Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DECIMOSEXTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Y aconteció que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando. Y he aquí un hombre hidrópico estaba delante de Él. Y Jesús, dirigiendo su palabra a los doctores de la ley y a los fariseos, les dijo: ¿Es lícito curar en sábado? Mas ellos callaron. Él entonces le tomó, le sanó y le despidió. Y les respondió y dijo: ¿Quién hay de vosotros, viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saca al instante en día de sábado? Y no le podían replicar a estas cosas. Y observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, y dijo: Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado más honrado que tú, y que venga aquel que te convidó a ti y a él y te diga: Da el lugar a éste; y que entonces tengas que tomar el último lugar con vergüenza; mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto. Para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los que estuvieren contigo a la mesa. Porque todo aquél que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado.

El Evangelio de este Domingo narra otro milagro de Nuestro Señor Jesucristo, ocasión de un nuevo enfrentamiento con los fariseos y doctores de la Ley.

Mientras Jesús acepta su invitación por caridad y para aprovechar la ocasión de ejercer su benevolencia, estos hombres, hinchados de orgullo y llenos de envidia, no piensan otra cosa que presentarle escollos y encontrarlo en falta.

La circunstancia del Sábado es recalcada a propósito por el Evangelista, pues tiene relación con el resto de la historia.

Le miraban, espiaban con malignidad la menor de sus palabras y acciones, con la esperanza de encontrar una ocasión propicia para criticarlo y condenarlo. Los milagros que operó, especialmente el Sábado, fueron, como todos sabemos, una de sus principales objeciones.

La oportunidad pareció entonces muy buena para ellos. ¡Necios! No saben que tienen que tratar con Aquél que sabe todo, que todo lo ve y Quien todo lo puede. Jesús responde a sus pensamientos íntimos. Él lee en sus almas y conoce su malicia secreta.

Sin lugar a dudas se habrán dicho: miremos lo que lo habrá de hacer; si cura a este hidrópico, viola el Sábado, es un transgresor de ley; si no lo cura, podremos acusarlo de ser insensible y despiadado…

Nuestro Señor, infinitamente bueno y misericordioso, es también la infinita sabiduría. Mediante una simple pregunta, Él frustra los pensamientos insidiosos y todos los cálculos farisaicos: A ver, vosotros, doctores de la ley y fariseos, vamos a ver, ¿qué opináis?, ¿es permitido curar en el día de reposo?

Estos orgullosos sectarios se sienten desconcertados. Porque, por un lado, si admiten que está permitido, se contradecirían a sí mismos, habiendo veinte veces culpado al Salvador por curar en el día de reposo. Por otra parte, si responden que está prohibido, quedarían como ridículos y serían acusados de crueldad por el pueblo. Pues no sabiendo qué responder, toman el partido de guardar silencio.

Completamente justificado por el silencio farisaico (porque si lo que Él quería hacer hubiese sido ilegal, estos maestros de Israel, consultados públicamente, hubiesen tenido la obligación de decirlo), Jesús responde de una manera práctica e imperativa a la cuestión planteada: cura al enfermo.

Para hacerles ver que la caridad está por encima de todo y que Él es el legislador, dueño y señor incluso del Sábado, toca con sus manos divinas al hidrópico, lo sana y lo envía a su casa.

Nuestro Señor nos enseña a sobreponernos al respeto humano, ignorar el escándalo farisaico y despreciar la censura mezquina e injusta, así como los murmullos de los inicuos, siempre que la mayor gloria de Dios esté en juego o cuando se trate del cumplimiento de un deber o de la caridad fraterna.

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El precepto del reposo sabático era estricto y de institución divina. Pero tenía excepciones. Y Cristo les cita primero el caso de David que, perseguido por Saúl, huyó con su escolta a donde estaba el Tabernáculo y, no teniendo qué comer, el sacerdote les dio “panes de la proposición”, que sólo podían consumir los sacerdotes. Fue una acción lícita, pues la ley natural está antes que la positiva.

Jesucristo les desautorizó, incluso desde otro punto de vista, ya que ellos daban más valor a sus tradiciones y legislaciones que a la misma Ley.

San Mateo añade otra razón de Nuestro Señor: si fuese tan estricto tal precepto, tampoco podría ministrarse en el santuario en sábado. Sin embargo, la Ley preceptuaba los sacrificios y su preparación en este día; la misma circuncisión se debía practicar incluso en sábado. Y, sin embargo, de todo aquel trabajo cultual los sacerdotes no son culpables.

Pero el Señor va más lejos aún: no sólo concluye que hay excepciones lícitas, sino que Él puede dispensarlo, porque el Hijo del hombre es Señor del sábado.

Como el reposo sabático es de institución divina, proclamarse Señor del sábado es proclamarse dueño de su institución. Moisés sólo fue un ministro que legisló en nombre de Dios. Si Dios es el dueño del sábado, y Cristo es el Señor del sábado, Nuestro Señor se está proclamando Dios.

Sólo San Mateo refiere las siguientes palabras de Jesucristo, lógicas después que ha estado hablando de los sacerdotes que ministran en el templo: Yo os digo que lo que hay aquí es mayor que el templo.

