ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Novena entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
Continuación…
Recepción de Lacunza en Chile
René MILLAR CARVACHO
Nota de Radio Cristiandad: publicamos el presente trabajo por lo que tiene de contenido histórico. De suyo va que no compartimos los juicios personales del autor sobre la obra del Padre Lacunza.
En primer lugar hay que señalar que las propuestas milenaristas de Lacunza nunca han tenido en Chile una repercusión significativa a nivel popular y, al igual que en otras partes, su influencia se ha limitado a círculos eclesiásticos e intelectuales. Es posible que ese fenómeno se explique, como lo plantea Mario Góngora, por el carácter mismo de la obra del jesuita, que no contiene propuestas que sirvan para despertar la imaginación de los sectores populares. Por el contrario, al decir de dicho autor, los planteamientos utópicos de Lacunza tienen un viso racionalista que les resta atractivo para el común de la población (1).
Pero si bien el utopismo de Lacunza no ha logrado penetrar en la fantasía popular, sí ha resultado atractivo y ha despertado interés en miembros del clero y en algunos estudiosos, ya sea para criticarlo o defenderlo. Lo curioso es que cada cierto tiempo el milenarismo lacunciano reaparece de cara a la opinión pública, a través de artículos y libros, haciendo que se mantenga vivo el interés en torno a él. ¿Cuál es la razón de esa vitalidad en los ámbitos mencionados? No resulta fácil explicar el fenómeno, pero sin duda que influyen las cualidades de la obra misma, su carácter controvertido y sobre todo el interés universal que ella despertó. De hecho es la obra erudita escrita por un autor chileno que mayor repercusión ha tenido a nivel mundial y en consecuencia Lacunza ha pasado a ser la figura intelectual nacional de más trascendencia. Esa sería, a nuestro juicio, la circunstancia que explica por qué el milenarismo de Lacunza es un tema recurrente en ciertos ámbitos que van más allá de lo religioso.
En relación con las repercusiones de la obra de Lacunza en Chile podemos distinguir cuatro períodos.
El primero correspondería a la recepción de La Venida del Mesías entre las décadas de 1790 y 1820, es decir al periodo comprendido entre los años inmediatamente posteriores al término de la obra y los que concluyen con la edición inglesa de 1826.
El segundo sería el que se extiende entre el primer centenario de la muerte del autor y fines de la década de 1910.
El tercer periodo es el de los años treinta y cuarenta, que tiene como protagonista al padre Salas y sus discípulos.
El último es el que se extiende desde la década de 1950 hasta el presente.
En cada uno de esos períodos, las razones que tienen aquellos que se interesan por la obra de Lacunza son diferente y responden a criterios que en algunos casos son absolutamente contrapuestos En consecuencia no es extraño que Lacunza fuese interpretado en ciertos casos en clave conservadora y en otros en liberal o incluso bajo el prisma de la teología de la liberación.
1. Repercusiones de la obra de Lacunza en sus contemporáneos
La Venida del Mesías en Gloria y Majestad se conoció en Chile por copias manuscritas antes de que fuera editada furtivamente por primera vez en Cádiz en 1812. Algunas de ellas fueron traídas por el amanuense de Lacunza e incluso él mismo mandó una a un amigo (2).
Entre los chilenos residentes en el país que en un primer momento figuran relacionados con la obra de Lacunza, además del amanuense, se encuentra el canónigo de la catedral de Santiago y vicario capitular José Antonio Martínez de Aldunate. Este personaje en el desempeño de ese cargo, contribuyó a consolidar en el país la devoción del Sagrado Corazón de Jesús y merced a su amistad con Lacunza, que actuó en Roma como mediador, obtuvo del Papa que se le concediese al clero de la diócesis el oficio litúrgico y la misa correspondiente a dicha devoción (3). En consecuencia, todo parece indicar que la posesión por parte de Martínez de Aldunate de la obra de Lacunza no obedece a una preocupación especial por ese tipo de temas sino que más bien sería consecuencia de la relación de amistad entre ambos personajes.
Otro de los que aparece relacionado con la temprana circulación de la obra de Lacunza es Ignacio Andía y Ciruela, quien poseía un ejemplar que él mismo había copiado. Este personaje era primo hermano de Lacunza y el que se haya dado el trabajo de transcribir el texto se explica debido a que por años se desempeñó como secretario de altas autoridades del reino en virtud de sus dotes de calígrafo. En San Felipe, en donde residía debido a su trabajo burocrático, se dedicó a leer la obra de su primo, decidiendo finalmente copiarla con el cuidado y prolijidad cultivada en sus años de calígrafo (4). Pareciera que su relación con la obra de Lacunza tiene un carácter más bien afectivo, vinculado a su relación de parentesco.
