SAN DIONISIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN DIONISIO Y SUS COMPAÑEROS, MÁRTIRES.

 

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Fue san Dionisio de una de las mas nobles familias de la ciudad de Atenas; nació ocho o nueve años después del nacimiento del Salvador, y sus padres le criaron cuidadosamente, tanto en las ciencias como en las supersticiones del gentilismo. Estudió en la misma célebre ciudad, a donde concurrían de todas partes los mayores ingenios por ser la mas famosa universidad de toda la Grecia. Florecían en ella todas las ciencias y artes liberales, pero sobre todo la filosofía y la astronomía; en ambas se adelantó mucho Dionisio; y para perfeccionarse en las matemáticas hizo un viaje a Heliópolis.

Estando en esta ciudad, observó aquel milagroso eclipse del sol que sucedió en la muerte del Salvador, puntualmente en el mismo plenilunio. No ignoraba Dionisio que no mediando algún cuerpo sólido entre la tierra y el sol, como no era posible que mediase estando llena la luna, necesariamente había de ser sobrenatural aquel eclipse; y en virtud de eso, asombrado de aquel raro fenómeno, exclamó: o el Dios de la naturaleza padece, o la máquina de este mundo perece.

Vuelto a Atenas, se señaló mucho en aquella universidad por su sabiduría, por su elocuencia y por su ingenio sobresaliente; tanto, que sin reparar en sus pocos años le honraron con los primeros empleos, y en breve tiempo se vio elevado a la dignidad de uno de los primeros jueces del Areopago. Era este el mas respetable tribunal de toda la Grecia. Celebra la historia en mil partes la integridad de los que le componían; y hasta los mismos romanos, en medio de su vanidad, remitían a él muchas causas ambiguas, honrándose mucho de ser admitidos en el número de los areopagitas. Hallábase aquel augusto y famoso tribunal en su mayor esplendor cuando entró san Pablo en Atenas, siendo a la sazón la ciudad mas célebre del mundo por las ciencias que se enseñaban en ella, y por el concurso de estudiantes y de maestros que acudían a su universidad de todas las provincias a donde se extendía la jurisdicción del imperio romano. Era, por decirlo así, como la academia universal de todas las artes y de todas los descubrimientos del ingenio; por lo que no podía el Apóstol escoger teatro mas oportuno para anunciar el Evangelio, ni lugar donde estuviese mas viva la curiosidad de aprender cosas nuevas en materia de religión.

Luego que el santo Apóstol se hizo cargo del lastimoso estado en que se hallaba la ciudad, se sintió interiormente conmovido, y penetrado su corazón de la mas viva compasión a vista de un pueblo tan idólatra y tan ciego. Comenzó a predicar, según su costumbre, primero a los judíos en sus particulares sinagogas, y saliendo después a las calles y a las plazas públicas, anunciaba el Evangelio a todo género de gentes. Cuando le oyeron hablar de la unidad de Dios, de su inmensidad y de su omnipotencia, pasando después a los misterios de la encarnación del Verbo y de su resurrección, hizo tanto eco en los ánimos de sus oyentes aquella nueva doctrina, que le delataron al tribunal del Areopago. Compareció en él san Pablo, y dió razón de su religión, demostrando tan visiblemente su verdad, su santidad y su excelencia, que todos los jueces quedaron admirados, aunque no todos quedaron convertidos. Rindiéronse pocos a la fuerza de la verdad, y entre estos pocos fue uno Dionisio Areopagita.

Las conferencias privadas que tuvo con el Apóstol le abrieron en fin los ojos; y detestando las supersticiones del gentilismo, abandonó sus bienes, y renunció sus empleos por seguir a Jesucristo, quedando gustosamente sorprendido cuando entendió que aquel milagroso eclipse que tanto le había asombrado, había puntualmente sucedido en la muerte del mismo Salvador. Instruido ya perfectamente en los misterios y en la doctrina de la Religión, fue bautizado por san Pablo, y admitido en el número de aquellos discípulos que se distinguían mas en su cariño. Comunicóle particularmente a él aquellas luces sobrenaturales, aquellos divinos secretos que el Apóstol había aprendido en la misma fuente cuando fue arrebatado hasta el tercer cielo; y con este descubrimiento sacó en Dionisio uno de los mas iluminados y de los mas hábiles maestros de la vida mística.

Créese comunmente que san Dionisio acompañó a san Pablo en todos los viajes que hizo aquellos tres primeros años; y que después creciendo cada día el número de los fieles, el mismo Apóstol le consagró por obispo de Atenas. Formado en tal taller, y siendo obra de un artífice tan diestro, ya se deja discurrir cuál seria su conducta, cuánto su celo y cuánta su virtud en el ministerio episcopal.

Ningún obispo fue mas semejante a los primeros Apóstoles. Su vida era una viva imagen de la de estos; la misma inocencia, la misma austeridad y el mismo fervor. Iluminado por el mismo Dios aquel entendimiento naturalmente sublime, elevado y perspicaz, fue Dionisio uno de los mayores doctores y de los mas sabios maestros de la vida espiritual. En su admirable libro de la Jerarquía eclesiástica, en el de los Nombres divinos, y en sus epístolas a san Tito, a san Timoteo y a san Policarpo, se hace visible su íntima comunicación con Dios, aquel eminente don de contemplación que poseía, y su sabiduría verdaderamente divina y celestial. Su conducta era en todo correspondiente a sus soberanas luces; y en el gobierno de la iglesia de Atenas se hacia palpable a todos que le dirigía el espíritu de Dios. No cabía caridad mas general y mas ardiente, ni celo mas generoso y mas universal, ni amor de Jesucristo mas puro, mas abrasado y mas tierno. Pero sobre todo, desde el mismo punto de su conversión fue profundísima la veneración que profesó siempre a la Madre de Dios, asegurando él mismo que el majestuoso aire y la divina modestia de la santísima Virgen estaban diciendo a todos quién era aquella Señora; haciéndole esto tanta impresión, que acostumbraba a decir, que a no saber por la fe que no podía haber mas que un solo Dios, nunca podría creer que la Virgen no fuese mas que humana criatura. También nos certifica él mismo en el libro de los Nombres divinos que logró el consuelo de hallarse presente en Jerusalén a la muerte de la Madre de Dios, y de ser testigo ocular de todas las maravillas que sucedieron en ella; queriendo la santísima Virgen dispensar este favor a su celoso siervo Dionisio, que toda la vida conservó el mas tierno amor y la devoción mas extraordinaria a la soberana Reina. Restituido a la ciudad de Atenas, se aplicó con mayor celo que nunca al cultivo de aquella nueva viña del Señor, que a esfuerzos de su trabajo en breve tiempo fue una de las mas floridas porciones de la Iglesia.

Igualaba al fervor de los cristianos de Jerusalén el de los nuevos fieles de Atenas; correspondía la docilidad de la grey a los desvelos del Pastor, y muy en breve triunfó la fe de Jesucristo en aquella capital de la Grecia. Levantósele por este tiempo su destierro a san Juan evangelista, que le estaba padeciendo por la fe en la isla de Patmos, y restituyéndose a su iglesia de Éfeso, inmediatamente nuestro san Dionisio le fue a visitar. Tiénese por cierto que durante su mansión en Éfeso y en las conversaciones particulares que tuvo con el amado Evangelista, el Señor le dió a entender la necesidad que tenían de operarios apostólicos las provincias mas extendidas de la Europa, y que le inspiró el pensamiento de irse a ofrecer al papa san Clemente para esta misión; y como la iglesia de Atenas cada día se iba haciendo mas numerosa y mas florida, él mismo escogió por sucesor suyo a san Publio, a quien san Pablo había convertido; y después que el mismo Publio le informó del estado de aquella iglesia, en la cual había trabajado con abundante fruto por largo tiempo, hecha dimisión del obispado, le consagró obispo de Atenas, y Dionisio tomó el camino de Roma, acompañado del presbítero Rústico, y del diácono Eleuterio, ambos fieles compañeros suyos en todos sus viajes y apostólicos trabajos.

