MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN BERNARDO
ABAD DE CLARAVAL Y DOCTOR (1091-1153)

En un valle solitario llamado Cister, en medio de los bosques de Borgoña, algunos fervorosos monjes edificaron un convento que fue famosísimo. Era una rama reformada de la Orden benedictina de Cluny. Todos ellos pretendían observar puntualísimamente la regla de San Benito. Pero ya desde su fundación por San Roberto el año de 1098, los monjes de dicho monasterio se dieron a vida tan austera, que llenaba de espanto a cuantos iban a visitarlos. Día llegó en que el reclutamiento de nuevos soldados empezó a darles cuidado a los «nuevos caballeros de Cristo», como a sí mismos solían llamarse los monjes del Cister.
Ya el santo abad Esteban Harding dudaba de poder llevar adelante aquella fundación, pero el año de 1113 llegó a la puerta del monasterio un mancebo muy gallardo, de rostro hermoso y porte muy digno y noble. No iba solo. Acompañábanle unos treinta caballeros amigos, parientes o hermanos suyos.
«¿Qué deseáis? —preguntó el abad. —La misericordia de Dios y la vuestra —respondió el mancebo. —¿Qué más queréis? —Observar toda la regla. —Acabe de obrar el Señor en vosotros lo que Él mismo ha comenzado —dijo el abad». Amén —contestó la comunidad.
A los tres días, fueron admitidos todos ellos en aquel lugar de voluntario anonadamiento,
«donde sólo tenían derecho a entrar las almas, dejando fuera la carne, que allí nada tenía que hacer».
Aquel gallardo mancebo de veintitrés años era San Bernardo, hombre insigne que había de llenar de gloria a su Orden y a su patria; el mayor ingenio del siglo XII y el postrer Padre de la Iglesia latina.
Nació San Bernardo el año 1091 en el castillo de Fontana, distante dos kilómetros de la ciudad de Dijón. Fue su padre el virtuoso caballero Tescelino, dueño y señor de casi todos los feudos y tierras de Borgoña, desde Troyes hasta Dijón, y de otro predio situado cerca de Claraval. Estaba casado con Alicia de Montbardo, mujer virtuosa, dechado de hacendosa dueña de palacio y providencia visible de los menesterosos. Solía visitar ella misma a los enfermos abandonados y sin familia, y no se desdeñaba de lavarles la vajilla y prepararles la comida. Tuvo siete hijos. Bernardo fue el tercero. Cuando llegó éste a los nueve años de edad, pusiéronle a estudiar con los canónigos seculares de Chatillón de Sena. Gozóse en extremo el muchacho con tener tan buenos maestros; con ellos leyó algunos poetas latinos, y se aficionó tanto a la suave y musical cadencia de aquellos versos que, siendo ya viejo, gustaba todavía declamarlos, recordando los felices años juveniles, tan gozosamente aprovechados.
En la mirada angelical de sus grandes ojos azules, que impresionaba vivamente a cuantos le contemplaban, resplandeció toda su vida el virginal candor de los tiernos años. Caro le había costado el don de la pureza celestial. La flor de la edad, las compañías y ocasiones le habían incitado repetidas veces en su juventud a dar rienda libre a los carnales apetitos. Nunca la soltó Bernardo, antes túvola siempre tirante, sujetando con el freno de la mortificación los bríos de la concupiscencia. Un día llegó a arrojarse desnudo en un estanque de agua helada, en el que permaneció largo rato, para extinguir el fuego de una tentación que le asediaba.
PRUEBAS, COMBATES Y TRIUNFOS
Para librarse de la guerra de la carne, no veía Bernardo más remedio que apartarse del siglo, que suele ser cómplice de las pasiones y atizador del fuego de la deshonestidad. Sus hermanos creyeron adivinar su intento de retirarse al Cister, y se horrorizaron de ello. Pero, ¿cómo hacerle desistir de aquel propósito? ¿Por ventura hablándole de nobles enlaces matrimoniales? Jamás había soñado en ello. ¿Acaso interesándole en el ejercicio de las armas? Nunca manifestó aficiones de ese género.
