CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO V

II.- DERECHOS DE LA MADRE

¿Tiene derechos la esposa y madre en el seno del hogar?

Se le antojará, quizás, hacer esta pregunta a quien haya leído algunos capítulos de historia, en que aparece la mujer sometida al marido como una esclava, o a quien conozca las intimidades de ciertos hogares, en que sólo se reservan a las esposas y madres los menudos quehaceres de la casa.

¿Quién no habrá oído más de una vez frases como ésta: «Las mujeres, a la cocina o a la labor»; «Las mujeres no entienden de estas cosas»?

Ni sería difícil hallar en la literatura pedagógica del último siglo pasajes en que se aboga, hasta por autores profundamente cristianos, por la limitación excesiva de los oficios de la mujer en la sociedad doméstica.

El mismo Apóstol, que tan alto sintió del matrimonio cristiano y de la mujer, hasta compararla a la Iglesia, Esposa de Cristo, al tratar, de las mutuas relaciones de los esposos impone al marido la ley del amor a la mujer: Esposos, amad a vuestras esposas, como Cristo ama a su Iglesia. En cambio, para la esposa tiene estas frases, que se leen una tras otra, con breves intervalos: Que las mujeres estén sujetas al marido, como al Señor; —Como la Iglesia está sujeta a Cristo, así la mujer a su marido, en todas las cosas: In ómnibus; — Que la esposa reverencie a su marido (Ef., 5, 22, 24, 33). Para el esposo, la ley del amor; para la esposa, la obediencia y el temor.

Digamos de paso que desde el momento en que San Pablo impone al varón la obligación de amar a la mujer, y esto en el Señor, in Domino, confiere a la esposa el derecho a este amor del marido, y esto en el Señor; y en ello, ahondando un poco en la exégesis del hermoso pasaje en que se levanta el matrimonio cristiano a las alturas del simbolismo de la unión sobrenatural de Cristo con su Iglesia, no sería difícil hallar todos los derechos que vamos a vindicar para la mujer.

Del bando contrario, de los aduladores de la mujer, nos aturde una literatura feminista moderna, inspirada, más que en las delicadezas del pensamiento cristiano, en el espíritu pragmatista de la raza anglo-sajona, con la absoluta igualdad de la mujer con respecto al marido, en todo: In omnibus. La mujer, la esposa, la madre, tiene derecho a estudiar, a saber, a administrar, a gobernar, en el mismo nivel y en el mismo campo que el marido.

La madre tiene los mismos derechos domésticos, civiles y políticos que el marido. La madre debe trabajar para emanciparse de la rutina y de la servidumbre a que nuestra civilización la ha sometido. Esta es la continua cantinela del novísimo feminismo.

Ni lo uno, ni lo otro. Las posiciones extremas tienen siempre sus vicios y peligros. Ni el criterio cerrado de los que intentan asfixiar a la madre de familia, encerrándola, como una sirvienta o como un objeto de lujo, en la estrechez de las menudencias del hogar, ni la puerta tan abierta que se la obligue a salir de él para ir a la conquista de utópicos derechos, con daño positivo de los deberes y de los derechos que Dios le confió en el seno de la familia.

La madre tiene, en virtud de la misma ley natural que regula la sociedad conyugal, y por ley de emancipación que en ella produjo el cristianismo, sacratísimos derechos, que vamos a vindicar; como tiene deberes gravísimos, correspondientes a la altura de aquellos derechos.

El primero de todos los derechos de la esposa y madre en el seno de la familia es la igualdad absoluta de derechos morales con el esposo.

Atended bien que digo de los derechos morales, prescindiendo por el momento de los civiles y políticos, que no nacen de la misma naturaleza del matrimonio y que pueden ser diversos, según los distintos países y tiempos.

Y ¿cuáles son los derechos morales? Son todos aquellos que arrancan de la naturaleza del vínculo matrimonial, como contrato y como sacramento, que ya dijimos no podían estos conceptos separarse en el matrimonio cristiano.

El derecho a la cohabitación, a la procreación, a la educación y posesión de los hijos; al respeto y obediencia de los miembros de la familia, salvando los derechos de régimen que tiene el padre; al respeto del mismo padre, en la misma medida con que el marido puede exigirlo de la esposa. El derecho a vindicar la santidad del sagrado vínculo y a tutelar la fe y las costumbres en el seno de la familia. El derecho a la fidelidad del marido, en la misma forma que éste le tiene con respecto a la esposa.

