DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Trigésima entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

Fenómeno VII

BABILONIA Y SUS CAUTIVOS (IV de IV)

Continuación…

Párrafo VII

Alusiones o reclamos de la Babilonia del Apocalipsis, a la Babilonia de los Profetas

Isaías, hablando de Babilonia, dice: Dura visión me ha sido noticiada… Por esto se han llenado mis lomos de dolor, congoja me tomó, como congoja de mujer, que está de parto; me caí cuando lo oí, quedé turbado cuando lo vi. Se desmayó mi corazón, me horrorizaron las tinieblas; Babilonia, la mi amada, es para mí un asombro. (Isaías, XXI)

¿Os parece verosímil que la toma de Babilonia por Darío y Ciro, pudiese causar en Isaías unos efectos tan grandes, como él mismo dice y pondera con tanta viveza?

San Juan hablando de Roma futura, dice con más brevedad, mirándola sentada sobre la bestia: cuando la vi, quedé maravillado de grande admiración. Leed este capítulo XVII y el siguiente del Apocalipsis, y allí veréis cuán gran razón tenía el amado discípulo para admirarse, con tan gran admiración, de ver a Roma en el estado infelicísimo que él misino anuncia.

El mismo Isaías le dice a Babilonia: Ahora, pues, escucha esto, tú delicada, y que habitas confiadamente, la que dices en tu corazón: Yo soy, y fuera de mí no hay más; no me sentaré viuda, ni conoceré esterilidad. Te vendrán estas dos cosas subitáneamente en un solo día, esterilidad y viudez. Todas estas cosas vinieron sobre ti… Este tu saber y ciencia, te engañó. Y dijiste en tu corazón: Yo soy, y fuera de mí no hay otra. Vendrá mal sobre ti, y no sabrás de dónde nacerá; y se desplomará sobre ti una calamidad, que no podrás espiar; vendrá sobre ti repentinamente una miseria, que no sabrás. (Isaías XLVII)

¿Cómo es posible acomodar todo esto a la antigua Babilonia, tomada por Darío y Ciro? Leed, amigo, cualquier expositor; comparad lo que os dijere con el texto, y con la historia de este suceso que no ignoráis; y con esto solo podéis salir de toda duda; mucho más si reparáis en el texto del Apocalipsis, que hablando de Roma futura, dice así:

Cuanto ella se ha glorificado, y ha vivido en deleites, tanto le daréis de tormento y llanto; porque dice en su corazón: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto. Por esto en un día vendrán sus plagas, muerte, y llanto, y hambre, y será quemada con fuego; porque es fuerte el Dios que la juzgará. (Apoc. XVIII, 7-8).

Jeremías: Retornadle según su obra, según todas las cosas que hizo, hacedle a ella. (Jer. L, 29).

Apocalipsis: Tornadle a dar así como ella os ha dado, y pagadle al doble según sus obras. (XVIII, 6)

Jeremías: La que moras sobre muchas aguas, rica en tesoros. (Jer. LI, 13).

Apocalipsis: Ven acá, y te mostraré la condenación de la grande ramera, que está sentada sobre las aguas. (XVII, 1)

Jeremías: Súbitamente cayó Babilonia, y fue desmenuzada. (Jer. LI, 8).

Apocalipsis: Y después de esto vi descender del cielo otro ángel, que tenía gran poder, y la tierra fue esclarecida de su gloria. Y exclamó fuertemente, diciendo: Cayó, cayó Babilonia la grande…  (XVIII, 2) Lo mismo se dice en el capítulo XIV, versículo 8. Y otro ángel le siguió diciendo: Cayó, cayó aquella Babilonia la grande… Lo cual también alude al capítulo XXI de Isaías, versículo 9, donde se lee: Cayó, cayó, Babilonia.

Jeremías: Huid de en medio de Babilonia, y salve cada uno su alma… (LI, 6) y en el versículo 45: Salid de en medio de ella, pueblo mío, para que salve cada uno su alma de la ira del furor del Señor.