También circuló en Santiago un resumen del libro de autor desconocido, que tiene por fecha el año 1803 (5). El manuscrito tiene 27 páginas y está estructurado en 40 párrafos y dos partes. En la primera se refiere a la forma como se organiza la obra. Comienza diciendo que el autor se figura que un rabino convenido al cristianismo le explica a un sabio católico la Biblia en sentido literal. En ese proceso le «hace ver que hay dos venidas del Mesías a la tierra». Una, a pasar los trabajos y miserias que culminan en el rechazo por parte de la Sinagoga y en su muerte; «y la otra, en gloria y majestad a reinar en la tierra, reuniendo todas las Tribus de Israel perdidas». El extracto, si bien es un tanto confuso, permite formarse una idea acerca de las tesis contenidas en el libro de Lacunza. De dicho resumen se desprende que el autor era un admirador de la obra, como lo refleja la defensa que hace de la verosimilitud de la profecía referente a la corrupción de la corte romana.
El primer escrito que motivó la obra de Lacunza ya impresa corresponde al elaborado por Judas Tadeo Reyes en 1820. Este personaje, nacido en Santiago en 1756, se había desempeñado por más de treinta años como secretario de los diferentes gobernadores a partir de Ambrosio de Benavides. Estrecheces económicas derivadas de su temprana orfandad le impidieron obtener grados universitarios. Sin embargo, merced a su gran inteligencia, a su inclinación al estudio, a sus cualidades como calígrafo, a su rigorismo ético, lealtad, eficiencia y buen criterio, se transformó en un colaborar indispensable para quienes ejercían el cargo más importante del reino. Siempre dio muestras de una profunda fe religiosa, al mismo tiempo que expresaba una lealtad a toda prueba hacia el monarca. En un hombre conservador, enemigo de las novedades, funcionario y defensor del Tribunal de la Inquisición y contrario a los movimientos revolucionarios que desembocaron en la Independencia. Su posición política le llevó al exilio en Lima, en donde para ocupar su tiempo y amortiguar los desagrados se dedicará a leer y a preparar diversos escritos de carácter religioso (6).
De las obras que escribió en Lima, la más significativa fue la que elaboró para rebatir el libro de Lacunza. Le puso por título Impugnación a la obra del P Lacunza sobre el Reino Milenario titulada La venida del Mesías en gloria y majestad. Dada la mentalidad de Judas Tadeo Reyes, muy contraria a las ideas novedosas y polémicas, al tiempo que terco defensor de la ortodoxia católica, era lógico que considerara peligrosas las doctrinas que exponía Lacunza. No puede omitirse que en 1812 el ex secretario de la presidencia escribía un panegírico de la Inquisición. En ese escrito junto con justificar la existencia de dicha institución mostraba su preocupación por el alcance de las ideas impías y hacía un llamado para que, dados los tiempos que se vivían, se estuviera atento a desenmascarar a los enemigos internos de la Iglesia. (7)
El texto manuscrito de Judas Tadeo Reyes tiene 155 páginas, está dividida en 246 párrafos y consta de una introducción, una parte central con tres capítulos, conclusión, anexos y epilogo. Como él mismo lo señala, no pretende efectuar una crítica a toda la obra de Lacunza sino a su aspecto esencial, que está contenido en el capítulo quinto. Manifiesta también, que decidió efectuar la impugnación por tratarse de una obra mandada recoger por edicto de la Inquisición de España, publicado en las iglesias de Lima en 1820. Pero sobre todo lo que lo motivó fue «el estilo y la novedad de su asunto, que son seductivos y le han granjeado partido en el público antes de haberse examinado con circunspecto estudio» (8).
A su juicio, en «necesario combatir cualquier error ahora más nunca con entereza sin que se deje adormecer el celo religioso».
