CONSERVANDO LOS RESTOS II
Trigésima entrega
CAUSAS DEL TRIUNFO DEL PROTESTANTISMO
Llegados a este punto, vale la pena examinar brevemente cuáles fueron las verdaderas causas de un triunfo tan considerable del protestantismo. En efecto, si a lo expuesto sobre el luteranismo añadimos las defecciones de otros países del norte de Europa y las ocasionadas igualmente por el calvinismo y el cisma de Inglaterra, que en 1555 estaban ya en completo desarrollo, podemos decir que, a mediados del siglo XVI, una buena parte de Europa se había separado de la Iglesia católica. Se ha calculado en unos 60 millones el número de habitantes de Europa a mediados del siglo XVI. Ahora bien, seguramente habían caído en la herejía o en el cisma cerca de 20 millones. Nunca hasta entonces había experimentado la Iglesia católica una catástrofe tan grande. Así, pues, nos preguntamos: ¿cuáles fueron en realidad las causas de tal catástrofe?
1. Diversas causas insuficientes. Como es natural, han sido muchos los historiadores, tanto en el campo protestante como en el católico, que han intentado estudiar y resolver desde su punto de vista esta cuestión. Ante todo, no nos parecen suficientes las que propone el P. E. de Moreau, que son «el ansia de poseer integralmente la palabra de Dios, la Biblia, tal como ella salió de la pluma de los autores inspirados y sin interpretación de un intermediario cualquiera, aunque sea la misma Iglesia», y «la necesidad de poseer la certeza de la propia salvación por un medio distinto del de la confesión y el de las buenas obras».
Ciertamente aparecen indicios de estas aspiraciones, promovidas por muy diversas causas del siglo XV. Pero creemos sinceramente que no constituyen una base suficiente para explicar el fenómeno de la defección del siglo XVI. Sin embargo, estas causas contribuyeron eficazmente al triunfo del luteranismo. La doctrina de la certeza de la salvación por sola le fe; la libertad absoluta dada al hombre para la lectura e interpretación de la Biblia y para prescindir de toda autoridad jerárquica; el desatarlo de gran número de trabas morales con que lo mantenía la religión católica, no hay duda que estos principios eran particularmente aptos para fascinar a las masas y conducirlas a la nueva ideología y a la nueva confesión.
Por otro lado, se ha insistido en que la causa principal del triunfo de los protestantes eran los abusos existentes en la Iglesia a fines del siglo XV y principios del XVI. En efecto, la situación general de la Iglesia era, en verdad, lamentable. Ante todo era evidente la mundanización de la curia pontificia, con todos los defectos que de ella procedían en la venalidad de muchos de sus miembros, en la falta de espíritu eclesiástico y en la relajación de costumbres que se manifestaba en todas partes.
Defectos semejantes aparecían, en general, en el clero, tanto secular como regular. El alto clero, que procedía en gran parte de la nobleza, tomaba las dignidades eclesiásticas como un modo de vivir, y así, era muy general su falta de espíritu eclesiástico y su corrupción. El bajo clero, en el que predominaba la ignorancia y la miseria, fácilmente se dejaba llevar de la simonía y de la sensualidad. El clero regular y el estado religioso habla caído en muchas partes en una verdadera relajación de costumbres. En los elementos seglares se reflejaban, como era natural, estos mismos defectos, sobre todo la falta de espíritu cristiano y corrupción de costumbres, a lo que se añadía una aversión creciente a los eclesiásticos, a los monjes y, sobre todo, a la curia romana y al mismo Romano Pontífice.
En realidad, pues, existía este estado de corrupción y de relajación, y, aunque no debe exagerarse, pensando que fuera general en toda la Iglesia, sin embargo, estaba muy extendido, particularmente en el centro de Europa. Pues bien, esta situación de la Iglesia suele presentarse como la causa principal de los extraordinarios progresos realizados por la falsa reforma de Lutero y demás innovadores.