Ya veis si tiene derechos la mujer en el seno del hogar. Ya veis si en esta sencilla enumeración se encierra toda la casuística de las grandes y menudas querellas que suelen suscitarse en la familia, por desconocimiento o por olvido de los derechos de la madre.

¡Oh, madres! ¡Cuán inmenso es el beneficio que os ha hecho nuestra religión santísima, arrancándoos de las abyecciones de la servidumbre pagana para elevaros a la categoría de señoras de la casa!

Porque sois señoras del hogar, no en el sentido del antiguo derecho, en que se reconocía injustamente en el marido, paterfamilias, el derecho a la vida y honra de todos los individuos de su familia —que hoy tampoco lo tiene—, sino en cuanto participáis, en la misma medida que el marido, de los sacratísimos derechos que derivan del lazo conyugal, si se exceptúa el derecho de gobierno supremo, que puso Dios en las manos del hombre.

Por lo mismo, tenéis derecho a exigir del marido el cumplimiento de las sagradas promesas que un día os hizo; a que no se desedifique vuestra casa, que es tan vuestra como suya, con palabras, doctrinas o ejemplos que sean ofensa a la fe cristiana en que contrajisteis, y a las leyes de una religión que es la mayor garantía de la dignidad de la familia.

Tenéis derecho a imponer —así, a imponer—, el respeto al santo nombre de Dios y la observancia de sus mandamientos, y el cumplimiento de las leyes de la Iglesia, a vuestros hijos y subordinados.

Tenéis derecho a modelar, a rectificar, a formar, con estos dos instrumentos de que Dios os dotó, la sagacidad y el amor maternal, las almas de vuestros hijos que, si son vuestros solidariamente, del padre y de la madre, son más vuestros, si cabe decirlo, porque Dios los arrancó de la cantera de vuestra propia vida entre dolores y congojas de muerte.

Pero, quizás diga algún marido: Entonces, ¿dónde está nuestra soberanía dentro de la familia? Y yo respondo: ¿Quién jamás os concedió la soberanía en la casa? La soberanía, la señoría, supone un dominio; y vosotros, por derecho natural y por derecho cristiano, no tenéis dominio sobre los miembros de la familia. Lo tendréis, quizás, sobre sus bienes, en la medida que las leyes os lo consientan; podréis disponer de ellos hasta a vuestro antojo, aunque ya sé que el padre no se deja gobernar por antojos, sino por amor y por justicia, cuando se trata de su familia; pero disponer de la esposa y de los hijos y de la servidumbre, si pudo ser una aberración de los tiempos paganos, el cristianismo lo abrogó en derecho y lo abolió en la historia.

La soberanía en la familia la tiene sólo Dios: en cuanto Él, vida de las vidas, es el Señor de toda vida, pudiendo mandar un día a Abraham que inmole a su hijo Isaac; y en cuanto es quien dio al matrimonio y a la familia las leyes inconmovibles que le regulan y por las que ejerce ordinariamente su soberanía en vuestras casas.

Por ello os digo que si un día se atentara en ellas contra los derechos soberanos de Dios y de su ley, cualquiera de los miembros de la familia, en defecto vuestro, podría exigir que la santidad del hogar no fuera profanada.

¿Por qué, entonces, mandó San Pablo reiteradamente a las esposas que estuvieran sujetas a los maridos? ¿Creeríais tal vez que fue para poner el capricho del padre por sobre las leyes eternas que regulan la familia cristiana? No; fue para poner en vuestras manos el cetro del gobierno, la vara de la dirección, según las leyes divinas, virgo directionis; no para que se erigiera en ley el querer de vuestra voluntad, como en la familia y en el Estado romano: «La voluntad del príncipe tiene fuerza de ley».

Hay una palabra que es la que conviene a la posición del padre en la familia: es el «jefe», caput, cabeza, no el señor; es el moderador, no el dueño.

Y si un día el padre, con la vara de la dirección, tocara alguna de las piezas de esta santa institución de la familia, con peligro de su estabilidad o de su movimiento según Dios, entonces, sabedlo, ya no haría de cabeza, ni de padre, sino de perturbador y destructor de la obra de Dios. ¿Qué habría, entonces, de desordenado en la acción de la esposa que detuviese la mano del padre para salvar la obra de Dios?

Si me preguntáis de dónde viene esta igualdad de derechos morales del padre y de la madre en la familia, os diré que arranca de la misma unidad moral que constituyeron el día de su matrimonio. Porque ya no son dos, sino uno, desde el momento en que se fusionaron, en cuerpo y espíritu, para una misma obra: Hueso de mis huesos y carne de mi carne.

