ARMADURA DE DIOS

EL PROBLEMA FEMENINO
I: Introducción
Existencia de un problema
1.- Existe un libro entero, con textos de los Sumos Pontífices, que lleva ese título.
2.- Tenemos a diario manifestaciones del conflicto en la vida concreta de cada mujer:
– la joven en el hogar: ¿por qué tengo que servirle la comida a mi hermano o lavar la vajilla?
– la maternidad: ¡es fácil al hombre decidir tener muchos hijos!
– la vida profesional: ¿por qué renunciar a los valores intelectuales, artísticos, profesionales, etc.?
3.- No se puede ocultar dicho problema para la mujer; que no es de hoy, pero que hoy tiene sus características propias.
En efecto, ante la corrupción social, la mujer pasa a tener un papel principal:
– es la más dañina: de allí proviene el sensualismo de siempre, pero hoy descarado, desvergonzado y petulante.
– es la más dañada: por el hecho de ser más afectiva, sufre más profundamente el derrumbe de la familia (el hombre es más autónomo, se enamora y desenamora más fácilmente y encuentra más expeditamente sustituto en sus otras tareas).
II: Naturaleza del problema
Es teológico
1.- Importancia de un correcto planteo y conocimiento del problema, puesto que las falsas soluciones son peores que los problemas insolutos.
Mucho haremos si preparamos las soluciones verdaderas, planteando en su propia luz los problemas.
Pero para eso hay que empezar por hacer luz, contrarrestando esas grandes fábricas de humo que son los medios de comunicación y los grupos feministas.
Cuanto más complejo sea un problema, menos deben ser los principios que rijan la solución.
El problema femenino gravita por entero en torno a una doble cuestión:
a) ¿cómo, en medio de las circunstancias actuales, conservar e incrementar la dignidad que la mujer ha recibido de Dios?
b) ¿cómo salvaguardar, hoy, las prerrogativas de la familia y cómo conservar el puesto que la mujer debe ocupar en ella?
Por lo tanto, ¿cómo proteger la dignidad de la hija, de la esposa y de la madre para mantener el hogar, la casa y los hijos en su rango primordial, conforme al plan establecido por Dios?
El problema femenino, así planteado, es inseparable del orden divino.
Por lo tanto, el problema de la mujer no puede ser resuelto:
– ni por los que lo consideran solamente bajo uno u otro de sus aspectos (biológico, económico, demográfico, pedagógico o educacional, jurídico, político).
– ni por los que lo separan de Dios, es decir, del orden sapientísimo del Creador, de su voluntad santísima.
Ambas soluciones falsas pierden de vista el punto esencial de la cuestión, es decir, la verdadera dignidad de la mujer, dignidad que ella tiene tan sólo de Dios y en Dios.
2.- Es, por lo tanto, un problema teológico.
En efecto, el problema de la mujer es un aspecto, una parte, del pecado original.
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3.- Relato del Génesis:
I: 26-28: Después dijo Dios: “Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza; y domine sobre los peces del mar y las aves del cielo, sobre las bestias domésticas, y sobre toda la tierra y todo reptil que se mueve sobre la tierra”. Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. Los bendijo Dios; y les dijo Dios: “Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla; y dominad sobre los peces del mar y las aves del cielo, y sobre todos los animales que se mueven sobre la tierra”.
II: 7-25: Y formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, de modo que el hombre vino a ser alma viviente. Y plantó Yahvé Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahvé Dios hizo brotar de la tierra toda clase de árboles de hermoso aspecto y de frutos buenos para comer, y en el medio del jardín el árbol de la vida, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. De Edén salía un río que regaba el jardín; y desde allí se dividía y se formaban de él cuatro brazos. (…) Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo llevó al jardín de Edén, para que lo labrara y lo cuidase. Y mandó Yahvé Dios al hombre, diciendo: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol del conocimiento del bien y del mal, no comeréis; porque el día en que comieres de él, morirás sin remedio”.