Pero a este propósito, nos parecen muy sensatas las observaciones que hace el P. Hertling: En efecto, dice, «abusos los ha habido siempre en la Iglesia, unas veces más, otras menos,… Los abusos en el gobierno eclesiástico han llevado muchas veces a discusiones y a rebeliones, pero no a cambios de religión y a herejías. Las grandes herejías, que nos salen al encuentro en el curso de la historia de la Iglesia, comenzando por los gnósticos y arrianos hasta los jansenistas… y modernistas, no eran propiamente reacciones contra abusos ni surgieron precisamente en tiempos y lugares de especial decadencia de la vida religiosa, sino más bien en medio de una atmósfera de elevada religiosidad».
Y sigue el mismo historiador: «Si la corrupción de la Iglesia hubiera sido la causa de la separación, entonces la línea de separación debía ser muy diversa. Más bien, los mejores elementos, que ya no encontraban en la antigua Iglesia la satisfacción de sus ideales, debían ser los que le volvieran las espaldas y formaran una nueva Iglesia más pura y más ideal. Ciertamente, entre los reformadores había algunos idealistas; pero no fue precisamente esto lo que contribuyó a que el mundo se dividiera en dos campos, los buenos y los malos. La línea de división fue más bien, a través de la masa, en una y en otra dirección».
2. Verdaderas causas del triunfo protestante. En realidad, estamos conformes, en conjunto, con este razonamiento del historiador alemán. Sin embargo, como él mismo implícitamente concede, debemos admitir que los abusos existentes en la Iglesia y la situación general en que ella se encontraba contribuyeron también eficazmente a facilitar el triunfo protestante. Así, pues, teniendo presente y completando las observaciones que acabamos de reproducir de los dos eminentes profesores de las Universidades de Lovaina y la Gregoriana de Roma, expresaríamos de este modo las verdaderas causas del triunfo protestante.
Ante todo, las doctrinas predicadas por Lutero eran sumamente a propósito para atraer y fanatizar a las masas. Si a esto se añaden las cualidades extraordinarias de Lutero, la fogosidad y actividad de su carácter, su talento de organizador, su ardiente imaginación y su habilidad en aprovechar la situación de descontento y aversión contra Roma y algunos abusos reales, se comprenderá mejor cómo pudo obtener tan rápidamente un éxito tan considerable.
En segundo lugar influyó indudablemente la situación bastante general, que se caracterizaba por los abusos y corrupción de la Iglesia. Sin embargo, añadamos que estos abusos y relajación eclesiástica no constituyen una causa directa de la defección, y en este sentido son acertadas las observaciones del P. Hertling; pero ciertamente son un terreno bien abonado para que más fácilmente se propague en él la rebelión contra la Iglesia. Así ha sucedido, en efecto, en otras ocasiones semejantes en la historia eclesiástica.
Todos aquellos cristianos, clérigos y monjes, obispos y príncipes eclesiásticos, así como también los caballeros y príncipes seculares, faltos de espíritu eclesiástico, víctimas de la relajación y corrupción de costumbres y llenos de prejuicios y aversión contra el estado eclesiástico y contra Roma, eran como ramas secas de un bosque, y bastó se les aplicara la tea encendida de un predicador ardoroso y activo como Lutero para que prendiera un fuego gigantesco.
En los siglos XIV y XV existía también un estado de relajación semejante; pero los conatos de rebelión de los herejes Wiclif y Hus no consiguieron aplicar la tea que hiciera prender la llama, como sucedió con los protestantes del siglo XVI.
A estas circunstancias o causas, que directa o indirectamente favorecieron el triunfo protestante, debe añadirse otra, que, a nuestro juicio, es la que más influyó en él y la que dio fuerza a las demás. Tal fue la intervención decidida de los príncipes seculares y eclesiásticos en favor de las nuevas doctrinas. Más aún, creemos que ésta es la verdadera y única causa, sin la cual apenas hubieran tenido efecto las demás. Si los abusos y el estado de relajación hubieran sido la causa del cambio de religión, debiera observarse siempre y en todas partes este mismo efecto. Pero vemos que no sucedió así. Dependió, pues, de otra causa, que es la que decidió que en este caso se produjeran tales efectos.