Arranca de la igualdad en el fin principal del vínculo, que es la procreación y la formación de los hijos. Arranca de la identidad de fines de sus vidas, porque aun prescindiendo de los hijos, el padre y la madre están sometidos al mismo yugo, como esos pacienzudos animales que juntos labran la tierra, y juntos van al atardecer a abrevarse en el arroyo; como trabajan ellos, durante el día de su virilidad, la tierra de su casa, y juntos siguen, al atardecer de la vida, el fatigoso camino, puestos en el suelo los ojos, y el corazón elevado al Dios que pronto saciará sus almas con sus premios.

Ved confirmada esta ley de la igualdad moral de marido y mujer en los ejemplos de la Sagrada Familia.

José es el jefe de la casa de Nazaret; pero mirad cómo los Evangelios acoplan a María y José en las horas solemnes de aquella santísima Casa. En el templo, el día de la presentación del Niño, pronunciado que hubo Simeón su magnífica profecía, dice el Evangelista: Y su padre y su madre se admiraban en las cosas que se decían de él. El día de la pérdida en el mismo templo, María dice a Jesús estas palabras: He aquí que tu padre y yo te buscábamos. —¿No es el hijo del carpintero?, decían los paisanos de Jesús al oír su predicación, y ponían en el mismo pie a su madre: ¿No es éste el carpintero, hijo de María? (Lc., 2, 33, 48; Mt., 13, 55; Mc., 6, 3). Así aparecen solidarizados María y José en los que atañe a los episodios que de la Santa Familia nos quedan en los Evangelios.

De aquí brota naturalmente otro derecho de la madre: el derecho a formar, con el padre, los hijos que de ambos nacieron.

¿Cómo no? ¿Acaso no ha puesto la madre en sus hijos algo de su ser, como el padre? Entonces, ¿con qué derecho el padre educaría a los hijos porque en ellos se ha vaciado algo de su ser, de su fisonomía, de su temperamento, y se negaría ello a la madre, cuando a veces —la experiencia nos lo dice todos los días—, es el elemento materno el que predomina en los hijos, principalmente en los varones: Filii matrizant?

No insisto en punto que juzgo indiscutible. Sólo me consentiréis que entone aquí un himno a la madre, que será al mismo tiempo un argumento en pro de su acción educadora en la familia.

¡Oh, qué bien hace Dios todas las cosas, y cómo se descubre su amorosa providencia en el régimen de la vida humana! Porque el padre tiene la autoridad; pero vosotras, madres, tenéis lo que casi siempre puede más que la autoridad, a saber, abismos insondables de ternura en vuestro corazón; atisbos geniales de inteligencia, cuando se trata de los hijos, cosa que Dios no concedió al padre; tesoros de abnegación, capaces de haceros jugar el tesoro de vuestra vida en aras de un solo bien de uno de vuestros hijos.

Vosotras, madres, penetráis, como si fuese su frente diáfana, el pensamiento de vuestros hijos; y oís, como cuando los llevabais en vuestras entrañas, el ritmo de su corazón. Vosotras solas sentís todo el aroma que sus vidas exhalan. Ocultos un día en vuestro seno, colgados de vuestros pechos más tarde, arrullados en vuestro regazo, aun separados de vosotras tienen ellos profundamente impresa en todo su ser vuestra marca, como vosotras lleváis en vuestra alma la huella de todos ellos.

Y por ahí les conocéis a ellos y por ahí ellos os conocen a vosotras, y por ahí se establece el flujo y reflujo de dos vidas que se parecen como el eco y la voz, como el rostro se parece al rostro reflejado en el espejo.

¿Quién podría mutilar esta obra, arrancando al hijo de la madre? ¿Quién pudiese negar a la madre el derecho de influir en toda la vida de su vida? ¿Quién pudiera malograr una fuerza y una función pedagógica que son las que mayor eficacia han tenido en la formación de las humanas generaciones?

Y aquí tenéis, en este hecho, confirmado un principio de derecho que yo no quisiera olvidarais en vuestra sociedad conyugal: la igualdad de casi todos los derechos del padre y la madre en la familia; no la igualdad de identidad, sino de proporcionalidad; es decir, que estando el padre y la madre situados en un mismo nivel en el hogar, con el derecho de régimen por parte del padre, tienen cada uno sus atribuciones inconfundibles; son dos fuerzas paralelas que concurren a un mismo fin; dos aspectos de un mismo ser moral; dos sonidos que producen una sola armonía.