Apocalipsis: Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no tengáis parte en sus pecados, y que no recibáis de sus plagas. (XVIII, 4).

Jeremías: Cáliz de oro Babilonia en la mano del Señor, que embriaga toda la tierra; del vino de ella bebieron todas las naciones, y por esto fueron conmovidas. (Jer. LI, 7).

Apocalipsis: Y se embriagaron los moradores de la tierra con el vino de su prostitución.  (XVII, 2) Porque todas las gentes han bebido del vino de la ira de su fornicación, y los reyes de la tierra han fornicado con ella. (XVIII, 3).

Jeremías: Así será sumergida Babilonia, y no se levantará de la aflicción. (Jer. LI, 64).

Apocalipsis: Y un Ángel fuerte alzó una piedra como una grande piedra de molino, y la echó en la mar, diciendo: Con tanto ímpetu será echada Babilonia, aquella grande ciudad, y ya no será hallada jamás. (XVIII, 21).

Jeremías: Y los cielos y la tierra, y todas las cosas que hay en ellos, darán alabanza sobre lo de Babilonia. (Jer. LI, 48).

Apocalipsis: Regocíjate sobre ella, cielo, y vosotros santos Apóstoles, y Profetas; porque Dios ha juzgado vuestra causa cuanto a ella. (XVIII, 20) Y en el capítulo XIX prosigue diciendo: Después de esto oí como voz de muchas gentes en el cielo, que decían: Aleluya, la salud, y la gloria, y el poder es a nuestro Dios. Porque sus juicios verdaderos son y justos, que ha condenado a la grande ramera, que pervirtió la tierra con su prostitución, y ha vengado la sangre de sus siervos de las manos de ella. Y otra vez dijeron: Aleluya. Y el humo de ella sube en los siglos de los siglos. (XIX, 1-3).

Basten estas pocas alusiones que acabamos de notar para conocer, o a lo menos entrar en grandes y vehementes sospechas, de que la Babilonia de los Profetas no puede limitarse a aquella antigua e individua ciudad, que fue la corte del primer imperio.

Así como aquel primer imperio, que al principio estuvo en la cabeza de oro de la estatua, se ha ido bajando con el tiempo, de la cabeza al pecho y brazos, después al vientre y muslos, y últimamente del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos (como actualmente lo vemos); así aquella primera Babilonia considerada, no en lo material, sino en lo formal, ha ido siguiendo los mismos pasos; no digo solamente desde Nabucodonosor, o desde el primer imperio de los cuatro más célebres, sino aun desde que comenzó el imperio, o el principado de un hombre solo sobre muchos, que llamamos monarquía; lo cual como se lee en el capítulo X, versículo 10 del Génesis, tuvo su primer principio en Babilonia.

En este aspecto, pues, me parece a mí que consideran los Profetas a Babilonia, cuando le anuncian con tantas, tan vivas y tan magníficas expresiones, cosas que hasta ahora no se han visto en el mundo, ni se han verificado de modo alguno en aquella primera y antigua Babilonia.

Considerada Babilonia en este aspecto, se entienden al punto sin embarazo alguno dichas profecías; las cuales sin esto quedan ciertamente algo más que difíciles, oscuras e inaccesibles.

Este mismo aspecto parece que es el que tuvieron muy presente los apóstoles San Pedro y San Juan, cuando la dieron el nombre propio de Babilonia a aquella gran ciudad, que en su tiempo era la señora del mundo, como la capital del imperio romano. Es verdad que este imperio ha bajado muchos días ha, desde el vientre hasta los pies y dedos de la estatua; mas con todo eso podemos decir, que persevera, no física sino moralmente, en uno de sus efectos principales, dignos por cierto de todas las atenciones de los Apóstoles y Profetas.

Persevera, digo, moralmente en lo que es relativo al pueblo de Israel (pueblo propio de los unos y de los otros); persevera, vuelvo a decir, en cuanto al cautiverio y dispersión entera y completa de este pueblo infeliz, ejecutada por los romanos después de la muerte del Mesías, y continuada, confirmada y agravada por el cuarto imperio; y persevera también moralmente perseverando en su lustre, gloria y esplendor aquella misma ciudad, que fue corte y capital del mismo imperio; y ahora lo es de un estado o imperio pequeño en lo material, mas en lo espiritual de un imperio o estado mayor, cual es, o debía ser todo el orbe cristiano.

No sé, amigo mío, si en este último punto me he explicado bien; pienso que no, mas no por eso quedo sin consuelo, o sin esperanza cierta y segura. Lo que falta a mi explicación lo puede suplir muy bien abundante y copiosamente vuestra juiciosa reflexión. Os remito de nuevo al fenómeno III, párrafo XIV, cuyo título es: la mujer sobre la bestia.

Ver Vigésimo primera entrega (Aquí)

Párrafo VIII

Resumen o conclusión

En suma, aquella antigua Babilonia situada en el Éufrates ya no existe en el mundo, días ha que murió, ni hay esperanza alguna que resucite jamás: ni será edificada, hasta en generación y generación… no morará allí varón, ni la habitará hijo de hombre.

Con todo eso las profecías que hay contra Babilonia no se han verificado hasta ahora plenamente. Digo plenamente, porque aunque Babilonia se destruyó (que es una de las cosas que anuncian claramente los Profetas) mas no se destruyó de aquel modo, y con aquellas circunstancias particulares que se leen expresas en sus profecías.

Muchos autores, no solamente de los intérpretes de la Escritura, mas también los historiadores, entre ellos el sabio y pío Monseñor Rolin, en su historia antigua, hablan de la destrucción de Babilonia, y citan las profecías con una especie de confianza y seguridad, como si dicha destrucción y dichas profecías estuviesen perfectamente de acuerdo.

Mas si les preguntamos por curiosidad, ¿de qué monumentos, de qué archivos y de qué fuentes han sacado unas noticias tan singulares?, nos hallamos con la extraña y gran novedad, de que realmente no han tenido otras fuentes, ni otros archivos, ni otros monumentos sino las mismas profecías, las cuales han suplido por todo.

Bien, y si hay monumentos en contra, ciertos y seguros, no digo solamente en la historia profana (que esto importa poco), sino mucho más en la historia sagrada; en este caso, ¿no sería cosa justísima no hacernos desentendidos de dichos monumentos? Pues así es.

Por lo que toca a la historia sagrada, os he hecho ya notar en varias partes de este fenómeno algunos monumentos y noticias ciertas, del todo incompatibles con las profecías. Pudiera haber notado otras muchas más con poco trabajo material; mas ¿para qué? ¿No bastan y aun sobran las que quedan notadas?

Por lo que toca a la historia profana, me parece que bastará deciros o acordaros, que Alejandro Magno murió en Babilona 200 años después que Babilonia debía estar enteramente destruida, si los Profetas hubiesen hablado de ella directa o inmediatamente.

Fuera de esto, también os he hecho notar (y debéis notarlo con especial cuidado y exactitud), que todas aquellas cosas y circunstancias más graves, que miradas las profecías ciertamente faltaron en la destrucción de la antigua Babilonia, se ven aparecer y como resucitar, después de algunos siglos, en el Apocalipsis de San Juan; y esto como unas cosas propias y peculiares, no de aquella antigua y difunta Babilonia, sino de otra nueva que todavía existe, para cuando llegue para aquel tiempo y momentos, que puso el Padre en su propio poder.

Del mismo modo discurrimos de los cautivos de Babilonia, según las profecías. Muchos días, o muchos siglos ha que salieron de aquella antigua Babilonia algunos cautivos de Judá. Muchos siglos ha que se establecieron de nuevo en la Judea, muchos siglos ha que edificaron de nuevo su templo y ciudad de Jerusalén. Mas con todo, es cierto e innegable (cuanto puede extenderse esta palabra certeza en asuntos semejantes), que las profecías innumerables que hablan en general de la vuelta de los cautivos a su tierra no se han verificado, ni una entre mil.