Es grande el valor dogmático de estas palabras de Nuestro Señor. Él es mayor que el templo, que tenía la máxima dignidad por ser la casa donde habitaba Dios. Superior al templo de Israel no había más que Dios. Cristo, por lo tanto, se proclama Dios.

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Jesús pregunta a los fariseos: ¿Es lícito curar en sábado?, o como dice el texto en San Marcos y en San Lucas: ¿Es lícito en sábado hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matarla?

Según la mentalidad rabínica, no se podía curar en sábado a no ser que peligrase la vida del enfermo. Fuera de este caso, los cuidados y la cura del enfermo estaban casi del todo prohibidos. Solamente se le podía prestar normalmente los auxilios y alimentos que tomaba una persona normal.

Ante el silencio farisaico, Jesús responde con un argumento incontrovertible. La argumentación de Cristo es ésta: Si un hombre tiene una oveja y ésta cae en día de sábado a un hoyo o en una de aquellas cisternas vacías disimuladas por el ramaje, su dueño obraba lícitamente sacándola. Esto era lícito, según sus interpretaciones, incluso en día de sábado.

Cristo saca la conclusión: un hombre vale más que una oveja; luego es lícito hacer bien en sábado.

Ellos callaban, porque veían que la argumentación de Cristo, de menos a más, absolutamente probativa, era interpretar el verdadero contenido de la Ley. Por ello concluye: Es lícito hacer bien en sábado.

Entonces, para completar su enseñanza, les preguntó: ¿Y quién de vosotros, si se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de Sábado, no lo saca al momento?

Jesús les responde utilizando un argumento ad hominem, no tanto para justificar su comportamiento, sino para hacerles tocar con el dedo su inconsistente y despreciable conducta.

Es decir, si vosotros prestáis auxilio a un niño en Sábado; e incluso, por pura codicia, no dudáis en socorrer en Sábado a un animal, ¿cómo podéis encontrar mal que, por caridad y misericordia, cure en día Sábado a los hijos de Abraham?

Un grave daño que ha de seguirse no está vedado impedirlo por el reposo sabático. La ley natural está por encima. Y la caridad también, ya que en el amor a Dios está incluido el amor al prójimo, como tantas veces se lee en la Escritura.

Argumentaciones semejantes las usó Jesucristo en otras ocasiones:

Enseñaba en la sinagoga un sábado. Había allí una mujer que tenía un espíritu de enfermedad hacía dieciocho años, y estaba encorvada y no podía en modo alguno enderezarse. Viéndola Jesús, la llamó y le dijo: Mujer, estás curada de tu enfermedad. Le impuso las manos y al instante se enderezó, y glorificaba a Dios. Interviniendo el jefe de la sinagoga, lleno de ira porque Jesús había curado en sábado, decía a la muchedumbre: Hay seis días en los cuales se puede trabajar; en ésos venid y curad, y no en día de sábado. Respondióle el Señor y dijo: Hipócritas, ¿cualquiera de vosotros no suelta del pesebre su buey o su asno en sábado y lo lleva a beber? Pues esta hija de Abraham, a quien Satanás tenía ligada dieciocho años ha, ¿no debía ser soltada de su atadura en día de sábado?

En otra oportunidad, al curar al hombre de la mano seca, les había preguntado lo dicho anteriormente: ¿Es lícito en Sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla? Y les propuso el argumento simple y decisivo de la oveja en el hoyo, al cual no pudieron replicar…

Silencio de malignidad y de orgullo, de perfidia y ceguera…

Jesús hizo un milagro palpable e incontrastable delante de ellos; los instruye con una amabilidad sin igual para curar su hipocresía y corregir su camino equivocado en interpretar la Ley…, ¡y estos miserables cierran los ojos de su espíritu ante la claridad de los hechos, así como la puerta de sus corazones a la bondad del Salvador!; no se quieren convertir y reconocerlo como el Mesías.

¡Oh misterio de rencor, de envidia y de orgullo!

Ese era el escándalo de los fariseos, que se escandalizaban de la doctrina del Señor. Ese tipo de escándalo debe desdeñarse, como enseña el Señor.

Por eso, San Gregorio, comentando a Ezequiel, escribe: Si la verdad da lugar al escándalo, es preferible permitir el escándalo a apartarse de la verdad.

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Para completar el tema del fariseísmo, consideremos lo enseñado por el Padre Leonardo Castellani.

El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida, es decir, da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios… odio deicida al prójimo; odio a lo santo, a lo virtuoso…

Es el drama de Cristo y de su Iglesia. Si en el curso de los siglos una masa enorme de dolores y de sangre no hubiese sido rendida por otros cristos en la resistencia al fariseo, la Iglesia hoy no subsistiría.

Y al final será peor. En los últimos tiempos el fariseísmo triunfante, después de haber devorado insaciablemente innúmeras vidas de hombres, exigirá para su remedio la conflagración total del universo y el descenso en Persona del Hijo del Hombre.

San Pablo, cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso; es decir, se apoderará de la religión de la forma más nefanda para sus fines, como habían hecho los fariseos.