Entonces dijo Yahvé Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda semejante a él”. Formados, pues, de la tierra todos los animales del campo y todas las aves del cielo, los hizo Yahvé Dios desfilar ante el hombre para ver cómo los llamaba, y para que el nombre de todos los seres vivientes fuese aquel que les pusiera el hombre. Así, pues, el hombre puso nombres a todos los animales domésticos, y a las aves del cielo, y a todas las bestias del campo; mas para el hombre no encontró una ayuda semejante a él.
Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió; y le quitó una de las costillas y cerró con carne el lugar de la misma. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la condujo ante el hombre. Y dijo el hombre: “Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada”. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne. Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, mas no se avergonzaban.
1ª Parte: Creación de la mujer
– a) Creación de Adán. El relato manifiesta su soledad, la cual ostenta la trascendencia de su alma.
– b) «Sociabilidad» de Adán: es mucho más una consecuencia de la riqueza que tiene, que de la indigencia; se trata del deseo de transmitir la vida física y espiritual. En esto radica la causa de la creación de Eva.
– c) Jerarquía familiar:
Por lo tanto, al mismo tiempo que afirmamos la igualdad de la mujer con el hombre (igualdad de creación, de elevación al orden sobrenatural, de redención, de incorporación al Cuerpo Místico y de llamada a la vida eterna bienaventurada), debemos también enseñar su desigualdad en cuanto a sus cualidades físicas y espirituales, que son complementarias a las del hombre, y se ordenan a la vida matrimonial para la procreación y educación de los hijos.
Por otra parte, esa misma sociedad matrimonial exige también desigualdades de jerarquía y de gobierno, pues toda sociedad requiere una autoridad.
Debemos admitir que la naturaleza dio al hombre más capacidad para gobernar que a la mujer, por lo cual es él la cabeza de la mujer y el jefe de la familia.
Esta doctrina, revelada en el relato mismo de la creación, es enseñada por San Pablo:
I Cor., 11: 3 y 8-10 = Mas quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y el varón cabeza de la mujer, y Dios cabeza de Cristo (…) No procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; como tampoco fue creado el varón por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por tanto, debe la mujer llevar sobre su cabeza la señal de estar bajo autoridad, por causa de los ángeles.
Ef., 5: 22-24 = Las mujeres sujétense a sus maridos como al Señor, porque el varón es cabeza de la mujer, como Cristo cabeza de la Iglesia, salvador de su cuerpo. Así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo.
Col., 3: 18 = Mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor.
I Tim., 2: 11-15 = La mujer aprenda en silencio, con toda sumisión. Enseñar no le permito a la mujer, ni que domine al marido, sino que permanezca en silencio. Porque Adán fue formado primero y después Eva. Y no fue engañado Adán, sino que la mujer, seducida, incurrió en la transgresión; sin embargo, se salvará engendrando hijos, si con modestia permanece en fe y amor y santidad.
I Pe., 3: 1-6 = Vosotras, mujeres, sed sumisas a vuestros maridos, para que si algunos no obedecen a la predicación sean ganados sin palabra por la conducta de sus mujeres, al observar vuestra vida casta y llena de reverencia.
– d) Conclusión. Es necesario hacer una distinción:
– La mujer como persona
– La mujer como mujer
Como persona = en su naturaleza, tal como Dios la ha creado, elevado y redimido, la mujer ha recibido, con el mismo derecho que el hombre, su dignidad de persona, de imagen, de hija de Dios, de miembro del Cuerpo Místico, llamada a la plenitud de la vida cristiana y a la unión con Dios en la vida eterna.
Sin embargo, esta igualdad es limitada:
– por la repartición desigual de los dones naturales: determinados dotes, inclinaciones y disposiciones naturales son propias exclusivamente del hombre o de la mujer, o les están atribuidas en grado y valor distinto, unas más al varón, otras más a la mujer, según aquella peculiar manera con que la naturaleza misma les ha dado diversos campos y oficios de actividad.