Esta causa, pues, fue el favor que los príncipes prestaron a la herejía y la falta de personas que defendieran decididamente la ortodoxia. Era, pues, cuestión de personas. Por esto, como dice muy bien el P. Hertling, «donde el príncipe permaneció católico, como en Baviera, o en dónde el príncipe quería apostatar, pero hubo personas que le ofrecieron oposición eficaz, como en Colonia y Münster, el territorio perseveró católico».
Si Lutero no hubiera tenido desde un principio al elector de Sajonia, Federico el Sabio, quien lo apoyó, y luego otros príncipes que favorecieron con todo su poder a la herejía, ésta no hubiera obtenido el éxito que obtuvo. Los abusos existentes se hubieran podido corregir, como en otras ocasiones, pero Europa hubiera permanecido católica.
Así, pues, los príncipes que apoyaron y defendieron la innovación en Alemania, los reyes de los países escandinavos y Enrique VIII de Inglaterra, que la introdujeron por la fuerza, fueron las causas decisivas del triunfo del protestantismo y de la gran catástrofe de la Iglesia católica. Todos ellos, movidos principalmente por el aliciente con que los brindaba la nueva ideología de aumentar su poder apoderándose de los bienes eclesiásticos y constituyéndose en dueños absolutos en lo espiritual y en lo temporal, y en algunos casos igualmente arrastrados por una pasión desbordante y del espíritu de libertad e individualismo, incompatibles con la antigua Iglesia, se entregaron de lleno a las nuevas doctrinas y las hicieron triunfar.
LA FALSA REFORMA EN SUIZA E INGLATERRA
Mientras se desarrollaban en Alemania los acontecimientos que acabamos de exponer, con lo que se formó la iglesia luterana, surgían también en Suiza otros movimientos semejantes, primero con la falsa reforma de Zwinglio y luego con la de Calvino, que constituyó en definitiva la iglesia reformada. Por causas muy diversas, pero coincidiendo con estos hechos, también Enrique VIII precipitaba a Inglaterra en el cisma, que poco después se transformó en la herejía del anglicanismo y constituye el tercer núcleo de la falsa reforma. Vamos, pues, a recorrer rápidamente el desarrollo de estos dos núcleos del protestantismo, el zwinglianismo-calvinismo y el anglicanismo.
ZWINGLIO: LA INNOVACIÓN EN LA SUIZA ALEMANA
1. Zwinglio. Primer desarrollo de sus ideas. La situación de la Suiza alemana a principios del siglo XVI era muy semejante a la de Alemania. Allí encontramos los mismos abusos y la misma situación del clero alto y bajo, del estado monástico y del elemento secular, con una aversión manifiesta a los abusos, supuestos y reales, de los eclesiásticos. Además, en este territorio se habían propagado mucho los escritos de Wiclif y Hus. Así se explica que hubieran cundido ya mucho todos los prejuicios contra el papado y contra muchas prácticas católicas. Para empeorar la situación, se introdujeron bien pronto en Basilea, Zürich, Ginebra y otros centros más importantes las obras de Lutero, que contribuyeron eficazmente a engrosar el número de los innovadores.
En estas circunstancias se presentó Zwinglio. Nacido en 1484 en Wildhaus, tenía unos dos meses menos que Lutero, e hizo sus estudios en Berna y Basilea, donde tuvo por maestro al humanista Wölflin. En la Universidad de Viena estudió filosofía, y luego en la de Basilea teología, bajo la dirección de Tomás Wittenbach, que se distinguía como buen escriturario. Ordenado de sacerdote en 1506, ejerció su primera actividad en Glaris, donde intensificó sus estudios exegéticos, y en este trabajo continuó hasta 1516, en que entró como Plebanus, o capellán, del santuario de Nuestra Señora de Einsiedeln, en el célebre monasterio de este nombre.
