Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

De la Carta de San Pablo a los Filipenses, IV, 4-7: Alegraos siempre en el Señor; otra vez lo digo: Alegraos. Sea de todos conocida vuestra modestia. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino que en todo vuestras peticiones se den a conocer a Dios mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias. Y entonces la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

El Dios de nuestra esperanza os colme de toda suerte de gozo y de paz en vuestra creencia, para que crezca vuestra esperanza siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

De este modo termina la Epístola del Domingo pasado, Segundo de Adviento. Y hoy, el mismo San Pablo nos exhorta diciendo: Alegraos siempre en el Señor … No os inquietéis por cosa alguna… Y entonces la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Todo esto nos lleva a meditar atentamente sobre la Alegría y la Paz que trae la conmemoración de la Navidad, sobre la Alegría y la Paz que aporta el pensamiento de la Parusía. Y, en definitiva, reflexionar sobre la Esperanza cristiana.

El día de la visitación, cantó Nuestra Señora: Mi espíritu se goza en Dios mi Salvador.

La noche de Navidad, dijo el Ángel a los pastores: ¡No temáis! porque os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor.

Y de repente vino a unirse al Ángel una multitud del ejército del cielo, que se puso a alabar a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad.

En el Apocalipsis, al caer Babilonia, presagio de la Parusía, la santa alegría explota: ¡Alégrate sobre ella, oh cielo, y vosotros, los santos y los apóstoles y los profetas, pues juzgándola Dios os ha vengado de ella! ¡Aleluya! porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha establecido el reinado. Regocijémonos y saltemos de júbilo, y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado… Y el ángel me dijo: Escribe: ¡Dichosos los convidados al banquete nupcial del Cordero!

Es comprensible, pues, que San Pablo nos diga: El Dios de nuestra esperanza os colme de toda suerte de gozo y de paz en vuestra creencia, para que crezca vuestra esperanza siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.

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Se comprende bien que el Adviento sea ante todo un tiempo de alegría, precisamente porque en él se celebra el Advenimiento del Señor.

Por eso es absolutamente falso decir, como lo hacen ciertas explicaciones banales, que el Introito del III Domingo de Adviento, Alegraos siempre en el Señor, es una excepción a la tristeza y penitencia general de este período litúrgico. Incluso históricamente es errado considerar el Adviento como un tiempo de tristeza y penitencia; en el siglo XII se celebraba todavía como tiempo de alegría.

Contentémonos, para ilustración, con dos textos tomados entre muchos:

Levántate, Jerusalén, y ponte en lo alto; y ve la alegría que te viene de tu Dios (Comunión del II Domingo).

Alégrate, hija de Sión, y salta de gozo, hija de Jerusalén, aleluya (Antífona de Vísperas del I Domingo).

Además todos los textos que hablan del poder y de Aquél que viene bastan para dar al Adviento esa tonalidad alegre que predomina en él.

Así pues, el tercer Domingo, lejos de constituir una excepción, corresponde a la misma alegría del conjunto y constituye, por así decirlo, la cumbre.

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El Padre Calmel escribió un artículo en el cual nos habla sobre la alegría que nos da Jesucristo y la paz que pedimos al Cordero de Dios.

En cuanto a la alegría, nos dice que, en nuestro valle de lágrimas, la Alegría que da Jesucristo es raramente brillante; pero que es una Alegría lo suficientemente oculta, bien profunda, vivaz, para que nada ni nadie pueda llegar hasta el fondo.

¿Por qué es así? Porque somos amados por un Dios Salvador que, debido a su Pasión y a su Resurrección, seca la gran fuente de la tristeza, es decir, el pecado.

Y pasa a explicarse:

A medida que los años pasan, hacemos la experiencia que hay en la vida más tristezas que consolaciones, más decepciones que promesas mantenidas. Nos damos cuenta que esta tierra es, no solamente un valle de lágrimas y lutos, sino también, lo que es más lamentable, un lugar de escándalos y trampas.

¡Y bien!, para leer el Evangelio de la Alegría, no dejemos de lado el recuerdo amargo de estas tristes comprobaciones; ya que es a hombres reales que se anunció el Evangelio de la Alegría. Así pues, no vacilemos recordar todo lo que la vida reserva de amargo y de pena. Pero tengamos este recuerdo en Dios.

