CONSERVANDO LOS RESTOS II
Sexta entrega
HILAIRE BELLOC
EL ESTADO SERVIL
Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)
SECCIÓN QUINTA
EL ESTADO CAPITALISTA, A MEDIDA QUE SE INTEGRA, PIERDE ESTABILIDAD
Dejo ahora la digresión histórica que hice en las dos secciones anteriores para ilustrar mi tema, y vuelvo a la discusión general de mi tesis y al proceso lógico mediante el cual puede sentársela.
El Estado capitalista es inestable, y, a decir verdad, más que un Estado propiamente dicho, constituye una fase transitoria entre dos estados permanentes y estables de la sociedad.
Con el fin de comprender por qué es así, recordemos la definición del Estado capitalista:
«Llamamos capitalista a una sociedad en la cual la posesión de los medios de producción está limitada a cierto número de ciudadanos libres, no lo suficientemente grande como para hacer de la propiedad el carácter general de la misma, mientras que los restantes carecen de tales medios de producción y son, por consiguiente, proletarios.»
Obsérvense los diversos puntos de tal orden de cosas.
Hay propiedad privada; pero no es propiedad privada distribuida en muchas manos y, por tanto, familiar como institución al conjunto de la sociedad.
Luego, tenemos una gran mayoría de desposeídos, que son, al mismo tiempo, ciudadanos, vale decir, hombres libres políticamente para obrar en una forma u otra, aunque impotentes del punto de vista económico.
Además, si bien sólo una inferencia de nuestra definición, constituye empero una inferencia necesaria la de que bajo el capitalismo haya una explotación consciente, directa y planificada de la mayoría (los ciudadanos libres que no poseen) por la minoría de poseedores. Pues la riqueza tiene que ser producida; la comunidad íntegra debe vivir, y los poseedores pueden convenir tales condiciones con los no poseedores, como para asegurarse de que una parte de lo que éstos produzcan vaya a parar a sus manos.
Una sociedad así constituida no puede perdurar. Y no puede porque se halla sujeta a dos tensiones muy severas, las cuales acrecen en severidad a medida que esa sociedad se vuelve más íntegramente capitalista:
La primera de ellas nace de la diferencia entre las teorías morales en que se asienta el Estado y los hechos sociales que esas teorías morales tratan de regir.
La segunda proviene de la inseguridad a que el capitalismo condena a la gran masa de la sociedad y de la sensación general de ansiedad y zozobra que produce en todos los ciudadanos, pero singularmente en la mayoría, compuesta, en el capitalismo, de hombres libres desposeídos.
Imposible, decidir cuál de estas dos tensiones es más grave. Cualquiera bastaría para destruir un régimen social en que se prolongara durante largo tiempo. Las dos conjugadas hacen tal destrucción segura; y no subsiste ya duda alguna de que la sociedad capitalista debe transformarse en algún otro régimen más estable.
Estas páginas tienen por objeto averiguar cuál será probablemente ese régimen estable.
Decimos que hay una tensión moral ya intolerablemente dura y que adquiere mayor dureza a medida que se integra el capitalismo.
Esta tensión moral proviene de una contradicción entre la realidad de la sociedad capitalista y el fundamento moral de nuestras leyes y tradiciones.
El fundamento moral conforme al cual se administran todavía nuestras leyes y se establecen nuestras convenciones presupone un Estado compuesto por ciudadanos libres. Nuestra ley defiende la propiedad como una institución normal, con la que están familiarizados todos los ciudadanos y a la que todos éstos respetan. Castiga el robo como un incidente anormal, que sólo ocurre cuando, por motivos perversos, un ciudadano libre adquiere la propiedad de otro sin su conocimiento y contra su voluntad. Castiga la defraudación como otro incidente anormal en que, por motivos malignos, un ciudadano libre induce a otro a ceder su propiedad en virtud de falsas manifestaciones. Impone el cumplimiento de los contratos, cuya única base moral es la libertad de ambas partes contratantes, y la facultad de una y otra de no cerrar, si no quiere, un contrato que, una vez cerrado, debe ser cumplido. Concede a un propietario la facultad de dejar a otro su propiedad mediante testamento, entendiendo que tal transferencia de la misma (a los herederos naturales, según la regla, pero excepcionalmente también a cualquier otra persona que indique el testador) es la operación normal de una sociedad ampliamente familiarizada con tales cosas, y considerando que forman parte éstas de la vida doméstica que vive la totalidad de sus ciudadanos. Imputa además daños y perjuicios a un ciudadano si mediante una acción deliberada causó una pérdida a otro —pues da por supuesto que puede pagar.