Nuestro Santo fue recibido del papa san Clemente con aquella caridad que une tan estrechamente el corazón de los hombres apostólicos; y habiéndole declarado sus intentos, le suplicó que le señalase el lugar de su misión. Alumbrado y encendido el santo Papa con el mismo espíritu, y animado del propio celo, le envió a las Galias, donde parecía que dominaba el gentilismo con mayor imperio a favor de la crasa ignorancia en que aquellos pueblos vivían como anochecidos. Partió inmediatamente san Dionisio con san Rieul, san Marcelo, por sobrenombre Eugenio, y algunos otros operarios que le dió el Sumo Pontífice para que todos trabajasen ea aquella inculta viña.

Noticioso san Rieul, discípulo de san Juan evangelista, que san Dionisio había partido a Roma para ir a predicar el Evaagelio a los gentiles en las Galias, le vino a buscar, y se le ofreció por compañero en aquella expedición; lo mismo hicieron san Luciano y san Eugenio con otros excelentes operarios; toda esta tropa de hombres apostólicos salió de Roma para ir a llevar la luz de la fe al otro lado de los alpes. Es antigua tradicion de todas las iglesias de Provenza, que los santos misioneros se dirigieron primeramente a Arles, donde ya había muchos cristianos bautizados por san Trofimo; y que hábiéndose detenido san Dionisio algún tiempo para cultivar aquella iglesia, como lo hizo con mucho fruto, llamándole a provincias mas distantes el espíritu de Dios, consagró por obispo de Arles a san Rieul, y él, con los demás compañeros le encaminó a París para anunciar el Evangelio.

Luego que entró en aquella ciudad, fundada entonces en una isla que forma el rio Sena, y hoy se llama la isla de Palacio, se vió cercado de un inmenso gentío; y habiendo recibido el don de lenguas (como se debe creer), que era tan común a los hombres apostólicos, habló a aquella muchedumbre con tan divina elocuencia sobre la risible vanidad de sus mentidas deidades, haciéndoles palpable la quimérica imposibilidad de muchos dioses; mostró con tanta energía la necesidad de creer que, ni había ni podía haber mas que un solo Dios verdadero, criador del cielo y de la tierra, y que este no podía ser otro que Jesucristo nuestro Salvador y nuestro Dios, en fin, explicó con tanta elevación y al mismo tiempo con tanta claridad, así las verdades mas esenciales, como la santidad de nuestra Religión, que sobre el mismo hecho muchos de sus oyentes le pidieron el Bautismo.

A vista de un suceso tan pronto como feliz, se encendió mas y mas el celo del nuevo Apóstol, venerándole, ya todos como un hombre bajado del cielo, y los milagros que obraba cada día en beneficio de un pueblo tan dócil a las verdades de la fe, le hacia por puntos mas y mas cristiano, y mas sediento de las sagradas purísimas aguas del Evangelio. Desde luego se erigieron diferentes oratorios, siendo tradición tan respetable por su antigüedad, como por la autoridad de los grandes hombres que a la santísima Trinidad, y que estaba en el mismo sitio donde se ve al presente la iglesia de San Benito, leyéndose aun el día de hoy en una vidriera de la capilla de San Dionisio estas palabras: in hoc sacello sanctus Dionysius coepit invocare nomen sanctissimae Trinitatis: en esta capilla dio principio san Dionisio a invocar el nombre de la Santísima Trinidad. El segundo oratorio le dedicó a Dios el mismo Santo en honor de la santísima Virgen; y es la iglesia que después se llamó de Nuestra Señora de los Campos, donde está hoy el convento de los Padres Carmelitas. El tercero se dedicó a los santos apóstoles san Pedro y san Pablo, y el cuarto a san Esteban.

