Padre Juan Carlos Ceriani: SAN MIGUEL ARCÁNGEL

 

Sermones-Ceriani

SAN MIGUEL ARCÁNGEL

Hoy es la Fiesta de la Dedicación de San Miguel Arcángel.

Esta Dedicación de San Miguel, aunque es la más solemne de las fiestas que la Iglesia celebra cada año en honor del Arcángel, le es menos personal, porque en ella se celebra, a la vez, a todos los coros de la jerarquía angélica.

En efecto, la Iglesia, por boca de Rábano Mauro, abad de Fulda, propone a nuestra meditación el objeto de la fiesta de este día en el Himno de las Primeras Vísperas:

En nuestras alabanzas celebramos a todos los guerreros del cielo; pero ante todo al jefe supremo de la milicia celestial: a San Miguel que, lleno de valentía, derribó al demonio.

Desde muy antiguo, este día fue consagrado a todos los Ángeles, como nos lo recuerdan el Introito, el Gradual la Oración de la Comunión.

En el año 530, lo eligió el Papa Bonifacio II para dedicarle a San Miguel una iglesia en el gran circo de Roma. De este modo, la Dedicación de esta iglesia nos da la razón del título que hasta hoy conserva el Misal Romano para la fiesta de San Miguel.

Los textos del oficio de esta Fiesta pueden contarse entre las más bellas composiciones de nuestra Liturgia. Nos hace contemplar, unas veces al Príncipe de la milicia celestial y jefe de todos los Ángeles buenos, otras al ministro de Dios que asiste al juicio particular de cada alma finada, y otras al intermediario que lleva al altar de la liturgia celeste las oraciones del pueblo fiel.

Las Primeras Vísperas empiezan con la antífona Stetit Angelus, cuyo texto se repite en el Ofertorio de la Misa del día: «El ángel se puso de pie junto al ara del templo, teniendo en su mano un incensario de oro, y se le dieron muchos perfumes; y subió el humo de los perfumes a la presencia de Dios».

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San Miguel es uno de los siete Arcángeles, y figura, junto a San Gabriel y San Rafael, entre los tres cuyos nombres aparecen en la Sagrada Escritura.

La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los Arcángeles y le llama Príncipe de la Milicia Celestial, por eso se lo representa con el traje de guerrero.

En el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios, y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.

La iconografía lo representa, pues, como el Ángel Guerrero, el vencedor de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

Ya la Iglesia primitiva veneraba a San Miguel como el Arcángel que derrotó a Satanás y a sus seguidores y los echó del Cielo con su espada de fuego.

Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.

El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad; en efecto, significa ¿Quién como Dios?

Satanás tiembla al escuchar su nombre, pues le recuerda el grito de noble protesta que este Arcángel profirió cuando se insubordinaron los ángeles rebeldes.

San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el Cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios, gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia.

Su fortaleza inspiró valentía en los demás Ángeles, quienes se unieron a su grito de nobleza ¿Quién como Dios?

Desde ese momento se le conoce como el Capitán de la Milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás Ángeles obedecen.

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En el Antiguo Testamento, San Miguel aparece como el guardián de la nación hebrea. En el libro de Daniel, vemos que Dios le envía para asegurar al Profeta su protección. Justamente se piensa que el mismo Arcángel San Miguel es el Ángel que el Señor había asignado a los israelitas en los días de Moisés, para guiarles a través del desierto.

Después de la muerte de Moisés, según la tradición, recogida por San Judas, San Miguel alterca con el diablo disputándose el cuerpo del Patriarca. En obediencia al mandato de Dios, San Miguel escondió la tumba de Moisés, ya Satanás quería exponerla para llevar a los israelitas al pecado de idolatría.

San Miguel recibió de Dios el encargo de llevar a término sus designios de misericordia y de justicia para su pueblo escogido. Vemos como Judas Macabeo, antes de iniciar cualquier batalla en defensa de la Ley y del Templo, clamaba la ayuda de San Miguel y le confiaba su defensa.

De igual modo, en el Nuevo Testamento, San Miguel ocupa un lugar prominente y continúa su poderosa defensa.

Como lo testimonian los Padres de la Iglesia, el honor y la veneración a San Miguel ha sido parte esencial de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Se le han atribuido un sin número de beneficios espirituales y temporales.

