Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

OCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Colecta del 7º Domingo de Pentecostés: Oh Dios, cuya Providencia no se engaña en sus disposiciones, te suplicamos humildemente apartes todo lo dañino, y nos concedas todo lo provechoso.

Poscomunión del 7º Domingo de Pentecostés: Haz, Señor, que tu medicinal operación nos libre clemente de nuestras perversidades, y nos lleve a las cosas rectas.

Colecta del 8º Domingo de Pentecostés: Te suplicamos, Señor, nos concedas propicio el espíritu de pensar y hacer siempre lo que es recto; para que, los que no podemos existir sin Ti, podamos vivir conforme a Ti.

Colecta del 9º Domingo de Pentecostés: Abre, Señor, los oídos de tu misericordia a las preces de los que te suplican: y, para que puedas satisfacer los deseos de los que te ruegan, haz que te pidan lo que a Ti te es grato.

No sólo las oraciones del Domingo pasado, sino también las del presente y próximo, nos hablan, directa o indirectamente, de la divina Providencia.

Es un tema siempre actual e importante de precisar y profundizar.

Ante todo, es necesario reconocer que existe la Providencia en Dios.

En efecto, todo lo bueno que hay en los seres ha sido creado por Dios. Pero en las criaturas se halla el bien, no sólo en su substancia, sino también en cuanto al orden de aquellas a su fin; y especialmente al fin último, que es la bondad divina.

Luego Dios es también el autor de este bien de orden, existente en las cosas creadas.

Y, puesto que Dios es la causa de las cosas por su entendimiento, y de igual manera debe en Él preexistir la razón de cada uno de sus efectos; es necesario que la razón del orden de las cosas a su fin preexista en la mente divina; y esta razón es la que propiamente llamamos Providencia.

La Providencia es, pues, la misma razón divina constituida en Príncipe soberano de todos los seres, y que todo lo dispone, pues la Sabiduría divina alcanza de fin a fin con fortaleza, y todo lo dispone con suavidad.

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En cuanto a la universalidad de la Providencia, como expone Santo Tomás, es preciso decir que todo está sometido a la Providencia, no sólo en general, sino también en particular, hasta en los pormenores más insignificantes.

Ello es evidente. Porque como todo agente obra por un fin, la ordenación de los efectos de Dios, agente supremo, llega tan lejos como la causalidad divina.

Pero ésta se extiende a todos los seres, no sólo en lo que tienen de común los unos con los otros, mas también en lo que cada uno tiene de más particular, en la individualidad propia de cada uno.

De donde es necesario que todo aquello que de cualquiera manera ha recibido de Dios la existencia, haya sido ordenado por Dios a determinado fin, según aquellas palabras de San Pablo a los Romanos: Todo lo que es de Dios, por Él ha sido ordenado.

Es necesario reconocer que, estando todas las causas particulares contenidas en la causa universal, es imposible que algún efecto eluda el orden de esta.

Todo efecto que se sustrae al orden de una causa particular, se dice casual o fortuito respecto a esta causa. Pero, en cuanto a la causa universal, cuya influencia no puede eludir, dícese previsto y provisto. Dios prevé y provee.

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Y aquí entramos en dificultades… Pues hay una gran diferencia entre el que tiene cuidado de una cosa particular, y el que provee a todo; puesto que el proveedor particular aleja, en cuanto está de su parte, lo defectuoso de lo que está sometido a su cuidado; mientras que el que provee a todo, permite algún defecto a ciertos seres, a fin de no perjudicar a la perfección del conjunto.

De aquí resulta que las alteraciones y los defectos en los seres naturales se dicen contrarios a la naturaleza particular; mas son conformes al plan de la naturaleza universal, en cuanto que el defecto de uno redunda en bien de todo el universo, porque la corrupción de un ser es causa de la generación de otro, por la cual se conserva la especie.

Por consiguiente, extendiendo Dios su Providencia universalmente a todos los entes, entra en su designio el permitir ciertos defectos en algunos seres particulares, para no impedir la perfección del universo. Si no hubiera algunos males, faltarían muchos bienes al universo.

Por lo cual dice San Agustín: Dios omnipotente de ningún modo consentiría mal alguno en sus obras, si su poder y su bondad no fuesen tan grandes para sacar bien aun del mal.

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También es provechoso saber que la Providencia de Dios se ejerce inmediatamente sobre todos los seres, en cuanto a la razón del orden; mas en cuanto a su ejecución se ejerce mediante algunas otras causas.