Dícese que el primero que recibió el Bautismo de mano de san Dionisio fue uno de los mas ilustres caballeros de París, llamado Lisbio, a quien la gran casa de Montmorenci reconoce por tronco de su familia, por cuya razón en las batallas tomó por grito de acometer estas palabras: Ayude Dios al primer cristiano.

A vista de tantas y tan ruidosas conquistas como hacia cada día nuestro Santo, necesariamente se había de consternar el ánimo de los paganos, particularmente el de los sacerdotes de los ídolos, que a su pesar y tan a costa suya estaban viendo erigirse la religión cristiana sobre las ruinas del gentilismo. No menos conturbados que interiormente enfurecidos acudieron a echarse a los pies de Fescenino Sisino, gobernador de las Galias por el Emperador, y le representaron que unos extranjeros venidos alla de los retirados rincones de la Grecia, tenían tan trastornado el espíritu del ciego vulgo y del ignorante pueblo por medio de sus acostumbrados hechizos y familiares encantamientos, que en gran desprecio de los dioses inmortales todos se hacían cristianos. Lamentáronse de que los templos estaban desiertos y los sacrificios abolidos, protestándole que si no se aplicaba pronto y eficaz remedio con ejemplar suplicio de las cabezas de aquella sacrílega sedición, muy en breve vería el mismo Gobernador exterminado de París el culto de los dioses del Imperio. Turbóse Fescenino al oír tan graves quejas, y mandó que fuesen arrestados los jefes o las cabezas de los Cristianos.

No había cosa mas fácil que dar luego con ellos, y así fueron inmediatamente presos san Dionisio, Lisbio, en cuya casa estaba hospedado el Santo, Rústico y Eleuterio. Llevaronlos a presencia del Gobernador; y cuando estaban en su tribunal, entró en él Larcia, mujer de Lisbio, y tan furiosamente idólatra, que rabiosa contra el Apóstol y contra su mismo marido, mas con ademanes de furia que de mujer, comenzó a acusar a Lisbio, que con sus mismas manos había hecho pedazos todos los ídolos. Procuró Fescenino pervertir a aquel cristiano caballero con ruegos, con promesas y con amenazas; pero viendo su invencible constancia, mandó que allí mismo le cortasen la cabeza a vista de su mujer; y haciendo después todo cuanto pudo para intimidar a Dionisio y a sus compañeros, dio orden de que todos fuesen encerrados en los calabozos de cierta prisión inmediata, que se llamaba la cárcel del Glaucin, y con el tiempo se convirtió en una iglesia intitulada: San Dionisio de la Cárcel, donde no estuvieron meramente asegurados, sino atormentados cruelmente al peso de gruesas piedras que cargaban sobre sus cuerpos.

Pasados algunos días mandó el tirano que los trajesen a su tribunal, y les preguntó con fiereza, si aquel primer ensayo les había hecho cuerdos, o si eran tan locos que quisiesen acabar la vida con los mas desapiadados tormentos. San Dionisio respondió a nombre de todos, que ni los tormentos mas horribles, ni la misma muerte serian capaces de contrastar la constancia de su fe, puesto que era su vida el mismo Jesucristo por quien deseaban morir, teniéndose por dichosos si lograban derramar su sangre a gloria de su Salvador y de su Dios. La réplica del Juez a esta generosa respuesta fue una espesa lluvia de azotes con ramales armados de puntas de acero, que despedazaron los cuerpos de los santos Mártires hasta descubrirse las entrañas. Era espectáculo digno de la atención de los Ángeles ver a un venerable anciano con mas de ciento y seis años (no contaba menos san Dionisio) cantar incesantemente las alabanzas del Señor, con semblante alegre y risueño, en medio de aquella horrorosa carnicería.

Asombrado el tirano de tan magnánima firmeza, los mandó llevar otra vez a la cárcel, de donde presto los volvieron a sacar para atormentarlos con mayores suplicios. Apenas se podía imaginar cómo era posible que un viejo de mas de cien años resistiese a tanta barbaridad. Extendiéronle sobre el potro: renováronle todas las llagas con garfios de acero; y tendiéndole después sobre cierta especie de parrillas, le fueron como asando a fuego lento, sin que en todos estos tormentos le pudiesen arrancar ni una sola queja ni un solo suspiro.