Hablándole de la Orden de Cluny, donde los monjes llevaban vida menos austera que en el Cister. «No, no —respondió Bernardo—. Mi alma se halla tan enferma, que necesita el medicamento más eficaz». Por el otoño del año 1111, estando algunos hermanos y parientes suyos poniendo sitio a Grancey, hablóles Bernardo con tan suave elocuencia, que su tío Gandry declaró estar dispuesto a ir con Bernardo al Cister. Igual intención declararon sus hermanos, seducidos por el atractivo de la gracia divina.
A los pocos días eran ya unos treinta los que determinaron seguir a Bernardo. Por última vez volvieron a Fontana los cinco hijos de Tescelino para despedirse de su padre. Mucho se afligió con esto el virtuoso anciano, pero más todavía su hija Humbelina.
Nivardo, el menor de los hermanos, estaba jugando en la calle con otros muchachos. Como era todavía jovencito, la despedida parecía no hacer mella en su corazón. «¡Adiós, Nivardo! —le dijo Guido— ; nosotros nos vamos al monasterio y te dejamos todos nuestros bienes y hacienda. —Pero, ¿cómo? —repuso el muchacho—, ¿vosotros tomáis el
cielo y me dejáis la tierra? Mala partición es ésa». Y de allí a poco él también lo abandonó todo para ingresar junto a sus hermanos.
Vacío quedaba por cierto el castillo de Fontana, pero nunca fue como en ese día digno de loa y gloria. Para Dios, todavía quedaba demasiado poblado. Andando el tiempo, el anciano Tescelino y su hija Humbelina dejaron también el siglo, de suerte que, con redadas sucesivas, el Divino Pescador llevó al claustro los miembros todos de aquella virtuosa familia.
Su santa madre, Alicia, que muriera cristianamente siendo Bernardo todavía mozo, inauguró en el cielo la vida de santidad que seguirían los suyos.
BERNARDO, ¿A QUÉ VINISTE?
Comenzó Bernardo el noviciado siendo ya de veintitrés años. Tenía siempre en el corazón y muy de ordinario en la boca estas palabras: «Bernardo, Bernardo, ¿a qué viniste a la religión?» Él mismo contestó a la pregunta dándose a un modo de vida que espanta. «Aquí sobran la carne y sus apetitos», habíase dicho. Para llevar a efecto sus propósitos, de buena gana se hubiera deshecho de sus cinco sentidos. Y a la verdad, más parecía estar muerto que sólo mortificado. Trataba a su oídos como a enemigos: para que no le distrajera demasiado la conversación en el locutorio, tapábalos con estopa. ¿Y sus ojos? Como si no los tuviese.
Sólo miraba el interior de su alma. Un año entero estuvo en el salón de los novicios, y no sabía si el techo era de bóveda o liso. De tal modo mortificó su gusto que vino a perderlo. Bastábale una libra de pan y algunas legumbres cada día, sin carne, pescado, huevos ni leche. Llegó a beber aceite por agua sin caer en ello. Aun el comer la libra de pan a las tres de la tarde le parecía glotonería: nunca la comió entera. ¿Y qué diremos de su sueño? El reglamento del dormitorio le obligaba a dormir vestido en un jergón de paja y en un aposento común, y a ello se amoldó perfectamente.
No pudiendo dedicarse por sus pocas fuerzas al cultivo del campo, ocupábase en otros humildes menesteres, ya cortando leña, barriendo y lavando los platos; y aun llegó a saber segar con gracia y destreza.
Con todo eso, en los ratos libres que le dejaban los ejercicios comunes, ¡qué oración tan intensa! ¡Qué afán de leer y estudiar la divina Escritura, hasta lograr adquirir aquella ciencia maravillosa, aquella suave elocuencia que le mereció, como a San Ambrosio, el honroso y significativo nombre de Doctor mellífluus, el «Doctor de lenguaje dulce como la miel»!
ABAD DE CLARAVAL
El monasterio del Cister había venido muy a menos cuando llegó a él San Bernardo; pero el solo nombre del Santo era el mejor reclamo para llevar vocaciones. Los novicios acudieron sin número. Por décima tercera vez enjambró esta colmena el año de 1115.