Sobre la base de algunas ideas wiclefitas y husitas, empezó a fomentar cierta aversión a la curia romana y a muchas costumbres y prácticas católicas, como el ayuno, las indulgencias e incluso los votos religiosos y todo lo que fomentaba la piedad exterior; sin embargo, conservaba su adhesión a la Iglesia católica. Esto no obstante, ya en su capellanía de Einsiedeln empezó a flagelar en sus sermones los defectos, muchos de ellos reales, de las iglesias; pero, sobre todo, empezó a atacar las peregrinaciones a santuarios y el culto de la Virgen.
Estando así las cosas, al quedar vacante en 1518 la dignidad de predicador en la catedral de Zürich, Zwinglio fue nombrado para ella, y con la fama y cualidades de orador de que gozaba se entregó de lleno a la predicación. Tomando como base el Evangelio, iba mezclando al mismo tiempo digresiones sobre diversos puntos y no pocas invectivas contra los ayunos, indulgencias, votos y otras prácticas piadosas, y, sobre todo, contra la relajación de costumbres, siendo así que en las suyas dejaba bastante que desear. Precisamente en este tiempo, en 1518 y 1519, tuvo noticia de los primeros escritos de Lutero, de sus tesis y de las controversias que en torno a las mismas se habían suscitado. Así, pues, no obstante el testimonio suyo en contrario, no dudamos en afirmar que, más o menos conscientemente, fue influido por él y por toda su ideología, si bien Zwinglio le dio una tendencia más radical.
2. La falsa reforma en Zürich. Ya desde un célebre sermón del año nuevo de 1519, inició una campaña más radical contra los llamados abusos de la Iglesia y en favor de la verdadera reforma. A ello dio ocasión el franciscano de Milán Bernardino Sansón, quien predicaba por aquel territorio la célebre indulgencia ordenada por León X. Por lo demás, consta que Sansón, aunque tal vez cometiera alguna exageración en la forma, predicó correctamente desde el punto de vista doctrinal. Pero, en todo caso, no pudo predicar allí mismo mucho tiempo, pues el obispo de Constanza ordenó bien pronto a sus clérigos que no permitieran la predicación de la indulgencia. Esto no obstante, Zwinglio desencadenó desde este día una campaña cada vez más violenta contra las indulgencias y las prácticas exteriores de piedad, que designaba como «santidad material», afirmando que se debía volver a la «filosofía de Cristo».
Pero bien pronto su campaña se dirigió contra la autoridad eclesiástica, en lo que aparece también el influjo luterano, y desde entonces ya no tuvo ninguna clase de trabas en sus críticas e insubordinación. Hizo suyas y expuso en sus sermones las ideas luteranas sobre la justificación por sola la fe, contra las buenas obras y sobre la Sagrada Escritura como única fuente de la verdad. Más aún, él, que tanto flagelaba la corrupción de los monjes y eclesiásticos y la curia romana, empezó a dejarse llevar y a patrocinar en los suyos la mayor libertad de costumbres y a incitar a los sacerdotes y religiosos a abandonar el celibato y los votos.
La agitación siguió en aumento, y Zwinglio supo darle un matiz político y nacionalista, con el que llegó pronto a hacerse dueño de la ciudad. Pero ya en 1522 se llegó al primer conflicto ruidoso. En efecto, un buen número de ciudadanos empezaron por suprimir públicamente el ayuno en la Cuaresma de este año. El obispo de Constanza, a la que pertenecía Zürich, elevó su protesta al Consejo de la ciudad; mas como, en lugar de someterse, escribiera Zwinglio su primer tratado dogmático, Sobre la elección y libertad de los alimentos, el obispo publicó una carta pastoral y acudió a la dieta helvética, reunida en Lucerna en mayo de este año.