La sanción sobre la cual se asienta la vida social es, en nuestra teoría moral, el castigo de ley susceptible de aplicarse mediante los tribunales, y la base presupuesta para la seguridad y felicidad material de nuestros ciudadanos es la posesión de bienes que nos aseguren contra la zozobra y nos permitan actuar libremente en medio de nuestros semejantes.
Confrontemos ahora todo esto, la teoría moral de acuerdo con la cual todavía es peligrosamente gobernada la sociedad, la teoría moral a la cual hasta el capitalismo recurre en procura de auxilio cuando se ve atacado, confrontemos, digo, sus fórmulas y presupuestos, por un lado, y, por otro, la realidad social de un Estado capitalista como es Inglaterra hoy día.
La propiedad perdura quizás como instinto en la mayor parte de los ciudadanos, pero, como experiencia y como realidad, es desconocida al noventa y cinco por ciento. No se castigan, o no se pueden castigar, las cien formas de fraude, que se producen como consecuencia necesaria de la competencia desenfrenada entre unos pocos, por una parte, y de la desenfrenada avaricia, erigida en motivo regulador de la producción, por otra; las leyes pueden entender en los casos de pequeños hurtos acompañados de violencia, y de fraudes realizados con mayor o menor astucia, pero nada más que en éstos. Nuestro mecanismo legal se ha convertido en poco más que una máquina de protección de los pocos poseedores contra las necesidades, las exigencias, o el odio de la masa de sus conciudadanos desposeídos. La gran mayoría de los llamados contratos «libres» hoy día son meros contratos leoninos: convenios que uno es libre de contraer o cancelar, pero el otro no, pues en tal caso no tiene otra alternativa que morirse de hambre.
Lo más importante de todo, el hecho social en que se funda nuestro movimiento, mucho más importante que cualquier género de seguridad que puedan otorgar las leyes, o que cualquier mecanismo que pueda el Estado poner en funcionamiento, es el hecho de que los medios de vida se hallan librados al albedrío de los poseedores, quienes se los pueden proporcionar, o no proporcionar, a los desposeídos. La verdadera sanción que existe en nuestra sociedad respecto a las disposiciones por las cuales se rige no es la pena que puede efectivarse mediante los tribunales, sino la decisión de los poseedores de negar la subsistencia a los desposeídos. La mayor parte de los hombres actualmente temen más la pérdida de la ocupación que las penalidades de la ley, y la disciplina que los mantiene quietos en sus formas modernas de actividad en Inglaterra es el temor al despido. Quien manda realmente en Inglaterra hoy día no es el Soberano, ni los funcionarios del Estado, ni, salvo indirectamente, la ley; sino el capitalista.
Todo el mundo está enterado de estas verdades capitales; y todos los que se dedican a negarlas proceden así hoy día con riesgo de su reputación de honestidad o de inteligencia.
Si se pregunta por qué las cosas llegaron tan tarde a una crisis (pues el capitalismo estuvo en pleno desarrollo durante mucho tiempo), debe responderse que ni siquiera Inglaterra, aun hoy el Estado capitalista más neto del mundo moderno, llegó a convertirse en un Estado capitalista neto hasta la generación presente. Los hombres que viven actualmente recuerdan que Inglaterra era en un cincuenta por ciento agraria, y que las relaciones entre los diversos factores humanos de la producción estaban más bien regidas por la tradición local que por la competencia.
Tal tensión moral, pues, que se produce en virtud de la divergencia entre lo que proclaman nuestras leyes y máximas morales, y lo que es nuestra sociedad realmente, convierte a ésta en algo absolutamente inestable.
Esta tesis espiritual es mucho más grave que lo que puede imaginar el estrecho materialismo de una generación que está hoy prescribiéndose. El conflicto espiritual es más fecundo en materia de inestabilidad dentro del Estado que cualquier otra clase de conflicto, y existe un agudo conflicto espiritual, un conflicto dentro de la conciencia de cada uno y un malestar extendido por toda la colectividad, cuando la vida real de la sociedad se encuentra divorciada del fundamento moral de sus instituciones.
La segunda tensión interna que hemos observado en el capitalismo, su segundo elemento de inestabilidad, consiste en el hecho de que el capitalismo destruye la seguridad.
Disponemos de suficiente experiencia como para ahorrarnos una consideración detenida de este punto capital de nuestro tema. Pero aunque no la poseyéramos, lo mismo podríamos inferir con certeza absoluta, basándonos en la naturaleza misma del capitalismo, que su efecto principal sobre la vida del hombre sería la destrucción de la seguridad.
Conjúguense estos dos elementos: la posesión de los medios de producción por unos pocos y la libertad política de poseedores y desposeídos a la vez: su consecuencia inmediata es la formación de un mercado regido por la competencia, en que el trabajo de los desposeídos sólo reclama su valor, no como totalidad de la fuerza productiva, sino como fuerza productiva que debe dejar un excedente al capitalista; y en que nada reclama cuando el obrero no puede trabajar más, proporcionalmente, cuando aumenta el rendimiento, menos en la madurez que en la juventud, menos en la vejez que en la madurez, nada en la enfermedad, y nada tampoco en la desesperación.