No hay duda que algunos de los cautivos, que había hecho trasladar a Babilonia Nabucodonosor rey de Babilonia, volvieron a Jerusalén, y Judá; mas ni aquella salida de Babilonia, ni aquella vuelta, ni aquel nuevo establecimiento en Jerusalén y Judea, sucedió entonces de aquel modo y con aquellas circunstancias gravísimas, que anuncian clara y distintamente las profecías.

Pues a todo esto, ¿qué podremos decir? ¿Que las profecías se han falsificado? ¿Que los Profetas erraron, o el Espíritu Santo que habló por los Profetas? ¿Que los Profetas fingieron aquellas cosas por orgullo de su corazón? ¿Que Dios ha faltado a su palabra? Todos estos despropósitos se presentan naturalmente y como de tropel; o es muy fácil que se presenten a cualquier hombre reflexivo, por pío que sea, si por otra parte no tiene ni admite otras ideas, que las que puede dar el sistema ordinario.

Mas estos mismos despropósitos u otros semejantes se desvanecen al punto, si dejado por un momento el sistema ordinario de los doctores e intérpretes, nos atenemos al sistema ordinario de la Escritura. En este sistema (si es lícito darle este nombre) todo se compone sin la menor dificultad.

Es cierto que las profecías no se han cumplido hasta el presente; mas también es cierto que todavía no se ha acabado el mundo.

También es cierto que los cautivos, de quienes se habla, existen todavía en el mundo, y existen en calidad de cautivos.

También es cierto que no ha sido posible exterminarlos, ni confundirlos con las otras naciones, ni iluminarlos, ni abrirles el oído interno, ni quitarles el corazón de piedra, ni el velo del corazón, etc., cosas todas que están clarísimamente anunciadas en las mismas profecías.

¿Quién, pues, nos impide el pensar y decir libremente lo que de suyo se presenta a la razón, ilustrada con la lumbre de la fe? ¿Quién nos impide el pensar y decir libremente, que así como ya se han cumplido muchísimas profecías, de las que se leen en las Escrituras, así se cumplirán a su tiempo otras muchas que todavía quedan? ¿Hay cosa más conforme a razón, ni más digna de Dios?

Piensen, pues, los hombres como pensaren, y acomoden como les fuere posible o imposible; siempre será verdadera aquella sentencia del Apóstol: Dios es veraz, y todo hombre falaz, como está escrito. (Rom., III, 4).

De todo lo que hemos observado en estos dos últimos fenómenos, la conclusión sea: que aquellas dos grandes fortalezas donde se acogen con todas sus ideas los intérpretes de la Escritura (es a saber, Babilonia y sus cautivos, en cuanto se puede; y en cuanto no se puede, que es casi todo, la Iglesia cristiana, compuesta de las gentes que entraron en lugar de los judíos) son en realidad dos fortalezas que tienen mucho de perspectiva. No hay duda, que miradas de cierta distancia, muestran una gran apariencia, e infunden no sé qué de pavor; mas la apariencia y pavor van desapareciendo, al paso que los ojos o la reflexión se van acercando.

Lo primero: la Iglesia cristiana no puede faltar. Es su edificio tan indestructible y eterno, como lo es el fundamento sobre que estriba, que es Cristo Jesús; pero sin faltar la Iglesia cristiana, puede muy bien ahora (como pudo en otros tiempos) mudarse el candelero de una parte a otra, o inclinarse el cáliz para éste y para aquél (Salmo LXXIV, 8); porque como está escrito, sus heces no se han apurado; beberán todos los pecadores de la tierra (Salmo LXXIV, 9); y como nos advierte el Apóstol: …Dios todas las cosas encerró en incredulidad, para usar con todos de misericordia. (Rom., XI, 32).