La Providencia comprende dos cosas: la razón del orden, según el cual las cosas se dirigen a su fin; y la ejecución de este designio, que es lo que se llama gobierno.

En cuanto a la razón del orden, Dios provee inmediatamente por sí a todos los seres, porque Dios los tiene a todos en su mente, hasta el más ínfimo; y a cada una de las causas, a que asignó algunos efectos, les dio la virtud de producir los tales efectos, por consiguiente es preciso que haya existido previamente en su misma razón el orden de todos los referidos efectos.

Respecto la ejecución de este designio, la divina Providencia se sirve de ciertos medios; puesto que gobierna lo inferior por lo superior, no por defecto de su Poder, sino por la redundancia de su Bondad, comunicando la dignidad de causalidad aún a las criaturas.

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Otro tema es que la divina Providencia impone necesidad a algunos seres, más no a todos, según la naturaleza de las causas, que respectivamente les tiene asignadas.

En efecto, es propio de la Providencia ordenar las cosas con arreglo a su fin.

Después de la Bondad divina, el bien principal que existe en las criaturas es la perfección del universo; la cual no existiría, si no se encontrasen en ellas todos los grados del ser.

A la Providencia de Dios pertenece pues producir todos estos grados. Por esta razón ha preparado causas necesarias para ciertos efectos, a fin de que se produjesen necesariamente; así como también ha dispuesto causas contingentes para los que deben acontecer de una manera contingente, según la respectiva condición de las causas próximas.

La Providencia de Dios tiene, pues, por efecto, no solamente hacer que las cosas se realicen de una manera cualquiera, sino contingente o necesariamente.

De este modo, lo que la Providencia tiene decretado se verifique infalible y necesariamente, se realiza infalible y necesariamente; y contingentemente lo que ha dispuesto que así se efectúe.

La certeza y estabilidad del orden fijado por la divina Providencia consisten en que las cosas sucedan todas de la manera que las ha previsto y provisto, ya de un modo necesario, o ya de un modo contingente.

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Por lo tanto, no menos que la universalidad de la Providencia, se afirma en el Evangelio la infalibilidad de la misma respecto de todo cuanto acontece; se extiende incluso a los secretos de los corazones y a nuestros actos libres futuros.

El Evangelio nos manifiesta aún más a las claras, si cabe, que el gobierno divino ordena todas las cosas para un bien superior y eterno; y que permite el mal, el pecado, del cual en manera alguna es Él la causa, para un bien mayor.

A la luz de esta doctrina revelada escribe San Pablo a los Romanos: Nos gloriamos también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. La esperanza nunca engaña, porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado… Sabemos también nosotros que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que él ha llamado según su eterno decreto.

Este último texto resume todos los anteriores relativos a la universalidad e infalibilidad de la Providencia, que ordena todas las cosas para el bien, aun el mal mismo que permite, sin ser de Él causa.

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Pero queda una cuestión por resolver: ¿qué conocimiento podemos tener del gobierno divino?…, porque existen, ciertamente, los claroscuros del plan providencial…

Es cosa para nosotros manifiesta la Providencia divina, si bien ciertos caminos de la misma son inescrutables; los cuales, sin embargo, como advierte Jesucristo, aparecerán sencillos a los pequeños y humildes; la humildad abre a éstos las puertas de los profundos abismos de Dios.

Uno de ellos, sobre todo, es el misterio de la Redención, es decir, de la dolorosa Pasión y sus consecuencias… Otro es el misterio de la Salvación…

He ahí uno de los claroscuros más llamativos del plan providencial. Aquí está el misterio de que habla San Pablo en su Carta a los Romanos. Puede resumirse en estas palabras: Por un lado, Dios no manda nada imposible y quiere la salvación de todos; por otro lado, como dice San Pablo, ¿qué cosa tienes tú que no las hayas recibido? Nadie sería mejor que su prójimo, de no ser más amado de Dios, cuyo amor a nosotros es fuente de todo bien…

Y cuanto más luminosas y ciertas son estas dos verdades tomadas por separado, tanto más oscura nos resulta la conciliación íntima de las mismas, porque en el fondo es la armonía de la infinita Justicia, de la infinita Misericordia y de la Libertad soberana. Ellas se armonizan en la Deidad o en la vida íntima de Dios, misterio tan inaccesible a nuestra inteligencia.