Un hombre colocado en situación de atesorar (consecuencia normal del trabajo humano), un hombre establecido sobre la propiedad en medida suficiente y en forma legal, no es más productivo en sus momentos improductivos que un proletario; pero su vida aparece equilibrada y regulada por las rentas e intereses, lo mismo que por los sueldos que percibe. A sus manos llegan los valores excedentes, que constituyen el volante que equilibra los ritmos extremos de su vida y le permiten superar sus malas épocas. Eso no puede ocurrir con un proletario. La faz bajo la cual ve el capital al ser humano cuyo trabajo se propone comprar divide justamente por la mitad aquella faz normal de la vida humana bajo la cual contemplamos todos nuestros propios afectos, deberes y carácter. Un hombre piensa en sí mismo, en sus probabilidades, y en su seguridad durante su existencia individual, desde el nacimiento hasta la muerte. El capital que compra su trabajo (y no al hombre mismo) sólo compra un sector cortado en su vida: sus momentos de actividad. En cuanto al resto, debe defenderse por sí mismo; pero defenderse por sí mismo cuando no se tiene nada equivale a morirse de hambre.
Es un hecho comprobado que, donde unos pocos poseen los medios de producción, no pueden existir condiciones políticas perfectamente libres. Un Estado capitalista perfecto no puede existir, aunque nos hemos acercado a él en la Inglaterra moderna más que lo que otras naciones más afortunadas hubieran creído posible. En el Estado capitalista perfecto, el desposeído no tendría a su disposición alimentos sino mientras se hallara realmente trabajando en la producción, y esa situación absurda, acabando rápidamente con la vida de todos los hombres, excepto la de los poseedores, pondría fin a tal régimen. Si se dejara a los hombres enteramente libres en un sistema capitalista, se produciría tal mortandad por inanición, que en muy breve plazo quedarían agotadas las fuentes de trabajo.
Imagínese a los desposeídos como unos cobardes idealmente perfectos, y a los poseedores no pensando en otra cosa sino en comprar su trabajo al más bajo precio posible: el sistema se derrumbaría a raíz de la muerte de los niños, los desocupados y las mujeres. No sería entonces un Estado en mera decadencia, como el nuestro, sino un Estado en curso manifiesto y patente de extinción.
De hecho, naturalmente, el capitalismo no puede avanzar hasta sus últimas consecuencias lógicas. En un régimen en que se otorgue la libertad política a todos los ciudadanos (la libertad de los pocos poseedores de alimentos de dispensarlos o negarlos; la de los muchos desposeídos de cerrar cualquier trato que sea por miedo de perderlos), el ejercicio pleno de tal libertad equivaldría a hacer morir de hambre a los niños, los viejos, los inválidos y los desesperados. El capitalismo debe conservar, mediante procedimientos no capitalistas, la vida de la gran masa de la población, que de lo contrario moriría de hambre; y esto es lo que el capitalismo cuidó de hacer en medida creciente, hasta lograr un dominio cada vez más fuerte sobre el pueblo británico. La ley sobre los Pobres de la reina Isabel, cuando comenzó la cosa, la ley sobre los Pobres de 1834, cuando casi la mitad de Inglaterra había pasado a poder del capitalismo, constituyen ejemplos elementales y primitivos; hoy los tenemos por centenares.
Aunque esta causa de inseguridad —el hecho de que los poseedores no tienen incentivo directo alguno que los lleve a asegurar la vida de sus semejantes— es lógicamente la más obvia, y siempre la más constante en un sistema capitalista, hay también otra, que es más punzante en sus efectos sobre la vida del hombre. Nos referimos a la anarquía determinada por la competencia en la producción, que restringió la propiedad con sus principios anexos de libertad. Considérese solamente lo que implica el mero proceso de la producción, en que los enseres y la tierra se encuentran en manos de unos pocos, cuyo motivo para hacer producir a los proletarios no es el uso de la riqueza creada, sino el usufructo por esos mismos poseedores del valor excedente o «ganancia».
