CONSERVANDO LOS RESTOS II
Trigésimoctava entrega
EL IMPERIO ALEMÁN. FEBRONIANISMO Y JOSEFINISMO
1. Situación alemana. La paz de Westfalia. La paz de Westfalia fue un rudo golpe para el catolicismo alemán. Amañada por Francia, la rival del Imperio, y por Suecia, la luterana, había de ser garantizada por estas dos potencias juntamente con los príncipes protestantes alemanes. El tus reformandi, de sabor completamente anticatólico y cesaropapista, era un arma poderosa en manos de los príncipes protestantes para oprimir a los católicos de sus tierras. Además, la cláusula que fijaba como año decisivo el 1624, en vez del 1627, cedía a esos príncipes una serie de territorios usurpados a la Iglesia en dicho período, violando los principios de la paz de Augsburgo de 1555. Añádase a esto la secularización de varios territorios eclesiásticos para indemnizar a los príncipes seculares.
En política eclesiástica, el emperador varias veces quiso imitar en Silesia con los de otras creencias los métodos de atracción al catolicismo empleados en sus tierras por los príncipes protestantes; pero los comisarios imperiales se encontraron en varias partes con la resistencia armada, de suerte que las esperanzas del emperador quedaron fallidas. Al fin, por bien de paz, hubo de renunciar a la fuerza, y en la convención de Altranstadt de 1709 los herejes de Silesia recobraron sus iglesias, y muy pronto se creyeron tan fuertes con el patrocinio de Federico II de Prusia, que intentaron deshacerse de los católicos, mientras que los católicos de territorios protestantes se vieron obligados a emigrar.
De la parte católica, en general, se ejercitó la táctica de atracción por medios pacíficos. Y, efectivamente, fueron numerosas las conversiones de príncipes, como el príncipe heredero de Pfalz-Neuburg, Wolfgang Guillermo; los dos condes Juan y Juan Luis de Nassau-Hadamar y Nassau-Siegen, el landgrave Federico de Hessen-Darmstardt y otros varios. Sin embargo, la conversión de estos príncipes no arrastró consigo la masa de su pueblo.
2. Movimiento unionista. Como consecuencia de esta política católica nacieron ciertos movimientos unionistas. Los más importantes fueron: el de Maguncia, el de Hannover y el de Viena. En varios Reichstags, como el de Frankfurt de 1658, para elegir nuevo emperador, aparecieron varios conatos y planes de unión, como el famoso del jesuita Jacobo Masen. Sin embargo, la cosa no pasó adelante.
Pero sobre todo la corte de Maguncia fomentaba estas ideas unionistas. Juan Felipe, arzobispo de Maguncia y primer canciller del reino, tenía en su corte una serie de teólogos unionistas, como los hermanos Pedro y Adrián de Walenburg y Adolfo Godofredo Volusius. También el filósofo Leibniz, joven entonces de veintidós años, se movía en este ambiente. Los principios de unión propuestos por Leibniz en 1660, como si fueran de la misma corte eclesiástica de Maguncia, eran, sin duda, sueños suyos, pues suponían concesiones que jamás puede otorgar la ortodoxia católica. Proponía, entre otras cosas, la constitución de un comité de 24 miembros, mitad católicos, mitad protestantes, que discutieran por ambos lados —como si el dogma fuera asunto de libre discusión— la doctrina que se había de adoptar.
En la conversión del príncipe de Hannover trabajó incansablemente el celoso franciscano Cristóbal Rojas de Espínola por espacio de veinte años, hasta que el emperador Leopoldo, en vista de tan inútiles esfuerzos, le retiró su apoyo. En este tiempo, Leibniz —al servicio de la corte de Hannover—, Molanus y otros se esforzaban por todos los medios por llegar a la unión ansiada. La intervención de Leibniz tal vez contribuyó a que Leopoldo de Austria retirase su apoyo, pues el emperador creía que la unión era asunto exclusivamente alemán, que se había de resolver en sentido rigorista y sin injerencias extrañas. Leibniz, en cambio, estaba por entonces en relación con Bossuet para hacer intervenir a Francia. Aquellos planes de unión, amasados con aversión al Primado romano, propendían al cesaropapismo con libertades galicanas y exigían no pocas concesiones disciplinares, litúrgicas y aun dogmáticas. Por eso no podían menos de fracasar.
En realidad, ni los católicos en general creían que la cuestión protestante era una simple disputa de familia, ni los protestantes en general sabían por entonces de tolerancia y condescendencia religiosa. Como que los disidentes entre sí, cuales eran los anti-trinitarios y socinianos, muchas veces salvaron su vida con la huida. Sin embargo, es un hecho que jamás hubo más conversiones que en la segunda mitad del siglo XVII, gracias a las tendencias irénicas del episcopado alemán.
