CONSERVANDO LOS RESTOS II
Cuarta entrega
HILAIRE BELLOC
EL ESTADO SERVIL
Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)
SECCIÓN SEGUNDA
NUESTRA CIVILIZACIÓN FUE ORIGINARIAMENTE SERVIL
En cualquier campo del pasado europeo al que llevemos nuestra investigación, hallaremos, desde hace dos mil años, una institución fundamental sobre la cual se asienta la sociedad entera: esa institución fundamental es la esclavitud.
No hay aquí distinción alguna entre el altamente civilizado Estado-Ciudad del Mediterráneo, con sus letras, su arte plástica y su cuerpo de leyes, con todo lo que determina una civilización —y esto, tendiendo la mirada retrospectiva mucho más allá de todo testimonio supérstite—, no hay aquí distinción alguna, repetimos, entre estas civilizaciones y las sociedades nórdicas y occidentales de las tribus célticas, o de las poco conocidas hordas que erraban por las Germanias. Todas, indistintamente, estaban asentadas sobre la esclavitud, que era una concepción fundamental de la sociedad, y se encontraba en todas partes, sin que en ninguna se la discutiese.
En este respecto, hay una distinción (o parece haberla) entre los europeos y los asiáticos. La religión y las costumbres de los primeros diferían en tal medida de las de los otros, que todas las instituciones sociales se hallaban influidas por este contrato, la esclavitud entre ellas.
Pero esto no es cosa que deba interesarnos a nosotros. Mi tesis es que nuestros antecesores europeos, aquellos hombres de los cuales descendemos y cuya sangre corre, con poca mezcla, por nuestras venas, dieron la esclavitud por supuesta, la convirtieron en el eje económico en torno del cual tenía que girar la producción de la riqueza, y jamás dudaron de que fuese normal en toda sociedad humana.
Es de suma importancia entender bien esto. Un régimen semejante no hubiera sido aguantado sin interrupción (e inclusive sin discusión) durante muchos siglos, ni hubiera aparecido emergiendo en plena madurez de ese inmenso lapso del cual no quedan testimonios y durante el cual la barbarie y la civilización florecieron una al lado de la otra en Europa, si no hubiera habido en él algo, bueno o malo, consustancial a nuestra sangre.
No se trataba en las sociedades antiguas de las cuales procedemos de esclavizar a los pueblos vencidos bajo el poder de los conquistadores. Todo esto es mera labor de conjetura, propia de las universidades. No solamente carecemos de pruebas al respecto, sino que, inclusive, todas las pruebas disponibles dicen lo contrario. El griego tenía un esclavo griego, el latino, un esclavo latino, el germano, un esclavo germánico, un celta, un esclavo céltico.
La teoría de que las «razas superiores», al invadir una comarca, desplazaban a sus habitantes o los reducían a la esclavitud, no tiene asidero alguno en nuestro conocimiento actual de la mente humana ni tampoco en la evidencia histórica. Inclusive, la característica más notable del fundamento servil en que se asentaba el paganismo era la igualdad humana que se reconocía entre amo y esclavo. El amo podía matar al esclavo, pero ambos pertenecían a la misma raza y cada uno era hombre para el otro.
Este valor espiritual no fue, como lo soñaría otra especie perniciosa de teoría conjetural, un «crecimiento» o un «progreso». La doctrina de la igualdad humana era inherente a la sustancia misma de la antigüedad, como lo sigue siendo aún a las sociedades que no han perdido la tradición.
Podemos suponer que los bárbaros del Norte captarían la gran verdad menos fácilmente que el hombre civilizado del Mediterráneo, por cuanto la barbarie presenta en todas partes un retroceso en la capacidad intelectual; pero la prueba de que la institución servil era un régimen social más bien que una distinción de tipo aparece claramente en la conciencia universal de la emancipación y la esclavitud. La Europa pagana no pensaba solamente que la existencia de los esclavos era una necesidad natural de la sociedad, sino también que, al dar la libertad a un esclavo, el liberto ingresaría naturalmente, aunque tal vez al cabo de algunas generaciones, en las filas de la sociedad libre. A los grandes poetas y artistas, estadistas y militares les preocupaba muy poco el recuerdo de una prosapia servil.