Todo fue inútil. La dieta dio una disposición general por la que prohibía toda predicación que turbara el orden público; pero en Zürich fue letra muerta, y Zwinglio siguió predicando con mayor libertad. Más aún: en nombre propio y de otros diez sacerdotes, envió una súplica al obispo y a la dieta helvética para que los dispensara del celibato y, entre otros argumentos, atestiguaba que ni él ni los otros lo habían podido observar. De hecho, él vivía en concubinato con una mujer, con la que se casó privadamente en 1522 y públicamente en 1524. Como es natural, otros sacerdotes siguieron su ejemplo.
3. Consolidación del zwinglianismo. Puesto ya en el camino de la rebelión contra la jerarquía y contra la Iglesia, compuso entonces y dirigió a su obispo una obra titulada Apologeticus Archcteles, en la que se mofaba de la autoridad del ordinario y hacía su propia apología en la forma más estridente. Tal era el tono altanero e irónico, que empleaba en este primer escrito, que significaba una verdadera declaración de guerra. Por esto no es de sorprender que Erasmo, antes amigo de Zwinglio, se decidiera a escribirle en tono amistoso, pero severo, notándole la falta de seriedad y respeto de aquella obra.
Pero ya era tarde. Como no sirvió para nada su oposición a Lutero, tampoco su intento de enderezar a Zwinglio. Este, por el contrario, publicó poco después otro escrito de tonos más violento todavía, pero en forma de anónimo, a lo cual volvió a escribirle Erasmo, fingiendo que no conocía al autor, tratando de insensato al autor de aquel engendro anónimo.
A este tiempo pertenece también un documento del Papa Adriano VI que ha dado ocasión a malignas interpretaciones. Efectivamente, el 23 de enero de 1523 le dirigía un breve, en el que usaba con él un tono paternal, dedicándole juntamente notables alabanzas. Los enemigos del Pontificado no ven en ello otra cosa que miras rastreras de los Papas, lisonjas y adulaciones, con el objeto de conseguir el favor de los suizos para reclutar los ejércitos que necesitaba. Pero, tratándose, de Adriano VI, debemos excluir tan innobles intenciones y sólo debemos ver en ello el noble esfuerzo de un padre por atraer al hijo descarriado. Pero tampoco este intento obtuvo resultado. Y, por el contrario, envalentonado con su éxito inicial y con la adhesión, que Zürich le demostraba, obtuvo fácilmente de su Consejo la celebración de la primera disputa solemne en enero de 1523.
Para ella compuso Zwinglio 67 tesis, más radicales en conjunto que las de Lutero. En ellas proponía la Escritura como única regla de la fe a Jesucristo, como único jefe de la Iglesia, por lo cual rechazaba la autoridad del Papa y de los obispos; defendía que la misa no es un sacrificio y negaba la existencia del purgatorio, el culto de los santos, el celibato, los votos religiosos.
De hecho, el obispo de Constanza envió a la disputa a dos representantes suyos, que fueron su vicario general, Juan Faber, y el teólogo Maftín Blantsch; pero su intención era que no tomaran parte en la discusión. Túvose ésta, en efecto, con gran solemnidad; Zwinglio se las compuso de manera que obligó a Faber a intervenir; y, como estaba ya determinado, el Consejo, a quien previamente Zwinglio había reconocido toda la jurisdicción en asuntos religiosos, le atribuyó a él la victoria. Como conclusión de la disputa, se decidió que los predicadores sólo deberían predicar la Sagrada Escritura y que los religiosos podrían abandonar sus conventos y tomar mujeres. Muchos así lo realizaron. Como resultado de todo esto, el mismo Faber escribía a un amigo de Maguncia. «Un segundo Lutero ha surgido en Zürich, y es tanto más peligroso, porque su pueblo toma más seriamente partido por él».