3. Relaciones entre el emperador y el Papa. Las relaciones de los príncipes, y en especial del emperador con la Santa Sede, en este periodo sufrieron crisis más o menos violentas. En Alemania corría la queja de que Roma procedía con poca sinceridad y sobra de política y que la Santa Sede no miraba las cosas de Alemania con la misma benevolencia con que miraba, v. gr., las de Francia.
Leopoldo I, a pesar de su arraigado catolicismo, rechazó al nuncio en 1690, y la razón de esta conducta la expone así: «Parece que la corte de Roma tiene verdadero placer en darnos desaires, pues no comprendemos cómo puede ser que, desatendidas las poderosas razones que alegamos, la corte romana tenga menos consideración a nuestra dignidad y a nuestros deseos que a los de otras coronas y príncipes inferiores. Ahora y siempre rechazaremos un nuncio con jurisdicción. El proceder de la curia romana con otros regentes nos obliga a ello».
Se refería el emperador a la situación excepcional que el absolutismo intransigente de Luis XIV había creado en Francia al exigir que el nuncio prestase juramento al rey en sentido galicano y regalista. Se comprende que los celos y suspicacias de otras cortes, y en especial del emperador, se escandalizasen de esas exigencias francesas y pidiesen para ellas algo semejante. Sin embargo, durante los cuarenta y ocho, años de reinado de Leopoldo I (1657-1705), si bien hubo estridencias sobre la jurisdicción de los nuncios, predominaba el sentido religioso.
Con José I (1705-1711) y con Carlos VI (1711-1740) ya los aires jansenistas y galicanos envenenaban el ambiente. Queda indicado cómo con ocasión de la guerra de sucesión española el emperador rompió con la Santa Sede e invadió los Estados pontificios, que querían mantenerse neutrales. Carlos VI manifestó varias veces sus tendencias absolutistas, expulsando en 1714, en el espacio de cuatro semanas, al agente del nuncio de Colonia, Bussi, y exigiendo en 1736 que el Papa llamase inmediatamente de Colonia al nuncio Jacobo Oddi.
En 1717, el emperador se presentó ante el Papa con la pretensión de que se nombrara en el término de cuatro días a dos cardenales imperiales, como contrapeso del nombramiento ya realizado de cardenales franco-españoles. Tras larga resistencia, fueron creados Czaky y el auditor de la Rota conde Althanso. Para ulteriores negociaciones pidió el Papa la mediación del arzobispo de Maguncia.
Cuando en 1720 Sicilia fue incorporada al Imperio, comenzaron a mejorar las relaciones entre ambas potestades; pero murió Clemente XI. Con Inocencio XIII las relaciones seguían tirantes. Spínola, que continuaba como secretario de Estado, no era persona grata al emperador. Por otra parte, fue nombrado Cavalieri nuncio de Colonia sin el previo consentimiento del emperador, y era bien conocida su poca simpatía por los Habsburgos. Con esto se explica que el vicecanciller del Imperio, conde de Schónborn, tratara de independizarse de Roma y suscitara la idea de renovar los Gravamina nationis germanae. Pero las cosas no pasaron adelante. El nuevo Papa invistió al emperador con los reinos de Nápoles y Sicilia. Benedicto XIII, elegido en mayo de 1724, firmaba en diciembre con el emperador un convenio sobre Comacchio, que por tanto tiempo había sido piedra de escándalo.
Las ideas regalistas reinantes en Alemania encontraron tropiezo en el nuevo oficio de Gregorio VII, con la lección sobre la deposición de Enrique IV. Aquellos intransigentes espíritus absolutistas veían en dicho oficio un ataque a los derechos mayestáticos de los príncipes.
En este ambiente, en el reinado de María Teresa (1740-1780), emperatriz prudente y profundamente religiosa, pero que a veces se dejó llevar por sus ministros Kaunitz y Van Swieten a determinaciones contrarias a los intereses de la Iglesia, nació el febronianismo, que en Austria se mezcló y confundió con el josefinismo.
4. El febronianismo; sus antecedentes. Los antecedentes del febronianismo se remontan hasta el tiempo del cisma de Occidente. La mayor parte de los obispos alemanes acariciaban desde el siglo XV ciertas ideas episcopalistas más o menos avanzadas. En Alemania no interesaba tanto la cuestión de si el concilio estaba sobre el Papa. De hecho nadie oponía dificultad ninguna al ejercicio de la jurisdicción y del magisterio pontificio. En cambio, la encontraban los obispos alemanes frente a los nuncios en multitud de casos de procesos y dispensas. Sin dificultad ninguna acudían a Roma en demanda de las facultades quinquenales; pero se rebelaban ante el hecho de tenerlas que recibir a través de los nuncios.
