DÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Para algunos, que estaban persuadidos en sí mismos de su propia justicia y que tenían en nada a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar: el uno fariseo y el otro publicano. El fariseo, estando en pie, oraba en su interior de esta manera: Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, así como este publicano. Ayuno dos veces en la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano, estando lejos, no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho diciendo: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador. Os digo que éste, y no aquél, descendió justificado a su casa; porque todo hombre que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado».
Con la parábola de la viuda y el juez inicuo el Señor nos enseñó la diligencia de la oración. Ahora nos enseña, por la del fariseo y el publicano, el modo de dirigirle nuestras súplicas, para que no sea infructuosa la oración.
La finalidad de esta parábola es enseñar el valor de la oración, pero con una condición esencial de la misma: la humildad.
Es requisito fundamental, pues todo el que pide ha de reconocer lo que no tiene. En la oración, pues, la actitud humilde es lo que hace a Dios aceptarla; mientras que la actitud soberbia del que pide con exigencia, más o menos camuflada, hace que Dios la rechace y no escuche su petición.
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La escena presenta primero la oración de un fariseo: soberbio, engreído por la práctica material de la Ley; despreciador de los demás, por considerarlos pecadores.
Los fariseos se consideraban siempre justos.
De ellos dice Salomón: “Es mejor un perro vivo que un león muerto” (Ecle. 9, 4), o sea, es mejor el humilde publicano que el soberbio fariseo.
Cuando dice estando de pie, indica el orgullo de su alma, porque aparecía muy soberbio, aun en su actitud. Dice también que oraba en su interior, como si no orase delante de Dios; porque se volvía a sí mismo por el pecado de la soberbia.
No ora: relata sus necedades, porque sólo lo que refiere, aunque fuese verdad, no evitaba el orgullo.
Además, alega obras de supererogación. Ayuna dos veces por semana. No había más obligación que el ayuno anual; pero los fariseos ayunaban los días segundo y quinto de la semana. Pagaba, además, el diezmo de todo lo que vendía o adquiría.
San Agustín comenta: Observa sus palabras y no encontrarás en ellas ruego alguno dirigido a Dios. Había subido, en verdad, a orar, pero no quiso rogar a Dios, sino ensalzarse a sí mismo, e insultar también al que oraba.
No es reprendido porque da gracias a Dios, sino porque no deseaba ya nada para sí.
Se pregunta San Gregorio: ¿Qué importa si toda la ciudad está custodiada, si se olvida una brecha, por la cual los enemigos puedan entrar?
Cuanto más orgullosos somos de la perfección de una vida buena, tanto más mostramos que ni estamos en los comienzos de la perfección. Y nos amonesta el Eclesiástico: No te enorgullezcas cuando cumples tu deber (10, 29). Es abominación delante de Dios todo altivo de corazón (16, 5).
¿Qué sucederá, pues, al impío, que se opone a la gracia, cuando es reprendido el que las da con soberbia?
Fariseo se interpreta separado. Al estimarse justo, se separaba del publicano. ¿Quiénes son los demás hombres sino todos, fuera de él? Como si dijera: “Solamente yo soy justo; los demás son pecadores”.
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La otra oración es la de un publicano. Estos eran considerados como gente pecadora, odiada y despreciable.
Por su humildad, por reconocer lo que era ante Dios, pecador, sin levantar los ojos ni las manos al cielo, y pedirle misericordia, su oración le trajo la justificación.
San Juan Crisóstomo dice: Había oído decir: porque no soy como este publicano, y no se indigna; antes bien, se mueve más a la contrición. El fariseo había descubierto su herida, pero el publicano busca la medicina.
El publicano estaba lejos y, sin embargo, se acercaba a Dios; y el Señor le atendía de cerca. El Señor está muy alto y, sin embargo, mira a los humildes.
Su conciencia le abatía; pero su esperanza le elevaba. Hería su pecho y se castigaba a sí mismo. Por tanto, el Señor le perdonaba, porque se confesaba.
Por tanto, que ninguno diga: “no me atrevo”, “tengo vergüenza”. Este respeto es propio del diablo, quien quiere cerrarnos las puertas que dan acceso a Dios.
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La exhibición del fariseo, que alegaba ante Dios sus obras como si fuesen suyas, engriéndose en su complacencia, no le trajo la justificación, que es el único término que aquí se compara.
No le justifican sus obras solas.
¿Qué ha hecho, pues, de mal el fariseo? ¿Y qué ha hecho el publicano para reparar su culpa?
La enseñanza es hacer ver el verdadero sentido del amor de Dios, destacando el valor del arrepentimiento y la desestima de las simples obras, si no van vivificadas por el espíritu.
El fariseo era un pobre soberbio: pobre, porque a través de la abertura, que había olvidado, entraron los ladrones y hurtaron todos sus bienes; soberbio, porque, yendo por encima, se creyó mejor de lo que era.
Además, el soberbio es pobre, porque carece de las riquezas de la humildad; y el que no tiene humildad, se halla en la más grande miseria.