No se trata aquí de la capacidad o de las disposiciones naturales secundarias, como serían la propensión o la aptitud para las letras, las artes o las ciencias; sino de dotes de eficacia esencial en la vida de la familia y del pueblo.
– por la necesaria jerarquía en la sociedad familiar.
Como mujer = la verdadera dignidad de la mujer proviene de las cualidades peculiares que la naturaleza le ha dado, tanto las físicas como las espirituales, que son un complemento de las del hombre y tienen una resonancia esencial (para el bien o para el mal) en la vida de la familia y de la sociedad.
Leamos lo escrito por Fray Mario José Petit de Murat, en su hermoso libro El buen amor:
Os ruego que me deparéis la mayor atención posible porque volaremos muy alto, a regiones desconocidas.
¿Hay algo de común y algo de distinto en el varón y la mujer?
Dos opiniones extremas resumen todas las que se han formado en este campo tan turbado por los intereses de la pasión:
– una es la común de las gentes, expresada de hecho, no de palabra, con toda una actitud en la vida: que mientras al hombre pertenece con propiedad la definición de «animal racional», la mujer no pasa de ser un animalito vistoso, agradable a ratos.
Esta es la convicción que corre en los cafés, en los clubes, incluso los aristocráticos; y los más asombroso es que no la profesan tan soólo los hombres, sino también el común de las mujeres.
– otra es la del «feminismo», el cual enseña que no hay ninguna diferencia entre varón y mujer.
Lo cierto no está ni en una ni en otra, ya que ambas son frutos de intereses o resentimientos más que de una sincera inquisición de la verdad.
La verdad se encuentra en el justo equilibrio entre ambos elementos. Es decir, que hay algo de común y algo de distinto.
Lo común: la mujer, ante todo, es criatura racional como el varón. Debe compenetrarse profundamente de esta verdad. Es ante todo una persona humana, y no la concupiscencia del hombre, como enseñan los cultores que ignoran a Cristo.
Lo distinto: son las dotes, modales y aptitudes exclusivas de la mujer, cuyo conjunto constituye la femineidad.
Lo interesante es averiguar y precisar si esas diferencias se agregan accidentalmente a la naturaleza humana o si la modifican esencialmente.
Siendo la femenino un género, pertenece a la categoría de la sustancia y, por tanto, afecta a toda la esencia.
La última perfección, la especificante de la sustancia humana (lo racional) se suma a un género inmediato (el animal). Este género es doble: masculino y femenino. La criatura racional-masculina y racional-femenina.
Por consiguiente igualdad y diferencias las encontramos en las raíces de nuestro ser.
Lo femenino es de una modalidad que afecta a toda la esencia y, por tanto, a todas las potencias que brotan de esa esencia.
La mujer tendrá inteligencia con una modalidad propia, femenina; y así todas las otras facultades propias de la naturaleza humana.
Encontramos que hay diferencias con el varón, y diferencias esenciales. Ahora tenemos que alcanzar nuevas precisiones.
No se trata de cualquier diferencia, sino de una oposición de relación. Más aún, lo masculino y lo femenino comportan una de las relaciones más íntimas que puedan darse, cual es la de complementación mutua, en toda la amplitud de la naturaleza.
La inteligencia del varón debe complementarse a la de la mujer, y viceversa; cada una en aquel aspecto para el cual tiene aptitud, que falta de alguna manera en la otra. Otro tanto sucede con todas las otras facultades.
La investigación llevada a cabo arroja una importante conclusión: si bien la unidad de persona la tiene en la especie humana cada individuo; la de naturaleza en el orden operativo está integrada por la acción conjunta del varón y la mujer, ya en el orden general de la sociedad, ya en el particular del matrimonio.
Varón y mujer forman una naturaleza humana: la naturaleza total humana.