Si creemos a Jesucristo y a San Pablo de que en los últimos tiempos habrá una gran apostasía y que no habrá ya casi fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno.

Sólo el fariseísmo puede devastar la religión por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa y atrae, no repele. Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que manden en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener, no obstante, su fe firme; un puñado heroico de escogidos que, si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían.

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El engreimiento religioso trajo el mesianismo político. Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión. Y si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política.

Cuando la política entra dentro de la religión, se produce una corrupción extraña. En esas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia.

La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a un instrumento y pretexto de lo político. La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es infalible consecuencia de la soberbia religiosa.

Si un superior premia la virtud y castiga el vicio, es un hombre religioso. Si no premia nada ni castiga nada, es un nulo. Si castiga la virtud y premia el vicio, es un fariseo; si persigue la santidad, es un fariseo; si odia la verdad, es un fariseo… Y no tiene remedio…

La levadura de los fariseos consiste en la palabrita que hace levantar toda la masa, pero para volverla agria y venenosa. El fariseo ordinariamente no miente del todo, se contenta con decir media verdad y callar la otra. Esas medias verdades, que son a veces peores que las mentiras, penetran y fermentan la mente colectiva, contaminando imperceptiblemente incluso los ánimos buenos y bienintencionados, que las repiten inocentemente.

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El fariseísmo tiene siete grados:

1°) La religión se vuelve exterior y ostentadora.

2°) La religión se vuelve rutina, oficio y profesión, medio de ganar la vida.

3°) La religión se vuelve negocio, instrumento de ganancia de honores, de poder o de dinero.

4°) La religión se vuelve pasivamente dura, insensible, desencarnada; se vuelve poder o influencia, medio de dominar al prójimo.

Hasta aquí el fariseísmo se ha mostrado corruptor de la fe y de la piedad, convertidas en carrera, artimaña, política, negocio.

Pero la soberbia religiosa va más allá del uso de la religión para instalarse en el mundo y quedarse con los bienes de la tierra. Es como la esclerotización de lo religioso, un endurecimiento o decaimiento progresivo. Y después una falsificación, hipocresía, dureza hasta la crueldad…

Los otros grados son ya diabólicos. El corazón del fariseo primero se vuelve corcho, después piedra, después se vacía por dentro, después lo ocupa el demonio. Entonces, el fariseísmo se muestra claramente como el pecado contra el Espíritu Santo pues lleva a cabo:

5°) Aversión a los que son auténticamente religiosos. La religión se vuelve hipocresía: el “santo” hipócrita empieza a despreciar y aborrecer a los que tienen religión verdadera.

6°) Persecución de los verdaderamente religiosos. El corazón de piedra se vuelve cruel, activamente duro.

7°) Sacrilegio y homicidio. El falso creyente persigue de muerte a los verdaderos creyentes, con saña ciega, con fanatismo implacable… y no se calma ni siquiera ante la cruz ni después de la cruz.

El fariseísmo abarca, pues, desde la simple exterioridad hasta la crueldad, pasando por todos los escalones de la hipocresía.

Se trata de la religión suprimiendo la misericordia y la justicia; ¿puede darse algo más monstruoso?

La última corrupción de la Iglesia, es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado, traerá consigo lo que San Pablo llama la Gran Apostasía y la Gran Tribulación.

Cuando en la Iglesia ha salido un ramo de fariseísmo, Dios lo ha curado, pero alguien lo ha pagado con su sangre, desde Cristo hasta Juana de Arco, y hasta nuestros días…

Se entabla una lucha trágica entre la moral viva y la moral desecada, entre la mística real y la “mística convertida en política”. Vence la moral viva; pero sucumbe el que la lleva en sí como una vida y una pasión…

Al comienzo de la Iglesia, el fariseísmo había plagado de tal manera la Sinagoga, que Jesucristo se dio como misión principal de su vida el combatirlo, y fue su víctima.

Al fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo…

El fariseo es esencialmente homicida, aunque tenga las manos enteramente limpias de sangre.

Y éste es el grado supremo del fariseísmo, los sacrificios humanos; no a Dios, que no los quiere, sino a un diablo disfrazado y llamado con distintas nombres.

“Llegará un tiempo en que os matarán, creyendo hacer servicio a Dios.” Esta es una de las señales que dio Cristo de la Parusía; y en efecto, eso hizo Caifás exactamente con Él.

Esta es la señal siniestra: dar muerte a un hombre por religión… Y la religión dando la muerte a un hombre, no por sus vicios sino por sus virtudes,.

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Tenemos, pues, las señales del fariseísmo, más que claras hoy en día:

la hipertrofia de la “disciplina”,

los medios convertidos en fines,

la tortuosidad y disimulo en el obrar,

la rigidez implacable,

el chantaje por medio de las cosas sacras,

la ignorancia completa de la persona humana,

la falta de misericordia y de justicia substituidas por “mandatos de hombres” muertos y metálicos.

Por todo esto Nuestro Señor exhortó a sus discípulos diciendo: Si no abundare vuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos…