«La que aplasta la cabeza de la serpiente”
Muchos historiadores cuentan que, durante la conquista los hispanos daban a los indígenas, baratijas, cuentecillas, espejos etc… trocados con candidez por plata y oro, pero, ¿por qué no hablar de un trueque, de un intercambio más trascendente, a cambio de una lúgubre legión de sanguinarios ídolos los indígenas recibieron la Redención de Cristo y el mensaje evangélico?
Esto significó, en pleno siglo XVI, el nacimiento espiritual de Jesús, ahora en tierras mejicanas; pero también que los dioses paganos, con sus ritos, teocalis y sacrificios humanos ofrecidos al demonio, al ser destruidos, aplastados por la Tecoatlasupe (Guadalupe), en lengua náhuatl: «La que aplasta la cabeza de la serpiente», liberarán a los naturales de la monstruosidad de poder ser, en cualquier momento, pasto de la sed sangrienta de los feroces e insaciables diabólicos dioses.
El indígena perdió, así, toda zozobra angustia y temor. Por primera vez fue libre al conocer y abrazar la verdad, porque como dijo Nuestro Señor “la verdad os hará libres”. Ya no había ni dioses ni hechiceros que pudieran disponer a su antojo de sus vidas, podían morir de muchas causas, inclusive de la atroz viruela traída por Narváez, pero ya no, en ningún caso, de la espantosa muerte sobre la piedra de los sacrificios, rasgándole el cuchillo el pecho en busca del corazón para ofrecerlo a los dioses.
Andrés de Tapia y Gonzalo de Umbría contaron en un templo dedicado a Huitzilopochtli 136.000 calaveras humanas…, ¡en un solo templo! Se cuenta que se ofrecían 100.000 víctimas por año a Huitzilopochtli.
Pero si se aterran con Huitzilopochtli, agárrate Catalina porque, está la madre de Huitzilopochtli, Coatlicue, “la que tiene la falda de serpientes”, más diabólica y sanguinaria que Huitzilopochtli; a esta se le sacrificaban además las mujeres embarazadas, les sacaban los fetos, les cortaban las cabezas, las disecaban, y con esto adornaban con collares la imagen de Coatlicue.

Coatlicue “la que tiene la falda de serpientes”
¿Y dónde tenía el templo Coatlicue? En el Monte Tepeyac, donde escoge la Virgen aparecerse para que se le erija un Templo.
Aunque la evangelización se había abierto amplio camino entre la selva tupida de abominaciones paganas, a pesar de que la inquebrantable fe y la notable hazaña de los frailes había logrado imposibles en cortísimo tiempo, el paganismo no estaba del todo vencido, permanecía oculto, circulaba todavía en muchos indios.
Había que dar, pues, una batalla decisiva; pero esta no podía ser dada por el escuálido, macilento y agotado ejército de frailes, sus fuerzas estaban llegando al fin, se requerían fuerzas más poderosas y nuevas. Algunos pensarían en el auxilio del Señor Santiago, esta vez no para ayudar a capitanes y soldados sino a los pacificados hombres de las tierras descubiertas, a los indígenas recién convertidos, ganar la definitiva batalla contra Huitzilopochtli y su feroz séquito de falsos dioses, de ello dependía el futuro de la naciente nación.
Y el milagro llegó, no en la forma de Santiago el Apóstol, sino en la imagen viva de una tierna niña indígena, como la llamaba Juan Diego (la tilma mide 1.43mts); se realizó el milagro allá en el Cerro del Tepeyac, en un pasmoso manojo de rosas de Castilla, inexistentes en Méjico, en la imagen impresa milagrosamente en la tilma del indiecillo el más pequeño de sus hijos, en las apariciones y el mensaje a los mejicanos de la Santísima Virgen Madre del verdadero Dios.
Sólo la Sabiduría Divina puede hacer estas cosas, por ejemplo, la frase que la Virgen Santa dice a Juan Diego: “Yo soy la Madre del verdadero Dios por quien se vive”, está haciendo referencia al dios Ometoatl; un dios sin forma antropomórfica, andrógino, el dios de la dualidad, el Baphomet prehispánico, Señor y Señora de la dualidad una especie de divina providencia, ocupa el más alto lugar de los cielos, él/ella es padre/madre del universo y cuanto hay en él, como «Señor y Señora de Nuestra Carne y Sustento», suministra la energía cósmica universal de la que todas las cosas derivan, así como la continuidad de su existencia y sustento. Provee y mantiene el ritmo oscilante del universo, y le confiere a cada cosa su naturaleza particular. Es en virtud de estos atributos que se lo llama, “el creador de las personas”, “el dueño del cielo y de la tierra”, «El Uno Mediante Quien Todos Vivimos» y/o “El único verdaderísimo dios por quien se vive”.