Esta situación, ya de sí bastante tensa, empeoró a mediados del siglo XVII. Entre el episcopado alemán se había introducido la costumbre de que solamente se pedían a Roma una vez las facultades episcopales, que eran, por consiguiente, vitalicias. Pues bien, de repente se dio en Roma la disposición de que estas facultades debían pedirse cada cinco años, y poco después se limitaron a tres. Más aún: la concesión se hacía depender a las veces del informe del nuncio. Esto indignó extraordinariamente al arzobispo de Maguncia, Juan Felipe, y no menos al de Colonia.
De este ambiente de descontento, con planes o propuestas de un concilio nacional o de un patriarca alemán y con amenazas de tratar todos estos asuntos en la dieta imperial, tuvo clara noticia el nuncio de Colonia, y aun parece se hizo llegar intencionadamente a sus manos algún libelo contra los curiales de Roma. Todavía se aumentó el descontento general por el juramento que comenzó a exigirse de los alumnos del Colegio Germánico de Roma.
Estando así las cosas, el duque Maximiliano Enrique de Baviera, arzobispo de Colonia y obispo de Hildesheim, Lieja y Münster; Lotario Federico von Metternich, arzobispo de Maguncia y obispo de Espira y Worms, y el conde Carlos Gaspar de Leyen, arzobispo de Tréveris, publicaron en 1673 sus Gravamina, es decir, presentaron a la Santa Sede un escrito en el que se acumulaban una serie de quejas contra la conducta que se observaba en Roma respecto de las iglesias alemanas, contra el espíritu del concordato de Viena de 1448. En todo el alegato aparece claramente el espíritu episcopalista y galicano. Por otra parte, en todo el escrito campea la idea de que la curia romana trata a la iglesia alemana arbitrariamente, contra el estilo usado con otras naciones, como Francia y España.
Por lo que precede se ve que, antes de Febronio, ciertas ideas febronianas estaban ya embebidas en la sangre de los obispos alemanes. Con la aparición de Febronio esas ideas cobraron cuerpo y estado jurídico. Ese flotante episcopalismo alemán pasó al febronianismo.
5. El libro de Febronio y su contenido. Efectivamente, en 1762 apareció el famoso libro con el título Iustini Febronii iurisconsulti de Statu Ecclesiae deque legitima potestate Romani Pontificis liber singularis ad reuniendos dissidentes in religione christiana compositus. El libro constaba de dos volúmenes y llevaba como pie de imprenta Bullioni; pero había salido en Frankfurt en 1762. Su autor era Juan Nicolás Hontheim, obispo auxiliar de Tréveris desde 1748. El fin del libro está expreso en el mismo título: trata de unir en la unidad de la fe al desunido pueblo alemán. Esa duplicidad de creencias es funestísima para Alemania; debe desaparecer. Mas, para que los protestantes vuelvan a la Iglesia católica, es necesario que ésta retorne a su antigua constitución.
Con estos planes y pretensiones, Febronio se dirige primeramente al Papa y le invita a renunciar voluntariamente a los supuestos derechos que se han ido acumulando en torno al primado. Su tesis fundamental es que el obispo de Roma no es el único depositario del poder recibido de Cristo por el colegio de los apóstoles. Él es solamente el primero en dignidad, pero el poder descansa sobre la comunidad del episcopado. Precisamente el ilimitado poder del Papa es la raíz de todos los abusos y el estorbo principal para la unión de los disidentes.
Sobre esta base desarrolla Febronio el resto de su obra. Los príncipes deben cercenar los derechos del primado por medio de personas sabias que conozcan perfectamente los derechos pontificios. No puede negarse la necesidad del primado en la Iglesia; pero no es menos cierto que le ha causado muchos daños por salirse de sus debidos límites. Según Febronio, una de las maneras como el primado se ha salido de los límites de sus atribuciones es con sus representantes en los diversos territorios. Por esto los príncipes no deben permitir el abuso de estos cargos curiales.
Más vehemente es la exhortación dirigida a los obispos. Se trata sencillamente de recuperar sus derechos, arrebatados por el Papa. No han de rechazar la autoridad pontificia. La antigüedad reconoció en el obispo de Roma al representante de Cristo, al centro de la unidad. Sin embargo, por obra de los curiales, desde un tiempo a esta parte se han ido atribuyendo al Papa una serie de derechos que no le competen, que exigen con todo rigor, De esta manera ellos son los culpables de la pérdida de tantas iglesias que sólo por esto se han separado, y sin duda volverán a la anhelada unión cuando se eliminen estos abusos.
