Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

 DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y respondiendo Jesús, les volvió a hablar otra vez en parábolas, diciendo: Semejante es el reino de los cielos a cierto hombre rey que hizo bodas a su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, mas no quisieron ir. Envió de nuevo otros siervos diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi banquete, mis toros y los animales cebados están ya muertos, todo está pronto; venid a las bodas. Mas ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a su negocio, y los otros echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron. Y el rey cuando lo oyó, se irritó; y enviando sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas, y puso fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas ciertamente están aparejadas; mas los que habían sido convidados no fueron dignos. Pues id a las salidas de los caminos, y a cuantos hallareis llamadlos a las bodas. Y habiendo salido sus siervos a los caminos, congregaron cuantos hallaron, malos y buenos; y se llenaron las bodas de convidados. Y entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadlo de pies y de manos, arrojadle en las tinieblas exteriores; allí será el llorar y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

El Domingo decimoquinto de Pentecostés hemos meditado sobre la muerte; el Domingo pasado, decimoctavo de Pentecostés, hemos reflexionado sobre el perdón de los pecados y el Sacramento de la Penitencia; consideremos hoy la doctrina sobre el Infierno, basándonos en la exclamación del Rey y su sentencia: Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda?Atadlo de pies y de manos, arrojadle en las tinieblas exteriores; allí será el llorar y crujir de dientes.

En efecto, el vestido nupcial son las disposiciones morales requeridas para participar en el Reino. El bautismo se supone como ingreso a este banquete de bodas mesiánico, pero se exigen condiciones para permanecer en él. La unión a él por la fe se supone en todos los convidados, incluso en el que no está con el vestido nupcial, pero hacen falta otras disposiciones. Para entrar definitivamente en él hace falta estar unido por otras disposiciones morales. El tema de la parábola es enseñar las disposiciones requeridas para asistir a él.

El mandar el rey que a este invitado, que no tiene el vestido nupcial, se le ate de pies y manos y se le arroje a las tinieblas exteriores es la fórmula usual para describir el castigo del infierno; ella procede de los profetas.

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Tratemos, pues, hoy el tema tremendo, terriblemente trágico, del destino eterno de los réprobos: el Infierno. Ante todo, tengamos en cuenta lo enseñado por Pío XII en Cuaresma de 1949:

Para despertar el espíritu de oración y de penitencia, la predicación de las primeras verdades de la fe y de los fines últimos no sólo no ha perdido su oportunidad en nuestros tiempos, sino que ha venido a ser más necesaria y urgente que nunca. Incluso la predicación sobre el infierno. Sin duda alguna hay que tratar este asunto con dignidad y sabiduría. Pero en cuanto la sustancia misma de esa verdad, la Iglesia tiene, ante Dios y ante los hombres, el sagrado deber de anunciarla, de enseñarla sin ninguna atenuación, como Cristo la ha revelado, y no existe ninguna condición de tiempos que pueda hacer disminuir el rigor de esta obligación. Es verdad que el deseo del cielo es un motivo en sí mismo más perfecto que el temor de la pena eterna; pero de esto no se sigue que sea también para todos los hombres el motivo más eficaz para tenerlos lejos del pecado y convertirlos a Dios.

Prestemos también atención a lo dicho por San Pedro Julián Eymard:

Hablemos del infierno, de cuya consideración se han valido los mismos Santos, encontrando en ella motivos de amar más a Nuestro Señor. El amor forma la santidad, pero a veces le hace falta la ayuda del temor, y momentos hay en que resulta necesario.

El infierno ejerce saludable influencia únicamente sobre los que aman a Dios; los demás sólo se sirven de él para insultar más y blasfemar contra la Justicia divina.

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¿Qué dice el dogma católico sobre la existencia y naturaleza del castigo de los réprobos? Es sentencia de fe divina expresamente definida que existe el infierno, al que descienden inmediatamente las almas de los que mueren en pecado mortal.

Por otra parte, son tan claras y convincentes las razones que postulan la necesidad de un castigo ultraterreno, que incluso la mayoría de las religiones falsas y de los filósofos paganos lo creyeron y enseñaron desde la más remota antigüedad.

La razón principal que puede invocarse para probar la necesidad de los castigos ultraterrenos es la que se toma de la santidad y justicia de Dios. Se ve la necesidad de las sanciones ultraterrenas para castigar los crímenes repugnantes que quedan sin sanción adecuada en este mundo. Porque es un hecho que un número incalculable de crímenes monstruosos logran escapar al control de la justicia humana y quedan impunes acá en la tierra.

La frase que pronunciará Nuestro Señor el día del Juicio final: Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno contiene un maravilloso resumen de toda la teología del Infierno.

Porque el Infierno, fundamentalmente, lo constituyen tres cosas y nada más que tres: lo que llamamos en teología la pena de daño, la pena de sentido y la eternidad de ambas penas.

