DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Octava entrega

ff27c5a8-82b1-11df-acc7-002185ce6064_1

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

 

Continuación…

La Inquisición

En su dedicatoria (oración dirigida al Mesías), Lacunza no había podido disimular las aprensiones que le causaba la novedad del sistema que iba a propagar: “Pido, Señor, con la mayor instancia, vuestra soberana protección; de la cual tengo tanto mayor necesidad, cuanto temo, no sin fundamento, grandes contradicciones, y cuanto soy un hombre oscuro e incógnito, sin gracia ni favor humano”.

El Padre Furlong ha citado un pasaje del Diario de Luengo (1) que hacía prever que obstáculos insalvables impedirían la publicación de la obra. Ha reproducido igualmente algunas líneas de Camaño que anuncian una condenación probable, en caso de que el libro fuese impreso. Vamos a ver a continuación cuál ha sido la actitud de la Inquisición en los diversos países donde ésta tuvo oportunidad de ocuparse de La venida.

En el Virreinato del Río de la Plata

La primera noticia de la existencia de la obra de Lacunza en el Nuevo Mundo circuló en Buenos Aires, a mediados de 1787, produciendo considerable alarma. El virrey Marqués de Loreto denunció el hecho al obispo, y envió una circular a los prelados de las distintas órdenes para que con la mayor reserva indagaran si se habían introducido ejemplares del Papel Anónimo que había llegado a su conocimiento. La circular se hizo llegar a todas las autoridades religiosas del Virreinato.

El superior de la Recolección Franciscana, en su respuesta al virrey, dio algunas noticias sobre el autor del Papel Anónimo, diciendo que se trataba de un expulso de la Compañía de Jesús, que residía en Roma u otra parte de Italia, y que tenía en Buenos Aires un corresponsal con el que se carteaba. Agregaba que un letrado cordobés, hábil en letras sagradas, lo había impugnado. Este letrado era don Dámaso Vélez, cuya impugnación lleva la fecha de 14 de diciembre de 1786.

El virrey se apresuró a dar cuenta al rey de todo lo actuado, y en carta de 11 de noviembre del mismo año, se le comunicaba que remitiera al Comisario del Santo Oficio todos los ejemplares que se hubieran recogido del Papel Anónimo, para que examinara su contenido y tomara las providencias correspondientes, sobreseyendo en ulteriores diligencias por no ser la materia de la jurisdicción temporal.

Vélez, el primer impugnador de Lacunza, que había creído hacer méritos con ella para obtener alguna sinecura, regresó a su campo de Calamuchita, donde murió en 1799”. (2)

En Lima

Se puede comprobar en un pasaje de Reyes citado por Vaïsse, que el ex jesuita Javier Ignacio Zapata, compañero de exilio de Lacunza que se hizo franciscano después de la supresión de la Orden de los jesuitas, había llevado a Chile, su patria, a la cual volvió secretamente, un extracto de la obra de Lacunza.

Otro franciscano, Lorenzo Núñez, misionero del Colegio de Chillán a quien Zapata prestó el manuscrito, lo denunció a la Inquisición de Lima, la cual se apoderó del manuscrito aunque no del que lo trajo a Chile, pues Zapata consiguió huir. El pasaje de Reyes reproducido por Vaïsse muestra que la intervención del tribunal de la Inquisición de Lima ocurrió antes de 1797. Heredia indica el año 1789. (3)

Esta fecha concuerda con la indicación dada por Luengo en 1790: “Ha sido delatado a la Inquisición de la ciudad de Lima”. (4)

He aquí lo que el Padre Juárez escribió a Ambrosio Funes, en enero de 1791 (Grenón, I, págs. 233, 234): “Debo advertirle que ese escrito que por allá se ha publicado, es un borrador, que compuso su dicho autor; y aun es muy desfigurado, por ser en partes mutilado, y en partes añadido arbitrariamente de quien lo trasladó, otras cosas de quien lo llevó y lo copió; y otras de quien allá lo publicó. De donde es que no me admiro lo haya prohibido la Inquisición de Lima; porque en una materia tan delicada como ésa por poco que hayan añadido inocentemente puede salir un despropósito en materia de doctrina. Debo decir que últimamente el autor ha quitado muchas cosas en que se podía tropezar, lo ha repulido de muchas cosas, y lo ha dado a rever a hombres doctos”.