El Emperador Constantino atribuyó a este Arcángel las victorias sobre sus enemigos, y por ello le construyó cerca de Constantinopla una magnifica iglesia en su honor. Esta se convirtió en lugar de peregrinación y muchos enfermos recibieron sanación gracias a la intercesión de San Miguel.

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No sólo durante la vida terrenal San Miguel defiende y protege nuestras almas, Él nos asiste de manera especial a la hora de la muerte, ya que su oficio es recibir las almas de los elegidos al momento de separarse de su cuerpo. De este modo, San Miguel continúa su ministerio angélico en relación a los hombres hasta que los lleva a la bienaventuranza eterna a través de las puertas celestiales.

A la hora de la muerte se libra una gran batalla, una agonía, ya que el demonio tiene muy poco tiempo para hacernos caer en tentación, o desesperación, o en falta de reconciliación con Dios.

Por esto es que en esos momentos se libra una gran batalla espiritual por nuestras almas. San Miguel está al lado del moribundo defendiéndole de las asechanzas del enemigo.

San Anselmo cuenta de un religioso piadoso que, a punto de morir, recibía grandes asaltos de demonio. El demonio se le apareció, acusándole de todos los pecados que había cometido antes de su tardío Bautismo. San Miguel se aparece y le responde que todos esos pecados quedaron borrados con el Bautismo. Entonces, Satanás le acusa de los pecados cometidos después del Bautismo. San Miguel le contesta que estos fueron perdonados en la confesión general que hizo antes de profesar. Satanás insiste, y le acusa de las ofensas y negligencias de su vida religiosa. San Miguel declara que esas han sido perdonadas por sus confesiones y por todos los buenos actos que hizo durante su vida religiosa, en especial la obediencia a su superior, y que lo que le quedaba por expiar lo había hecho a través del sufrimiento de su enfermedad vivido con resignación y paz.

San Alfonso María de Ligorio, por su parte, nos relata el caso de un hombre polaco, de la nobleza, que había vivido muchos años en pecado mortal y lejos de la vida de Dios. Se encontraba moribundo y estaba lleno de terror, torturado por los remordimientos, lleno de desesperación. Este hombre había sido devoto de San Miguel Arcángel, y Dios, en su misericordia, permitió que este Arcángel se le apareciera. San Miguel lo alentó al arrepentimiento, diciéndole que había orado por él y le había obtenido más tiempo de vida para que lograra la salvación. Al poco rato, llegan a la casa de este hombre dos sacerdotes dominicos, que dijeron se les había aparecido un extraño joven pidiéndoles que fueran a ver a este hombre moribundo. El hombre se confesó con lágrimas de arrepentimiento, recibió la Santa Comunión y en brazos de estos dos sacerdotes murió reconciliado con Dios.

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El 13 de octubre de 1884, el Papa León XIII experimentó una visión horrible. Después de rezar la Santa Misa estaba consultando sobre ciertos temas con sus cardenales en la capilla privada del Vaticano cuando, de pronto, se detuvo al pie del altar y quedó sumido en una realidad que sólo él veía.

Su rostro tenía expresión de horror y de impacto. Se fue palideciendo. Algo muy grave había visto. De repente, se incorporó, levantó su mano como saludando y se fue a su estudio privado.

Lo siguieron y le preguntaron: ¿Qué le sucede su Santidad? ¿Se siente mal?

El respondió: ¡Oh, qué imágenes tan terribles se me han permitido ver y escuchar!, y se encerró en su oficina.

¿Qué vio León XIII? Él mismo lo relató más tarde: Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que él podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno, si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener cien años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo.

También León XIII pudo comprender que, si el demonio no lograba cumplir su propósito en el tiempo permitido, sufriría una derrota humillante. Vio a San Miguel Arcángel aparecer y lanzar a Satanás con sus legiones en el abismo del infierno.

Después de media hora, llamó al Secretario para la Congregación de Ritos. Le entregó una hoja de papel y le ordenó que la enviara a todos los Obispos del mundo, indicando que, bajo mandato, tenía que ser recitada después de cada Misa la oración que ahí él había escrito.

Es la famosa oración que todos conocemos y rezamos con fervor: San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén.