No mucho después, el 26 de octubre del mismo año 1523, se celebró una segunda disputa solemne, organizada por el Consejo de Zürich. La ocasión fueron las destrucciones de imágenes realizadas por el pueblo, y su objeto era decidir sobre la eliminación de las imágenes y de la misa. Los obispos de Constanza y Basilea enviaron algunos representantes o testigos suyos; pero, sin intervención de éstos, se determinó introducir en la ciudad la reforma que Zwinglio había presentado. Entonces compuso Zwinglio su obra Introducción a la doctrina católica, que el Consejo de Zürich envió a todos los párrocos. Además, el mismo Consejo estableció una comisión, compuesta por Zwinglio y sus cuatro más íntimos colaboradores—Judá, Engelhardt, Hitzer y Schmidt—, con el objeto de que urgieran y vigilaran la introducción de las innovaciones en las diversas parroquias.
De este modo, fueron rápidamente desapareciendo las imágenes de Zürich y de todo el departamento; clausuráronse los monasterios; fue desterrada la misa, se eliminaron los sacramentos, los ayunos, etc. El año 1525 se había realizado ya la eliminación del culto antiguo, y entonces se introdujo el nuevo, consistente en la predicación y en la cena bajo las dos especies, pero esto último únicamente como una imagen o representación del cuerpo de Cristo. Incluso estaba prohibido el canto y el órgano. Por otra parte, el bautismo perdió su valor como signo eficaz de la gracia, y sólo se conservó como símbolo exterior de la entrada en el cristianismo. Zwinglio, el verdadero autor de este cambio religioso, escribió entonces su obra principal, De vera et falsa Religione, la primera exposición completa de la doctrina de la falsa Reforma, y no mucho después una traducción de parte de la Biblia en lengua vulgar del país.
4. Extensión a otros cantones. Oposición. Ya desde 1522 el antiguo cartujo Francisco Kilb predicaba las nuevas doctrinas en Berna, si bien consta que con escaso resultado. Siguióle el discípulo de Melanchton Juan Haller, proveniente de Alemania, que se había casado en 1521. Aunque lentamente, se fue poco a poco introduciendo la falsa reforma en diversos territorios.
En 1523, Ecolampadio, bien conocido como humanista y discípulo de Erasmo, ganado para las nuevas ideas, comenzó a extenderlas en Basilea. En esta tarea fueron auxiliares suyos Guillermo Farel y otros varios, y, aunque tuvieron que sostener enconadas luchas, ya en 1525 llegaron a abolir el culto antiguo y en 1527 obtuvieron el libre ejercicio del nuevo; el obispo y algunos miembros católicos del Consejo de la ciudad fueron eliminados; se abrogó la enseñanza católica y se inició una verdadera persecución de las imágenes.
A partir de 1524 se introdujo igualmente la nueva ideología en el cantón de Toggenbourg y en gran parte del de Appenzell. En el cantón de San Gallen introdujo la falsa reforma, asimismo en 1524, un amigo de Zwinglio, Joaquín de Watt, no obstante la oposición del poderoso abad Francisco Geisberg. Fue arrojado el abad y se eliminó la misa, la confesión y todo el culto católico.
En realidad, pues, el movimiento de defección contra la Iglesia católica había ido arrastrando tras sí a algunos cantones de Suiza casi enteros. Sin embargo, encontró una oposición decidida en algunos cantones antiguos del interior. Tales fueron los de Uri, Lucerna, Schwyz, Unterwaiden, Zug, Friburgo, Soloturm, formados por campesinos y pastores, de simples costumbres y fe sencilla, y dirigidos por clérigos de íntegras costumbres. Como los innovadores iniciaran algunas incursiones violentas hacia estos territorios y realizaran algunas destrucciones de imágenes y otras escenas semejantes, se procuró primero llegar a un acuerdo por medios pacíficos, y así convinieron en la celebración de una conferencia en Baden, cerca de Zürich, en mayo de 1526. En ella tomaron parte, entre los teólogos católicos, Eck, venido de Alemania; Fabri y Murner; y entre los protestantes, Ecolampadio y Haller, pues Zwinglio se negó a asistir.