Si se concede amplia libertad política a dos cualesquiera de tales poseedores de enseres y almacenes, cada uno cuidará atentamente su mercado, tratará de vender a menor precio que el otro, se verá expuesto a producir en exceso al término de una temporada de demanda excepcional de su artículo, inundará así el mercado sólo para aguantar un período posterior de depresión —y así sucesivamente. Luego, el capitalista, director libre y personal de la producción, errará los cálculos; en ocasiones quebrará, y su establecimiento cerrará las puertas. Además, los esfuerzos encontrados de un gran número de empresas aisladas, imperfectamente dirigidas y en competencia entre sí, no pueden conducir sino a un enorme despilfarro, y este despilfarro tendrá sus oscilaciones. La mayor parte de las comisiones, de la publicidad y de la propaganda son ejemplos de tal despilfarro. Si esta dilapidación de esfuerzos fuese constante, también sería constante la ocupación que suministra. Pero es, por naturaleza, una cosa sumamente inconstante, y la ocupación que suministra es por tanto necesariamente precaria. La traducción concreta de esto es la inseguridad en que viven el viajante de comercio, el agente de publicidad, el corredor de seguros, y todas esas formas de lograr clientela y embaucar que acompañan al régimen de competencia del capitalismo.
Ahora bien, como en el caso de la inseguridad causada por la enfermedad y los años, en éste tampoco puede el capitalismo ser llevado a su conclusión lógica, y el que resulta vulnerado es el elemento de libertad. En efecto, la competencia es restringida en proporción creciente por medio de un entendimiento entre los competidores, al cual sigue, especialmente en Inglaterra, la ruina del competidor menor por obra de arreglos secretos en que entran los mayores, bajo la protección de las fuerzas políticas secretas del Estado (Antes de establecer un monopolio en Inglaterra, lo primero que debe hacerse es «interesar» a uno de nuestros políticos. Ejemplos que vienen al caso: el de los teléfonos, el monopolio del carbón de Gales del Sur, el felizmente frustrado monopolio del jabón, y los monopolios de la soda, de la pesca y de la fruta). En una palabra, el capitalismo, al manifestarse casi tan inestable al poseedor como al desposeído, tiende hacia la estabilidad despojándose de su carácter esencial de libertad política. No podría desearse mejor prueba de la inestabilidad del capitalismo como sistema.
Tómese en consideración cualquiera de los numerosos monopolios que dominan hoy día la industria británica y que han hecho de la Inglaterra moderna el prototipo, citado en todo el Continente, de los monopolios artificiales. Si nuestros tribunales y nuestros gobernantes aceptaran la fórmula íntegra del capitalismo, cualquiera podría instalar un negocio rival, vender más barato que esos monopolios y hacer trizas la relativa seguridad que proporcionan a la industria en sus respectivos sectores. La razón por la cual nadie hace éso es que la libertad política no está, de hecho, amparada aquí por los tribunales en el plano de los asuntos comerciales. El hombre que trate de competir con uno de nuestros grandes monopolios ingleses, se hallará inmediatamente con que están vendiendo más barato que él. Amparándose en todo el espíritu del Derecho europeo durante siglos, podrá iniciar juicio contra los que lo arruinan, acusándolos de conspirar en perjuicio de la libertad de comercio; mas no tardará en darse cuenta de que jueces y políticos apoyan con la mayor sinceridad a tales conspiradores.
No debe dejar de recordarse, empero, que estas conspiraciones destinadas a poner trabas al comercio, que caracterizan a la Inglaterra moderna, constituyen en sí mismas un signo de la transición de la fase capitalista verdadera a otra.
Bajo las condiciones esenciales del capitalismo —en un régimen de perfecta libertad política—, tales conspiraciones serían penadas por la Justicia en virtud de su propia naturaleza, vale decir, como una contravención a la doctrina fundamental de la libertad política. Pues esta doctrina, así como otorga a todos los hombres el derecho de celebrar el contrato que quiera con cualquier trabajador y ofrecer el producto al precio que le parezca conveniente, implica también la protección de esa libertad mediante el castigo de toda conspiración que pueda tener por fin el monopolio. Si no se tiende ya a esa libertad perfecta, si los monopolios son permitidos y fomentados, es porque la tensión aberrante que origina la libertad, conjugada a la propiedad limitada, más la inseguridad de su pura competencia y la anarquía de sus métodos de producción, han terminado por ser intolerables.
Me he detenido ya más de lo necesario en esta sección referente a las causas que hacen esencialmente inestable al Estado capitalista.
Hubiera podido elucidar el tema empíricamente, dando por supuesta la observación que habrán hecho todos mis lectores, a saber: que el capitalismo está sentenciado sin ningún lugar a dudas, y que el Estado capitalista ha entrado ya en su primera fase de transición.
Es visible que no poseemos más esa absoluta libertad política que el auténtico capitalismo exige por naturaleza. La inseguridad inherente, unida al divorcio de nuestras normas éticas tradicionales y los hechos sociales, han introducido ya características tan novedosas como el permiso de conspirar otorgado a la vez a poseedores y desposeídos, el otorgamiento obligatorio de la seguridad por obra del Estado, y todas esas reformas, implícitas o explícitas, cuya tendencia voy a examinar en seguida.