En España

Al comienzo del siglo XIX, la aduana de Cádiz se apoderó de una caja con un manuscrito, acompañado de una carta dirigida a un librero de Leiden (Holanda), que debía hacer imprimir ese manuscrito, que contenía la obra de Lacunza. El comisario de la Inquisición encargó a un carmelita, Soto, de examinar la obra. (5)

Soto descubrió trece proposiciones erróneas. Otro religioso, a quien él se la hizo leer, opinó en igual sentido.

La Inquisición no se conformó con estos dos informes; por orden del inquisidor general, el manuscrito fue transportado a Sevilla y sometido al examen de muchos sabios, de los cuales unos agregaron nuevas proposiciones a las que Soto había ya incriminado, mientras que otros suprimieron algunas. Arrillaga, que se enteró de estas cosas por Heredia, creía que la sentencia había sido impresa en Sevilla. (6)

Al tiempo de su publicación, la obra de Lacunza mereció juicios en extremo elogiosos por parte de teólogos de reconocida ortodoxia e indiscutible imparcialidad, entre los cuales se encuentra fray Pablo de la Concepción, carmelita descalzo, cuyo dictamen fue requerido por la autoridad diocesana de Cádiz. (7)

En el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Inquisición), Leg. 4484, n. 26 (1816), se hallan dos preciosos manuscritos pertenecientes a fray Juan de Santo Tomás de Aquino y fray Bartolomé de la Concepción, carmelita descalzo. El primero de éstos analiza cuidadosamente los fenómenos presentados por Lacunza, y recuerda la necesidad de admitir dos siglos: el presente y el venidero, para no introducir contradicciones en la palabra de Dios. El segundo, notable por su argumentación escriturística, reduce a cinco artículos las objeciones de los adversarios de Lacunza, a los cuales rebate vigorosamente. Ambos dictámenes fueron requeridos por la Inquisición de Sevilla, con motivo de haber sido sustraído del secreto y custodia del tribunal un libro manuscrito con el título de la Venida de Cristo en gloria y majestad con varias calificaciones y una nota que decía: ‘Resérvese para presentarlo a un concilio’. Dicho manuscrito fue publicado clandestinamente; lo cual dio origen a un proceso de la obra misma”. (8)

La Inquisición española había sido suprimida (febrero de 1813). Restablecida por Fernando VII (real decreto del 21 de julio de 1814), reanudó sus actividades. Por un decreto de Gerónimo Castellón y Salas, inquisidor general, Madrid, 15 de enero de 1819, la venta, la lectura, y hasta la posesión de La venida fueron prohibidas, y la Inquisición se apoderó de todos los ejemplares que pudo encontrar. Toda infracción al edicto se castigaba con la excomunión mayor, incluyendo una multa. El inquisidor se lamenta de que la obra de Lacunza haya sido introducida en España y publicada clandestinamente, sin las aprobaciones necesarias, aunque las palabras “con permiso superior” fueron impresas en la portada. (9)

En México

Se iba a imprimir en México una traducción latina de Lacunza cuando la Inquisición dio su veto, el 19 de mayo de 1819, e hizo fracasar la empresa. (10)

Notas:

(1) Manuel Luengo (1735-1816), Diario de la expulsión de los jesuitas delos dominios del Rey de España, tomo 24, 1790, pág. 147.

(2) Ricardo Donoso, Revista de Humanidades, Buenos Aires, I, sept. de 1961, págs. 32, 36. Circular de Loreto, Buenos Aires, 13 de junio de 1787, pág. 32-34. Carta de fray Francisco Calvo a Loreto, 30 de junio de 1787, págs, 34, 35. Comisario: Antonio Rodríguez de Vida, Medina, El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en la Provincia De la Plata, Santiago, 1899, págs. 252-254.

(3) Segundo Heredia y Río, Allocutio ad litteratos adversus millenariorum moderatorum systema. Roma, 1827, 1828, I, pág. 37. III, págs. 265, 266.

(4) Manuel Luengo (1735-1816), Diario de la expulsión de los jesuitas de los dominios del Rey de España, tomo 24, 1790,pág. 248.

(5) Heredia, Allocutio, I, pág. 27.

(6) Arrillaga, El Observador Católico, III,pág. 35.

(7) Pablo de la Concepción (Galisteo): “Juzgo que se puede, aun debe, permitir su impresión”.