Varón y mujer son, cada uno sin duda, una naturaleza humana completa y una unidad subsistente propia, persona en posesión de sí de manera íntima e incomunicable; pero a la vez, en cuanto a las aptitudes, para que esa naturaleza se realice en el ingente devenir de la materia, ambos entretejen una sola naturaleza, no porque estén informados por una única substancia, sino porque una admirable distribución modal los ensambla.
Masculinidad y femineidad son modos entitativos —son géneros, no accidentes— que afectan a la substancia humana en toda su extensión, entablando de esa manera complementación mutua y total entre varón y mujer.
Es error de consecuencias trágicas pensar que ellos se complementan en la sola región de las glándulas genitales. Inteligencia e inteligencia, voluntad y voluntad, sensibilidad y sensibilidad, con todo su bagaje de facultades cognoscitivas, apetitos y pasiones, se llaman mutuamente en vocación de ser una sola cosa, no por confusión ni mezcla, no por dominio despótico de uno sobre el otro; tampoco por inexplicables urgencias fisiológicas, a las cuales se las encuentra tanto más exigentes cuando el ser humano está más caído por debajo de su perfección normal, sino por complementación, por la cual ambos se nutren mutuamente con la aptitud que el otro no tiene.
Esas cualidades naturales de la mujer están ordenadas por el Creador a su misión esencial: la fundación de una familia y la maternidad.
Enseña el Magisterio de la Iglesia:
Tanto en uno como en otro estado, el oficio de la mujer aparece netamente trazado por los rasgos, por las aptitudes, por las facultades privativas de su sexo. Ella colabora con el hombre, pero en el modo que le es propio, según su natural tendencia. Ahora bien: el oficio de la mujer, su manera, su inclinación innata, es la maternidad. Toda mujer está destinada a ser madre: madre en el sentido físico de la palabra, o bien en un sentido más espiritual y elevado, pero no menos real.
A ese fin ha ordenado el Creador todo el ser propio de la mujer, su organismo, pero también su espíritu, y sobre todo su exquisita sensibilidad. De modo que la mujer, verdaderamente tal, no puede ver ni comprender a fondo todos los problemas de la vida humana, sino tan sólo bajo el aspecto de la familia. Por ello el sentimiento refinado de su dignidad la conmueve siempre que el orden social o político, amenaza con dañar a su misión maternal, al bien de la familia.
No hay duda que la función primaria, la misión sublime de la mujer, es la maternidad que, por altísimo fin propuesto por el Creador en el orden por Él escogido, predomina extensa e intensamente en la vida de la mujer. Su misma estructura física, sus cualidades espirituales, la riqueza de sus sentimientos, convergen para hacer de la mujer una madre, de tal modo que la maternidad representa la vía ordinaria por la que la mujer alcanza su propia perfección, incluso moral y al mismo tiempo su doble destino: terreno y celeste. La maternidad, aunque no constituya el fundamento absoluto de la dignidad de la mujer, le da tanto esplendor y le asigna una parte tan amplia en la realización del destino humano, que basta ella sola para inducir a todo hombre sobre la tierra, por grande o pequeño que sea, a inclinar con reverencia y amor la frente ante su propia madre.
– e) Características de la naturaleza femenina.
Dios ha dispensado a la mujer dones inestimables, que le permiten transmitir no solamente la vida del cuerpo, sino también las disposiciones más íntimas del alma y las cualidades de orden espiritual y moral que determinan el carácter.
De allí la dignidad de su organismo y de sus cualidades espirituales (generosidad, sensibilidad, tacto y delicadeza, etc.)
Leamos, una vez más a Fray Mario José Petit de Murat, en su libro El buen amor:
Hay que averiguar la misión propia del varón frente a la mujer y viceversa, en esa mutua y total complementación.
El varón es ante todo racional, y la mujer sobre todo intuitiva. La misión de aquél es conquistar el orden del Cielo para la tierra; la de la mujer absorberlo y meterlo en la red esencial del alma y la sangre. El hombre adquiere y la mujer plasma.