Es verdad que cada tormento iba acompañado de un prodigio. Arrojáronle después en un horno encendido, donde renovó Dios el milagro de los niños que respiraban refrigerio en medio de las llamas. Sacáronle del horno para amarrarle a una cruz, que el Santo convirtió en cátedra de la verdad, predicando al pueblo desde ella la santidad de nuestra Religión, el mérito de los trabajos, y la loca impiedad del gentilismo. Tanto tropel de maravillas aturdió a los paganos, y mas aturdido que todos el tirano, hizo que tercera vez le restituyesen a la cárcel, a donde concurrieron los fieles de todas partes, y se asegura que para fortalecerlos en la fe, el santo Pastor celebró el divino sacrificio, y a todos dio la Comunión.

El día siguiente, 9 de octubre del año 117, el tirano pronunció sentencia de que Dionisio y sus compañeros fuesen degollados, lo que se ejecutó en el mismo día. Hizose después una horrible carnicería en los Cristianos; y se dice que entre estos, Larcia, mujer del santo mártir Lisbio, convertida por las oraciones y por los milagros de san Dionisio, logró la dicha de merecer la corona del martirio. Es tradición tan antigua como la muerte de nuestro Santo, que después de degollado, el cuerpo de san Dionisio se puso en pie por sí mismo, tomó su cabeza en las manos, y la llevó al lugar donde está hoy la célebre población y monasterio de su nombre, a dos leguas de París, cuyo portento acabó de convertir a todo el pueblo. Añádese, que acudiendo al ruido de este prodigio una santa mujer, llamada Cátula, a quien el Santo había convertido, este se fue derecho a ella, púsola en las manos su cabeza, y cayó el cuerpo en tierra, dejándola depositaria de sus preciosas reliquias. Apoderada de tan inestimable tesoro, le guardó y le escondió con el mayor cuidado mientras duró aquella violenta persecución, y no contenta con eso, tuvo arte para lograr a precio de dinero los cuerpos de sus dos compañeros Rústico y Eleuterio. Noticioso san Rieul del martirio de nuestros Santos, se sintió inspirado de Dios para buscar sus reliquias; y encargando el cuidado de su iglesia de Arles al obispo Felicísimo, que había ido a visitarle, partió a París, acompañado de algunos presbíteros suyos. Con las noticias que allí le dieron, se encaminó a la aldea de Charoüil, donde encontró a la piadosa matrona Cátula, y consagró en honor de san Dionisio y sus compañeros una capilla de madera, que aquella virtuosa señora había erigido sobre el sepulcro de los Santos.

Mas de trescientos años después, santa Genovefa, devotísima de san Dionisio, erigió otra capilla de piedra mucho mas capaz, donde pasados otros doscientos años, el rey Dagoberto fundó aquel célebre monasterio de San Dionisio, y aquella suntuosísima iglesia que los reyes de Francia escogieron para su sepultura. No se ignora que algunos sabios críticos de estos últimos tiempos quieren disputar al reino de Francia la gloria de haber merecido a san Dionisio Areopagita por uno de sus primeros apóstoles; pero se juzgó mas seguro seguir el parecer del Martirologio, y aun el de la misma Iglesia romana, pareciendo que la crítica del tiempo debiera ceder a la tradición de mas de mil y doscientos años, y a la autoridad del sabio Hincmaro, arzobispo de Reims, de Fortunato, obispo de Poitiers , de Eugenio II, arzobispo de Toledo, del venerable Beda, de todos los hombres grandes que florecieron en los ocho últimos siglos, del mismo concilio de Páris y en fin, del unánime consentimiento de la Iglesia griega y latina, como lo observa el sabio cardenal Baronio en las anotaciones al Martirologio romano.

Año cristiano

P. Juan Croisset

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