(8) Víctor Anzoátegui y Enrique Sanhueza Beltrán, “Vulgarización de Lacunza y el lacuncismo”, Revista Mapocho, Santiago, tomo III [1965], No. 3, pág. 89. Dictamen de Pablo de la Concepción, págs. 89-93. Dictamen de fray Juan de Santo Tomás de Aquino, págs. 93-95. Dictamen de fray Bartolomé de la Concepción, págs. 95-101. “Enviaron copias de sus censuras al inquisidor Francisco Rodríguez de Carassa, don Manuel Antonio Trianes, fray Juan de Santo Tomás de Aquino, fray Bartolomé de la Concepción, fray Juan de Espíritu Santo y Francisco Javier de Cienfuegos. Llovieron desde ese momento ante la Inquisición de Corte, las delaciones y las denuncias sobre el peligro que había en dejar correr la obra del escritor chileno”. Ricardo Donoso, pág. 48. Denuncia de fray Miguel de San José, desde la isla de León, 14 de octubre de 1816, pág. 48. Dictamen de Cienfuegos, 24 de enero de 1817, pág. 48. Delación de Eulogio Carrascosa, oficial de la real biblioteca, 4 de diciembre de 1818, págs. 48, 49.

(9) Edicto de la Inquisición, Madrid, 15 de enero de 1819, Donoso, págs. 49-51. Manuel Ricardo Palma (1833-1919), Anales de la Inquisición de Lima, 3ª ed., Madrid, 1897, pág. 212. Otra ed. B. A., 1937, págs. 151, 152.

(10) Fortino Hipólito Vera, Colección de documentos eclesiásticos de México, III, Amecameca, 1887, págs. 44-46, Medina, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la lnquisición en México, Santiago, 1905, pág.470.

La Congregación del Índice

EL Padre Enrich ha indicado las circunstancias por las cuales la Congregación del Índice se ocupó de Lacunza. El golpe que había de recibir nuestro jesuita se originó en Córdoba del Tucumán.

Cito a Enrich: “Un sacerdote del clero secular, muy acreditado por su notoria virtud, celo y saber, predicando en la catedral, recomendó al pueblo la lectura de dicha obra; de lo cual se escandalizó de tal manera un religioso, catedrático de teología de aquella universidad, que acto continuo tomó la palabra, reprobando en alta voz el consejo del predicador; y hasta llegó a calificar de herética la doctrina de la obra, cuya lectura éste les acababa de recomendar. No satisfecho con esto, la denunció a Roma a la Sagrada Congregación del Índice, refiriendo lo sucedido y alegando las razones por qué la había calificado de esta manera (testimonio del Pbro. Francisco Martínez, que leyó la denuncia en Roma).

La Sagrada Congregación aceptó su delación; aunque reprobando el escándalo que había dado en la mencionada iglesia y la libertad que se había tomado de condenar en público una obra, cuya doctrina personas ilustradas y piadosas reputaban por sana y provechosa”. (1)

Don Raúl Amunátegui Johnson, de Santiago de Chile, posee un manuscrito anónimo, de 34 páginas:

Carta crítica sobre la oración patriótica del Dr. Pedro Ignacio de Castro recitada en Tucumán el día 25 de mayo de 1815 en la que se refuta la opinión del milenario del Padre Lacunza, impresa en Buenos Ayres.

Esta carta, fechada en Tucumán el 16-3-1816, está firmada: “El P. J.” Entonces es Pedro Ignacio Castro Barros (1777-1849), sacerdote argentino, quien habló públicamente en favor de Lacunza. (2)

Su oración debió haberse impreso en 1815 o 1816, siendo que fue pronunciada en mayo de 1815, y que la respuesta crítica lleva la fecha de marzo de 1816. Falta aún identificar al P. J. Al fin del manuscrito se lee que el autor ha escrito una larga refutación de la obra de Lacunza (112 hojas), que estuvo en poder de Gregorio Funes desde 1817. En cuanto al autor de la denuncia, Heredia (3) nos lo ha dado a conocer: es el Dr. Agustín Correa. (4)

Nos da también la fecha: 1-1-1822. El cardenal Francesco Luigi Fontana (1750-1822), prefecto de la Congregación del Índice desde 1816, examinó la obra. Hizo un resumen y presentó quince proposiciones que le parecieron dignas de censura. Agregó que se podrían censurar otras proposiciones; las que él había presentado a la Congregación bastaban, dijo, para justificar la prohibición de la obra.