La cogitativa femenina, o sea la «razón de lo particular», es bastante más fuerte que la del varón e, incluso, que la del artista. Constituye la clave de su complexión psíquica, ya que todas las estructuras que le son peculiares, concurren a sustentar la preeminencia de dicha facultad. La prueba está en su facilidad para la conjetura, la sugerencia, la sospecha, la sugestión, la telepatía; actos todos propios de la cogitativa.
En cambio, la racionalidad es débil: su nivel potencial notablemente inferior al de la cogitativa, permite la franca primacía de ésta. De inteligencia profundamente humana, cuando se le entrega un primer principio lo comprende a fondo y se le hace carne hasta el punto de vivirlo en sus últimas consecuencias; pero, por otra parte, el poder argumentativo, esto es, el de adquirir por sí misma verdades desconocidas, es pobre en ella.
Es receptiva en grado sumo. Sus percepciones prontas le invaden de inmediato sensibilidad y espíritu. Se podría decir que es el espíritu más próximo a la sensibilidad, no porque sea sensual por naturaleza, sino porque toda ella arraiga profundamente en el misterio de comunicar vida a la carne: aflora del seno de ese misterio y su psiquis encuentra allí su última explicación. Por eso vibra con exceso en las circunstancias eventuales, sin poder pesar por lo general el grado de importancia o gravedad de lo percibido; por lo cual no alcanza por sí misma los principios inmutables, donde descansa con certeza el juicio humano, y, por consiguiente, carece de referencias firmes para justipreciar los estímulos e impresiones que la convivencia y el mundo le ofrecen.
La racionalidad femenina es receptiva de la masculina: ella bebe en profundidad la expresión de éste cuando está animada de grandes verdades o, también, de mimetismos de las mismas, bien fraguados.
Esta subordinación es tal que, cuando ella no está compenetrada de principios morales fuertes y no ha alcanzado madurez de virtudes, el varón, si es persuasivo, puede conducirla tanto al bien como al mal.
La mujer, a su vez, injerta al hombre en la tierra; equilibra la tendencia de éste hacia lo universal y abstracto. Su caudal psíquico es rico en aptitudes para compenetrarse íntimamente con gamas, matices, modulaciones, todo lo significativo del ser y las intenciones latentes en las cosas. Por eso el trabajo manual sazona el sentido común femenino. Es el otro extremo que la hace sabia y sensata.
Distribuid de esa manera las dotes humanas en la profundidad psíquica del varón y la mujer, ambos, si crecen en la verdad, se complementan del modo más estable en zonas anteriores al sexo.
2ª Parte: Origen del Problema = El pecado
Génesis, III: 1-24: La serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Yahvé Dios había hecho, dijo a la mujer: “¿Cómo es que Dios ha mandado: «No comáis de ningún árbol del jardín»?” Respondió la mujer a la serpiente: “Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; mas del fruto del árbol que está en el medio del jardín, ha dicho Dios: “No comáis de él, ni lo toquéis, no sea que muráis”. Replicó la serpiente a la mujer: “De ninguna manera moriréis; pues bien sabe Dios que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”. Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comida y una delicia para los ojos, y que el árbol era apetecible para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió también. Efectivamente se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; por lo cual cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales.
Cuando oyeron el rumor de Yahvé Dios que se paseaba en el jardín al tiempo de la brisa del día, Adán y su mujer se ocultaron de la vista de Yahvé Dios por entre los árboles del jardín. Yahvé Dios llamó a Adán y le dijo: “¿Dónde estás?” Éste contestó: “Oí tu paso por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. Mas Él dijo: “¿Quién te ha dicho que estás desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del cual te prohibí comer?” Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.” Dijo luego Yahvé Dios a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” Y contestó la mujer: “La serpiente me engañó, y comí.”
Entonces dijo Yahvé Dios a la serpiente: “Por haber hecho esto, serás maldita como ninguna otra bestia doméstica o. salvaje. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje; éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar.”