Hecho esto, establece Febronio otro principio fundamental: que el régimen de la Iglesia no es monárquico. Siguiendo la doctrina de Richer, Dupin, Van Espen y el protestante Puffendorf, pues Febronio no tiene la pretensión de presentar cosas nuevas o propias, afirma que el poder de las llaves fue dado por Cristo a toda la comunidad de los fieles, para que fuese administrado por sus ministros. Ahora bien, el Papa es el primero entre ellos, pero está subordinado a la comunidad. Como los apóstoles eran todos iguales, del mismo modo ahora los obispos en su diócesis son iguales y poseen todos los poderes. De aquí deduce Febronio una serie de consecuencias, como son: que el Papa está bajo el concilio y no posee jurisdicción sobre toda la Iglesia. Su única incumbencia es mantener la unidad, mirando por la observancia de las leyes. Ahora bien, sin el consentimiento de los obispos, el papa no puede dictar leyes obligatorias a toda la Iglesia. Para Febronio son decisivos los decretos de los sínodos de Constanza y Basilea. Como medios para evitar los abusos de la potestad pontificia, propone el concilio general, el uso del placet de los obispos y príncipes y la substracción de la obediencia en caso de necesidad. Febronio ataca con todo empeño la constitución monárquica de la Iglesia, para hacer de cada diócesis una monarquía y de cada obispo un monarca.
6. Efectos del libro de Febronio y reacción contra él. Fácilmente se comprende el gran revuelo que levantó la publicación de este libro. Por esto la condenación romana no se hizo esperar. El 27 de febrero de 1764, un decreto de la Congregación del Índice prohibía el Febronius y el 21 de mayo Clemente XIII mandaba un breve a los obispos alemanes contra él. En consecuencia, las tres archidiócesis renanas y los obispos de Augsburgo, Bamberga, Constanza, Freising, Wurzburgo, prohibían el Febronio. En cambio, en los otros dieciséis obispados alemanes (Eichstätt, Brixen, Fulda, Görtz, Hildesheim, Lieja, Münster, Olmütz, Paderborn, Passau, Ratisbona, Salzburgo, Espira, Trento, Worms, Viena), la prohibición quedaba sin publicar.
Quienes triunfaban en toda la línea eran los príncipes seculares, que veían consagrados por un obispo los principios de soberanía estatal que ellos venían practicando, al considerar a la Iglesia como sociedad imperfecta, sometida al Estado. En cambio, a los episcopalistas no agradaba del todo esta concepción, como tampoco la idea de considerar al Papa y al episcopado como meros mandatarios de la comunidad. Sin embargo, se consolaban con la igualdad establecida entre ellos y el Romano Pontífice.
En el campo católico, la reacción se produjo rápidamente. Al punto comenzaron a salir libros en defensa de la ortodoxia católica contra los errores de Febronio. En Italia descollaron en la defensa de los principios católicos Pedro Ballerini, Mamachi, O. P., Zacaria, S. I., Viator de Cocaleo, Ord. Cap.; en Alemania, los jesuitas Zech, Kleiner, Schmidt y Carrich y el franciscano Sappel, etc.
Hontheim, por su parte, en vez de someterse humildemente al juicio de la Iglesia, salió a la defensa de su criatura con sus cuatro libros de Vindiciae, que fueron apareciendo durante los años siguientes. Sólo en 1778 se retractó de sus yerros. También en favor de Hontheim salieron Justus, Catholicus y otra serie de tesis anti-papales.
Es que las ideas de Febronio estaban en el ambiente y hacía tiempo que muchos príncipes las practicaban. Poco a poco se iba despertando en Alemania un movimiento antieclesiástico. La polémica en pro y en contra de Febronio tomaba allí un cariz peligroso. En 1768 se publicó en Munich la traducción del libro De potestate papae in rebus temporalibus, de Belarmino, que defendía el poder indirecto del Papa en asuntos temporales. La polvareda que levantó en la corte fue enorme. Esta prohibió, desde luego, todas las obras de Belarmino. Por su parte, los arzobispos del Rhin volvieron a insistir en sus Gravamina en los llamados Avisamenta de Coblenza de 1769. Comprendían estos Avisamenta 31 artículos en favor de los derechos de los obispos contra el Papa y sus nuncios. Estos avisos fueron presentados por los arzobispos al emperador para que los cursara a la Santa Sede. Pero el emperador se inhibió y respondió que los presentasen directamente los arzobispos. Por entonces no se pasó adelante.
A pesar de todo, las relaciones con la Santa Sede proseguían como antes: los arzobispos renanos seguían acudiendo al Papa en sus ordinarias ocurrencias. Pero la intervención de la curia romana en las elecciones capitulares y, sobre todo, en la erección de una nueva nunciatura en Baviera puso sobre el tapete el espíritu de los Avisamenta, dando lugar a las famosas Puntuaciones de Ems de 1786.