Trece monjes salieron un día de ella. Sólo quedaban lo necesario para el culto divino. Encamináronse a un lugar solitario de Champaña, tan agreste y escabroso que le llamaban «el valle de los Ajenjos». Bernardo y sus monjes dieron gracias al Señor por haberles guiado a aquel Valle Claro, «Claraval», donde emprendieron vida monástica el día 25 de junio de 1115.
Los principios fueron duros y rigurosísimos. Las camas parecían féretros mal labrados. Bernardo, con ser abad, vivía en una celda que más parecía una mísera buhardilla, iluminada por un estrecho tragaluz. Un solo asiento había en su celda, tallado en la pared a pie del piso. Cuando el piadoso abad quería sentarse o levantarse, menester le era agachar la cabeza para no dar con ella en las vigas del techo.
Las comidas del Cister hubieran parecido espléndidos convites en Claraval, hacían la sopa con hojas de haya, y el pan era tan negro y desabrido que un religioso que allí pasó unos días se llevó uno para mostrarlo en su convento y exhortar a los suyos a penitencia. Con todo, este valle apartado, en el que vivían como encovados y crucificados aquellos santos monjes, vino a ser en breve frecuentadísimo por la gente piadosa.
Hasta vieron llegar cierto día en cuadrilla buen número de caballeros mozos, bizarros y gallardos. Iban sólo para entretenerse cabalgando y ejercitándose en las armas, pero de paso se detuvieron en el monasterio para saludar a Bernardo, de quien la fama publicaba grandes cosas. Obsequió les el Santo con un refresco, y antes de dárselo lo bendijo diciendo:
«Brindo por la salud de vuestras almas, amigos». Rieron ellos a carcajada limpia al oír el brindis del abad, pero al salir del monasterio para proseguir el torneo, allá en sus adentros oían el eco de las palabras de Bernardo: fue el toque salvador de la divina gracia. Volvieron todos juntos al convento y pidieron ser admitidos en él, ofreciéndose al Santo para lavar los platos, barrer y hacer cuanto les mandara como a novicios.
Verdad es que en Claraval reinaba entonces una severidad excesiva. El mismo San Bernardo declaró más adelante haberse mostrado con sus monjes más riguroso de lo que convenía, y así, sin ceder un punto en lo que era disciplina religiosa, fue después más blando y suave, y trataba de sacar de cada uno lo que buenamente podía. Para sí, empero, guardó toda la entereza y rigor de vida, y excediéndose tanto en la penitencia, que vino a enflaquecer extremadamente. Menester fue que el obispo Guillermo, su amigo y su prior, le fuese a la mano. Descargóle del gobierno del monasterio por un año. A distancia como de cuatrocientos metros del convento le edificaron una cabaña parecida a la de los leprosos», para que en ella descansase y fuera asistido por un médico que gozaba de cierta fama en la comarca. Mas, ¡ay!, el tal no era sino un curandero embaucador, a quien el empirismo había acostumbrado a tales dislates y atrocidades, que San Bernardo no pudo menos que decir al obispo Guillermo humorísticamente: «Yo, que hasta ahora mandaba a seres racionales, por justo castigo de Dios, me veo condenado a tener que obedecer a un irracional». Concluido el año, aquel «irracional» abdicó, y Bernardo volvió al monasterio con el estómago deshecho para toda su vida.
Ello no obstante, pasada la pretendida cura, se dio con nuevo ardor a sus antiguas austeridades, cual si se hubiera recobrado.
APÓSTOL DE LA VIDA RELIGIOSA
Entretanto, no cabían ya los monjes en el estrecho recinto de Claraval. Una noche vio el santo abad en sueños una gran muchedumbre de almas que acudían a su monasterio; eran tantas, que no podían entrar en él. Al siguiente día, el virtuoso anciano Tescelino, decidido a abandonar el mundo, fue a pedir el hábito a Bernardo, gozoso de poder llamar en adelante «Padre» a quien hasta entonces había llamado hijo.