Después dijo a la mujer: “Multiplicaré tus dolores y tus preñeces; con dolor darás hijos a luz; te sentirás atraída por tu marido, pero él te dominara.”
A Adán le dijo: “Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que Yo te había prohibido comer, será maldita la tierra por tu causa; con doloroso trabajo te alimentarás de ella todos los días de tu vida; te producirá espinas y abrojos, y comerás de las hierbas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella fuiste tomado. Polvo eres y al polvo volverás.”
Adán puso a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes. E hizo Yahvé Dios para Adán y su mujer túnicas de pieles y los vistió. Y dijo Yahvé Dios: “He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora, pues, no vaya a extender su mano para que tome todavía del árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre.”
Después Yahvé Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que labrase la tierra de donde había sido tomado. Y habiendo expulsado a Adán puso delante del jardín de Edén querubines, y la fulgurante espada que se agitaba, a fin de guardar el camino del árbol de la vida.
Consideremos las consecuencias:
– a) El pecado: el demonio utiliza a la mujer en lo que tiene de mujer.
– b) El castigo: la condición de la mujer se transforma para ella en gran pena. Es decir, antes del pecado original los hombres eran desiguales entre sí, y existía una desigualdad entre el hombre y la mujer. Por lo tanto, la desigualdad no es fruto del pecado original. Ciertamente éste aumenta y profundiza las desigualdades y las convierte en un problema, dejando de ser una ventaja como era antes.
Lo natural para la mujer, aquello para lo cual Dios la creó, se hizo gravoso y penoso: Dijo asimismo a la mujer: multiplicaré tus trabajos en tus preñeces; con dolor parirás los hijos.
La desigualdad y la sumisión de la mujer respecto del hombre existía también en el estado de justicia original, antes del pecado.
Esta sujeción se hizo penosa y a modo de castigo a causa del pecado: Estarás bajo la potestad de tu marido.
He aquí el problema femenino: darás a luz con dolor y te dominará tu marido.
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4.- En la sociedad moderna, como hizo al principio, el demonio va a utilizar a la mujer para destruir el orden cristiano:
– contra la castidad, va a esgrimir la sensualidad
– contra la pobreza, va a sugerir el materialismo (lujos, etc.)
– contra la obediencia, y exaltar la emancipación
– contra el sacrificio, va a publicitar la renuncia a la maternidad
Todo esto lleva a la destrucción de la familia cristiana.
En general podemos decir que los cambios operados en el mundo han ocasionado:
* en el ámbito económico, el crecimiento del capitalismo, el desarrollo de las grandes industrias, la aglomeración de la gente en las grandes ciudades, la crisis de vivienda y de vida, la miseria, etc.
* en el dominio social, conflictos políticos, trastornos de las condiciones sociales, dependencia del individuo respecto del estado, etc.
Más particularmente han obligado a la mujer a preocuparse de su salario y, con ello, a proclamar su igualdad de derechos con el hombre, su emancipación y todas las otras consecuencias del espejismo de una vida libre.
Nota 1: la mujer no ha sido hecha para ganar plata, sino para gastarla; y no se puede convertirla en filón (o, como dice el lunfardo, en «mina»), sino por medio de algún modo de prostitución.
Nota 2: si reflexionase bien, la mujer se daría cuenta de cómo no pocas veces aquel suplemento de ganancia que ella obtiene trabajando fuera de la casa a costa de grandes sacrificios personales y familiares, es fácilmente devorado por otros gastos (vestido, viajes, etc.) y hasta también por despilfarros ruinosos para la economía familiar.
Estas influencias la han llevado a un ritmo vertiginoso, a salir del hogar para llevarla en medio del mundo a desempeñar cualquier cargo y función (para los cuales no fue dotada), a la par que no se desarrollaron paralelamente sus virtudes sobrenaturales.
De allí se han derivado la corrupción de las costumbres y la pérdida del respeto por la mujer.