¿Es necesario seguir rezando esta oración y las preces prescritas para después de la Santa Misa? Huelga la respuesta…, aunque no para todos, lamentablemente…

Necesitamos la ayuda de San Miguel Arcángel en estos tiempos apocalípticos. Necesitamos su intercesión como remedio contra los espíritus infernales, que se han desencadenado en el mundo moderno.

En estos tiempos, cuando la misma base de la sociedad está tambaleándose como consecuencia de haber negado los derechos de Dios, debemos revivir la devoción a San Miguel y con Él gritar: ¿Quién como Dios?

Ya lo había dicho San Francisco de Sales: La veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, escepticismo y de la infidelidad.

Precisamente, estos pecados están al orden del día en nuestros tiempos. Más que nunca necesitamos la ayuda de San Miguel para mantenernos fieles en la Fe.

El ateísmo, la apostasía, la infidelidad, la perfidia han infiltrado todos los sectores de la sociedad humana. Es nuestra misión, como fieles católicos, confesar nuestra fe con valentía y gozo, y demostrar con celo nuestro amor por Jesucristo.

En el fin de los tiempos, la presencia y acción de San Miguel y sus Ángeles es más necesaria y valiosa que nunca.

Con sus Ángeles, librará la batalla victoriosa contra Satanás y los Ángeles rebeldes, los cuales serán arrojados del cielo, tal como lo narra el Apocalipsis:

Y se hizo guerra en el cielo: Miguel y sus ángeles pelearon contra el dragón; y peleaba el dragón y sus ángeles, mas no prevalecieron, y no se halló más su lugar en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama el Diablo y Satanás, el engañador del universo. Arrojado fue a la tierra, y con el fueron arrojados sus ángeles. Y oí una gran voz en el cielo que decía: “Ahora ha llegado la salvación, el poderío y el reinado de nuestro Dios y el imperio de su Cristo, porque ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Ellos lo han vencido en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra, de la cual daban testimonio, menospreciando sus vidas hasta morir. Por tanto alegraos, oh cielos, y los que habitáis en ellos. Mas ¡ay de la tierra y del mar! porque descendió a vosotros el Diablo, lleno de gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo.”

Esta batalla no se es la misma que narra San Pedro, la cual hubo en el cielo cuando la defección de Lucifer, sino una batalla que tendrá lugar en los últimos tiempos, antes del desenlace final del misterio de iniquidad y la venida del Anticristo.

Entretanto, el dragón espera el momento, pues la lucha primordial se repetirá en los tiempos finales; y todos los intentos de Satanás serán arruinar a Cristo y a su obra.

Toda la vida de la Iglesia será sufrir los dolores que necesita sufrir para que los tiempos mesiánicos traigan a los hombres la paz de Cristo en el reino de Cristo.

Por todo esto, San Miguel es venerado como guardián de la Iglesia.

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Estamos en gran batalla espiritual. Es nuestro deber usar todas las armas espirituales para batallar con fortaleza y prudencia.

La gran malicia del demonio, su astucia, sus mentiras, sus sugerencias, sus insinuaciones se dirigen a la mente y al corazón humano. Él trata de destruir toda obra buena. Toda la malicia que su mente es capaz de poseer quiere inyectarla en las almas.

Contra estos ataques, Dios da su admirable protección. El hombre tan sólo debe cooperar y corresponder. He aquí la importancia de la devoción a San Miguel Arcángel.

Si en tiempo de tentación tenemos el coraje de reprender al maligno y de clamar la asistencia de San Miguel, el enemigo por seguro saldrá huyendo.

Pero, si deseamos obtener su protección, debemos imitar sus virtudes, especialmente su humildad y su celo por la gloria de Dios.

San Miguel se presenta, pues, como nuestro protector y como a nuestro modelo

Pero el ministerio de los Ángeles junto a los hombres que les están confiados no ha terminado con eso.

Si sus almas están en el Cielo, sus cuerpos aguardan la resurrección.

Al final de los tiempos, ellos serán los ministros del Señor en ocasión de la resurrección de los cuerpos.

Esta presencia de los Ángeles en la Parusía es uno de los aspectos de la angelología más atestiguados por el Nuevo Testamento.

El Evangelio según Mateo nos muestra «al Hijo del hombre enviando a sus Ángeles con la trompeta que resuena y reuniendo a sus elegidos desde los cuatro vientos».

