ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Vigésimo séptima entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
Fenómeno VII
BABILONIA Y SUS CAUTIVOS (I de IV)
Cualquiera que lea con atención los Profetas, reparará fácilmente dos cosas principales:
Primera: grandes y terribles amenazas contra Babilonia.
Segunda: grandes y magníficas promesas en favor de los cautivos, no solamente de la casa de Judá, o de los judíos en particular que fueron los propios cautivos de Babilonia, sino generalmente de todo Israel, y de todas sus tribus para cuando salgan de su cautiverio, y vuelvan a su patria, de su destierro.
Uno y otro con figuras y expresiones tan vivas, que hacen formar una idea más que ordinaria, y más que grande, así de la vuelta de los cautivos a su patria, como del castigo inminente y terribilísimo de aquella capital.
Si con esta idea volvemos los ojos a la historia, se lee en los libros de Esdras todo lo que sucedió en la vuelta de Babilonia, y el estado en que quedaron los que volvieron, aun después de restituidos a su patria; se leen en los dos libros de los Macabeos, los grandes trabajos, angustias y tribulaciones, que en diversos tiempos tuvieron que sufrir, dominados enteramente por los príncipes griegos; se lee después de esto en los Evangelios, el estado de vasallaje y opresión formal en que se hallaban cuando vino el Mesías, no solamente dominados por los Romanos, sino inmediatamente por un idumeo, cual era el cruelísimo Herodes; se lee por otra parte, ya en la historia profana, ya también en la sagrada, que Babilonia, después de haber salido de ella aquellos cautivos, se mantuvo en su ser sin novedad alguna sustancial, por espacio de muchos siglos, que no la destruyó Darío Medo, ni Ciro Persa, ni alguno otro de sus sucesores, que no se destruyó repentinamente en un solo día, aquellas dos grandes calamidades que parece le anuncia Isaías, cuando le dice: Te vendrán estas dos cosas súbitamente en un solo día, esterilidad y viudez. (Isaías 47, 9).
Con estas noticias ciertas y seguras, no puede menos de maravillarse, de ver empleadas por los profetas de Dios vivo unas expresiones tan grandes para unas cosas respectivamente tan pequeñas. Mucho más deberá maravillarse, si advierte y conoce sin poder dudarlo, que nada o casi nada se ha verificado hasta el día de hoy, de lo que con tantas y tan vivas expresiones parece que tenían anunciado sobre estos asuntos los profetas de Dios.
Difícilmente se hallará otro punto en toda la divina Escritura que haya dado más cuidado, ni haya apurado más los ingenios, que Babilonia y sus cautivos. Embarazo en que no pocas veces se hallan los intérpretes; y la gran fuerza que hacen para salir con honor es tan visible, que puede fácilmente repararlo el hombre menos reflexivo.
Ya suponen cosas que debían no suponerse sino probarse en toda forma; ya conceden a lo menos en parte en general y en confuso lo que en otras ocasiones más inmediatas omiten o niegan absolutamente; ya usan de un sentido, ya de otro, ya de muchos a un mismo tiempo, y esto en un mismo individuo o texto; ya siguen el sentido literal hasta cierta distancia, y hallándose atajados por el texto mismo, que visiblemente protesta la violencia, vuelven un poco más atrás buscando por todos los otros rumbos algún otro sentido menos incómodo, o menos inflexible. Si éste se halla, éste solo basta para decir, que aunque aquel sentido (que no se puede llevar adelante) es realmente el sentido literal, mas este otro es el sentido especialmente intentado por el Espíritu Santo.
Después de todas estas diligencias no por eso queda resuelta la gran dificultad. Se ve tan en pie y tan entera, como si no se hubiese tocado.
Las profecías son muchas y muy claras a favor de los miserables hijos de Israel, para cuando vuelvan de su destierro y cautiverio, y por eso mismo es igualmente claro que no se han verificado jamás.
Los intérpretes suponen que ya todas se han verificado, o se están verificando muchos siglos ha. Mas, ¿cómo? Una pequeña parte literalmente en aquellos pocos que salieron antiguamente de Babilonia con permiso de Ciro; la mayor parte alegóricamente en los redimidos por Cristo de la verdadera cautividad de Babilonia, esto es, del pecado y del demonio; y otra parte, que no puede explicarse ni en el uno ni en el otro sentido, se verifica, dicen, anagógicamente en aquellas almas santas, que rotas las prisiones del cuerpo, vuelan al cielo su verdadera patria, donde gozan en paz y quietud de todos los bienes.