Había subido al templo para orar y no para alabarse a sí mismo. Comenzó a alabarse a sí mismo aquél que debía comenzar con la oración del Señor.
En cambio, en la oración del publicano se pueden considerar seis puntos: el recuerdo de la propia iniquidad, la humillación de la mente y del corazón, la contrición, la confesión, la satisfacción y la justificación.
El recuerdo de la propia iniquidad, donde se dice: “El publicano, estando lejos”. Consciente de su iniquidad, se quedó lejos, y se reputó indigno de siquiera entrar en el templo.
El fariseo se creía estar cerca, en cambio estaba lejos. El publicano se creía estar lejos, en cambio, estaba cerca.
Humildad de la mente y del corazón, cuando dice: “No quería ni alzar los ojos al cielo”. La señal de humildad suele aparecer en los ojos.
Igualmente, en el gesto de golpearse el pecho se notan tres momentos: en la percusión la contrición, en la resonancia la confesión, en la mano la satisfacción de la obra.
El publicano, como el humilde, no se atreve a acercarse, para que Dios se le acerque; no mira, para ser mirado por Dios; golpea el pecho y pide un castigo, para que Dios le perdone; confiesa su pecado, para que Dios lo excuse. Y Dios lo disculpa, porque él se culpa a sí mismo.
Prestemos atención y consideremos diligentemente cuánta coherencia tenía en sí mismo este pecador: en su mente brillaba la humildad, a la que correspondía la humildad de los ojos; el corazón le dolía, la mano golpeaba, y la lengua proclamaba: “¡Dios, ten piedad de mi, pecador!”.
Donde hay humildad, allí hay perseverancia y salvación. El fariseo no tuvo esa humildad, y por eso cayó en el mal: mientras se justificaba, se volvió pecador. El que guarda la humildad, se salva; el que no la guarda, vana es su fe y vana su fatiga.
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San Juan Crisóstomo comenta de manera elegante y profunda:
En esta parábola Jesucristo propone dos conductores y dos carros.
En un carro, la justicia va unida a la soberbia; en el otro, el pecado con la humildad.
El carro del pecado se sobrepone al de la justicia, no por sus propias fuerzas, sino por la virtud de la humildad que lo acompaña.
El otro queda vencido, no por la debilidad de la justicia, sino por el peso y la hinchazón de la soberbia.
Porque, así como la humildad supera el peso del pecado y, saliendo de sí, llega hasta Dios; así la soberbia, por el peso que toma sobre sí, abate la justicia.
Si la humildad, acompañada del pecado, corre tan fácilmente que adelanta a la soberbia, ¡cuánto más no adelantaría si fuese unida a la justicia!
Por otra parte, si el orgullo unido a la justicia puede deprimirla, ¡en qué infierno no habrá de precipitarnos, si lo juntamos con el pecado!
Digo esto, no para que menospreciemos la justicia, sino para que evitemos el orgullo.
Por tanto, aunque hagas multitud de cosas bien hechas, si crees que puedes presumir de ello perderás el fruto de tu oración.
Por el contrario, aun cuando lleves en tu conciencia el peso de mil culpas, si te crees el más pequeño de todos, alcanzarás mucha confianza en Dios.
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El fariseo no estaba desocupado, no estaba vacío, no era humilde, sino soberbio; por esto no procuró saber lo que le faltaba, sino que exageró sus méritos, no era aquella plenitud sólida, sino hinchazón.
Así volvió a su casa vacío por haber fingido la plenitud.
Al revés, aquel publicano, que se había humillado y abatido, porque tuvo cuidado de presentar un vaso desocupado, se llevó consigo mayor gracia.
El versículo, Porque todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla, será ensalzado, señala la causa de la sentencia dictada por Nuestro Señor.
Este versículo aparece en otros contextos del Evangelio, y da un tono de ética común que, como adición sapiencial, sintetiza este caso y alerta ante otros.
Con él, Nuestro Señor da positivamente la norma general de conducta, advirtiendo que todo ello queda encuadrado en esta regla de la providencia de Dios. Es una fórmula proverbial que los Evangelios recogen en varios casos, y que Jesucristo debió de repetir, como uno de esos temas centrales, en varias ocasiones.
El fariseo, inficionado por la peste del orgullo, salió del templo no justificado, porque se atribuyó de manera particular los méritos de los beneficios divinos y se estimó mejor que el publicano.
Como en el penitente publicano reinaban la concordia, el amor y la armonía, por eso dice el Señor: “En verdad les digo que éste retornó a su casa justificado, a diferencia del otro”, en comparación con el fariseo.
¡Qué grande fue la gracia del Redentor! El publicano había subido al templo manchado y descendió justificado; había subido pecador y descendió santificado.
Roguemos, pues, al mismo Señor Jesucristo, que aleje de nosotros la presunción del fariseo y grabe en nuestro corazón la humildad del suyo, pues Él dijo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.
Oh, Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro.