Y la Primera Carta a los Tesalonicenses dice que «a la señal dada por la voz del arcángel, al son de la trompeta divina, el Señor mismo bajará del cielo y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar».

Los cosechadores, que separan el buen trigo de la cizaña, son los ángeles enviados por el Hijo del hombre, en la consumación de los tiempos, para separar a los buenos de los malos.

Los Ángeles asistirán al juicio final: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y todos los ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria y todas las naciones se congregarán delante de él, y él separará a los unos de los otros».

Así, los Ángeles se nos presentan asociados a los diversos momentos del drama escatológico; son los ministros de la resurrección de los muertos, de la reunión de los elegidos, de la separación de los justos y los pecadores…

Finalmente los Ángeles son los ejecutores de la sentencia. El Evangelio según Mateo los muestra arrancando del Reino a todos los obradores de iniquidad y arrojándolos al horno de fuego.

Los Santos Padres dan un cuadro detallado de esta escena y describen este ministerio de castigo. Pero también nos muestran a los Ángeles llevando al Paraíso a los elegidos resucitados.

San Pablo confirma que algunos deberán ser transportados por los Ángeles sobre las nubes. Entonces, una última vez, cuando el último enemigo, la muerte, haya sido vencido y el Hijo haya devuelto todas las cosas a su Padre, los Ángeles que acompañarán al Cristo, ahora total, en su suprema ascensión harán resonar su llamado: “¡Levántense, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria!”

Si los Ángeles reciben con tanta alegría la instauración definitiva de la Iglesia en la ciudad celestial, es a causa del amor desinteresado que le tienen.

Desde hacía mucho tiempo los poseía el deseo de este estado de dicha, según el apóstol San Pedro: “Las que les han sido anunciadas a ustedes, y en las cuales los Ángeles desean fijar sus miradas”. El objeto de la espera de los Ángeles es la bienaventuranza de los hombres. Una vez cumplida la promesa, están llamados a dar gloria con nosotros por el don de la bienaventuranza.

San Gregorio de Nyssa destaca otro aspecto de la alegría de los Ángeles, al ver reconstituida la unidad de la creación espiritual.

Dice así: “Hasta ahora, la creación gime en los dolores del parto, sujeta, por causa de nosotros, a la vanidad, viendo en nuestra perdición un detrimento para ella misma, hasta que llegue la manifestación de los hijos de Dios, hacia lo cual los Ángeles no cesan de estar siempre en tensión y en espera por nosotros, y hasta que la oveja salvada sea reunida a la santa centena, porque somos nosotros la oveja, nosotros somos los que fuimos salvados cuando el Buen Pastor se hizo Primogénito. Pero, entonces, de manera eminente, en una fervorosa acción de gracias por nosotros, presentarán su acción de gracias a Aquel que, por medio de su Primogénito, ha vuelto a llamar a aquella que se había extraviado lejos del hogar paterno”.

Entonces quedará constituida la liturgia perfecta que glorificará eternamente a la Trinidad. Cuando la gracia haya reunido a los hombres y a los Ángeles, ellos harán resonar el himno de alabanza. Ese día, la alegría de los amigos del Esposo será completa.

Habían suspirado por su venida durante las largas preparaciones de la Alianza, han saludado su aparición con un gozo inmenso y han exaltado su gloriosa ascensión.

Se han puesto al servicio de su obra redentora durante los tiempos de la Iglesia, ministros de las conversiones, de las iluminaciones y de las uniones.

Han conducido al Paraíso las almas de los justos que les estaban confiadas, han velado sobre sus despojos terrestres.

Pero esperan todavía el día en que el Esposo vendrá a buscar a su Esposa, en su belleza finalmente perfecta, a fin de introducirla en la casa de su Padre para las bodas eternas…

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Honremos, pues a San Miguel como al primer Ángel del Paraíso y Príncipe de la Ciudad Santa, siempre fiel a Dios, cuyas grandezas proclama con esta palabra que ha llegado a ser su nombre: Miguel, ¿Quién como Dios?

Honremos al mismo tiempo a todos los Santos Ángeles que imitaron a San Miguel y que, como Él, cumplen para con nosotros la doble misión que han recibido de ser nuestros protectores y nuestros modelos.

Demos gracias a Dios por haberles dado tal misión, y no olvidemos saludar a la Reina de los Ángeles.