
Señor, voy tras tus huellas como va el moribundo
en busca del remedio que lo puede sanar,
soportando en mis hombros todo el peso del mundo
porque el mundo me llena de profundo pesar;
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y es por tantas ofensas a tu nombre sagrado
más las indiferencias a tu amor y a tu cruz
que hoy vuelvo a descubrirme amargo y desolado,
como el que aspira a un mundo que vislumbra a trasluz.
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Contigo, pues, comparto mi angustia de creyente
al ver tus detractores buscando desafiar
beatíficas promesas y hundirse absurdamente
en una amarga muerte vacía y secular.
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Hemos llegado al punto donde nada produce
más que frutos podridos, hierbas malas y hedor,
en que la prepotencia del hombre lo conduce
a esgrimir desafiante la ficción y el error.
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Cada día se jacta más el torvo enemigo,
cada día se aviva más la inicua maldad
de los que zarandeados como espigas de trigo
militan en las hordas de tu infidelidad.
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Perdona si hoy me encuentras sombrío y cabizbajo
por raptos de disgusto que me anegan el ser,
silente cual campana carente de badajo
y urgido por el ansia de darte a conocer.
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Pero aunque sea amarga y hostil y cruel la hora
presente, e imposible poderla soslayar,
sé que para mi noche reservas una aurora
que traerá el regocijo y el fin de mi pesar.