7. La Nunciatura de Munich y las «Puntuaciones de Ems». Hacia el año de 1780, la corte de Baviera expresó claramente la idea de que, a ejemplo de Austria, no había de tolerar que prelados extranjeros ejercieran su jurisdicción en territorio bávaro; quería obispos del país. Algo semejante se pretendía para otros territorios. En todo esto aparecía claramente el espíritu febroniano. Como complemento de esta reforma se había de crear una nueva nunciatura en Munich.
Efectivamente, fue nombrado nuncio de Baviera el arzobispo titular de Atenas, Zoglio, y en 1785 inició su actividad en Munich. La noticia produjo viva alarma, y los arzobispos electores Federico Carlos José, de Maguncia, Clemente Wenceslao, de Tréveris, y Maximiliano Francisco, de Colonia, con el arzobispo de Salzburgo, Jerónimo de Colloredo, determinaron renovar los Gravamina con espíritu enteramente febroniano. Baste decir que sus exigencias iban incluso más allá de lo que el Febronio les aconsejaba.
Mas no se contentaron con esto. Por los meses de junio-agosto de 1786 se juntaron en Ems los representantes de los cuatro arzobispos de Colonia, Maguncia, Tréveris y Salzburgo, y resumieron en 22 artículos las conclusiones o quejas que proponían a Roma, que se conocen en la historia con el nombre de Puntuaciones de Ems. Estos 22 artículos son un resumen de las quejas anteriormente presentadas en diferentes ocasiones. En realidad, no traen nada de nuevo. El espíritu febroniano triunfaba. Los congregados en Ems se dirigieron al emperador para que éste transmitiera a Roma sus pretensiones.
8. Escaso resultado. El emperador se puso al punto en movimiento. Una comisión de consejeros imperiales debía examinar las actas del congreso de Ems. Por otra parte, creyó necesario oponerse al nuncio Pacca, de Colonia, en el ejercicio de su jurisdicción, al mismo tiempo que procuraba impedir la actividad del de Munich. Sin embargo, mientras el emperador observaba esta conducta, la corte de Baviera se preocupó muy poco de sus exigencias, y el mismo rey de Prusia reconoció la competencia del nuncio de Colonia.
¿Qué actitud adoptaron los obispos alemanes? Muchos observaron pronto que, si bien era cierto que quedaban más libres del influjo romano con aquellas Puntuaciones, pero caían bajo el influjo mayor de los metropolitanos. La ganancia era casi exclusivamente para éstos. De este modo se fue formando un frente de oposición a las Puntuaciones de Ems entre los obispos alemanes. En ella se distinguió el obispo de Espira, quien como deán había conspirado contra los pretendidos abusos romanos. De esta manera, la declaración de guerra de Ems quedó en meras palabras por la oposición de los obispos, o mejor dicho, por negarse éstos a formar un frente común.
Por otra parte, entre los mismos arzobispos más interesados en el asunto comenzó muy pronto la dispersión. El primero fue el mismo arzobispo de Maguncia, quien, deponiendo su actitud hostil a Roma, acudió al nuncio de Colonia para el proceso informativo de elección de Carlos Teodoro von Dalberg para obispo coadjutor suyo. Este proceso se hizo en 1787, y en marzo de 1788 llegó la confirmación de Roma. Además había pedido las facultades quinquenales y un indulto para Worms.
Pero el Papa no podía permanecer en silencio ante las Puntuaciones de Ems. El 14 de noviembre de 1789, Pío VI, como réplica a las aspiraciones metropolitanas, declaraba abiertamente los derechos de la Santa Sede, poniendo fin al incidente alemán. Sin embargo, estas ideas habían penetrado muy hondamente en los espíritus. Las capitulaciones electorales de Leopoldo II abundan en esos sentimientos; pero ya la Revolución francesa desviaba los ánimos hacia puntos más vitales.
9. El josefinismo: María Teresa. Nos resta describir los estragos que por entonces causaba el josefinismo en Austria. Por una parte, no hay duda que María Teresa (1740-1780) fue siempre hija de la Iglesia, a la que procuró servir con la mayor fidelidad. Pero al mismo tiempo estaba imbuida en las ideas absolutistas que ya por los años de 1753 reinaban entre los juristas de su tiempo y formaban el ambiente de los príncipes cristianos. La misma Universidad de Viena presenta hombres insignes que las defendieron.
Esta posición de dominio absoluto, aun en lo eclesiástico, aparecía de un modo particular en los dominios que la corona imperial tenía en el norte de Italia. Allí el poder imperial lo gobernaba y dirigía absolutamente todo, con muy pocas excepciones. Tal fue la base del futuro josefinismo, que tanto daño causó a la Iglesia.