Entonces, a pesar de todo, no dejaremos de creer en el Evangelio de la Alegría. Oigamos las voces negativas (es por otra parte imposible no oírlas); pero, más allá de estas voces desastrosas, escuchemos la voz saludable del Señor, y no nos perderemos.

No se trata de ignorar los discursos negativos de la humana experiencia; se trata de oírlos permaneciendo ante el Señor; entonces dejarán de ser negativos. Entonces, aunque la experiencia quiera convencernos de que no se puede resistir a la vida y a sus escándalos, la presencia del Señor (que tiene infinitamente más peso que esta experiencia) nos dará la certeza de que podemos escapar a los escándalos, si tenemos buena voluntad.

Más allá de lo que vemos (y que puede ser desalentador), más allá de las maniobras pérfidas e incansables del Príncipe de este mundo, conoceremos que nuestro Salvador, que triunfó de Satanás, no deja de trabajar en su Misterio de salvación y que su Gracia es victoriosa. Comprobaremos, incluso, que nos hace cooperar en esta obra de salvación.

Pasando a la práctica, cita el Libro del Eclesiástico: No dejes que la tristeza se apodere de tu alma, ni te aflijas a ti mismo con tus pensamientos. La alegría del corazón es la vida del hombre, y un tesoro inexhausto de santidad; el regocijo alarga la vida del hombre. Apiádate de tu alma, agrada a Dios y sé continente; fija tu corazón en la santidad del Señor, y arroja lejos de ti la tristeza, porque a muchos ha matado, y para nada es buena (Eccle. 30: 22- 25).

Y se pregunta y responde; ¿Cómo hacer para no abandonar nuestra alma a la tristeza? ¿Evitando ver lo que vemos, en nosotros mismos y en torno nuestro, en la Iglesia y en la sociedad? En verdad, para no abismarse en la tristeza y permanecer en la Alegría evangélica, no se trata de evitar ver lo que es; sino de creer más allá de lo que se ve, y de amar en consecuencia.

Si creo más allá de las realidades que veo (y que existen ciertamente terribles), aparecen otras realidades que existen infinitamente más inmediatas a mis ojos apaciguados: esas realidades que manifiestan el Amor de nuestro Salvador y su victoria sobre el Príncipe de este mundo y sobre los escándalos de la vida.

Si creo más allá de lo que veo, sé que, dentro del tiempo invariable del pecado, el tiempo de la victoria ya comenzó; y el tiempo del pecado se suprimirá definitivamente cuando Jesús se haya convertido todo en todos.

¿Cómo no abandonar mi alma a la tristeza? Acordándome del Misterio de Jesucristo; teniendo bastante Fe para tener una memoria cristiana.

Lo propio de la Alegría evangélica es no ser incompatible con la tristeza, el abatimiento o la desolación; es ser posible y brillar aun en medio de la tristeza misma, del abatimiento y de la desolación.

Más profunda que todos los dolores y todas las tristezas, esta Alegría procede de la misteriosa presencia (en lo íntimo de ser) del Señor Jesucristo, que nos ama sin medida y que nos libró del mal.

Esta Alegría no se presenta nunca con un carácter indiscreto o estridente, negador de la humilde realidad humana. Ésta es una realidad de amor, de dolor y de trabajo; pero, más profundamente aún, y en su fuente más oculta, es una realidad religiosa; y de la religión de Jesucristo, victorioso del diablo y la muerte.

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Esto en cuanto a la alegría. Respecto a la Paz, el Padre Calmel nos enseña que, según la doctrina cristiana, ella a la vez extremadamente simple y elevada; y se resume en estas dos proposiciones del Señor: Os doy la Paz. No os la doy como la da el mundo.

Es decir, existe una Paz verdadera para los hombres fieles al Señor Jesús: esta Paz no es la del mundo.

Y nos advierte que sobre este último punto el Profeta Isaías ya había dicho que “no hay paz verdadera para los impíos” (LVII, 21).

El mundo, la contra-iglesia, por la cual el Señor no rogó, tiene ciertamente la pretensión de dispensar la Paz. El mundo pretende satisfacer y colmar las aspiraciones de los hombres. En algunos casos es necesario convenir que lo logra; pero es necesario constatar, al mismo tiempo, que es al precio del sofocamiento de los deseos más profundos del alma, de las aspiraciones más humanas del ser humano.