Lo segundo: salieron de Babilonia algunos cautivos; mas no salieron como anuncian las profecías claramente; pues no salieron libres, ni salieron santos, ni salieron con el corazón circuncidado, ni salieron de todos los países y naciones de la tierra, ni salieron todos sin quedar alguno, ni salieron los hijos de Israel, ellos, y juntamente los hijos de Judá, ni salieron para vivir en quietud y seguridad en la tierra prometida a sus padres, ni salieron, en suma, para no ser otra vez movidos y desterrados de aquella tierra, cosas todas anunciadas y repetidas de mil maneras en toda la Escritura. Luego lo que entonces no sucedió, deberá suceder algún día así como está escrito, sin que le falte ni un punto, ni una tilde, sin que todo sea cumplido. (Mt., V, 17).

Apéndice

Las cosas que acabamos de observar en este fenómeno forman en sustancia la dificultad más grave de todas cuantas han opuesto y oponen hasta ahora los judíos, a los que les hablan de la venida del Mesías. Después que se ven rodeados y atacados por todas partes con sus mismas escrituras; después que ya no hallan qué responder a los argumentos clarísimos y eficacísimos que les hacen los doctores cristianos; después que se ven convencidos y concluidos con suma evidencia; se acogen, al fin a aquella última fortaleza, que sin razón han tenido en todos tiempos por inexpugnable; se acogen, quiero decir, a las profecías.

Su modo de discurrir, reducido a cuatro palabras, es éste:

Las profecías (digan lo que dijeren los cristianos e intérpretes, y acomoden como mejor les pareciere), las profecías es cierto que no se han cumplido; luego el Mesías no ha venido.

El antecedente lo prueban, mostrando una por una (con grande y molestísima prolijidad) no solamente aquellas pocas que nosotros hemos observado, sino otras muchas más que hemos omitido.

La consecuencia la deducen a su parecer clarísimamente de las mismas profecías; pues entre éstas es fácil notar que unas anuncian expresamente, otras suponen evidentemente que toda visión y profecía se habrá ya cumplido cuando venga el Mesías, o se acabará de cumplir plena y perfectamente en su venida.

Basta leer el capítulo IX de Daniel, en donde se hallan juntas, y unidas, y como inseparables estas dos cosas entre otras, a saber, el cumplimiento pleno y perfecto de toda profecía y visión, y la unción del Santo de los santos (Daniel, IX, 24).

Conque si el Mesías ha venido, deberá ya haber sucedido la unción del Santo de los santos.

Si ésta ha sucedido deberá ya haberse cumplido plena y perfectamente toda visión y profecía.

Esto último es evidentemente falso, luego también lo primero, pues no hay más razón para lo uno, que para lo otro.

Luego el ungido o Cristo del Señor no ha venido, etc.

Este argumento de los doctores judíos es el único entre todos a que no han podido responder hasta ahora los doctores cristianos, a lo menos de un modo perceptible, capaz de contentar y satisfacer a quien desea la verdad, y sólo en ella puede reposar.

En todo lo demás tengo por cierto e indubitable, que convencen evidentemente a los doctores judíos, los confunden y los hacen enmudecer; y esto con tanta eficacia y evidencia, que algunos rabinos más modernos (y sin duda más doctos y sinceros que los antiguos) se han visto precisados a decir en fuerza de los argumentos, que el Mesías debía haber venido muchos siglos ha, según las Escrituras; mas que ha dilatado su venida por los pecados de su pueblo.

Otros todavía más doctos y más sinceros han dicho (y parece que en esto han dicho la pura verdad sin entenderla) que el Mesías ya vino; pero que está oculto por la misma razón, esto es, por los pecados de su pueblo (Daniel IX, 13-16).

Mas aunque en todo lo demás convencen los doctores cristianos y confunden a los judíos, en el punto particular que ahora tratamos, parece cierto que no han hecho otra cosa, según su sistema, que hablar en tono decisivo, ponderar, suponer mucho, y al fin dejar intacta la dificultad, o por mejor decir, dejarla más visible y más indisoluble.