Por otra parte, año tras año, existía un reclutamiento constante en la institución servil, tal como existía una emancipación constante de ella; y el método natural o normal de reclutamiento se nos presenta con la máxima claridad en las sociedades elementales y bárbaras que la observación de paganos civilizados contemporáneos nos pone en condición de juzgar.
El esclavo nació nada más que de la pobreza. Los prisioneros de guerra tomados en batalla campal proporcionaban una forma de reclutamiento, y había también el rapto de hombres en las zonas más periféricas, que llevaban a cabo los piratas para después venderlos en los mercados de esclavos del sur. Pero, al mismo tiempo, la causa del reclutamiento y el sostén permanente de la institución de la esclavitud fue la indigencia del hombre que se vendía como esclavo, o nacía tal; pues constituía una regla en la esclavitud pagana que el esclavo engendraba esclavos, y que, aunque uno de los padres fuese libre, el producto de la unión era esclavo.
La sociedad antigua, por consiguiente, estaba dividida normalmente (como al fin y al cabo debe estar la sociedad de todo Estado servil) en sectores claramente señalados: por un lado, el ciudadano que tenía voz en el gobierno del Estado, que las más de las veces trabajaba —pero por su libre voluntad— y en cuyo poder, normalmente, se hallaba la propiedad; por otro lado, una multitud carente de los medios de producción y compelida por la ley positiva a trabajar a disposición de otro.
Cierto es que en las evoluciones ulteriores de la sociedad se permitía a los esclavos acumular sus ahorros particulares y que los esclavos así favorecidos pudieron a veces comprar su libertad.
Es también cierto que en la confusión de las últimas generaciones del paganismo surgió en algunas de las grandes ciudades una clase numerosa de hombres que, aunque libres, no poseían medios de producción. Pero tal clase nunca existió en medida tan considerable como para imprimir en todo el estado de la sociedad el carácter derivado de su situación proletaria. El mundo pagano en sus postrimerías siguió siendo un mundo de propietarios libres que poseían, en diversos grados, la tierra y el capital, mediante los cuales se produce la riqueza, y que aplicaban a esa tierra y ese capital, con el fin de producir riqueza, el trabajo obligatorio.
Es preciso señalar cuidadosamente algunas características de ese Estado servil originario, del cual todos procedemos.
En primer término, aunque todos contraponen hoy día la esclavitud a la libertad en beneficio de la última, sin embargo, los hombres de entonces aceptaban la esclavitud libremente como único medio de evitar la indigencia.
En segundo término (y esto es de la máxima importancia para nuestro juicio acerca de la institución servil en conjunto y de las probabilidades de que retorne), en todos esos siglos no vemos traza de esfuerzo organizado, ni tampoco (lo que es más significativo) de rebelión de la conciencia contra la institución que condenaba a la mayor parte de los seres humanos al trabajo forzado.
En los escritos literarios de la época se encuentran esclavos que lloran su suerte —o que la toman en broma—; algunos filósofos protestarán que una sociedad ideal no debe tener esclavos; otros excusarán el establecimiento de la esclavitud con tal o cual argumento, sin dejar de admitir que agravia la dignidad humana. La mayor parte argüirá que el Estado es necesariamente servil.
Pero a nadie, sea libre o esclavo, le pasa por las mentes la idea de abolir la institución o al menos modificarla. No hay mártires de la causa de la «libertad» contra la «esclavitud». Las guerras llamadas serviles no son sino la resistencia de los esclavos fugitivos a las tentativas de volverlos a prender, pero no se presentan acompañadas de una afirmación reconocida de que la servidumbre sea algo intolerable, cosa que tampoco se produce en absoluto desde los desconocidos orígenes de la humanidad hasta las postrimerías católicas del mundo pagano. La esclavitud es vejatoria, indigna, dolorosa; pero, para ellos, está en la naturaleza de las cosas.
Puede decirse, en suma, que este régimen social constituía la atmósfera que respiraba la antigüedad pagana.
Sus grandes obras, su holganza y su vida doméstica, su humor, sus reservas de energía, todo dependía del hecho de que la sociedad estaba conformada por el Estado servil.
Los hombres eran felices bajo este régimen, o, al menos, tan felices como pueden ser los hombres.