Si el mundo consigue obtener para sus adeptos la paz de un Infierno indoloro, es, sin embargo, y no deja de ser un Infierno. Salvo que se conviertan, los mundanos conocerán, el último día, que ya vivían efectivamente en el Infierno, y que el Infierno no puede seguir siendo indoloro. Non est pax impiis.

La Paz que da Jesucristo es una paz en el Amor y en la Cruz.

Es importante considerar que esta paz no se da nunca en la facilidad, en la cobardía y en el egoísmo, hacia donde suspiran naturalmente los pobres hombres.

La Paz que da Jesucristo responde a otra aspiración; viene a escuchar la plegaria temblorosa de los hijos de Dios, que se saben pecadores, pero que tienen buena voluntad. Dicha plegaria dice así:

Señor, danos la fuerza de permanecer fieles. Somos tan impuros y tan pobres que esta fidelidad no es posible sin ser probados en el interior por los sacrificios que pedirás de nosotros, sin ser afligidos afuera por las pruebas que te agradará enviarnos. Señor, danos solamente, en el meollo mismo de la lucha y del sufrimiento, el seguir siéndote fieles y el amarte. Nuestra cruz es indispensable para cooperar a la Redención del mundo; danos solamente el no cansarnos de cooperar a esta Redención; no dimitir debido al cansancio y a los fracasos. Cordero de Dios, la Paz que te pedimos es la de pobres pecadores que se saben tales y que aceptan las consecuencias; débiles discípulos que quieren, sin embargo, amarte, trabajar en tu obra, y que aceptan poner el precio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, que lo destruyes por tu Cruz, danos tu Paz, que es una Paz crucificada.

Tales son los santos deseos que vino a colmar el benignísimo Jesús en Navidad, y que viene a colmar el Cordero degollado en su Parusía.

La conclusión es brillante:

Los deseos naturales del hombre se vuelcan hacia una paz y una felicidad que hacen abstracción del destino sobrenatural, del estado de caída y de redención.

Los santos deseos de la gracia no pueden volverse sino hacia una Paz y una Felicidad de gracia, una Paz y una Felicidad que piden la purificación del alma por el amor, y a la unión al Salvador Crucificado por amor, para la Redención del género humano.

No es jamás en un sentido de facilidad, sino siempre en un sentido de tensión, de Cruz, de Amor generoso; resumidamente, es en un sentido de Iglesia militante, que es necesario escuchar la buena nueva de los Ángeles de Belén: Paz a los hombres de buena voluntad, y que es necesario pronunciar la gran plegaria del Santo Sacrificio: Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, danos la paz.

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San Gregorio Magno, en la homilía del Primer Domingo de Adviento, indica el verdadero significado de este Tiempo Litúrgico.

Sin duda, exhorta a la vigilancia, a una preparación seria, y habla de catástrofes cósmicas; pero en seguida cita las palabras del Señor: Cuando estas cosas comiencen a suceder, levantaos y alzad vuestras cabezas porque vuestra Redención se acerca.

Y añade en seguida esta explicación:

«Es como si la Verdad eterna quisiera exhortar a sus escogidos: cuando las desgracias del mundo se multipliquen, levantaos, alzad vuestros corazones, pues cuando el mundo, del cual no sois amigos, llegue a su fin, vuestra Redención, que habéis buscado, se acerca… Los que aman a Dios deben alegrarse y regocijarse del fin del mundo. Encontraréis tanto más pronto a Aquél que amáis cuanto más pronto desaparezca aquel a quien habéis negado vuestro amor. Un cristiano que desea ver a Dios, no debe entristecerse del juicio que condena al mundo. Aquel que no se regocija del fin del mundo que se acerca, prueba que es su amigo y el enemigo de Dios… Entristecerse de la destrucción del mundo es propio de aquel que ha dejado desarrollarse en su corazón las raíces de un amor al mundo, de aquel que no busca la vida futura y que ni aún sospecha su realidad”.

Por lo tanto, una vez más, que El Dios de nuestra esperanza os colme de toda suerte de gozo y de paz en vuestra creencia, para que crezca vuestra esperanza siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo… Alegraos siempre en el Señor … No os inquietéis por cosa alguna… Y entonces la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.