Relación directa con la Impugnación, tienen las cartas del vicario Apostólico, monseñor Juan Muzi, y de su secretario José Sallusti que en 1824 enviaron a Judas Tadeo Reyes felicitándolo por la refutación que hace de las «perniciosas novedades» que expone el ex jesuita. El Vicario, que dice haber leído la obra de Lacunza aplaude la defensa que Reyes hace «de la antigua regla de interpretación de las Sagradas Escrituras» y estima inexplicable que «un hombre verdaderamente católico, so pretexto de seguir el sentido literal de la S. Escritura, eliminar el sentido espiritual». Por su parte, el secretario Sallusti se refiere en términos también elogiosos hacia Judas Tadeo Reyes y censura con dureza a Lacunza «por el desprecio que hace de la Iglesia Romana y de los Santos Padres, atreviéndose a decir que la primera es la Babilonia reprobada» (9).
Una última manifestación relacionada con la receptividad de la obra de Lacunza en sus contemporáneos la encontramos en el caso de Fray José María Bazaguchiascúa. Natural de Cuyo, franciscano, profesor de teología en el Colegio de San Diego, en el Convento máximo y en el Instituto Nacional. Comprometido desde muy temprano con los ideales de la Emancipación política, ejerció una fuerte influencia en toda una generación de jóvenes que se destacaron en la vida pública nacional. Bazaguchiascúa, en el prólogo a la edición que hizo de la obra milenarista de Fray Antonio Esquivel, titulada Exposición chronohistórica de la Regla de Nuestro Padre San Francisco, Santiago, 1820, se manifiesta partidario de una renovación espiritual a partir del evangelio. En ese texto, también hará referencia a la obra de Lacunza, a la que considera «justa, buena y útil e inmerecidamente acusada de libertina, herética y perturbadora de la paz» (10).
A modo de conclusión de este apartado sobre el impacto inicial de la obra de Lacunza en Chile, habría que señalar en primer lugar, que ella se conoció aquí muy pronto, todavía en vida del autor y por cierto bastantes años antes que se imprimiera por primera vez en Cádiz. A Chile llegó precedida de gran fama y de su carácter polémico, lo que se aprecia tanto en el extracto como en la impugnación. Las copias manuscritas circularon merced a los compañeros de exilio de Lacunza y a sus amistades y todo parece indicar que no dejaron indiferente a los lectores, algunos de los cuales sintiéndose muy favorablemente impresionados por ella la recomendaron o estuvieron dispuestos a hacer circular un extracto de la misma. Otros la vieron como un peligro para la ortodoxia católica y partidaria de ideas novedosas y discutibles en un momento muy especial donde se estaba cuestionando demasiados principios y estructuras. Aunque son pocas las noticias especificas respecto a sus lectores queda la sensación de que causó revuelo y fue discutida, ya sea por las ideas que contenía, como por los comentarios y acogida que tuvo en otros lugares y también por tratarse de un autor chileno. Todo parece indicar, que sectores conservadores la vieron como un peligro para la ortodoxia religiosa y por el contrario, otros de inspiración liberal la consideraron valiosa y útil por ir contra interpretaciones tradicionales.
2. Lacunza en la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX
Al extinguirse la generación contemporánea de Lacunza y la que vivía cuando aparecieron las primeras ediciones de La venida del Mesías, el interés por ella disminuyó de manera radical. Por cierto que ese no fue el único factor, pues no se puede dejar de considerar el efecto negativo que tuvo para su circulación el que hubiese sido incluida en el Índice de libros prohibidos (11). Lo cierto es que durante bastantes años sólo aparecieron referencias marginales a la obra, que a veces se utilizaron para fundamentar determinadas posiciones doctrinarias o políticas. En todo caso la mayoría de los autores que se refieren a Lacunza y su obra en la segunda mitad del siglo XIX lo hacen en términos más bien críticos, pero siempre reconociendo las dotes y erudición del autor (12).
El centenario de la muerte de Lacunza sirvió de punto de partida a los estudios que realizará el sacerdote Miguel Rafael Urzúa; sin embargo, habrá que esperar hasta la década de 1910 para que se reactive el interés en torno al milenarismo lacunciano. En 1911 se publicó en Roma y en latín la obra póstuma del presbítero Rafael Eyzaguirre, titulada Apocalipseos interpretatio litteralis ejusque cum aliis libris sacris concordantia. Siguiendo un determinado método de interpretación de las escrituras, comenta el Apocalipsis de manera sistemática para mostrar qué profecías se habían cumplido y cuáles esperaban su realización. Ente éstas señala la conversión de los judíos, el triunfo de Cristo sobre Satanás, el establecimiento del reino milenario, la pérdida de la religiosidad y la resurrección general y el juicio final. Esas tesis reflejan una influencia más o menos clara de Lacunza, aunque Eyzaguirre critica su interpretación de la bestia del Apocalipsis (13).