Nada decimos por ahora de aquella otra parte bien considerable, que tal vez se omite por excusar prolijidad.
Mas, ¿sería creíble, digo yo, que el Espíritu de Dios que habló por sus Profetas, hablase de este modo? ¿Sería creíble que hablase por sus Profetas sobre un mismo asunto, parte en un sentido, parte en otro, parte en muchos, parte en ninguno? ¿Sería creíble este modo de hablar de la veracidad de Dios y de su santidad infinita? Aun en el hombre más ordinario se tuviera esto, y con gran razón, por un defecto intolerable.
¿Sería creíble, vuelvo a decir, que Dios vivo y verdadero, hablando nominadamente con los hijos de Abrahán, de Isaac, y de Jacob, a quienes iba a desterrar, o había ya desterrado y esparcido entre las naciones, les permitiese, no sólo recogerlos y restituirlos a su patria; sino junto con esto, otros innumerables bienes y misericordias, que no habían de verificarse en ellos, sino en las gentes; y esto en un sentido puramente espiritual? ¿Y esto o muchísimo de esto en sentido parte espiritual, parte alegórico, parte anagógico, parte místico y espiritual?
No puedo negar, que me parece todo esto duro y difícil de creer. Y no obstante sé de cierto, que en el sistema ordinario no hay otro modo de resolver la gran dificultad.
El modo ordinario de discurrir es éste en sustancia, y sobre él no faltan algunas reglas generales.
Las profecías, dicen, y con gran razón, son verdaderas y de fe divina, Dios es quien habla en ellas, y no el hombre; estas profecías no se han verificado plenamente según la letra, como es claro y por sí conocido, y consta de la Escritura; luego… (repárese con cuidado en esta consecuencia) luego es preciso decir que en ellas se encierra algún gran misterio, mucho mayor que la salida material de Babilonia de los Caldeos, el cual misterio no puede ser otro que la liberación por Cristo de la verdadera cautividad de Babilonia, esto es, del pecado y del demonio.
Por consiguiente, todo lo que anuncian las profecías, tocante a la justicia, a la santidad, a la paz, a la felicidad estable y permanente de los que vuelven de su destierro, y son restablecidos de nuevo en la tierra prometida a sus padres etc., se debe entender de los hijos de la Iglesia presente, que son el verdadero Israel de Dios, la cual justicia, santidad, paz, justificación y felicidad, empiezan en la tierra, y se consuman y perfeccionan enteramente en el cielo.
Esta consecuencia, o este modo de discurrir, como si fuese justísimo en todas sus partes, es de gran uso para desembarazarse sin oposición alguna, antes con sumo honor, de toda suerte de dificultades.
Se propone otra consecuencia
Así como yo no repruebo absolutamente el sentido alegórico, anagógico, etc., así tampoco puedo reprobar absolutamente la consecuencia que acabamos de oír; antes por el contrario, mirada por cierto aspecto, me parece buena y propísima para la utilidad y edificación. A todos los creyentes nos importa saber y no olvidar que fuimos redimidos y librados por Cristo, del poder de las tinieblas; que este mundo es un verdadero destierro; que nuestra patria es el cielo; que la justicia, y santidad, y paz, y gozo en el Espíritu Santo, empiezan aquí, y allá se perfeccionan; que todos los fieles cristianos, de cualquiera nación que sean, son el verdadero Israel de Dios.
No obstante estas verdades, que yo creo y confieso con todos los fieles cristianos, propongo a la consideración y juicio de los sabios otra consecuencia sacada de las mismas premisas que supongo ciertas y evidentes, y pido que se compare esta segunda consecuencia con la primera, en sencillez y verdad.
Discurro, pues, así: las profecías de que hablamos son ciertas y seguras, pues en ellas no habla el hombre sino Dios mismo; estas profecías no se han cumplido hasta ahora plenamente según la letra; luego debe llegar tiempo en que todas se cumplan plenamente según la letra.