También a Humbelina, hermana menor de Bernardo, le vinieron deseos de ir a Claraval a ver a sus hermanos. Llegó, pues, al monasterio elegantemente vestida y acompañada de lucida escolta. Al verla, díjole Bernardo «¿Adónde con toda esa pompa, hermana mía? ¿Qué otra cosa encubre todo ello sino un poco de basura?». Humbelina le contestó: «Hermano Bernardo, si menosprecias mi cuerpo, a lo menos apiádate de mi alma. No me deseches tan duramente; mándame cuanto gustes, que dispuesta estoy a cumplirlo». A los pocos días se recogió en un monasterio, donde murió santamente el año de 1141. El Martirologio galicano trae su fiesta el día 21 de agosto.
Por otra parte, no había en San Bernardo afán ninguno de corporación. Supo que un familiar del emperador de Alemania, San Norberto, quería propagar el ejemplo de vida austera y penitente. «Por mí no quedará» —dijo Bernardo— ; ayudó a Norberto a juntar compañeros y le cedió los derechos que tenía sobre el famoso bosque de Premontré.
De cuando en cuando vertía el sobrante de la abadía de Claraval en otros monasterios filiales de aquél y más necesitados. El año de 1118 fundó el de Tres Fontanas, y en años sucesivos los de Fontenay y Foigny.
APÓSTOL DE LA CRISTIANDAD
Nada aborrecía tanto San Bernardo como la gloria y honra vana del mundo. De ella estaba muy a cubierto en aquel apartado rincón de Claraval. Precisamente con el intento de vivir desconocido había él dejado su señorial mansión de Borgoña. Pero las trazas del Señor, que eran muy distintas, iban a encaminarlo paso a paso por insospechadas sendas.
Compuso Bernardo para sus monjes un Tratado de la Humildad; escudado en su larga experiencia de abad, desenmascaraba en dicho libro a la fingida austeridad para luego pisotearla, y fustigaba a la soberbia hasta en sus más escondidos reductos. Estas páginas de disecación moral circularon por todos los monasterios. Guigón, prior de la Cartuja, pidió a Bernardo que le escribiese algo sobre la Caridad; tal fue el origen de su hermoso Tratado de amor a Dios. El benedictino Suger, abad de San Dionisio y primer ministro que fue del rey Luis VII, se había convertido al leer una obra de San Bernardo sobre la Conversión de los Clérigos.
De todas partes acudían a consultar al abad de Claraval; vino a ser el oráculo de toda clase de gentes, consejero de obispos y aun del mismo Papa, luz de los Concilios y árbitro de reyes y príncipes.
Un acontecimiento dio a San Bernardo ocasión de desplegar todo su celo el peligroso cisma de Anacleto II. Muerto el papa Honorio II, fue elegido canónicamente Inocencio II el año de 1130; pero unos cuantos prelados ambiciosos nombraron a un romano llamado Pierleoni. Con esta fecha empieza San Bernardo a ser un personaje histórico en Europa.
Todos los caminos llevan a Roma, dice el refrán: Inocencio II tuvo que huir de Roma, pero a ella volvió por los caminos de la cristiandad.
Precedióle en ellos San Bernardo, para intentar que todos los príncipes europeos reconociesen al Papa. El rey de Francia Luis VI, reconocióle, en efecto, en el Concilio de Etampes: el mismo partido siguieron Alemania, Inglaterra y España. En Aquitania empero, el orgulloso duque Guillermo sostenía obstinadamente el cisma en que se había empeñado. Fue San Bernardo a Partenay a ver al duque. Dijo misa para pedir a Dios que aquel se convirtiera; tomó luego el Santísimo Sacramento en las manos y salió a verse con el duque, el cual se hallaba en la puerta de la iglesia por estar excomulgado. «Este es tu juez —le dijo— ; ¿le menospreciarás también?» El duque tembló y cayó al suelo cual si le hubiese sobrevenido un ataque epiléptico. «Levántate —le dijo Bernardo— ; mira a tu obispo; dale el ósculo de paz y devuelve la tranquilidad a tus estados». El duque bajó la cabeza y reconoció a Inocencio. Después hizo asombrosa penitencia y llegó a ser el insigne San Guillermo de Aquitania, cuya fiesta celebra la Iglesia el 10 de febrero.