El resultado no pudo ser más favorable a los católicos. Juan Eck, como lo había hecho en Leipzig con Lutero, puso aquí en evidencia los errores de los nuevos herejes. Por esto los católicos, fieles a la fe antigua, prohibieron toda clase de innovación, y, por consiguiente, la entrada de los libros de Lutero y de Zwinglio.
De este modo, la división se fue enconando cada vez más. Mientras en Zürich se maltrataba a los católicos, en los cantones católicos se perseguía a los innovadores. Estas luchas, que degeneraban a las veces en batallas callejeras, tuvieron lugar particularmente en las llamadas ciudades o regiones neutras. Unos y otros querían tener en ellas la supremacía y no querían ceder al partido contrario.
El resultado fue que, como sucedía en este mismo tiempo en Alemania, empezaron a formarse alianzas y ligas políticas. Ya en 1527 Zürich constituyó una alianza con Constanza, a la que se juntaron Basilea, Berna, San Gallen y otras ciudades. Frente a esta coalición, los cantones católicos se unieron en 1529 con Fernando de Austria: la llamada Alianza de Wallis.
5. Guerra y paz de Kappel. Muerte de Zwinglio. Estas dos coaliciones eran el más claro indicio de que la situación iba a desembocar en una guerra. Pero ésta pudo evitarse durante algún tiempo por medio de la primera paz de Kappel, de 1529. En realidad quedaban por ella favorecidos los zwinglianos; pero Zwinglio no quedó satisfecho. Por esto, como aspiraba a dominar toda Suiza, continuó luchando con redoblada energía. Entre tanto tuvo lugar en Alemania la dieta de Augsburgo de 1530, y en ella se presentó y fue discutida una confesión zwingliana.
Mas, como los innovadores continuaran en Suiza cada vez más agresivos y llegaran a arrojar de sus dominios al abad de San Gallen, no tuvieron los católicos otro remedio, para defenderse a sí mismos y a su fe, que acudir a las armas. Así, pues, se llegó a la batalla de Kappel, del 11 de octubre de 1531, contra los cantones zwinglianos, excepto el de Berna. El resultado fue que Zwinglio, presente en la batalla, fue completamente derrotado y murió en ella junto con otros siete de sus jefes. No se dieron por vencidos los zwinglianos, por lo cual continuaron las hostilidades hasta una segunda victoria de los cantones católicos en el monte de Zug (24 de octubre), después de lo cual se concluyó la segunda paz de Kappel. Por ella se establecía que cada cantón podía conservar la religión que quisiera y que debía restablecerse el culto católico en los territorios neutros, donde ambas confesiones debían ser permitidas. Como consecuencia fue restablecido parcialmente el catolicismo en Appenzell y Glaris, y totalmente en Mellingen y otros territorios. El abad de San Gallen volvió a su abadía.
Por lo que se refiere a la suerte ulterior del zwinglianismo después de la muerte de su fundador, los cantones zwinglianos continuaron fieles a la nueva ideología y no se pudo restablecer en ellos el catolicismo. De este modo, Suiza quedó definitivamente dividida en dos confesiones y en dos partes. Bullinger, que fue el sucesor de Zwinglio, compuso en 1536 la llamada Primera y en 1564 la Segunda confesión helvética. Pero, a la larga, no pudo mantener su independencia, y se fundió parte con el luteranismo, parte con el calvinismo.
6. Cuestiones sacramentarías. Zwinglio era de un carácter y poseía una educación completamente distintos de los de Lutero. Educado en el seno de una familia rica, no había conocido los rigores y estrecheces familiares. No poseía un alma angustiosa ni había llevado en el claustro una vida de penitencia. Por el contrario, tenía un carácter jovial y abierto y, como sacerdote secular, llevaba una vida fácil y agradable. Así se explican muchas particularidades y matices de ambas doctrinas. Lutero es más sentimental y místico; Zwinglio, más natural y optimista.