La tentativa de evadirse de la condición servil en virtud de un esfuerzo personal, sea por medio del ahorro, el riesgo, o la lisonja del amo, jamás tuvo ni con mucho la fuerza propulsora que mueve la que llevan a cabo muchos hoy día en el sentido de ascender de la categoría de los asalariados a la de los patrones. La servidumbre no parecía un infierno al cual prefería el hombre la muerte, o para salir del cual no escatimaría ningún sacrificio. Era una condición tan aceptada por los que la soportaban como por los que la disfrutaban, y una parte absolutamente necesaria de cuanto los hombres hicieran y pensaran.
No se ve que ningún bárbaro, procedente de un lugar libre, se asombre de la institución de la esclavitud; ni tampoco ningún esclavo que hable a una sociedad en que la esclavitud sea desconocida como de una tierra más feliz. Para nuestros antepasados, no sólo en los pocos siglos durante los cuales tenemos testimonios de sus hechos, sino manifiestamente también en un pasado inmemorial, la división de la sociedad en aquellos que deben trabajar bajo coacción y aquellos que se benefician con su trabajo constituía la estructura misma del Estado, fuera de la cual apenas podían concebir que existiera sociedad alguna.
Todo esto debe entenderse claramente, pues es fundamental para la comprensión del problema que tenemos delante. La esclavitud no es una experiencia novedosa en la historia de Europa; ni se halla uno bajo la acción de un sueño estrafalario cuando oye hablar de la esclavitud como de una cosa aceptable a los hombres europeos. La esclavitud integró la sustancia misma de Europa durante miles y miles de años, hasta que ésta emprendió ese importante experimento moral que se llama La Fe, al cual tienen muchos por concluido y descartado hoy día, y a raíz de cuya quiebra parecería que debiera volver la antigua y primitiva institución de la esclavitud.
Porque, al cabo de todos aquellos siglos y siglos de un orden social estatuido, que se alzaba sobre la esclavitud como sobre un cimiento seguro, advino sobre nosotros los europeos el experimento llamado la Iglesia de Cristo.
Entre los subproductos de este experimento, que fue emergiendo lentamente del antiguo mundo pagano, y que llegó a su término poco antes de que la cristiandad misma se descalabrara, encuéntrase la transformación sumamente lenta del Estado servil en algo distinto: una sociedad de propietarios. Cómo ese algo distinto salió del Estado servil pagano, lo explicaré a seguida.
SECCIÓN TERCERA
CÓMO LA INSTITUCIÓN SERVIL FUE DISUELTA POR UN TIEMPO
El proceso mediante el cual desapareció la esclavitud de la sociedad cristiana, aunque muy lento en su desarrollo (duró casi un milenio), y aunque sobremanera complicado en el detalle, puede ser entendido fácil y rápidamente en sus lineamientos principales.
Ante todo, debe comprenderse claramente que la vasta revolución por que atravesó la inteligencia europea entre los siglos primero y cuarto (esa revolución tan frecuentemente denominada Conversión del Mundo al Cristianismo, pero que, atendiendo a la precisión histórica, debería llamarse el Crecimiento de la Iglesia) no trajo aparejado ataque alguno a la institución servil.
Ningún dogma de la Iglesia declaró que la esclavitud fuese inmoral, o la compra y venta de hombres, un pecado, o la imposición del trabajo obligatorio a un cristiano, una contravención a derecho humano alguno.
Ciertamente, los fieles consideraban la emancipación de los esclavos una obra buena; pero lo mismo la consideraban los paganos. No se trataba sino de un servicio hecho a un semejante. La venta de cristianos a señores paganos resultaba detestable durante el imperio posterior de las invasiones bárbaras, no porque fuese condenada por sí misma la esclavitud, sino porque era una especie de traición a la civilización expulsar a los hombres de ella y arrojarlos a la barbarie. En general, no se hallará ninguna declaración contra la esclavitud como institución, ni definición moral alguna que la atacara, a lo largo de esos primeros siglos cristianos, durante los cuales empero desapareció aquélla en manera efectiva.
Vale la pena anotar la forma en que desapareció. El principio fue el establecimiento, como unidad básica de producción en el occidente europeo, de aquellas grandes haciendas territoriales, que por lo regular pertenecían a un solo propietario, y eran generalmente conocidas con el nombre de villæ.
Desde luego, existían muchas otras formas de aglomeración humana: pequeñas fincas rurales poseídas en propiedad absoluta por sus modestos dueños; agrupaciones de hombres libres asociados en lo que se llama un vicus; talleres en que se organizaban industrialmente grupos de esclavos en beneficio de su amo; y, rigiendo las comarcas circundantes, el trazado de las ciudades romanas.
