MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA
Hoy nos encomendamos a:
Santiago el mayor, Apóstol
Recordamos en su día, su aparición en la Batalla de Clavijo. (23 de Mayo)

Tenia en España el imperio de los Moros Abderraman segundo de este nombre, Príncipe de suyo feroz, y que la prosperidad le hacia aun mas bravo; porque al principio de su reinado hizo huir a Abdalla su tío, el cual con esperanza de reinar tomó las armas, y se apoderara de la ciudad de Valencia. Además de esto, se apoderó de la ciudad de Barcelona por medio de un Capitán suyo de gran nombre llamado Abdecarin. Con esto quedó tan orgulloso, que resuelto de revolver contra el Rey D. Ramiro, le envió una embajada para requerirle le pagase las cien doncellas, que conforme al asiento hecho con Mauregato se le debían en nombre de parias; que era llanamente amenazarle con la guerra y declararse por enemigo sino le obedecía en lo que le mandaba.
Grande era el espanto de la gente, mayor el afrenta que de esta embajada resultaba; así los embajadores fueron luego despedidos; valióles el derecho de las gentes para que no fuesen castigados como merecía su loco atrevimiento y demanda tan indigna e intolerable. Tras esto todos los que eran de edad a propósito en todo el reino, fueron forzados a alistarse y tomar las armas, fuera de algunos pocos que quedaron para la labor de los campos, por miedo que si la dejaban, serian afligidos no menos de la hambre que de la guerra. Los mismos Obispos y varones consagrados a Dios siguieron el campo de los Cristianos.
Grande era el recelo de todos, si bien la querella era tan justa, que tenían alguna esperanza de salir con la victoria. Para ganar reputación, y mostrar que hacían de voluntad lo que les era forzoso, acordaron de romper primero y correr las tierras de los enemigos , en particular se metieron por la Rioja, que a la sazón estaba en poder de Moros.
Al contrario Abderraman juntaba grandes gentes de sus Estados, aparejaba armas, caballos y provisiones con todo lo demás que entendía ser necesario para la guerra, y para salir al encuentro a los nuestros. Juntáronse los dos campos de Moros y de Cristianos cerca de Alvelda o Albaydc, pueblo en aquel tiempo fuerte , y después muy conocido por un Monasterio que edificó alli D. Sancho Rey de Navarra con advocación de San Martin.
En aquella comarca se dio la batalla de poder a poder, que fue de las mas sangrientas y, señaladas que se dieron en aquel tiempo. Nuestro ejército como juntado de prisa no era igual en fuerzas y destreza a los soldados viejos y ejercitados que traían los enemigos. Perdiérase de todo punto la jornada, sino fuera por la diligencia de los Capitanes, que acudían a todas partes y animaban a sus soldados con palabras y con ejemplo. Cerró la noche, y con las tinieblas y oscuridad se puso fin al combate.
No hay cosa tan pequeña en la guerra que a las veces no sea ocasión de grandes bienes ó males , y así fue que en aquella noche estuvo el remedio de los Cristianos. Retiróse el Rey D. Ramiro a un recuesto que allí cerca estaba, con sus gentes destrozadas y grandemente enflaquecidas por el daño presente y mayor mal que esperaban. El mejorarse en el lugar dio muestra que quedaba vencido pero sin embargo se fortificó lo mejor que según el tiempo pudo: hizo curar los heridos los cuales y la demás gente, perdida casi toda esperanza de salvarse, con lágrimas y suspiros hacían votos y plegarias para aplacar la ira de Dios.
El Rey oprimido de tristeza y de cuidados por el aprieto en que se hallaba, se quedó adormecido. Entre sueños le apareció el Apóstol Santiago con representación de majestad y grandeza mayor que humana. Mándale que tenga buen ánimo, que con la ayuda de Dios no dude de la victoria, la cual el día siguiente tuviese por cierta.
Despertó el Rey con esta visión, y regocijado con nueva tan alegre saltó luego de la cama. Mandó juntar los Prelados y Grandes, y como los tuvo juntos, les hizo un razonamiento de esta substancia: Bien sé, varones excelentes, que todos conocéis tan bien como yo en qué término y apretura están nuestras cosas. En la pelea de ayer llevamos lo peor, y si no quedamos del todo vencidos, mas fue por beneficio de la noche que por nuestro esfuerzo. Muchos de los nuestros quedaron en el campo, los demás están desanimados y amedrentados.