Ambos ponen como base la Sagrada Escritura como única norma de fe, interpretada según la propia inspiración de cada uno. Así, pues, ambos rechazan la tradición apostólica, que se nos transmite por la autoridad patrística, conciliar y pontificia. Sin embargo, no atribuyen ambos el mismo valor a la Biblia. Lutero le da generalmente más importancia. Zwinglio insiste más en cierta inspiración interior.
Uno de los puntos fundamentales de todo el sistema luterano es la corrupción de la naturaleza humana, que podemos llamar punto de vista antropológico. En cambio, Zwinglio insiste poco en ese principio y parte del terreno filosófico-teológico, de un concepto semipanteísta de la divinidad; pues, según él, Dios es todo el ser, y las criaturas, una especie de emanación suya, por lo cual el hombre no es un ser libre, sino que está totalmente en manos de Dios. De ahí proviene su concepto de la predestinación absoluta de todo el mundo y que Dios es origen de lo bueno y de lo malo, del pecado y de todo.
Por otra parte, Zwinglio rechaza igualmente las buenas obras, en particular los votos, la vida monástica, las indulgencias, el purgatorio y el sacerdocio. Pero mientras Lutero pone como base de todas sus teorías la justificación por los méritos de Cristo, Zwinglio insiste más bien en la predestinación. Lutero admite la divinidad de Cristo y manifiesta una íntima adhesión a su persona; Zwinglio, en cambio, tiende a disminuir sus grandezas a la manera de los arrianos.
Finalmente, mientras Lutero admite al menos tres sacramentos, Zwinglio los reduce a la mínima expresión. El bautismo y eucaristía, que son los únicos que conserva, son rebajados a meros signos exteriores.
Es particularmente digna de mención la contienda de ambos acerca de la eucaristía. En efecto, Lutero negaba la transubstanciación, pero defendía con ardor la presencia real de Cristo en la eucaristía. Para ello sostenía la teoría de la empanación, por la que se suponía que juntamente quedaban las dos substancias. Pero ya durante su estancia en la Wartburg (1521-1522) inició sobre este punto una polémica contra Karlstadt, quien se había atrevido a negar la presencia real. Karlstadt se calló, más o menos convencido por Lutero. Pero Zwinglio y los suyos renovaron la contienda, e incluso hablaban de una especie de inspiración al interpretar el verbo est de la fórmula de consagración como significa o es símbolo. Algo parecido defendían Ecolampadio y Bucer.
Así, pues, entre los años 1526 y 1528 se produjo una enconada contienda, en la que Lutero manifestó, como en otros casos, su temperamento pasional contra Zwinglio y Ecolampadio. La excitación llegó a tal extremo, que parecía inevitable el rompimiento entre Lutero y Zwinglio; pero la necesidad de unirse contra el enemigo común, que era la Iglesia católica, hizo que se reconciliaran de nuevo. Para ello, Felipe de Hessen, actuando como mediador, en octubre de 1529 organizó una disputa religiosa en Marburg entre Lutero y Melanchton, por una parte, y Zwinglio y Ecolampadio, por otra, y otros teólogos protestantes. Pero después de tres días de discusión se convencieron de que era imposible entenderse. Esto no obstante, quedaron unidos, si bien cada uno con su opinión en este punto.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia
Vigésimo sexta entrega: Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648). Rebelión protestante y reforma católica
Vigésimo séptima entrega: Primer desarrollo del luteranismo. Procso y condenación de Lutero
Vigésimo octava entrega: Desarrollo ulterior del movimiento luterano hasta la confesión de Augsburgo (1530)
Vigésimo novena entrega: El luteranismo en pleno desarrollo hasta la paz de Ausgburgo