Pero entre todas, la villa fue el tipo dominante; y, a medida que la sociedad pasaba de la elevada civilización de los cuatro primeros siglos a la sencillez de la Edad Media, la villa, unidad de producción agraria, se fue convirtiendo cada vez más en el modelo de toda la sociedad.
Ahora bien, la villa empezó en la forma de una extensión considerable de tierra, que contenía, como un fundo inglés moderno, tierras de pastoreo, de sembradío, agua, montes, y brezales, o pantanos. La poseía en propiedad absoluta un dominus o señor, quien podía venderla o abandonarla, a su voluntad, o hacer con ella lo que quisiera; y era cultivada en su provecho por esclavos, a los cuales no debía nada en pago, y cuya manutención era para él una simple cuestión de interés, como así también su reproducción, a fin de que pudieran perpetuar su riqueza.
Insisto particularmente en estos esclavos, que constituían la gran mayoría de los seres humanos que poblaban la tierra, porque, aunque en la Edad Media, cuando el Imperio romano se estaba volcando en la sociedad medieval, surgieron otros elementos sociales dentro de las villæ —los libertos, que debían al señor un servicio regular, y aun, de vez en cuando, ciudadanos independientes que se encontraban allí en virtud de un contrato precario y libremente cerrado—, sin embargo lo que caracteriza toda esa sociedad es el esclavo.
En su origen, pues, la villa romana fue un ejemplo de propiedad absoluta, en la cual se producía la riqueza en virtud de la aplicación del trabajo del esclavo a los recursos naturales del lugar; y ese trabajo del esclavo pertenecía en propiedad al amo tanto como la tierra misma.
La primera modificación que este régimen introdujo en la nueva sociedad que acompañó al crecimiento y consolidación de la Iglesia en el mundo romano fue una especie de norma consuetudinaria que modificó la antigua situación arbitraria del esclavo.
El esclavo seguía siendo esclavo, pero era a la vez más conveniente en ese tiempo de decadencia de las comunicaciones y del poder público, y más acordado al espíritu social de la época, asegurarse la producción del esclavo no imponiéndole más que determinados tributos sancionados por la costumbre.
El esclavo y sus descendientes quedaron más o menos arraigados en un sitio. Todavía algunos eran comprados y vendidos, pero en cantidades decrecientes. Con el sucederse de las generaciones, proporciones cada vez más amplias de individuos fueron viviendo dónde y cómo habían vivido sus padres, y el producto que obtenían se fue fijando cada vez más en un monto determinado, que el señor recibía conforme, sin pedir más.
El régimen se hizo viable mediante la cesión al esclavo de todo el producto remanente de su propio trabajo. Prodújose así una especie virtual de convenio, al no existir poder público y al hallarse en decadencia el antiguo sistema vigoroso y sumamente centralizado que había podido garantizar siempre al amo el producto íntegro de la actividad del esclavo. El convenio virtual era que, si la comunidad de esclavos de la villa producía para su amo no menos de una determinada cantidad consuetudinaria de bienes extraídos del suelo de la misma, el amo podía contar con que seguirían ellos ejerciendo siempre tal actividad si les cedía todo el remanente, que podían acrecentar, si lo querían, indefinidamente.
Hacia el siglo IX, cuando ya este proceso había estado consumándose gradualmente durante unos trescientos años, comenzó a manifestarse en la cristiandad occidental una forma estable de unidad productiva.
La antigua hacienda determinada por el principio de la propiedad absoluta terminó dividiéndose en tres porciones. Una fue la tierra de pastoreo y sembradío, reservada particularmente al señor, y llamada domain (dominio), vale decir, tierra del señor. Otra hallábase ocupada, y ya casi poseída (de hecho, aunque no legalmente), por aquellos que antes habían sido esclavos. Y la tercera constituía un terreno común, en el cual tanto el señor como el esclavo ejercían, cada uno por su parte, sus diversos derechos, los cuales eran recordados minuciosamente y consagrados por la costumbre.
Verbigracia, si en una aldea había extensiones de hayas como para alimentar trescientos cerdos, el señor podía echar solamente cincuenta: doscientos cincuenta constituían los derechos del «village» (aldea).