La flor de cuatro pétalos, única en toda la túnica de la Virgen de Guadalupe
La flor de cuatro pétalos, única en toda la túnica de la Virgen de Guadalupe y que se encuentra a la altura de su inmaculado vientre, representa el Nahui Ollin y que significa: El verdaderísimo Dios por quien se vive.

La flor nahui ollin
La flor nahui ollin en el centro de una especie de espiral es la referencia del dios creador de sí mismo, Ometoatl. El símbolo de Ometoatl en la Imagen de la Virgen de Guadalupe, es el de nahui ollin, flor de cuatro pétalos, que vemos plasmadas en el vestido de la Virgen, y que los indígenas reconocieron plenamente, para ellos en adelante será como la que aplasta a Coatlicue, la que opaca a Huitzilopochtli. (Santa María de Guadalupe se para frente al sol y es rodeada por rayos de oro, intercalándose los de forma recta con los serpenteantes, y está integrando una figura de “nimbo” de forma de almendra (mandorla) en toda la figura, lo que significa divinidad; que si bien, recuerda las imágenes de la Inmaculada Concepción europeas, al mismo tiempo manifiesta que Ella porta al verdadero Sol de Justicia). Y si en su vestido tiene a nahui ollin, la flor de cuatro pétalos, entonces, Ometoatl NO es “el único y verdaderisimo dios por quien se vive”.
¿Quién es el verdadero Dios por quien se vive?
Es Jesucristo; pero, ¿dónde está Jesucristo en la tilma de Juan Diego?; está “escondido “en el Seno purísimo de su Madre Santísima.
Muchos piensan que la Santísima Virgen con sus manos juntas está rezando, a la manera tradicional de occidente; pero para los aztecas el juntar las manos e inclinar un poco la cabeza significaba: “te traigo un regalo”, un obsequio; luego, el indígena azteca piensa, Ella nos trae un regalo, y el regalo nos lo deja ver la cintilla (la mujer que está en cinta) que tiene la Virgen en la cintura, esto quiere decir que la Santísima Virgen va a dar a luz el regalo para los indígenas 13 días después, el Niño Jesús.

LA VIRGEN DEL APOCALIPSIS
Y una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas. (Apoc. 12, 1).

Corona borealis en la frente de la Virgen
En su lengua materna el idioma náhuatl, Juan Diego (cuauhtlatoac) significa “águila que habla”. Él está presentando a la Santísima Virgen y, con Ella, a quien es el centro de esta Imagen que es Jesucristo en su inmaculado vientre.
El rostro inferior, al parecer, no puede ser de un ángel, especialmente según los rasgos estéticos indígenas, pues tiene una cierta calva, que para los indígenas significaba ancianidad, es decir, sabiduría, Juan Diego al momento de las apariciones contaba con 57 años y murió a los 74, también lleva la camisa que usaban los indígenas convertidos y por ultimo las alas no son de ángel sino de Águila.
Podemos decir entonces, con muchos otros, que es Juan Diego el que con su mano derecha toma la punta del manto azul–verdoso lleno de estrellas que significa el universo y con la mano izquierda mantiene sujeta la punta de la túnica rosa, que significa la tierra; él es el enlace entre el cielo y la tierra a través de la Virgen Tecoatlasupe; que por cierto nada tiene que ver con la virgen de Guadalupe en España, ya que la advocación mejicana se deriva de una deformación o distorsión de Tecoatlasupe (de Guadalupe) que, como dijimos anteriormente quiere decir en náhuatl “la que aplasta a la serpiente”.

Cuauhtlatoac “el águila que habla”
Los indígenas vieron y palparon el milagro, Maria se vistió a su usanza indígena y tomó sus rasgos y su color haciendo para ellos y para nosotros lo nunca hecho con otra nación. Pero si el milagro de hace 487 años está hoy visiblemente profanado en el plano religioso y en el civil por el imbécil y anticatólico presidente electo, que en su primer acto público renegó de la fe católica y en acto pagano pseudoreligioso entrego México al demonio en una ceremonia satánica.
El milagro que hoy pedimos es evidente e innegable, de protección y amparo a esta nación guadalupana, que están llenando de locuras, excesos y abominaciones, un México desbocado en el liberalismo democrático comunista.

El poco Méjico católico habrá de pasar algunos años de crueles y terribles luchas, no entre hispanos e indígenas, sino entre los adoradores de falsos dioses que, a fin de cuentas, son demonios.
Pero, a pesar de todo, demos gracias a la Virgen Guadalupana de haberse dignado aparecer en tierras mejicanas.