Estos caminos de la Providencia son oscuros para nosotros por la excesiva luz que irradian para ojos tan flacos como los de nuestro espíritu; y los sencillos y humildes admiten sin dificultad que estos caminos superiores, no obstante ser oscuros y ásperos, están llenos de bondad y de amor.

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De todo lo dicho se desprende que el abandono en la Providencia divina es un ejercicio excelentísimo de las tres virtudes teologales, por cuanto en él se encierra un gran espíritu de fe, de esperanza y de caridad.

Y cuando el abandono, lejos de tenernos con los brazos cruzados, como a los quietistas, va acompañado de la práctica humilde y generosa de los deberes cotidianos, es uno de los caminos más seguros para llegar a la unión con Dios y conservarla en medio de las mayores pruebas.

Es importante precisar el sentido y el alcance de la verdadera doctrina del abandono en la voluntad de Dios, para evitar sofismas que corren con apariencia de perfección cristiana.

Veamos primero por qué y en qué cosas hemos de abandonarnos en manos de la Providencia.

¿Por qué debemos abandonarnos en manos de la Providencia?

A esta pregunta responderá cualquier cristiano: porque la Providencia es Sabiduría y Bondad.

Cierto; mas para comprenderlo bien y a fin de evitar el error quietista, que renuncia a la esperanza y a la lucha necesaria para la salvación, y por no incurrir en el otro extremo, que consiste en la inquietud, en la precipitación y en la agitación febril y estéril, conviene enunciar cuatro principios, accesibles a la razón natural y llanamente contenidos en la Sagrada Escritura, los cuales, a la vez que declaran la verdadera doctrina, muestran también los motivos que nos han de resolver a abandonarnos en las manos de Dios.

El primero de ellos es: Nada sucede, que de toda eternidad no haya Dios previsto y querido, o por lo menos permitido.

No sólo ha previsto cuanto sucede y ha de suceder, mas también ha querido cuanto de bueno y real hay en las cosas, con excepción del mal, del desorden moral, que sólo permite con miras a bienes mayores.

El segundo principio es: Dios no puede querer ni permitir cosa que no esté conforme con el fin que se propuso al crear, es decir, con la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones y con la gloria del Verbo encarnado, Jesucristo, su Unigénito.

A estos dos principios se añade otro tercero, formulado por San Pablo: Sabemos que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos que Él llamó según su eterno decreto y perseveran en su amor.

Dios hace que contribuyan al bien espiritual de sus almas, no sólo las gracias que les dispensa y los dones naturales que les concedió, mas también las enfermedades, las contradicciones, los fracasos, aun las mismas faltas, dice San Agustín, que permite para llevarlos al puro amor por el camino seguro de la verdadera humildad.

Estos tres principios nos dicen en sustancia: Que nada sucede que no haya Dios previsto; que cuanto Dios quiere o permite es para la manifestación de su bondad y de sus infinitas perfecciones, para gloria de su Hijo y para bien de los que le aman.

De aquí se desprende que nuestra confianza en la Providencia nunca pecará de excesivamente filial y firme.

Finalmente, el cuarto principio, tan cierto como los anteriores: es evidente que el abandono a nadie exime de hacer lo posible por cumplir la voluntad de Dios significada en los mandamientos, en los consejos y en los sucesos; pero cuando realmente hayamos querido cumplirla todos los días, podemos y debemos abandonarnos en lo demás a la voluntad divina de beneplácito, por misteriosa que nos parezca, evitando la vana inquietud y la agitación.

Formuló este cuarto principio de una manera equivalente el Concilio de Trento (sess. 6, c. 13) al decir que todos debemos esperar firmemente el socorro de Dios y confiar en Él, esforzándonos por cumplir sus preceptos.

El abandono sería pereza, de no ir acompañada de la cotidiana fidelidad, que es como el trampolín para lanzarse con seguridad hacia lo desconocido. La fidelidad cotidiana a la voluntad divina significada nos da derecho de abandonarnos plenamente en el porvenir a la voluntad divina de beneplácito, todavía no significada.

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¿En qué cosas hemos de hacer abandono en manos de la divina Providencia?

Ajustada nuestra vida a los principios que acabamos de exponer, una vez cumplido cuanto nos ordena la ley de Dios y la prudencia cristiana, hemos de hacer abandono total en las manos de la divina Providencia.