En esos años se publicarán artículos y libros sobre el tema y se generará una viva polémica a través de las páginas de la Revista Católica y de algunos periódicos de Santiago. Los principales protagonistas de tales debates fueron el ya citado Miguel Rafael Urzúa, Olegario Lazo, Emilio Vaisse y Ricardo Dávila. La polémica se generó a raíz de la publicación que hizo el primero de ellos de la conferencia dada en 1901 al cumplirse el primer centenario de la muerte de Lacunza y que la Revista Católica, en su oportunidad, había dejado inconclusa. En ella entrega diversos datos biográficos del autor, luego hace una breve síntesis de las ideas centrales de la obra, de las polémicas que generó y de la determinación que tomó en su contra la Congregación del Índice en 1824. Al respecto dice que ésta prohibió su lectura por pura cautela (14).
La edición de ese artículo en forma de folleto impulsó al presbítero Olegario Lazo, profesor del seminario de Santiago y con estudios en la Gregoriana de Roma (15), a escribir una réplica que publicó en varios números de la Revista Católica durante 1915. Él, a diferencia de Urzúa, considera que dicha obra se prohibió por contener proposiciones poco exactas, erróneas, peligrosas, temerarias, falsas, escandalosas, injuriosas de la Iglesia Romana y de las mismas Escrituras, como en su momento lo sostuvieron los consultores que la censuraron. Finalmente trata de desvirtuar las tesis milenaristas de Lacunza utilizando para ello una interpretación de las Escrituras a partir del sentido de algunas palabras claves en griego helenístico (16). La publicación de esta serie de artículos fue interrumpida por la Revista Católica.
También en 1915, el sacerdote francés y crítico literario Emito Vaisse publicó en la Revista Chilena de Historia y Geografía el «Extracto» de la obra de Lacunza que circuló en Santiago a comienzos del siglo XIX y que ya comentamos (17). Pocos meses antes había escrito en El Mercurio una crítica muy favorable al trabajo publicado por Urzúa el año anterior. En esa oportunidad señaló: «El articulo… es interesante y no tan sólo por la mucha luz que arroja, sino también por el denuedo con el que viene defendida la nobilísima obra del célebre jesuita chileno». Por su parte, el propio Rafael Urzúa publicó en 1917 un resumen de la obra de Lacunza de 560 páginas, que es considerado muy ajustado al original y la mejor síntesis existente hasta ese entonces. Dicho trabajo lo dedica al ex rector del Seminario de Santiago don Rafael Eyzaguirre, «vindicador del P. Lacunza en su magna obra: Apocalipseos interepretatio litteralis». A su vez, dice de la obra del exjesuita que es «una de las más admirables y fecundas producciones del entendimiento humano» (19). El libro de Urzúa motivó una crítica de Emilio Vaísse, quien, tomando ahora una postura diversa, dice. refiriéndose a la obra de Lacunza, que «no pasa de ser un cuadro de horrores, un semillero de herejías, un cardumen de insultos a la Iglesia y el más odioso ensalzamiento de los despreciables judíos sobre todas las naciones del orbe (20). A esa polémica se sumó Ricardo Dávila, crítico literario del diario La Nación y especialista en literatura griega y latina, de tendencia liberal, quien rechaza la interpretación que Lacunza hace del Apocalipsis como profecía de los acontecimientos escatológicos y sostiene que aquel se refiere a los sucesos que vivió la Iglesia en tiempos de Nerón (21).
De todos los debates anteriores resulta evidente que en la década de 1910 el tema del milenarismo lacunciano tuvo una importante presencia en ciertos círculos del país, como eran aquellos vinculados a sectores intelectuales laicos y a eclesiásticos con amplia formación teológica. De hecho será entre estos últimos donde se encuentre la mayoría de los polemistas más activos. No es claro el porqué se plantea durante esos años esa verdadera ebullición con respecto a Lacunza. Podría atribuirse por lo menos en parte al hecho de haberse cumplido en 1901 cien años de la muerte del autor. Es evidente que el punto de partida de la polémica fue la conferencia de Rafael Urzúa pronunciada aquel año, la que será editada completa en 1914. Posiblemente también pudo haber incidido el cambio de siglo, con todo lo que eso significa de aparición de inquietudes de tipo escatológico.