Varias fueron las reformas que en este sentido emprendió la emperatriz. En 1750, como suprema advocata Ecclesiae, quiso controlar hasta las fundaciones más modestas de sus dominios. Guiada por el mismo principio, en 1756 dio especiales disposiciones sobre la administración de los bienes temporales de los monasterios. Más aún, introduciéndose en la misma disciplina interna de los monasterios, en 1770 restringió la profesión solemne hasta la edad de veinticuatro años y ordenó diversas cosas referentes a la vida religiosa. No hubiera obrado de otra manera un superior eclesiástico o visitador de religiosos. María Teresa suponía que a ello le daba derecho su cualidad de emperatriz, que la constituía dueña casi absoluta de todos sus súbditos, soberana absoluta en todos los campos.
Tal vez muchas de sus medidas eran en sí mismas saludables, ejecutadas por la legítima autoridad. Tal vez, por ejemplo, se imponían ciertas normas para disminuir el excesivo número de monasterios y religiosos. Austria contaba con 2.165 monasterios y abadías y unos 64.000 religiosos. Pero no era la autoridad secular la llamada a intervenir, sobre todo en plan unilateral y absolutista.
Entre las reformas de María Teresa, que por una parte eran beneficiosas al progreso de los tiempos y por otra nacían del absolutismo y de las ideas bastardas de sus ministros, enemigos del monopolio escolar jesuítico, debe contarse la reforma de los estudios, llevada a cabo desde 1749 hasta 1753. Pero bien claramente se vio desde el principio la tendencia antijesuítica de los nuevos planes. Un nuevo protector, al que estaban sometidas las facultades; un nuevo plan de estudios en 1752, nuevas asignaturas de carácter general y complementario, se combinaron con el estudio de la teología. Y todo esto se hizo sin contar con los que actualmente dirigían aquellos centros de estudios.
No es, pues, de maravillar que la Compañía de Jesús se resistiera a someterse al nuevo plan, no solamente porque esto suponía perder ella el monopolio de la enseñanza, sino porque adivinaba el espíritu que dirigía aquellas reformas. Ante esta resistencia pasiva, fue establecida una comisión imperial, a cuya cabeza estaba el arzobispo de Vierta, conde Migazzi. A ella pertenecía la dirección y organización de los estudios en todo el imperio.
Los años siguientes fueron fecundos en reformas escolares, todas ellas generalmente encaminadas a eliminar a los jesuitas de la dirección de la enseñanza. Téngase presente que en este tiempo ardía en toda Europa la más apasionada guerra contra la Compañía de Jesús, que terminó con su disolución general, ordenada por Clemente XIV en 1773. Así se comprendió que el mismo Migazzi, antiguo discípulo de los jesuitas, se dejara llevar abiertamente del prejuicio general de que los jesuitas habían degenerado y necesitaban ser substituidos por otras fuerzas.
En realidad, María Teresa puso grande empeño en la nueva organización de las escuelas primarias, por lo cual algunos injustamente han querido presentarla como la organizadora de las escuelas libres modernas. Del mismo modo se introdujo un nuevo plan de estudios eclesiásticos, cuyo autor fue Rautenstrauch. Siguiendo las nuevas corrientes positivas, se daba más cabida a los estudios patrísticos, bíblicos e históricos.
Por este y otros motivos semejantes fue generalmente bien acogido. Pero no podía menos de ser condenable la estatificación de las universidades y la secularización de la formación eclesiástica, en la cual se aspiraba a formar empleados del Estado en vez de ministros del Señor.
10. Reformas de José II. Mientras rigió los destinos de Austria el trío, María Teresa, su hijo y el canciller Kaunitz, la voluntad de la madre prevalecía y las cosas corrían por cauces tolerables; pero a la muerte de María Teresa comenzaron las más atrevidas intromisiones de José II en todos los asuntos eclesiásticos. Su práctica recibió el nombre de josefinismo y le valió el renombre de Rey Sacristán, que le dio en cierta ocasión Federico II de Prusia.
Efectivamente, con José II las ideas febronianas batieron en alza en Austria. El josefinismo no nació propiamente del febronianismo, pero sus prácticas hallaron una confirmación eclesiástica de parte de un obispo como Hontheim. Su ideal lo expresó claramente José II en una carta dirigida a Choiseul en diciembre de 1780: «El influjo eclesiástico ejercido hasta aquí durante el gobierno de mi madre será el objeto de mis reformas. No acabo de comprender que gente cuyo oficio es el cuidado de la otra vida se preocupe tanto por hacer el blanco de su ciencia nuestra existencia de acá abajo».