Esas tres cosas están maravillosamente registradas y resumidas en la frase de Cristo: Apartaos de Mí, malditos (pena de daño), al fuego (pena de sentido) eterno (eternidad de ambas penas).

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Lo principal del Infierno es la pena de daño, la condenación propiamente dicha, que consiste en quedarse privado y separado de Dios para toda la eternidad.

No se trata, en efecto, de una mera carencia de algo indebido al hombre, sino de una verdadera privación de algo que, con la gracia de Dios, hubiera podido alcanzar.

Considerada en sí misma, la pena de daño es la misma para todos los condenados, ya que es igualmente para todos la privación total y definitiva del Bien supremo.

Pero, desde el punto de vista de la aflicción que reporta a los condenados, difiere según el grado de culpabilidad de cada uno de ellos. Cuanto más culpables fueron, tanto más fuertemente son torturados por ella, porque han caído tanto más profundamente en ese tenebroso y terrible abismo del alma y sienten con mayor intensidad el vacío infinito causado por el alejamiento de Dios.

El condenado siente, pues, en proporción a sus pecados, el peso de la maldición de Dios, que se aleja a su vez de él y le rechaza de su presencia. La desgracia de su privación se mide, pues, por el grado de oposición que el condenado tiene con relación a este Bien supremo, al que las gracias recibidas tendían a aproximarle, mientras que esas mismas gracias despreciadas tienden a alejarle más y más.

Lo que constituye primaria y esencialmente la pena de daño es la privación eterna de la visión beatífica, o sea, del goce fruitivo de Dios como objeto de nuestra última y suprema felicidad. Pero como consecuencia natural e inevitable priva también, secundariamente, de todos los demás bienes accidentales que la visión beatífica lleva consigo. Los principales son:

Exclusión eterna del Cielo. Los condenados son unos exilados eternos de su verdadera patria.

Exclusión de la compañía y familiaridad de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen María, de los Ángeles y Santos del Cielo.

Pérdida para siempre de todos los bienes sobrenaturales recibidos de Dios: la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo, etc. No habrá más excepción que la del carácter sacramental (el que imprimen los sacramentos del bautismo, confirmación y orden), que continuará eternamente en los condenados para su mayor vergüenza y confusión en medio de aquella sociedad de enemigos irreconciliables de Dios.

Privación de la gloria del cuerpo, que consiste en aquella maravillosa claridad, agilidad, impasibilidad y sutileza que brillarán eternamente en los cuerpos de los bienaventurados.

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La segunda especie de penas que sufren los condenados del infierno se conoce en teología con el nombre de pena de sentido, porque el principal sufrimiento que de ella se deriva proviene de cosas materiales o sensibles.

Afecta, ya desde ahora, a las almas de los condenados, y, a partir de la resurrección universal, afectará también a sus cuerpos. No se trata, pues, de una pena puramente corporal, sino que afecta también y muy principalmente a las mismas almas.

La pena de sentido consiste principalmente en el tormento del fuego. El fuego del infierno no es metafórico, sino verdadero y real; no es una mera aprehensión intelectual del condenado, sino algo exterior, objetivo y real que existe de hecho fuera de él, y lo atormenta como instrumento de la divina justicia.

Santo Tomás considera que el fuego del infierno es de la misma especie que el de la tierra, aunque con ciertas propiedades diferentes, principalmente en cuanto que no necesita combustible para alimentarse, atormenta a las almas además de los cuerpos y atormentará eternamente a los réprobos sin destruirlos. Además, no ilumina…; en el infierno reinan las tinieblas… Interesante este dato, sobre todo para aquellos que vociferan que la única iglesia que ilumina es la que arde…, pues bien, si no se convierten y hacen penitencia, ellos arderán por la eternidad sin iluminar…

Santo Tomás, y con él la mayoría de los teólogos, explica la acción del fuego sobre las almas a modo de aprisionamiento (per modum alligationis) que sujeta y retiene a las almas en un determinado lugar contra la libre inclinación de su voluntad. Esto las atormenta físicamente, y no sólo por mera aprehensión intelectual.

Según esta explicación, el fuego del infierno recibe, como instrumento de la justicia divina, la virtud de retener, de encerrar en sí misma el alma del condenado y mantenerla aplicada a un determinado lugar. El fuego se convierte de este modo en un instrumento físico de tortura para el alma, haciéndole imposible el libre ejercicio de su voluntad e impidiéndole obrar donde quiera y como quiera. Así se explican y justifican perfectamente las expresiones bíblicas que presentan al infierno como una cárcel de las almas.