El ejército enemigo, que era antes fuerte, con nuestro daño queda con mayor osadía. Bien veis que no hay fuerzas para tornar a la pelea, ni lugar para huir. Estar en estos lugares mas tiempo, aunque lo pretendiésemos, la falta de pan y de otras cosas necesarias no lo permitirían. La dura y peligrosa necesidad de nuestra suerte, el desamparo de la ayuda y fuerzas humanas suplirá el socorro del cielo, y aliviará sin ninguna duda el peso de tantos males, lo que os puedo con seguridad prometer.
A fuera el cobarde miedo, no tape las orejas de vuestro entendimiento la desconfianza y falta de fe. Arrojarse en afirmar y creer es cosa perjudicial, mayormente cuando se trata de las cosas divinas y de la religión, porque si las menospreciamos, hay peligro de caer en impiedad, y si las recibimos ligeramente, en superstición.
El Apóstol Santiago me apareció entre sueños, y me certificó de la victoria. Levantad vuestros corazones, y desechad de ellos toda tristeza y desconfianza. El suceso de pelea os dará a entender la verdad de lo que tratamos. Ea pues, amigos míos, llenos de esperanza arremeted a los enemigos, pelead por la patria y por la común salud.
Bien pudiérais con extrema afrenta y mengua servir a los moros; por pareceros esto intolerable tomasteis las armas. Rechazad con el favor de Dios y del Apóstol Santiago la afrenta de la Religión Cristiana, la deshonra de vuestra nación, abatid el orgullo de esta gente pagana. Acordaos de lo que pretendisteis cuando tomasteis las armas, de vuestro antiguo valor, y de las empresas que habéis acabado. Dicho esto mandó ordenar las haces y dar señal de pelear.

Los nuestros con gran denuedo acometen a los enemigos, y cierran apellidando a grandes voces el nombre de Santiago; principio de la costumbre que hasta hoy tienen los soldados Españoles, de invocar su ayuda al tiempo que quieren acometer. Los bárbaros alterados por el atrevimiento de los nuestros, cosa muy fuera de su pensamiento, por tenerlos ya por vencidos, y con el espanto que de repente les sobrevino del cielo, no pudieron sufrir aquel ímpetu y carga que les dieron.
El Apóstol Santiago, según que lo prometiera al Rey, fue visto en un caballo blanco, y con una bandera blanca,y en medio de ella una cruz roja que capitaneaba nuestra gente. Con su vista crecieron a los nuestros las fuerzas, los bárbaros de todo punto desmayados se pusieron en huida; ejecutaron los Cristianos el alcance, degollaron sesenta mil moros. Apoderáronse después de la victoria de muchos lugares, en particular de Clavijo donde se dio esta famosa batalla, de que dan muestra los pedazos de las armas que hasta hoy por allí se hallan. Asimismo Alvelda y Calahorra volvieron a poder de los Cristianos.
Sucedió esta memorable jornada el año de Cristo de 844, que fue el segundo del reinado de D. Ramiro. El ejército vencedor, después de dar gracias a Dios por tan grande merced, por voto que hicieron, obligaron a toda España, sin embargo que la mayor parte de ella estaba en poder de moros, a pagar desde entonces para siempre jamas de cada yugada de tierra o de viñas cierta medida de trigo o de vino cada año a la Iglesia del Apóstol Santiago, con cuyo favor alcanzaron la victoria: voto que algunos Romanos Pontífices aprobaron adelante, como se ve por sus letras Apostólicas.
Asimismo el Rey D. Ramiro expidió sobre el mismo caso su privilegio, su data en Calahorra a veinte y cinco de Mayo, era ochocientos y setenta y dos: yo mas quisiera que dijera ochocientos y ochenta y dos, para que concertara con la razón del tiempo que llevamos muy puntual y ajustada. Puédese sospechar que en el copiar el privilegio se quedó un diez en el tintero, que en el original no parece. Añadieron otro sí en este voto, que para siempre, cuando los despojos de los enemigos se repartiesen, Santiago se contase por un soldado a caballo y llevase su parte; pero esto con el tiempo se ha desusado: lo que toca al vino y trigo algunos pueblos, lo pagan.
De los despojos de esta guerra hizo el Rey edificar a media legua de Oviedo una Iglesia de obra maravillosa con advocación de nuestra Señora, la cual hasta hoy se ve puesta a las faldas del monte Naurancio, y allí cerca se edificó otra Iglesia con nombre de San Miguel. La Reina que unos llaman Urraca, otros Paterna, madre de D. Ordoño y de D. García, proveyó las dichas Iglesias y las adornó de todo lo necesario; tenia por costumbre de emplear todo lo que podía ahorrar del gasto de su casa y del arreo de su persona, en ornamentos para las Iglesias, y en particular de la del Apóstol Santiago.