Digo según la letra plenamente, para comprender, así las cosas mismas que anuncian, como las personas de quienes hablan expresa y nominadamente.
Más claro: las profecías hablan expresa y nominadamente de los judíos en general, o de todas las tribus de Israel sin excluir a ninguna, para cuando vuelvan de su cautividad y destierro, y sean introducidas y planteadas de nuevo en la tierra prometida a sus padres.
Ahora, pues, es cierto y evidente, que los judíos desterrados a Babilonia, y cautivos en Babilonia, volvieron muchos días ha de su cautividad y destierro; es cierto y evidente, que entonces edificaron de nuevo su templo y su ciudad de Jerusalén; es cierto y evidente, que entonces se establecieron de nuevo en aquella tierra, de donde habían sido desterrados; por otra parte, también es cierto y evidente (por confesión forzosa e innegable de todos los intérpretes) que las profecías innumerables, que hablan de la vuelta de la cautividad y destierro de los hijos de Israel, no se han verificado ni de ciento una, no se han verificado plenamente según la letra, no se han verificado, ni en lo que anuncian clara y distintamente, ni en las personas de quienes hablan expresa y nominadamente, etc.
Luego… Luego… (ved ya la consecuencia que ofrezco a vuestra consideración) Luego la cautividad y destierro de los hijos de Israel, de que hablan las profecías, no puede ser la cautividad y destierro de Babilonia, a que fueron llevados por Nabucodonosor.
De aquí se sigue otra consecuencia, o por mejor decir una cadena de consecuencias.
Luego la cautividad y destierro de que hablan las profecías no se ha concluido hasta el tiempo presente, pues si se hubiese ya concluido, ya se hubieran verificado las profecías; luego los hijos de Israel no han vuelto hasta ahora de la cautividad y destierro de que hablan las profecías; luego deberemos esperar otro tiempo, en que los hijos de Israel vuelvan de su cautividad y destierro, y en que por consiguiente se verifiquen en ellos las profecías; luego el descanso, el sabatismo, la independencia de toda potestad y dominación de la tierra, la justicia, la santidad, la paz, la felicidad estable y permanente bajo un solo rey, a quien se da el nombre de David, anunciado todo clara y distintamente a los hijos dispersos de Jacob, para cuando vuelvan de su dispersión, de su cautividad, de su destierro, se verificará en ellos plenamente, cuando se verifique esta vuelta, la cual está anunciada del mismo modo que todo lo demás.
En efecto, esta última consecuencia no sólo se infiere de aquellas premisas, sino que se lee expresamente en el capítulo XII de Daniel, versículo 7: cuando fuere cumplida la dispersión de la congregación del pueblo santo, serán cumplidas todas estas cosas.
Después que el ángel que vestido de ropas de lino reveló a este Profeta muchos y grandes misterios contenidos en todo el largo capítulo antecedente, en especial lo que debía suceder al pueblo de Israel en los últimos tiempos; pues a esto sólo le dice que viene determinadamente: he venido a mostrarte las cosas que han de acontecer a tu pueblo en los últimos días, porque la visión es aún para días; después de todo esto, preguntando el mismo Profeta: ¿cuándo se cumplirán estas maravillas?, le respondió al punto levantando las manos al cielo, y jurando por el que siempre vive diciendo, que en tiempo, y tiempos, y mitad de tiempo. Y concluye inmediatamente su respuesta, o la explica y aclara diciendo que todas aquellas cosas de que acaba de hablar, tendrán su perfecto cumplimiento cuando se complete o concluya enteramente la dispersión del pueblo santo hecha por la mano de Dios.
Estas palabras combinadas con aquellas otras del capítulo X: he venido a mostrarte las cosas que han de acontecer a tu pueblo en los últimos días, porque la visión es aún para días, parecen la verdadera llave de todos los misterios del capítulo XI y XII de este Profeta, los cuales misterios se verificarán y entenderán perfectamente, cuando se acaben los trabajos de los hijos de Israel, y cuando tenga fin su destierro, su dispersión y cautiverio.
De un modo semejante podemos discurrir en lo que toca a las amenazas terribles que se leen en las Santas Escrituras contra Babilonia, como veremos más adelante.
Continuará…