Además del fuego real y corpóreo, la pena de sentido abarca otro conjunto de tormentos infernales:

– La compañía de los demonios y de los demás condenados. En virtud de la degradación indecible, del estado perpetuo de odio, de los suplicios horribles de los habitantes del infierno, su compañía y sociedad continua, eterna, será por sí misma una tortura espantosa. En los condenados estará perpetuamente contrariada esta necesidad de la naturaleza creada que se llama la sociabilidad, fuente acá en la tierra de tantos bienes y alegrías en una sociedad de gente buena y honrada, y de tantos enojos y disgustos en una sociedad odiosa y depravada.

– El tormento de los sentidos corporales internos y externos. La magnitud de la miseria que albergará el alma refluirá sobre el mismo cuerpo en proporción al grado de su condenación. Los sentidos internos estarán sujetos a imaginaciones y recuerdos torturantes. Y los externos experimentarán a su vez la privación de todo cuanto pudiera recrearles. Nada de luz, de armonías, de refrigerios, de suaves olores, de sensaciones suaves, de reposo corporal; sino todo lo contrario, aunque en proporciones muy variadas según los grados de culpabilidad.

– El gusano roedor de la conciencia. Se alude al remordimiento que tortura a los condenados. Dolor de haber perdido a Dios por la propia culpa; y amargura por el recuerdo del placer pecaminoso, tan fugaz y desordenado, que les mereció el infierno para siempre.

De este gusano nacen la desesperación, el odio y el furor, la blasfemia y maldición de Dios, de los Santos, de sí mismos y de todo cuanto pertenece a Dios.

– El llanto y crujir de dientes. El conjunto de la tradición patrística y teológica ha visto en el crujir de dientes un símbolo de la rabia y desesperación de los condenados.

– Las tinieblas exteriores. Alude a la pena de daño o exclusión eterna del festín de la gloria.

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Pero lo más espantoso del Infierno es la tercera nota, la tercera característica: su eternidad. Imaginemos lo que será un tormento y desesperación eternos.

En la eternidad no hay días, ni semanas, ni meses, ni años, ni siglos. Es un instante petrificado, es como un reloj parado, que no transcurrirá jamás.

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Para terminar, respondamos las dos objeciones principales contra la existencia del Infierno:

¿Cómo puede compaginarse esa verdad tan terrible con el amor y la misericordia infinitos de Dios, proclamados con tanta claridad e insistencia en las Sagradas Escrituras?

Es cierto que en la Sagrada Escritura se proclama clarísimamente la misericordia infinita de Dios; pero con no menor claridad se proclama también el dogma terrible del Infierno.

Precisamente porque Dios es infinitamente misericordioso espera con tanta paciencia que se arrepienta el pecador y le perdona en el acto, apenas inicia un movimiento de retorno y de arrepentimiento. Dios no rechaza jamás al pecador contrito y humillado.

Pero cuando, voluntariamente, obstinadamente, durante su vida y a la hora de la muerte, el pecador rechaza definitivamente a Dios, ¡sería el colmo de la inmoralidad echarle a Dios la culpa de la condenación eterna de ese malvado y perverso pecador!

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La segunda objeción es consecuencia de la primera, y dice así: Está bien que se castigue al culpable; pero como Dios sabe todo lo que va a ocurrir en el futuro, ¿por qué crea a los que sabe que se han de condenar?

Hay que señalar en primer lugar que la objeción parte de una suposición falsa, que consiste en plantear un proceso de tres etapas: un conocimiento de Dios anterior a la creación, una creación posterior a ese conocimiento y una condenación final.

Pero no se puede sostener que para Dios hay un antes y un después de las acciones del hombre. Para Dios sólo existe la eternidad. Dios sabe, sin más; no hay un antes, en el cual reflexiona sobre nuestra acción; ni una previsión de la misma; ni un después que la premia o castiga.

No se trata de que Dios conozca nuestro destino eterno antes de crearnos; y esto es así porque, sencillamente, no existe ese antes. De manera que el problema que la objeción plantea no existe. En la eternidad, no acaece ni el pasado, ni el futuro: todo es presente.

Por lo cual, no hay problema alguno en aceptar que el hombre es libre y, al mismo tiempo, Dios conoce todo lo que el hombre obrará libremente.

Que Dios vea y sepa cómo actuamos y cómo procederemos, no nos quita la libertad. Entonces, no es correcto plantear un futuro que está en nuestras manos como algo decidido por Dios. Él lo conoce, sí; pero lo decidimos nosotros libremente.

Además, la sola posibilidad de que Dios pueda crear a alguien para que se condene, no sólo es falsa, sino también impensable. Si Dios crease un alma expresamente para la condenación, antecedentemente a sus acciones buenas o malas, sería perverso.

Dios es amor, y toda su obra creadora y redentora es de amor. Quiere que todos se salven; no crea a nadie para que se condene, sino a todos para que tengan una vida eternamente feliz en la gloria.