1. Manuel LACUNZA, La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, selección, prefacio y notas de Mario Góngora, Editorial Universitaria, Santiago 1969, Prefacio, pp. 14-15.
2. Francisco HENRICH. Historia de la Compañía de Jesús en Chile. Barcelona 1981. t IL p. 458: Alfred-Felix VAUCHER. Una celebrité oubliee. Le P. Manuel de Lacunza y Diaz (1731-1801). Collonges-sous-Saleve 1968. p. 158. Fuera de esas copias en Madrid, la revista Razón y Fe poseía otra en la que figuran las iniciales de dicho amanuense. ver F. MATEOS. El Padre Manuel de Lacunza y el Milenarismo, en revista Chilena de Historia y Geografía. 115 (1950) 147.
3. Javier GONZALEZ, José Antonio Martinez de aldunate, en Episcolpologio chileno 1561-1815, Ediciones universidad Católica, Santiago 1992, t, IV, p.607.
4. Jaime EYZAGUIRRE, Viejas imágenes, Editorial Difusión, Santiago 1947. pp. 43-75.
5. Fue publicado por Emilio Vaisse en revista Chilena de Historia y Geografía. 18 (correspondiente al segundo semestre de 1915) y su original está en Archivo Nacional de Chile.
6. Miguel Luis AMUNÁTEGUI REYES. Don Antonio García Reyes i algunos de sus antepasados, a la luz de documentos inéditos. Santiago. 1929. vol 1. pp. 47-288.
7. Ibidem, pp 190-191.
8. Una descripción referente al contenido del escrito, en Juan A NOEMI CALLEJAS, Judas Tadeo Reyes en “Anales de la Facultad de Teología” 27/2 (1976) 137s.
9. Emilio VAISSE. El Lacuncismo. Sus antecedentes y su evolución. Santiago 1917.pp. 41-49. También “Revista Chilena de historia y Geografía”, 23 (1917) 212-220,
10. Maximiliano SALINAS. José María Bazaguchiascua, en Pensamiento Teológico en Chile. Contribución a su estudio. I. Época de la Independencia Nacional. 1810-1840. en «Anales de la Facultad de Teología. 27/2 (1976) 88-98.
11. La Inquisición de España expidió un edicto el 15 de enero de 1819 mandando recoger la obra de Lacunza. A Lima habría llegado en 1820 y al decir de Judas Tadeo Reyes se fijó en la puerta de las iglesias. Por su parte, la Congregación del Santo Oficio en Roma, la incluía en el índice en septiembre de 1824. Ver Ricardo DONOSO. Prohibición del libro de Padre Lacunza en «Revista Chilena de Historia y Geografía. 135 (1967)140 y 147.
12. José Ignacio Víctor EYZAGUIRRE en su Historia Eclesiástica, política y literaria de Chile. Valparaíso 1850, es uno de los pocos que emite opiniones favorables a la misma. Por su parte, Mackernna, José Toribio Medina, Francisco Henrich y Pedro Nolasco Cruz destacan el esfuerzo y genio perdido que evidencia la obra.
13. José ARTEAGA. Cit. pp. 217-219.
14. Miguel Rafael URZÚA, El R.P Manuel Lacunza (1731-1801). Su obra “La venida del Mesías en gloria y majestad”, en «Revista Chilena de historia y geografía, 11 (1914) 272-306 y 12 (1914) 129-151.
15. Raymundo ARANCIBIA SALCEDO Diccionario biográfico del clero secular chileno (1918-1969). Santiago 1969.
16. Olegario LAZO, Lacunza y su obra, por el Prbo Miguel R. Urzúa, en “Revista Católica”.18 (1915) 448-497. 569-578. 652-656 y 725-728 y 19 (1916) 50-54.
17. “Revisa Chilena de historia y Geografía”. XIV/18, pp. 5-31.
18. “El Mercurio” 8 de febrero de 1915.
19. Miguel Rafael URZÚA. Las doctrinas del P. Manuel Lacunza contenidas en su obra “La venida del Mesías en gloria y majestad. Santiago 1917. p. 10.
20. Virgilio FIGUEROA, Biografía de Rafael Urzúa. en “Diccionario biográfico de Chile”, también “El Mercurio”, 2 de abril 1917.
21. José ARTEAGA cit. p. 221.
Continuará…