La dignidad de la mujer se ve en peligro porque, en medio de las circunstancias exteriores que cambian, la naturaleza, el carácter y el temperamento femenino no cambian sustancialmente, y tampoco la naturaleza humana de los demás ha cambiado ni ha perdido los estigmas y heridas del pecado original.
Una vez más, reflexionemos sobre lo escrito por Fray Mario José Petit de Murat en su libro El buen amor:
La aguda intuición de la mujer pareciera hoy que se ha de extinguir. Se mueve casi automáticamente, sin que el caudal afectivo de su alma intervenga demasiado en nada. Ejerce su función de sorprender al varón con un fondo de derrota gustada de antemano. Desde que éste la ignora y la ha localizado en categorías niveladoras, animales, y en un mundo de números, comercio y especializaciones, ella también se ha perdido de vista y, como criatura vacante, se aplica con desgano a cualquier cosa como diciendo: «no sé para qué vivo».
Asombra ver cómo esa estructura esencial de la mujer, si no está calibrada por virtudes de resistencia y compensación, la desposa de inmediato con la realidad que la rodea, sin evasión posible. El hombre se refugia con facilidad en ideologías, oficios, artes, construcciones mentales, que satisfacen sólo en el plano mental sus aspiraciones humanas, mientras, a expensas de esa satisfacción ficticia, su vida va perdiéndose en días vulgares. La mujer, no. Si encuentra ocupación deshumanizante, sin contenido real (como lo es, por ejemplo, un empleo burocrático), se entrega íntegramente a él hasta el punto de que la esterilidad propia de dicho empleo la plasma, matando paulatinamente su rica plasticidad expresiva, la femineidad de su espíritu y de su cuerpo, hasta convertirla, aunque esté casada y con hijos, en la imagen de un árbol seco, sin frutos.
Los criterios igualitarios en boga la han lesionado profundamente. Varón y mujer no son iguales, sino distintos y mutuamente complementarios en vista a componer una naturaleza humana total en un determinado orden. El hombre no puede tratar a la mujer con los modos que trata a los otros hombres. Como consecuencia, la naturaleza se retrae inconscientemente dentro de la mujer y ésta, aunque esté actuando junto al hombre, se ausenta del mundo de los hombres: por una parte, se disloca, retraída; por otra, anhelando el lugar perdido, se recubre de artificios, busca ser novedad y sorpresa cada día, con lo cual parece clamar a la desesperada: «¡Véanme!, yo también existo».
Visto de este fondo psíquico, no extraña el hecho de que, cuando se decretó su libertad y equiparación de derechos con el hombre, no se le haya ocurrido otra cosa que usarlos para ratificar públicamente su dependencia de él.
Hoy, mientras las ideologías que corren en zonas de ficción proclaman la liberación de la mujer, las convicciones reales transmitidas a ella por el varón en el diario vivir la rebaja de su condición de persona humana a carne subsidiaria del apetito del hombre, y la mujer, tan receptiva como es de la mentalidad del varón, las vive y las ejecuta como si fueran suyas propias. No discrimina modas, ni tratos, ni «diversiones», sabe que está en derroteros de ruina, es consciente de que día tras día como mujer- persona pierde pie, que va hundiéndose en el lodo anónimo de ser considerada nada más que un poco de carne codiciada por breves instantes y, sin embargo, extorsiona su naturaleza, la decora con atuendos y actitudes estridentes con tal de entrar en la zona de esa codicia, la única que le han dejado para existir.
Al igual que con todos los problemas relacionados con el pecado, la única solución verdadera es la gracia de Nuestro Señor Jesucristo.
Por ejemplo, el duro y rígido control del hombre sobre la mujer que se manifiesta en todas las culturas no cristianas, y que resurge cada vez más en nuestra propia cultura anticristiana, en un matrimonio católico se convierte y la supera, por la gracia sobrenatural del Sacramento, en aquella subordinación de la mujer al hombre que está de acuerdo con la naturaleza de ambos y que es beneficiosa para los dos.
