uniéndola consigo en unidad de Persona, dotándola con tantas joyas de gracia y virtudes cuantas convenían a esposa de un Hijo que es en todo igual a su Padre.

Contrae a continuación con su Iglesia una alianza mística, según las palabras de San Pablo: “Este sacramento es grande en Jesucristo y su Iglesia.”

Más lejos llegó, pues, la bondad de este Padre celestial, porque también quiso que su Hijo, Dios y hombre verdadero, se desposase y celebrase las bodas con la Iglesia, que es la Congregación de los fieles, juntando consigo las almas justas con unión de caridad, y adornándolas con virtudes, cuales convienen a esposa de tan soberano Rey.

Se desposa por fin con el alma fiel por la gracia, según esta palabra del Profeta Oseas: “Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad”.

Reconoce, ¡oh alma cristiana!, la dignidad a que Dios te quiere elevar: ¡Venid a las Bodas!

Estas tres bodas santas no tienen otro objetivo que preparar las bodas eternas, que se celebrarán en el Cielo, y donde Jesucristo aportará en dote a su Iglesia bienaventurada la salvación, es decir, la gloria, la vida bienaventurada, la paz por todos los siglos de los siglos.

Así pues, ser invitado a las bodas del Hijo de Dios, según el texto del Evangelio, es ser llamado a la fe, es decir, a conocer y amar a Jesús, entrar en el seno de la Iglesia, unirse a nuestro Señor por la santa Comunión, con el fin de entrar un día en el Cielo para gozar de la felicidad eterna.

El Evangelio de hoy nos habla, pues, de los Desposorios del Verbo divino con la naturaleza humana, con la Iglesia y con el alma justa: ¡Venid a las Bodas!

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Al llegar aquí podemos preguntarnos: ¿a quién se refiere esta parábola?

Ella incluye dos partes bastante distintas.

La primera se refiere a los judíos, que, invitados los primeros y destinados en sucesivas ocasiones a reconocer al Mesías, Dios hecho hombre, se negaron a venir, sometieron incluso a muerte a varios de los enviados del Señor y, debido a su obstinación, se autoexcluyeron del Reino de Dios.

En esta parábola se anuncian claramente su reprobación y la ruina de Jerusalén.

La segunda parte hace referencia a los gentiles, invitados en masa en lugar de los judíos.

Para solemnizar estas Bodas, así el Rey del Cielo como su Hijo Jesucristo, hicieron un convite solemne y una cena grande, y después de aparejada, enviaron a sus criados para que llamasen a los convidados que vengan a ella.

Si envió a sus siervos, fue porque ya estaban invitados primeramente.

San Gregorio Magno dice que debe advertirse que en la primera invitación nada se habló de toros ni de animales cebados; pero que, en la segunda, se dice que todo está pronto. Porque el Dios omnipotente, cuando no queremos oír su divina palabra, cita ejemplos para que veamos que hay facilidad para poder vencer todo lo que consideramos como imposible.

San Jerónimo, por su parte, enseña que el banquete preparado, los toros y los animales cebados ya muertos, representan, en sentido metafórico, las riquezas del rey, para que, por medio de las cosas materiales, se venga en conocimiento de las espirituales.

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Ahora bien, ¿cuál fue el efecto de esta invitación?

Muchos de los convidados no quisieron venir al convite…

Los judíos, en el curso del tiempo, fueron casi siempre infieles; ocupados solamente de sus intereses materiales o de sus placeres, descuidaron tan urgentes invitaciones.

Triste espectáculo, que se renueva todos los días bajo nuestros ojos, sea en los modernos paganos, a quienes querríamos comunicar la Buena Nueva del Evangelio; sea en tantos cristianos tibios, que sólo se ocupan de aumentar sus posesiones o su codicia.

“¡Oh mundo miserable!, exclama San Juan Crisóstomo, miserables también los que lo siguen; ya que los cuidados del siglo son los desastrosos obstáculos que impiden a los hombres llegar a la vida eterna. Nuestra pérdida viene de nosotros mismos.”

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Frente a la negación de venir a las bodas, ¿qué hace el rey?

Esta es la segunda parte de la parábola, que se refiere más especialmente a los cristianos.

El rey dijo a sus criados, es decir, a sus Apóstoles y a sus sucesores: El banquete de las bodas está listo, se consuman los misterios de la Encarnación y de la Redención.

Los judíos, por su incredulidad y su obstinación, se volvieron indignos; pero la sabiduría divina sabe extraer el bien del mal. He aquí el misterio de la vocación de la predestinación de los gentiles.

Cuando una nación tiene la desdicha de rechazar la antorcha de la fe, Dios la transporta a otros.

La Iglesia militante se llena con una muchedumbre inmensa, de todas las regiones y de todos los pueblos.

Pero hay mezcla de justos y de pecadores; ya que todos son llamados, pero no todos se convierten sinceramente, ni todos son fieles a los compromisos de su bautismo.