En la primera de estas porciones, el dominio, se producía la riqueza mediante la obediencia del esclavo durante ciertas horas fijas de trabajo. El esclavo tenía que presentarse tantos días a la semana, en tales y cuales ocasiones (todo, fijado y consuetudinario), a fin de labrar la tierra del dominio para su señor, y todo el producto debía ser entregado al mismo, aunque, naturalmente, se pagaba un salario diario en especie, pues el trabajador tenía que vivir.
En la segunda porción, la «tierra en servidumbre», que era casi siempre la mayor parte de la tierra labrantía y de pastoreo de las villæ, los esclavos trabajan de acuerdo con normas y costumbres que ellos mismos llegaron gradualmente a fijarse. Trabajaban bajo la dirección de un funcionario de su propia clase, en ocasiones designado, otras elegido; casi siempre en la práctica, un individuo que les convenía y más o menos de su gusto; sin embargo, este trabajo cooperativo sobre el antiguo suelo de los esclavos se encontraba regulado por las costumbres generales de la aldea, comunes al señor y el esclavo juntamente, y el funcionario principal en ambas porciones era el Mayordomo del señor.
De la riqueza así producida por los esclavos, una porción ya determinada (que originariamente se estimaba en especie) debía pagarse al Bailío del señor, y se convertía en propiedad de este último.
En la tercera porción, finalmente, el «erial», los «montes», los «matorrales» y algunos campos comunes de pastoreo, la riqueza se producía, como en las demás, mediante el trabajo de los que habían sido antes esclavos, pero era dividida también en proporciones consuetudinarias entre ellos y su amo. Así, por ejemplo, en tal o cual pradera con aguadas podíase echar tantos bueyes; su número se fijaba rígidamente, y de ellos, tantos eran del señor y tantos del villano. Durante los siglos VIII, IX y X, este sistema llegó a su cristalización y tornóse tan natural a los ojos de los hombres, que se olvidó el carácter originalmente servil del trabajo popular en la villa.
Raros son los documentos de la época. Estos tres siglos constituyen el crisol de Europa, y en ellos se anegaron y quemaron aquéllos. Nuestro estudio de sus condiciones sociales, sobre todo en el período más reciente, es cuestión más bien de inferencia que de testimonio directo. Pero la compra y venta de los hombres, ya excepcional en los comienzos de este período, desaparece casi antes de su terminación. Aparte de los esclavos domésticos, adscriptos a los trabajos de la casa, la esclavitud, en el sentido que la antigüedad pagana dio a tal institución, se había transformado hasta hacerse desconocida, y cuando, en el siglo XI, la verdadera Edad Media comienza a brotar del suelo del oscurantismo, y se alza una nueva civilización, aunque el viejo término servus (equivalente latino de esclavo) se usaba todavía para designar al hombre que cultivaba el suelo, su estado social aparece completamente alterado en el cúmulo hoy día creciente de documentos que podemos consultar; ya no es posible, ciertamente, traducir la palabra con nuestro término esclavo; nos vemos obligados a traducirla con un nuevo término de muy diferentes resonancias: el de siervo.
El siervo de la alta Edad Media, del siglo undécimo y comienzos del duodécimo, de las Cruzadas y la Conquista normanda, es casi ya un labriego. Ciertamente, del punto de vista jurídico, se halla ligado en teoría al suelo en que nació. Pero en la realidad social, todo lo que se le exige es que su familia cultive la parte de tierra servil que le corresponde, y que los tributos debidos al señor no dejen de pagarse por defecto de trabajo. Satisfecha ésta obligación, es fácil y corriente que los miembros de la clase de los siervos tengan acceso a las profesiones y a la Iglesia, o se sustraigan a la vida civilizada; es fácil que se conviertan en hombres virtualmente libres en las prósperas industrias de las ciudades. A la vuelta de cada generación, se va enturbiando la vieja concepción servil del status del trabajador, y los tribunales y la costumbre social lo tratan más y más como a un hombre sometido estrictamente a determinados tributos y determinada faena periódica dentro de su unidad industrial, pero en todo otro respecto, libre.
A medida que se desarrolla la civilización de la Edad Media, que se acrecienta la riqueza y florecen progresivamente las artes, se acentúa más este carácter de libertad. A despecho de tentativas realizadas en tiempos de escasez (como después de una peste) insistiendo en los antiguos derechos al trabajo obligatorio, la práctica de conmutar tales derechos mediante pagos en dinero e impuestos se había robustecido demasiado para oponerle resistencia.