Las censuras de Fontana fueron comunicadas a un teólogo español del cual Enrich no nos ha dado el nombre. Éste se esforzó por justificar al autor, refutando las acusaciones y explicando el sentido en que era menester entenderlo. La defensa, aunque no es siempre eficaz, es vigorosa; no sólo pretende justificar al acusado, sino que también quiere mostrar cuán útil sería la obra si fuese leída por los predicadores y personas instruidas, encargadas de mostrar a las almas los caminos del Señor. Pero he aquí la conclusión: es mejor no publicar la obra, de la cual los ignorantes y los tímidos podrían abusar; porque no conviene publicarla en bien de un pequeño número, arriesgándose a hacer mal a muchos. (5)

El Padre Michele Zecchinelli (1778-1856), jesuita, profesor de Santa Escritura en el Colegio Romano, fue encargado de examinar a su vez la obra de Lacunza, de comparar el punto de vista de Fontana y del teólogo español, y de dar sus conclusiones.

Enrich leyó su disertación manuscrita –un centenar de páginas– y nos da las conclusiones. Merecen ser reprobadas trece proposiciones de Lacunza. Las objeciones hechas a las trece proposiciones y las notas con las cuales el cardenal Fontana ha marcado las quince proposiciones censuradas no permiten que se deje circular libremente la obra; por otra parte, diversas razones impiden establecer una prohibición absoluta: la celebridad y el buen nombre del que Lacunza goza entre personas eminentes que conocen su piedad y sabiduría y que admiran su sistema; la sinceridad evidente del autor, que además ha sometido su persona y su obra al juicio de la Iglesia; la autoridad de San Agustín y San Jerónimo, que se negaron a condenar a los milenaristas moderados; la oscuridad con la cual la Escritura ha rodeado los acontecimientos que deben acompañar la venida del Mesías y el fin del mundo, y el silencio de la Iglesia, que se abstuvo de condenar el milenarismo mitigado. Puede ser que la prohibición deba limitarse a que la obra sea impresa en Roma. En resumen, será a los ilustres personajes que componen la Congregación a quienes corresponderá decidir lo que conviene hacer.

Antes de tomar su decisión, la Congregación del Índice quiso todavía consultar a otro teólogo: el Padre Viglio. Habiendo dado este último un informe casi idéntico al de Zecchinelli, la Congregación puso a Lacunza en el Índice. (6)

Para Pedro Nolasco Cruz Vergara, es la opinión de Lacunza acerca de la sustitución de los gentiles por los judíos en la Iglesia la que habría determinado la prohibición de la obra. (7)

Vaïsse ve la causa en la explicación dada por Lacunza de la ramera del Apocalipsis. (8)

Virgilio Figueroa asegura que la medida tomada por la Congregación no hizo sino aumentar el número de lectores. (9)

Arrillaga constató con asombro que la prohibición hecha en Roma no había impedido a los amigos de Lacunza hacer aparecer la edición mexicana de 1825. (10)

Notas:

(1) Francisco Enrich (1817-1883), Historia de la Compañía de Jesús en Chile, Barcelona, 1891, II, pág. 459.

(2) Oración patriótica que en el Solemne día aniversario del 25 de Mayo de 1815, celebrado en la ciudad de Tucumán dixo el Dr. Pedro Ignacio de Castro Barros, Buenos Aires. Véase Adolfo P. Carranza (1857-1914), El Clero Argentino de 1810 a 1830, I, Buenos Aires, 1907, págs. 107-141.

(3) Segundo Heredia y Río, Allocutio ad litteratos adversus millenariorum moderatorum systema, I, Roma, 1827, 1828, pág. 37.

(4) “Agustín Correa y Soria: véase Enrique Udaondo, Diccionario biográfico argentino, Buenos Aires, 1938, pág. 291. Nació en Catamarca en 1781, y falleció en la misma ciudad en torno de los cuarenta años de edad. Su deceso ocurrió a principios de 1820, pero hay documentos que permiten suponer que vivió al menos hasta los comienzos del año 1822”. Daniel Hammerly-Dupuy, Defensores latinoamericanos de una gran esperanza, Buenos Aires, 1954, pág. 143.

(5) Francisco Enrich, II, págs. 461-462. Heredia, I, págs.132-135.

(6) Los argumentos de Virgilio han sido totalmente expuestos en Allocutio, I, págs. 239-272. Decreto de prohibición: Roma, 6 de sept., 1824.Heredia, I, págs. 264, 265.

(7) Pedro Nolasco Cruz Vergara (1859-1941), Estudios sobre la literatura chilena, I, Santiago, 1926, págs. 358, 359.

(8) Emilio Vaïsse, El lacuncismo, pág. 39.

(9) Virgilio Figueroa (1872-1940), Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile, III, Santiago, 1929, pág. 612.

(10) Arrillaga, pág. 11.