Y esta mezcla es necesaria, tanto para la santificación de los justos como para la conversión de los pecadores, así como también para manifestar la omnipotencia y la justicia de Dios y el respeto que tiene de nuestra libertad.

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Nuestro Señor quiere también enseñar y poner de manifiesto que no basta ser invitado al banquete de las bodas divinas del Cielo, estar bautizado y tener la fe, sino que es necesario también revestirse de la gracia santificante, es decir, tener la caridad. Y esto lo manifiesta por lo que aconteció al que no tenía el traje de boda.

¿Qué significa esto?

Según el sentido literal, como cada uno sabe, el traje de bodas es la ropa de fiesta, de ceremonia, de honor, que las circunstancias imponen en todo pueblo a los invitados a un banquete de bodas. Nadie se atrevería a presentarse sin esta ropa.

Según el sentido místico, es la caridad, la justicia, la santidad, es decir, la fe acompañada de toda clase de buenas obras hechas por amor de Dios.

En efecto, no basta con venir a sentarse al banquete… con participar de los Sacramentos, practicar los actos exteriores de la fe; es necesario además tener la prenda de vestir de la gracia, que Dios nos dio en el santo Bautismo; es necesario haberlo conservado siempre o, al menos, haberlo recuperado por la Penitencia, para participar en el banquete de la gracia, y en el de la gloria.

La enseñanza de este pasaje es clara: la miseria e indigencia no molestan al Rey celestial; ha hecho, en efecto, llamar a todos, buenos y malos.

Él cubre nuestra miseria con el vestido nupcial de la gracia que, como en la parábola, basada en las costumbres judías, se da a cada uno de los convidados; junto con la invitación, se proporciona la ropa adecuada.

Sin dicho vestido nadie podía entrar la sala del festín; el que descuide tan importante aviso, padecerá la rigurosidad del Rey ofendido.

El rey le dice: “Amigo, ¿cómo entraste sin tener el traje de bodas?” He aquí que te he invitado, te he colmado de atenciones y de gracias, ¿y te atreves a presentarte así, sin el traje de bodas, es decir, con el alma cubierta de manchas?

¡Reproches bien merecidos!

¿Acaso Dios nos los dirigirá a nosotros mismos el día del Juicio?…

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¿Cómo castiga el rey al súbdito infiel? El rey lo hizo atar y arrojar afuera, en la oscuridad, por contraste con la luz deslumbrante que, según el uso, iluminaba la sala del banquete.

Es una imagen de los castigos que Dios infligirá al pecador. Dios lo abandonará a los Ministros de su de Justicia, a los demonios; ya que el infeliz pecador no podrá ni apartarse del castigo, ni convertirse; ¡su dolor será eterno!

La oscuridad exterior es la figura de las horribles oscuridades del infierno y, sobre todo, de la privación de la visión de Dios.

Imagen de la pena inefable, de los remordimientos, de la rabia y desesperación que causarán al pecador el recuerdo de sus infidelidades y la eternidad del infierno donde es lanzado por su culpa, ya que sólo tenía que hacerse recibir en el cielo.

¿Qué conclusión debemos sacar del ejemplo de este invitado infeliz?

Nuestro Señor nos da aquí una terrible pero útil lección a todos y, en particular, a los que se acercan a la Santa Comunión.

¡Cuántos, confiándose a su título de cristianos y esperando, con una excesiva presunción, la predilección y las bondades de Dios hacia ellos, descuidan enteramente sus deberes de cristianos, viven casi como paganos y no se preocupan de ninguna manera de ser justos y santos ante Dios!

Ser invitado a entrar en la sala del Banquete es un favor, pero que crea deberes; y que, por lo tanto, no servirá de nada, antes bien tornará culpable incluso, si uno no se presenta con el traje de bodas.

¡No!, no es el título de cristiano quien garantiza un lugar en la Bienaventuranza; es la fidelidad a la gracia, el cumplimiento perfecto de todos los deberes, en una palabra, la santidad personal. Sin ella, seremos rechazados, como este infeliz, y seremos precipitados en el infierno.

La conclusión moral que Nuestro Señor saca de esta parábola es: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos”.

Es decir, todos son llamados a la fe, a gozar de todos los beneficios de la religión, a entrar al Cielo; y con todo, pocos son elegidos, porque no se quiere mortificar, sacudir el yugo del demonio y de sus secuaces, superar sus malas pasiones; porque se buscan los bienes y los placeres materiales; porque no se quiere vivir como verdadero discípulo de Jesús…

¿Seremos nosotros del reducido número de los elegidos? …

Es el secreto de Dios…

Pero eso depende nosotros…

Para ello, recemos como la Santa Liturgia nos enseña:

¡Oh, Dios!, omnipotente y misericordioso, aleja propicio de nosotros todo lo adverso; para que, desembarazados de alma y cuerpo, Te sirvamos con libertad de espíritu.