¿Cómo se ha de entender esto?

Significa primero que hemos de dejar a Dios el cuidado de nuestro porvenir, lo que haya de ser de nosotros mañana.

Hemos de poner asimismo en sus manos el momento presente, con las dificultades que quizá lo entenebrecen; y también nuestro pasado, es decir, nuestras acciones pasadas con sus consecuencias.

Cuanto atañe al cuerpo, como salud y enfermedad, y lo que se refiere al alma, como alegrías y trabajos, todo se ha de entregar confiadamente a la solicitud paternal del Señor. Hasta el juicio benévolo o maligno de los hombres hemos de descuidar en manos de la divina Providencia.

De lo expuesto se desprende que, de hacer lo que está de nuestra parte para cumplir nuestros deberes cotidianos, podemos en lo demás abandonarnos con filial confianza en manos de la divina Providencia.

Veamos ahora la manera de hacer abandono de nosotros en manos de la Providencia, cuál ha de ser el espíritu que en ello nos guíe y en qué virtudes se ha de inspirar.

No es lo mismo el abandono en los acontecimientos independientes de la voluntad humana, que cuando se trata de las injusticias de los hombres o de nuestras propias faltas y de las consecuencias que de ellas se siguen.

En las cosas que no dependen de la voluntad humana, como los accidentes imprevistos, las enfermedades incurables, el abandono nunca pecará de excesivo. La resistencia, además de inútil, sólo servirá para aumentar nuestra desventura; mas la aceptación acompañada de espíritu de fe, de confianza y de amor realza el mérito de los trabajos inevitables.

De esta manera la práctica del abandono convierte las pruebas actuales o venideras en medios de santificación, tanto más eficaces, cuanto mayor es el amor que lo inspira.

Tratándose de las injurias, de los juicios inmerecidos, de las afrentas y detracciones, cuando sólo atañen a nuestra persona, debemos estar dispuestos a soportarlo todo con paciencia.

Pero a veces conviene contestar, bien sea en provecho del que insulta, para refrenar su audacia, bien sea para evitar el escándalo que pudiera nacer de las detracciones o calumnias. Y cuando sea el caso de responder y resistir de este modo, hemos de abandonar en manos de Dios el éxito de la diligencia.

En otros términos: debemos deplorar y reprobar las injusticias, no por ser lesivas de nuestro amor propio u orgullo, sino porque ofenden a Dios y ponen en peligro la salvación de aquellos que las infieren, y también de aquellos que por las mismas pudieran extraviarse.

Por lo que hace a nosotros, en la injusticia de los hombres hemos de ver la justicia divina, que permite este mal para darnos ocasión de expiar faltas reales que nadie nos echa en cara.

Conviene también ver en ello la misericordia divina, que quiere desasirnos de las criaturas, librarnos de nuestros afectos desordenados, del argullo, de la tibieza, poniéndonos en la apremiante necesidad de recurrir a la oración de ferviente súplica.

Cuando se trate de nuestras propias faltas, se han de distinguir dos aspectos en nuestras faltas y en sus consecuencias: de un lado, el desorden y la culpa; del otro, la saludable humillación.

En lo que mira al desorden, por mucho que proteste el amor propio, nunca lo lamentaremos bastante, por ser ofensa de Dios y daño de nuestra alma, y, por lo general, también de la del prójimo.

En cuanto a la humillación saludable que resulta del mismo, hemos de aceptarla gustosos abandonándonos completamente en las manos de Dios.

La humillación que nace de las faltas cometidas es el mejor remedio contra la exagerada estima de nosotros mismos, que muchas veces guardamos a pesar de la desconsideración o del menosprecio de los demás.

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Hagamos nuestras las oraciones de la Iglesia:

Oh Dios, cuya Providencia no se engaña en sus disposiciones, te suplicamos humildemente apartes todo lo dañino, y nos concedas todo lo provechoso.

Haz, Señor, que tu medicinal operación nos libre clemente de nuestras perversidades, y nos lleve a las cosas rectas.

Te suplicamos, Señor, nos concedas propicio el espíritu de pensar y hacer siempre lo que es recto; para que, los que no podemos existir sin Ti, podamos vivir conforme a Ti.

Abre, Señor, los oídos de tu misericordia a las preces de los que te suplican: y, para que puedas satisfacer los deseos de los que te ruegan, haz que te pidan lo que a Ti te es grato.