La influencia de Lacunza

A. En los medios israelitas

Grenón ha reproducido el siguiente fragmento de una carta de Juárez a Ambrosio Funes, Roma, 12-1-1791: “Hasta los hombres más doctos de la ley Mosaica, que por acá los hay entre los Hebreos muchos doctores de la ley, que se llaman rabinos, han aprobado la obra con gran aplauso, y como muy conforme a las escrituras antiguas las más sagradas, y han dado mil parabienes a su autor por la inteligencia que muestra del texto hebraico de la Sagrada Escritura”. (1)

Se lee en las Memorias del mexicano Mier que ciertos judíos propusieron a Lacunza imprimir su obra, pero nuestro jesuita respondió que no consentiría a menos que Roma diese su aprobación. (2)

B. En los medios protestantes

Virgilio Figueroa dice que el libro de Lacunza ha servido de fundamento para la creación de algunas sectas protestantes. (3)

Edward Miller asegura que ese libro llamó mucho la atención y ejerció una gran influencia cuando fue publicado. (4)

Según Grant, el movimiento provocado por la lectura de la obra de Lacunza y por la predicación de Irving ha sobrepasado a todos los movimientos registrados en la historia de la Iglesia desde los siglos XII y XIII. (5)

Esto está de acuerdo con la opinión de Maitland: “Entre todos los escritores modernos, probablemente Lacunza sea quien ha ejercido la más profunda influencia en el estudio de las profecías”. (6)

C. En los medios católicos

La afirmación de Heredia, según la cual la obra de Lacunza no fue en manera alguna bien recibida en los países católicos, (7) no responde a la realidad. Briseño declara que La venida obtuvo en poco tiempo gran popularidad. “Inmenso fue el entusiasmo que despertó la obra del Padre Lacunza, apenas se tuvo conocimiento de ella”, dice Urzúa. (8)

Dice el Padre Mateos: “En España he conocido a varios milenaristas y asiduos lectores de Lacunza, personas de alta inteligencia y acrisolada virtud cristiana”. (9)

Sin duda, Lacunza no cuenta con muchos discípulos que hayan aceptado totalmente su sistema, pero se observan trazos de sus ideas en muchos escritores, entre los cuales algunos lo copian desvergonzadamente, pero jamás citándolo en forma directa. Aunque Morrondo haya deplorado el olvido en que cayó Lacunza, no hay que creer que ese olvido fue completo. Urzúa, después de haber mencionado las obras publicadas en España por los canónigos Morrondo y Toribio Martín de Beláustegui, añadió: “Sé también que en Francia y en Italia se han publicado recientemente obras similares”. (10)

Terminemos lo que habría que decir acerca del éxito del libro de Lacunza con estas reflexiones de Agier: (11)

¡Extraño destino el de este autor! Pasa la primera parte de su vida en América, la segunda en Europa; poco conocido en una, casi desconocido en la otra. Y, después de su muerte, su nombre se hace célebre en todas partes, como también su obra. Es una llama que, para dar su luz, parece esperar la ruptura del vaso que la encierra; es un sol que, mucho tiempo obscurecido, termina por aclarar a la vez los dos hemisferios”

Notas:

1) Pedro Juan Grenón, Los Funes y el padre Juárez, I, Córdoba, 1920, págs.234, 235.

(2) Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, 3ªed., pág. 321.

(3) Virgilio Figueroa (1872-1940), Diccionario histórico, biográfico y bibliográfico de Chile, III, Santiago, 1929, pág. 612.

(4) Edward Miller, The Historyand Doctrines of Irvingism, I, Londres: Kegan Paul, 1878, pág. 28.

(5) James Grant, The End of all Things,2ª ed., I, Londres, 1866-1867, págs. 101, 102.

(6) Maitland, The Apostle’s School of Interpretation, pág. 392.

(7) Segundo Heredia y Río, Allocutio ad litteratos adversus millenariorum moderatorum systema, I, Roma, 1827,1828, pág. 134.

(8) Ramón Briseño, Repertorio de antigüedades chilenas, Santiago, 1889, pág. 327. Miguel Urzúa, El P. M. Lacunza, Santiago, pág. 18.

(9) Francisco Mateos, Revista Chilena de Historiay Geografía, Santiago, No. 115, pág. 135, nota 4.

(10) Miguel Urzúa, La Revista Católica, Santiago, 9-3-1931, pág. 177.

(11) Pierre-Jean Agier, Vues sur lesecond avènement de Jesus-Christ, 1818, pág. 115.

Continuará…

 

Primer entrega

Segunda entrega

Tercer entrega

Cuarta entrega

Quinta entrega

Sexta entrega

Séptima entrega