José II de Austria fue un emperador que se decía hijo fiel de la Iglesia y al propio tiempo se esforzaba por esclavizarla y someterla a la tiranía del Estado. En el josefinismo influían no sólo las ideas cesaristas del Estado, sino también las febronianas y aun las enciclopedistas y volterianas.
De particular interés para conocer la mente de José II es la comunicación que hizo en 1781 al nuncio Carampi, en la que le anunciaba que no toleraría jamás una intromisión en las cosas que competían a la soberanía absoluta del príncipe; que no competía a la Santa Sede la reforma de abusos que no tocaban a los fundamentos de la fe, al espíritu y al alma, puesto que la Santa Sede no posee el poder más mínimo sobre el Estado. Por el mismo estilo le daba nuevas instrucciones, que indican el plan claramente febroniano de su gobierno.
Conforme a este programa obró desde el principio de su gobierno. En la imposibilidad de seguir cada una de sus ordenaciones en asuntos meramente eclesiásticos, indicaremos solamente algunas.
Ya el 15 de marzo de 1781 restringió la comunicación de los religiosos con sus superiores de Roma y renovó el placet para los documentos pontificios.
Por una orden del 4 de mayo mandó suprimir de los Rituales las Bulas In Coena Domini y Unigenitus; se prohibió de nuevo el oficio de Gregorio VII y se mandó a los párrocos borrasen la historia de la deposición de Enrique IV.
Hasta se prohibió ir a estudiar al Colegio Germánico de Roma. Así lo exigía la soberanía del Estado frente al poder pontificio amenazador.
En general se renovaron y urgieron todas las cosas que durante las discusiones de los últimos tiempos habían sido objeto de controversia.
José II se presentaba como el heredero y defensor de las ideas galicanas, jansenistas y febronianas. Particularmente riguroso se mostró con los monjes y religiosos. De un golpe, en 1782, suprimió 700 monasterios, mientras concedía amplia tolerancia a los acatólicos en 1781.
La indignación fue general en todo el Imperio. Esto significaba un cambio radical contra los principios de la paz de Westfalia. Los acatólicos tenían expedito el camino para sus avances y propagandas.
En 1783 inició su intervención en los matrimonios, suprimiendo toda intervención canónica. Más intolerable fue su intromisión en los estudios eclesiásticos, estableciendo nueve seminarios generales, y para que no hubiera duda ninguna sobre sus intenciones, manifestó que allí los jóvenes teólogos, bajo el control del Estado, «libres del barullo del escolasticismo, sean imbuidos en todas las ciencias y prácticas útiles, y donde se haga constar que la actividad espiritual del clero se ha de limitar a las cosas espirituales, pues el mismo Cristo confió a sus apóstoles sólo funciones espirituales».
Por otra parte, fue completa la estatificación de las universidades. Ante todo procuró quitarles toda dirección y aun carácter eclesiástico. Véanse algunos datos que manifiestan el espíritu que guiaba las nuevas reformas. Por decreto de 1782 se prohibió el juramento de defender la Inmaculada Concepción; se suprimió el juramento de obediencia al Papa; ni profesores ni doctorandos habían de emitir la profesión de fe católica, como siempre se había estilado; quedaban suprimidas las funciones o solemnidades religiosas en las universidades, y en la provisión de profesores, para nada se habían de tener en cuenta sus creencias. La consecuencia de esto fue que efectivamente ocuparon las cátedras, aun de los seminarios, hombres imbuidos en los principios del galicanismo, febronianismo y aun protestantes y racionalistas.
Con los bienes obtenidos por la secularización de los monasterios formó José II un fondo pro religione, que en primer lugar había de servir para pensionar a los mismos secularizados, y en segundo lugar, para dotar nuevos obispados. Para este mismo fin obligó a todos los monasterios existentes a que entregaran todo lo superfluo de sus rentas.
La intromisión del emperador en los asuntos religiosos llegó hasta el extremo ridículo de legislar sobre menudencias litúrgicas y ceremonias de los actos del culto, sobre peregrinaciones, devociones populares, funciones y cofradías.
11. Intervención de Pío VI. En vista de este furor reformista, Pío VI, ante todo, escribió representando al emperador la violación de los derechos eclesiásticos. Como este medio resultó inútil, en 1782 se determinó a ir él mismo en persona a Viena, por ver si enfrenaba aquella locura regalista. En su largo viaje, el pueblo cristiano aclamó entusiasta al Papa, aunque éste en más de una ocasión tuvo que devorar amargos disgustos y desatenciones. A esta categoría pertenece la publicación del insultante panfleto del escritor Eybel ¿Quién es el papa?, que Pío VI tuvo que condenar en 1786 por la Bula Super soliditate. En Augsburgo, Munich, Viena, el entusiasmo popular rayó muy alto. Era el homenaje debido al Padre común de los fieles y Vicario de Cristo.