Pero para ello es necesario que el hombre sea libre; y que quepa la posibilidad de aceptar o rechazar el plan de Dios.

Si la voluntad divina impusiese necesidad a los hombres que quiere salvar, se seguiría que todos los hombres resultarían buenos, pero por necesidad; lo cual destruye el libre albedrío del hombre, y al hombre mismo.

Entonces, que algunos hombres no acepten el amor de Dios y lo rechacen, no hace malo a Dios, sino a quienes lo rechazan.

Quien se condena, quiere condenarse. Nadie está en el infierno contra su voluntad. Esto es, quizás, lo más dramático del infierno.

Por lo tanto, es absurdo hablar de un futuro libre como si estuviera determinado.

Si uno quiere, se salva; si no quiere, no se salva: depende de uno mismo; cada uno decide libremente.

La objeción falla, pues, al presentar la condenación como una fatalidad a la que uno estaría determinado, haga lo que haga. Y esto es falso.

Insistimos: no es correcto plantear un futuro que está en nuestras manos como algo decidido por Dios. Él lo conoce, sí; pero lo decidimos nosotros libremente.

Entonces, es injusto responsabilizar a Dios de algo que ha decido libremente el hombre.

El razonamiento erróneo consiste, por lo tanto, en plantear las cosas de este modo: Dios nos crea libres. Ahora bien, uno se condena libremente. Por tanto, Dios es culpable de esa condenación.

Sin embargo, Dios nos hizo libres para que fuésemos capaces de amar, de obrar el bien. Pero esto implica, al mismo tiempo, la posibilidad de que odiemos, de que hagamos el mal.

Pero ambas decisiones corren por cuenta nuestra; y Dios nos remunerará por ellas, con el premio o con el castigo.

El crear al hombre, Dios lo creo libre; no podía crearlo sin la posibilidad de que éste eligiera el mal, u obligarlo a escoger el bien. De otro modo, no sería hombre, sino vegetal o animal irracional.

El hecho es que el hombre optó por desobedecer a Dios, eligió el mal.

Tal vez alguno insistirá y preguntará: Pero, ¿por qué Dios no interviene?

¿Y qué significa ese: “por qué Dios no interviene”?

¿Significa que Dios no tendría que haber creado seres libres, ni ángeles ni hombres?

¿Significa que Dios estaba obligado a crear solamente ángeles y hombres que aceptasen libremente su plan?

¿Significa que, incluso a aquellos que no lo aceptasen, también tendría que salvarlos?

Dios intervine…, pero interviene a la manera divina. La solución está en manos del ser humano, si se deja ayudar por Dios.

Dios no quiere impedir el mal, creando solamente hombres que no hagan el mal; ni no creando a los que quieran hacerlo. Dios quiere eliminar el mal reconciliando al hombre consigo mismo.

Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del pecado, del mal moral. Sin embargo, lo permite, respetando la libertad de su criatura; y, misteriosamente, sabe sacar de allí un mayor bien.

Queda claro, pues, que la objeción planteada supone la contradicción de querer salvarse y, al mismo tiempo, querer libremente hacer todo lo necesario para condenarse, rechazando los medios que Dios ofrece conducentes a la salvación.

En ese caso, como única solución se ve el «hubiera sido mejor no haber sido creado», rechazando el misericordioso plan de Dios para la salvación del hombre.

La objeción conduce lógicamente a la condenación, destruyendo la esperanza que hace posible la salvación.

Por lo tanto, dejemos de pensar si nos condenaremos, y comencemos a poner por obra lo que sabemos que nos conduce ciertamente a la salvación.

Sabiamente escribió Tomás de Kempis en la Imitación de Cristo:

Debes tener buena esperanza que alcanzarás victoria; mas no conviene tener seguridad, porque no te aflojes, ni te ensoberbezcas. Como uno estuviese acongojado y turbado, y entre la esperanza y temor dudase muchas veces; una vez cargado de angustia se arrojó ante un altar, y revolviendo en su pensamiento, dijo: ¡Oh si supiese que habría de perseverar! Y luego oyó de dentro la divina respuesta, que le dijo: ¿Qué harías si eso supieses? Haz ahora lo que entonces harías, y serás bien seguro. Y en este punto, consolado y confortado, se ofreció a la divina voluntad, le cesó la congoja y turbación y no quiso más escudriñar curiosamente para saber lo que le había de suceder; mas estudió con mucho cuidado inquirir qué fuese la voluntad de Dios agradable y perfecta, para comenzar y perfeccionar toda buena obra.

Si así obramos…, aceptaremos la invitación a las Bodas, entraremos al festín con el traje nupcial, allí permaneceremos y seremos de los escogidos…

Que Nuestra Señora, Auxilio de los cristianos, así nos lo alcance por su intercesión…