Si a fines del siglo XIV, pongamos por caso, o a principios del XV, hubiéramos visitado a algún caballero en su fundo de Francia o Gran Bretaña, nos hubiera dicho señalándolo en su totalidad: «Éstas son mis tierras». Pero el labriego (tal como lo era ya entonces) hubiera dicho también de su heredad: «Ésta es mi tierra», y, en efecto, no podía ser desalojado de ella. Los tributos que la costumbre le obligaba a pagar no eran sino una fracción del producido total. No siempre podía venderla, pero siempre pasaba como herencia de padre a hijo; y, en general, al término de este largo proceso de mil años, el esclavo se había convertido en un hombre libre en todo cuanto se refería a las actividades ordinarias de la sociedad. Compraba y vendía, ahorraba lo que quería, efectuaba inversiones, edificaba, construía desagües a su arbitrio, y si introducía mejoras en la tierra, eran en su propio beneficio.
Mientras tanto, paralelamente a esta emancipación de la humanidad, consumada, en la línea directa de descendencia a partir de los antiguos esclavos asimilados a cosa de la villa romana, sobrevinieron, en la Edad Media, una multitud de instituciones, todas las cuales, en modo similar, promovieron la distribución de la propiedad y la destrucción de los últimos residuos fósiles de un Estado servil entonces olvidado. Así, las industrias de todas las clases en las ciudades, en el transporte, en los oficios, en el comercio, se hallaban organizadas en forma de Gremios o Corporaciones. Y un Gremio era una sociedad parcialmente cooperativa, aunque en lo sustancial se componía de poseedores particulares de capital, cuya corporación gozaba de autonomía y tenía por objeto impedir la competencia entre sus miembros, o sea, prevenir la prosperidad del uno a expensas del otro. Sobre todo, custodiaba el Gremio con el máximo celo la división de la propiedad, de modo que en sus filas no se formaran proletarios, por una parte, ni capitalistas monopolizadores, por otra.
Para el ingreso de un individuo a un Gremio había un período de aprendizaje, durante el cual trabajaba para un patrón; pero con el tiempo se convertía él también a su vez en patrón. La existencia de tales corporaciones, en calidad de unidades normales de producción industrial, de actividad comercial, y de medios de transporte, prueba suficientemente lo que era el espíritu social que había emancipado también al trabajador de la tierra. Y mientras tales instituciones prosperaban paralelamente a las comunidades aldeanas libres ya de servidumbre, aumentaba también el feudo franco, o posesión absoluta del suelo, tan distinto del dominio del señor sobre el esclavo.
Estas tres formas en que se ejercía el trabajo —el siervo, asegurado en su posición, y gravado sólo con prestaciones regulares, que no eran sino una fracción de lo que producía; el propietario absoluto, individuo independiente salvo en lo que se refería al pago de contribuciones en efectivo, que eran más un impuesto que un arrendamiento; y el Gremio, en el cual trabajaba cooperativamente el capital bien repartido para asegurar la producción de los talleres, los transportes y el comercio—, las tres juntas estaban promoviendo una sociedad que iba a fundarse en el principio de la propiedad. Todos, o la mayor parte —la familia regular— debían ser propietarios. Y sobre la institución de la propiedad debía asentarse la libertad del Estado.
El Estado, tal como la mente de los hombres se lo representaba al término de este proceso, era una aglomeración de familias de riqueza variada, la inmensa mayoría de las cuales, empero, propietarias de los medios de producción. Era una aglomeración en la cual se hallaba garantizada la estabilidad de ese sistema que he llamado distributivo mediante la existencia de cuerpos cooperativos, que unían entre sí a los hombres del mismo oficio o la misma aldea, y aseguraban al pequeño propietario contra la pérdida de su independencia económica, mientras que aseguraban a la vez a la sociedad contra el desarrollo de una clase proletaria.
Si se encontraba restringida la libertad de comprar y vender, de hipotecar y de heredar, tal restricción obedecía al fin social de impedir el desarrollo de una oligarquía económica capaz de explotar al resto de la comunidad. Las restricciones a la libertad tenían por objeto preservarla; y toda la acción de la sociedad medioeval, desde su florecimiento hasta las vísperas de su colapso, estuvo dirigida al establecimiento de un Estado en el cual los hombres fueran económicamente libres por la posesión del capital y la tierra.