Entretanto, el Sumo Pontífice quiso visitar la abadía de Claraval. De allí partió con San Bernardo para Italia, con el fin de arreglar algunas desavenencias políticas. Pasaron por Alemania, donde ordenó el Santo importantes negocios, y por Pisa y Milán, sembrando milagros a su paso y ganando el aprecio y veneración de las gentes. En breve vino a ser el árbitro universal, a quien acudió de allí en adelante el Papa en los asuntos más graves y enredados de la Iglesia. Finalmente logró reducir al antipapa sucesor de Anacleto; a los pocos días dejó Roma y volvió a Claraval.
Nos quedan de San Bernardo unas ochenta cartas que escribió a los papas Inocencio II, Celestino II y Eugenio III. Para dirigir a este último, que había sido discípulo del Santo en Claraval, escribió el hermoso libro De la consideración. También nos quedan muchos sermones suyos.
Bernardo impugnó victoriosamente los errores de Gilberto Porretano, obispo de Poitiers, y del famoso filósofo Abelardo; peleó con igual valor contra Amoldo de Brescia y los herejes de las riberas del Rin, y sosegó las iras del monje Raúl, que pedía la muerte de todos los judíos. A todos los males acudía pronto a ponerles remedio. Finalmente apaciguó el mediodía de Francia, a la sazón muy dividido con la herejía de los maniqueos.
Pero hubieran bastado sus sermones sobre la Virgen María para hacerle acreedor al aplauso y loa del mundo entero. Con San Bernardo principalmente, empiezan los cristianos a mirar a María como «el Acueducto por el que nos llegan las divinas aguas de la gracia; como la Medianera eficaz de la que nada tienen que temer aquellos mismos pecadores que temblarían de miedo ante la soberana majestad de Cristo».
LA SEGUNDA CRUZADA. — MUERTE DEL SANTO
Palestina, tan heroicamente conquistada con la primera Cruzada, iba a caer de nuevo en poder de los sarracenos. Poco a poco fue dibujándose en la mente de San Bernardo todo un plan de conquista y de política cristiana, cuyo eje y móvil sería el sepulcro del Salvador. Predicó la cruzada, recorrió Francia, Suiza, Alemania, y movió a las provincias y reinos a tomar las armas. Hizo innumerables milagros, hasta treinta y seis en un solo día. Pero por disposición del Cielo, la expedición, salida con grandes esperanzas de triunfo, acabó en lamentable fracaso. Bien entendía Bernardo que aun en las causas más nobles ha de contarse primordialmente con la voluntad de Dios, ya que el término último de nuestras acciones sólo Él lo conoce. Y aunque no le había faltado al santo organizador ese espíritu sobrenatural, el Señor permitió las cosas del tal manera que aquella esforzada empresa se derrumbó cuando estaba en los cimientos. Paralizáronla no poco las disensiones entre príncipes cristianos.
Bernardo volvió a Claraval. Llovían sobre él murmuraciones y quejas, aunque afligido, gozábase de que los golpes diesen en él y no en el Señor. «Buscar a Dios» fue el blanco de los anhelos de Bernardo. Al paso que se acercaba a la muerte, llegábase también al Señor. Ya ni comía, ni dormía, todo lo llenaba la contemplación del Sumo Bien. «Ya no soy de este mundo —exclamaba—. Y los monjes replicaban suplicantes «Apiadaos de Claraval, padre nuestro». Parecía entonces querer vivir, como si titubeara su corazón entre el ansia grande de ver a Cristo y el amor a aquel rincón del mundo, el único pedazo de tierra que amó sin reparos. Levantó al cielo sus «ojos de paloma», y concluyó en conmovedor diálogo exclamando. «Dios decidirá». La divina determinación se manifestó el día 20 de agosto de 1153, día en que el Santo murió.
El papa Alejandro III le canonizó y le nombró Doctor de la Iglesia el día 18 de enero de 1174. Celébrase la fiesta hoy, 20 de agosto.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