Tanto el emperador como su ministro Kaunitz recibieron a Pío VI con toda solemnidad. La dignidad del Romano Pontífice, su prestigio personal, su dulzura y prestancia impresionaron favorablemente. Sin embargo, el asunto principal, el obtener se retirasen las leyes injustas contra la Iglesia e impedir se prosiguiese en tan nefasto camino, quedó en absoluto sin lograrse. Mañosamente impedía el emperador al principio que se acercasen al Papa las personas que pudieran informarle rectamente. Rehusaba tratar personalmente de los asuntos en litigio, so pretexto de que él no entendía de eso. Las negociaciones se habían de llevar por escrito. Pero José II asistió a misa privada de Pascua y comulgó de mano del Papa, tras no pocos escrúpulos de conciencia de éste.
Efectivamente, protocoladas quedaron las representaciones del Papa y las respuestas de la cancillería imperial. Por su parte, Kaunitz en repetidas ocasiones hizo sentir su poca estima del Papa. Inútilmente hicieron sus representaciones al emperador varios prelados húngaros con el primado Batthyany, Migazzi de Viena, Esterhazy de Agram y el elector de Tréveris. En cambio, muchos otros prelados se mostraron en esta ocasión excesivamente serviles hacia el emperador.
Sin embargo, Pío VI sostuvo valientemente los principios y derechos de la Iglesia. Así antes como después de su estancia en Viena, donde se detuvo cuatro semanas, los expresó abiertamente. Del emperador sólo consiguió la vaga promesa de que nada haría contra los dogmas de la Iglesia ni contra la dignidad de su cabeza.
Al volver Pío VI a Roma, el emperador lo acompañó hasta el monasterio de María Brunn. No es cierto, como se dijo en algunos círculos, que dos horas después de la partida suprimiera el emperador dicho monasterio para manifestar al mundo lo poco que le interesaba el Papa, pero sí que prosiguió como antes en su camino reformista.
El año 1783 José II devolvió la visita. Presentándose en Roma inesperadamente el 23 de diciembre, fue recibido con toda solemnidad. En esta visita, el Papa, sin conseguir sus anhelos, hubo de conceder en un concordato, firmado el 20 de enero de 1784, la nueva demarcación de los obispados de Austria y el derecho de nómina para los obispados de Milán y Mantua. Vuelto a Viena José II continuó sus reformas. En 1786 introdujo el alemán en la liturgia.
En medio de tan flagrantes atropellos, causa no pequeña admiración oír al emperador preciarse de los servicios prestados a la Iglesia, de los obispados y cabildos por él fundados y dotados, de las medidas tomadas para la pureza de la fe y costumbres, de las providencias sobre los seminarios. En su candidez absolutista, no salía de su asombro al ver que por todas partes los católicos levantaban protestas contra sus reformas.
Esta oposición radicaba principalmente en Hungría y en los Países Bajos. Claro está que en ambas regiones entraban también de por medio móviles políticos; pero sin duda las medidas anticatólicas del emperador despertaron la conciencia nacional y agudizaron la oposición.
La resistencia estalló abiertamente en Bélgica. El episcopado, con el arzobispo de Malinas, cardenal José Enrique von Frankenberg, se opuso a las innovaciones. Las medidas imperiales que afectaban al matrimonio, a los seminarios generales, a la supresión de monasterios y de los seminarios diocesanos, irritaron sobremanera a los católicos belgas. El pueblo hacía causa común con los prelados. Se temía un levantamiento, y los sucesos de la Revolución francesa le deban garantías de éxito.
Tan mal se iban poniendo las cosas, que el emperador tuvo que acudir al Papa para que interviniera con los obispos belgas bajo la promesa imperial de dejarles el libre ejercicio de sus facultades. Pero ya era demasiado tarde. El 20 de febrero de 1790 moría José II.
Si exteriormente la organización de sus Estados era la misma que en tiempo de María Teresa, su espíritu era muy diverso. Bélgica se podía dar por perdida para el Imperio, y trabajo le costó al sucesor de José II mantener Hungría unida, aun anulando las reformas del Rey Sacristán.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
Vigésimo novena entrega: El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo
Trigésima entrega: Causas del triunfo del protestantismo
Trigésimoprimera entrega: Calvino. La iglesia reformada
Trigésimosegunda entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo
Trigésimotercera entrega: El cisma de Inglaterra. El anglicanismo (cont,)
Trigésimocuarta entrega: Movimientos heterodoxos y controversias. Los disidentes
Trigésimoquinta entrega: Las sectas sismáticas orientales
Trigésimosexta entrega: La iglesia y el absolutismo regio
Trigésimoseptima entrega: España y Portugal. El regalismo