Ved aquí toda la respuesta, y toda la solución de la gravísima dificultad:

Lo primero, saludan a los doctores judíos con la salutación acostumbrada, llamándolos groseros y carnales, pues se han imaginado que las profecías dictadas por el Espíritu Santo, se habían de cumplir así como suenan, o según su modo grosero de entender (en esto último no dejan de tener razón, y gran razón).

Lo segundo, les añaden, que han entendido las Escrituras según la letra que mata, y no según el espíritu que vivifica (lo cual también puede ser verdad, y lo es en gran parte, mas en su verdadero sentido).

Lo tercero, les enseñan, como si fueran capaces de admitir o de entender una doctrina tan extraña, y tan repugnante al sentido común, que las profecías se deben entender, no como suenan, o según el sentido que aparece; pues en este sentido, añaden, sería necesario admitir en Dios manos, pies, ojos y oídos materiales, todo lo cual se lee frecuentemente en las profecías, sino que se deben entender solamente en aquel sentido verdadero en que Dios habló.

¿Cuál es este sentido verdadero? Es, dicen, el sentido espiritual y figurado. Y en este verdadero sentido se han verificado ya en la Iglesia presente casi todas aquellas profecías, que no pudieron verificarse, ni tener lugar en los judíos; exceptuando algunas pocas, cuyo cumplimiento perfecto se reserva para el fin del mundo, cuando vuelva el Señor del cielo a la tierra a juzgar a los vivos y a los muertos, esto es, a todo entero el linaje humano, que lo espera en el gran valle de Josafat, ya muerto y resucitado, etc.

¿Y no hay más respuesta que ésta, ni más solución de una tan grave dificultad?

No, amigo, no hay más, según todo lo que yo he podido averiguar.

No por eso niego la posibilidad absoluta de alguna solución más probable o perceptible; mas en el sistema ordinario no comprendo como pueda ser.

¡Oh, verdaderamente pobres e infelices judíos! Por todas partes os sigue y acompaña el reato de vuestros delitos, y la justa indignación de vuestro Dios.

¡Oh, sistema no menos funesto y perjudicial para vosotros, que el que abrazaron imprudentemente vuestros doctores! Aquél os hizo desconocer, reprobar y crucificar a la esperanza de Israel, y os redujo por buena consecuencia al estado miserable en que os halláis tantos siglos ha, anunciado clarísimamente en vuestras profecías; y este otro sistema en que os quieren hacer entrar con una violencia tan manifiesta, os ha cegado mucho más.

Al sistema de vuestros doctores es evidente que les faltó la mitad de las profecías, o la mitad del Mesías mismo; y a este segundo sistema es no menos evidente, que le falta la otra mitad.

Una y otra falta ha recaído sobre vosotros, y ha completado vuestra infelicidad.

¡Oh, si fuese posible unir entre sí estas dos mitades, según las Escrituras! Con esto sólo parece que estaba todo remediado por una y otra parte. No era menester otra cosa, así para el verdadero y sólido bien de las gentes cristianas, como para remedio de los infelices judíos; pero ahí está la dificultad, éste es el trabajo.

Si se uniesen bien estas dos mitades, podrá decirse: ¿cómo pudieran cumplirse las profecías? ¿Cómo pudiera cumplirse todo lo que se lee en contra de los judíos, y en favor de las gentes que ocuparon su puesto? ¿Cómo pudiera cumplirse asimismo lo que se lee, para otro tiempo en contra de las gentes y en favor de los judíos?

Conque los segundos se hicieran cargo de las circunstancias que habían de acompañar la primera venida del Mesías, según las Escrituras, y por consiguiente la creyeran; y los primeros que creen la primera ya cumplida, y esperan la segunda venida del Mesías en gloria y majestad, hagan reflexión sobre tantas profecías, que hablan manifiestamente de ésta, y no de la primera, y por tanto entonces sólo tendrán su entero cumplimiento.