El secreto de la eficacia de ambos y de la felicidad del hogar está en comprenderse, en compenetrarse sin invadirse, en ponerse en contacto como dos factores aritméticos que, conservando cada uno su cantidad, producen la maravilla de un producto que es común a ambos.

Un tercer derecho de la madre es concurrir, según esta ley de proporcionalidad que acabo de insinuaros, a la organización y a la administración del hogar.

Dejo a un lado la cuestión relativa a los derechos civiles de la esposa y madre en la administración de los bienes de la familia, cuestión que resuelven de distinta manera los códigos de las diversas naciones, y sólo atiendo al aspecto moral y cristiano de la cuestión.

El matrimonio es un contrato que ha unido dos vidas para unos mismos fines, y este contrato es un sacramento de la Iglesia. Un sacramento, y, por lo mismo, algo sagrado, sacratísimo, que no podría entrar en el juego de los intereses materiales sin mancillarse.

Pero paralelamente al sacramento, y por desgracia dando ello ocasión al sacramento, buscándose a veces más la cantidad que la santidad en el contrato matrimonial —vosotros lo sabéis—, se establecen pactos de carácter económico que deberán regular la vida de la familia en su aspecto civil. Yo digo que la esposa y madre, bajo el punto de vista moral y cristiano, ni debe ser más porque aporte más al común acervo de los cónyuges, ni debe perder su rango, hasta en el orden económico y hasta cierto punto, porque vaya al matrimonio sin más dote que su persona.

Quiere ello decir que la mujer esposa y madre no debe quedar anulada en el régimen financiero de la familia.

Lo reclama su decoro, pues no es justo que, siendo uno de los fines del matrimonio la procreación y mantenimiento de los hijos, no intervenga a la hora de partirles el pan la que tuvo que nutrirles en su infancia con la sustancia de sus pechos.

Lo reclama otra vez su decoro; porque la administración da un prestigio, en cuanto es una función propia de quien posee y es capaz de criterio para distribuir lo que tiene; y la señora de la casa no debe verse privada de este prestigio.

Lo reclama el concierto de la casa y la comodidad de la familia, porque la madre tiene de ordinario más instinto de economía, más gusto y más capacidad que el hombre, cuando se trata del régimen administrativo interior del hogar.

Puede hasta reclamarlo la justicia, o a lo menos una equidad que se raya con la justicia; porque, ¿con qué derecho se arrancaría de las manos de la madre el fruto del trabajo personal con que concurriese al sostenimiento de la familia? ¿Con qué derecho absorbería el padre el fruto de los bienes que la madre pudo aportar al constituirse la sociedad conyugal?

Cierto que en la legislación civil de muchas naciones la mujer ocupa un puesto muy inferior al del marido en lo tocante a participación y administración de los bienes de la sociedad conyugal. En España el marido es el administrador nato de los mismos: ni puede la esposa, sin consentimiento del marido, adquirir por título oneroso ni lucrativo, enajenar sus bienes ni obligarse sino con las limitaciones establecidas por la misma ley. Son vestigios de la condición servil de la mujer en pasados tiempos, de que paulatinamente van purgándose los códigos de las naciones más adelantadas.

Lo que no imponga la ley, cúmplase por la ley suprema del amor unitivo de los esposos que, como funde en un mismo crisol sus corazones, así establezca entre marido y mujer absoluto intercambio de bienes y participación igual, aunque en distintos planos, en el régimen financiero de la familia.

Quizás me diréis que esta doble administración será un semillero de querellas entre los esposos. Y yo os diré —la experiencia es garante de ello—, que más querellas origina la administración única del marido, que no suele dar sino con cuentagotas lo que se le pide para el sostén de la casa y el pan de cada día. Y os diré más, a saber, que no se trata de una doble administración, sino de una misma administración en distintos planos, y si queréis, de una administración secundaria subordinada a la principal.

Quédese el padre con la administración de sus negocios o de sus fincas o de sus ahorros; derive de ello la parte prudencial para los gastos del hogar y concédalo en administración a la madre, y cumplan ambos con esta ley de conveniencia y de caridad conyugal: el padre conceda a la madre el derecho de consejo y colaboración moral en sus negocios, en sus compras, en sus proyectos; y la madre no niegue jamás el derecho de control y de consejo al marido en lo que a la administración doméstica atañe.