La institución servil, salvo en fórmulas legales que aparecen aquí y allá, o en escasos rincones aislados y excéntricos, había desaparecido totalmente; pero no debe imaginarse que la sustituyó alguna especie de colectivismo. Había tierras comunes, pero eran tierras celosamente custodiadas por hombres que poseían a la vez otras tierras. La propiedad común en la aldea no fue sino una de las formas de propiedad, y se la usaba más bien como volante destinado a mantener la regularidad del funcionamiento de la máquina cooperativa que como un tipo de posesión de un modo u otro específicamente sagrado. Los Gremios tenían propiedades en común, pero tales propiedades eran las necesarias para su vida cooperativa; nos referimos a sus Sedes, a sus Cajas de Socorro, a sus Fundaciones Religiosas. En cuanto a los instrumentos de sus oficios, eran propiedad individual de sus miembros, y no del Gremio, salvo cuando eran tan costosos que necesitaban un dominio corporativo.
Tal fue la transformación que había sobrevenido en la sociedad europea en el curso de diez siglos de cristianismo. La esclavitud había desaparecido, y en su lugar había surgido ese establecimiento de la posesión libre que parecía tan normal a los hombres y tan acordada a una vida feliz. No se encontró a la sazón un nombre especial alguno que la denominara. Hoy día, vale decir, cuando ha desaparecido, debemos fabricar uno torpemente, y decir que la Edad Media había concebido instintivamente y engendrado el Estado distributivo.
Ese redondeamiento eximio de la sociedad humana pasó, como lo sabemos, e inclusive fue destruido en algunas provincias de Europa, aunque en ninguna como en Gran Bretaña.
A una sociedad en que la mayoría determinante de las familias poseía capital y tierra, en que la producción se hallaba regulada por corporaciones autárquicas de pequeños propietarios, en que no se conocían la miseria y la inseguridad de un proletariado, vino a sustituirse la pavorosa anarquía moral contra la cual se dirigen hoy todos los esfuerzos morales, y que lleva el nombre de Capitalismo.
¿Cómo ocurrió semejante catástrofe? ¿Cómo se permitió que ocurriera, y de qué proceso histórico se valió el mal para imponerse? ¿Qué es lo que convirtió a una Inglaterra económicamente libre en la Inglaterra que vemos hoy, cuya tercera parte al menos se halla en la indigencia, cuyo noventa y cinco por ciento carece de capital y de tierra, y cuya industria y vida nacional están dominadas enteramente en su aspecto económico por una minoría aleatoria de hombres que manejan millones, por una minoría de dueños, de irresponsables y antisociales monopolios?
La respuesta más usual a esta cuestión fundamental de nuestra historia, y la que se acepta más fácilmente, es que tal desgracia sobrevino a raíz de un proceso material conocido con el nombre de Revolución industrial. Se imagina, así, que el empleo de maquinarias costosas, y la concentración de la industria y de sus enseres, esclavizaron, en virtud de un proceso ciego, ajeno a la voluntad humana, la actividad de la sociedad británica.
La explicación es falsa de medio a medio. Ninguna causa material de tal género determinó la degradación que padecemos.
Fue la acción deliberada de los hombres, voluntad perversa en unos pocos, falta de voluntad en la mayoría, lo que produjo la catástrofe, tan humana en sus causas y su principio, como en sus viles efectos.
El capitalismo no fue el desarrollo del movimiento industrial, ni de descubrimientos materiales aleatorios. Bastan para probarlo un somero conocimiento de la historia y un poco de probidad al enseñarla. El sistema industrial fue un producto derivado del capitalismo, no su causa. El capitalismo estaba ya en Inglaterra antes de que naciera el sistema industrial; antes de que se usaran la hulla y las nuevas y costosas maquinarias, y se produjera la concentración de los instrumentos de producción en las grandes ciudades.
Si el capitalismo no hubiera existido ya antes de la revolución industrial, ésta hubiera resultado benéfica a los ingleses en la misma medida en que les resultó dañina. Pero el capitalismo —o sea, la apropiación por parte de unos pocos de las fuentes de la vida— se hallaba presente mucho antes de que sobrevinieran los grandes descubrimientos, y torció el efecto de éstos y de las nuevas invenciones, convirtiéndolas así, de una cosa buena que eran, en una mala. Nuestra libertad no la perdimos por las máquinas, sino por la pérdida de un pensamiento libre.

